¨Y el Cónsul la gozó en el Mar¨

GILBERTO CALDERON ROMO

Mi carrera diplomática



Caía sobre mi escritorio un sol vespertino, de esos que no hacen caricias, y me había visto precisado a despojarme del saco de lana que usaba, cuando de repente apareció ante mí Ofelia Delgadillo, funcionaria de la Casa de la Cultura, quien me presentó al cónsul de Polonia en México, Su Excelencia Henrik Sobiesky, quien venía encabezando la presentación del Quinteto Varsovia, que esa noche tendría lugar en el Teatro Morelos de nuestra ciudad. Presuroso anuncié la distinguida visita al señor gobernador, quien me indicó imperativo: "Póngase el saco y hágalo pasar"-al cónsul y también al saco-. Obedecí la justificada instrucción pero me quedé algo amoscado por el requerimiento.

Se realizaron los saludos de rigor y luego, Ofelia, que había oído que yo era polaco, me pidió que los acompañara. Comimos por allí y visitamos los centros turísticos de Aguascalientes: los baños de Ojocaliente y los templos de El Encino, San Antonio, San Diego y otros.


Por la noche, en el Teatro Morelos, el cónsul Sobiesky y el gobernador atendían a los invitados, la cúpula gubernamental y de la iniciativa privada. El diplomático, a cada dama que se le presentaba, le dedicaba una suntuosa caravana y procedía a depositar sobre la mano de ella un delicado beso. El efecto era electrizante, la señora en tumo se transportaba al paraíso y terminaba por reprender a su cónyuge en términos parecidos a los que siguen:"¿Ya viste, barbaján? Este sí es un caballero, no como tú que te la pasas con tus amigotes en el dominó en el Club Rotario (o de Leones, en su caso) y en la cantina; te pones hasta atrás y luego llegas y me pegas. ¡Ay! , si tú fueras como el señor cónsul".


Los inculpados se retiraban presurosamente y buscaban sus respectivas localidades. Tal era el encanto que producía en el sexo fuerte nuestro visitante. Debo decir que a las señoras no les faltaba razón: Sobiesky era un hombre como de unos 33 años, bien parecido, bajo de estatura y un poco grueso de cuerpo; su traje, impecable, tenía el corte descuidado de los funcionarios del Soviet Supremo de la URSS; su melena rubia tenía ecos de la Quinta Sinfonía de Beethoven, pero su elegancia natural era típicamente vienesa, de ahí que con sus cortesías cautivara a nuestras matronas.


Terminada la función artística, las autoridades se despidieron y la crema y nata de la Casa de la Cultura, con el maestro Víctor M. Sandoval a la cabeza, ofreció un ágape en el Mitlecos, una especie de fonda regenteada por Pancho Valdés, famosa porque la carne y los quesos que se servían se dejaban comer y, además, a veces fiaba. Se realizó un intercambio de tequila por vodka polaco~ que resultó de lo más afortunado, aunque los ascéticos músicos apenas probaron las viandas y los caldos. A media fiesta llamé estentóreamente al cónsul: "Henryk: lárgate inmediatamente para acá", y de allí pa'l real.

Depositados convenientemente los músicos en su alojamiento del Hotel Francia, decidí atender por mi cuenta al diplomático, de lo cual se dio cuenta el laureado poeta Desiderio Macías Silva, quien decidió acompañamos. Esa noche, tanto el vate como el cónsul conocieron uno de nuestros principales centros turísticos:


El Mar que así se denominaba la simpática zona roja que se ubicaba a la vera de las vías del ferrocarril al suroriente de la ciudad. Caímos en la casa de El Papi, en la que el cónsul mantuvo los ojos muy abiertos. "Que no sepan que soy cónsul", me pidió. "Descuida", respondí. Pronto comenzó a practicar unos pasos de vals con música de rumba con una dama aburridísima que tenía un lunar en la mejilla y a la que llamábamos La Katy Jurado de los Pobres. Henryk, emocionado, regresaba a la mesa extasiado y me decía: "Me fascina la mirada de melancolía de la mujer mexicana", y luego me reclamaba: "¿Por qué no me trajiste antes aquí?", olvidando que apenas esa mañana acababa de llegar.


Al poco rato irrumpió en el festejo el Colegio de Médicos en pleno, encabezado por Abelardo Santos y otros galenos, quienes venían a festejar, con toda razón, la venturosa incorporación del eminente traumatólogo Juan José de Aldaba, quien los había apantallado con el relato de la operación que le practicó en un dedo a un paciente medio impaciente. El médico, por cierto, no recibió ninguna mención honorífica por el acontecimiento. Se preguntará el lector qué hacía el Colegio Médico en ese lugar y contesto: pues es que estaban muy contentos y la ocasión lo ameritaba. Ni modo que hubieran organizado una misa de tres padres (no te dejes Juan José, no le hagas caso a los críticos. Nosotros te apoyamos; saludos a tu esposa).


El caso es que al rato el cónsul baile y baile, y los médicos brinde y brinde, así es que decidí, como decía Pepe Alameda, realizar una graciosa huida en busca de mejor compañía y me desaparecí como esperanza de asalariado.



Al día siguiente cobré conciencia del desaguisado y, obligado por las circunstancias, tuve que ir a despedir al señor cónsul que, con sus músicos, se dirigían a la ciudad de Guanajuato. Dentro de mí latía algo de vergüenza (¡haber abandonado a tan ilustre visitante en tal sitio y en medio de tamaña comitiva!). Cuál no sería mi sorpresa cuando en el lobby del Hotel Francia me encuentro al diplomático cargado de abrigos y maletas, las cuales tiró al suelo para correr y abrazarme y darme las gracias emocionado “¡Oh Calderón, nunca había tenido una noche como esta!”


Cuando ha pasado el tiempo y me acuerdo de esta anécdota, me pongo a pensar: a lo mejor erré mi vocación y mi destino hubiera sido el servicio diplomático. Tal vez ahora sería yo embajador emérito con la solapa preñada de medallas y listones.

Pues ahora, ya ni modo.


TRANSPORTES PARA LA SALUD


Hace muchos años a los locos, a falta de mejor alojamiento, se les mantenía en el seno de las prisiones junto a los delincuentes en una trágica confusión de categorías. No se sabía si los procesados eran considerados dementes o éstos culpables de algún ilícito, derivándose todo en una condición injusta para ambos. Cuando la situación se hacía insostenible, el gobernador del estado disponía, de conformidad con sus administradores de justicia, la organización de una cuerda


clandestina y nocturna de enfermos mentales que eran embarcados en autobuses y depositados en ciudades vecinas de otras entidades.


El gobernador del estado que recibía a los visitantes pronto era enterado del fenómeno pues nadie se explicaba la presencia de retrasaditos en los mercados y las plazas, y más todavía que todos provenían del mismo sitio; él a su vez, para no meterse en más problemas, procedía de una idéntica manera y los enviaba a Zacatecas, por ejemplo, donde se hacía lo mismo y se daba lugar a un curioso flujo de turismo interregional que quién sabe cómo terminaba.


La verdad es que nuestros gobiernos han ido siempre a la retaguardia de las enfermedades y los padecimientos, y los descubrimientos de la ciencia tardan tiempo en aplicarse y en ser plenamente comprendidos por las autoridades y por la población, máxime ahora que con la crisis los presupuestos de las instituciones de salud se han visto enormemente reducidos.


Así como en el trópico hay condiciones propicias para el surgimiento de cierto tipo de males como el paludismo, el dengue y otros padecimientos transmitidos por insectos que proliferan en los encharcamientos, en el altiplano muchas otras enfermedades se derivan de la carencia de agua potable y del consumo, en zonas rurales sobre todo, de agua contaminada que hay que disputarle a los ajolotes.


De reciente factura son las enfermedades cardiovasculares y respiratorias -no que sean nuevas, sino que es nueva su intensidad por el smog, el consumo de cigarrillos, las tensiones urbanas y el tener que pagar la renta, por ejemplo, del mismo modo que nuestro estómago resiente el abusivo consumo de tacos de pancita, birria, salsitas y esas delicias a las que no podemos renunciar.


La prensa dice que en Aguascalientes se está usando un aerosol para curar el sarampión - no tengo el periódico a la vista- que ya se comienza a utilizar en otros lados. Al rato nos van a salir con que el alcoholismo lo van a sanar con cubas libres; ojalá que así sea para que muchos incrédulos volvamos a confiar en la medicina ... pero sigamos con el tema.


El hecho es que ahora se nos están juntando los antiguos problemas de salud con los nuevos 'y nuestros doctores tienen que atender los problemas de deshidratación y desnutrición lo mismo que los siquiátricos y los relacionados con el sida o, como quien dice, todavía no salimos de una cuando ya estamos en otra. Yo recuerdo a un jefe de Salud de épocas más felices cuya principal ocupación era revisar cada semana a las muchachas, a las diosas del amor, y por ello recibía algún emolumento. Terminada su tarea se dedicaba a recorrer establecimientos de alimentos y bebidas en los que, después del tercer güisqui, pedía examinar la cuchillería, la mantelería y los utensilios de cocina, aparte de los sanitarios, para ver si todo estaba en orden. Parsimoniosamente sacaba del saco su libreta de infracciones que no guardaba hasta que era eximido del pago de la cuenta. Por muy criticable que haya sido este proceder, el galeno argumentaba que por su desempeño, los problemas de salud no habían aumentado durante su ejercicio.



Hubo otro jefe de Salud, yerno de un cacique revolucionario, que parecía que los puestos los había recibido como dote matrimonial, pues a pesar de sus repetidas torpezas y corruptelas volvía a aparecer una y otra vez, encabezando la nómina respectiva. Durante uno de sus múltiples cargos, los alimentos que recibió Salubridad como donación de las Naciones Unidas misteriosamente aparecieron en los anaqueles del comercio. También hay que recordar su lenidad para llamarles la atención a los durazneros que durante el invierno contaminaban con el humo de sus mecheros la totalidad del Valle de Aguascalientes, llegando a provocar accidentes en la carretera federal.


Lo cierto es que la Universidad Autónoma de Aguascalientes está produciendo cada vez más médicos mejor capacitados y que la ciencia avanza vertiginosamente, no tanto como quisiéramos los ciudadanos, y es evidente también que van surgiendo nuevas generaciones de galenos responsables y dedicados, que en mucho honran el ejemplo de algunos de nuestros paisanos que llegaron a brillar en el mundo académico nacional y son sujetos de la gratitud de miles de ciudadanos, que les deben la vida y la salud a sus médicos.


Ahora que, vistas las cosas como están, con esos presupuestos de salud pública que cada día alcanzan para menos medicina e instrumental, menos salarios y prestaciones y menos hospitales y edilicios para una población creciente, la única manera de mejorar nuestras estadísticas de salud seria alquilar unos 10 aviones de Aeroméxico y Aerocalifornia para enviar al norte a un buen número de pacientes y dementes, al fin que en Tijuana, por ejemplo, ni se notan. El día que lo haga el jefe de Salud, se hará merecedor del Premio Internacional Guillermo Soberón. Él dirá si se avienta

13 visualizaciones0 comentarios