Una boda que pudo apantallar a la realeza

¨LA RESUAVE PATRIA¨ POR GILBERTO CALDERON ROMO EL MEMORIAL DE TRITO GOMEZ

Primera llamada


Recién llegado a Aguascalientes en el otoño de 1968 para trabajar en el nuevo gobierno que pronto se iniciaría, totalmente desconocido y aislado salvo por la existencia de mi numerosa familia, la mañana del 31 de diciembre de ese año, me encontré por casualidad a mi amigo Felipe Camarena Chávez, a quien había conocido venturosamente en la ciudad de México, y él me dijo: "Esta tarde hay una boda en el Salón Versalles del Hotel Francia, te invito” remató.

Enfundado en un mi trajecito de aquel tiempo y detrás de mi corbata, me decidí a incursionar por los territorios de esa fiesta, plena de regocijados invitados, y yo, como observando con los ojos desconcertados de un marginal llegado sin invitación formal. Conforme avanzaba el agasajo, atestiguaba cómo los juniors de entonces se divertían. Se dirigían bromas y se gritaban de mesa a mesa a partir de su, para entonces, invencible juventud. Momentos hubo en los que se agarraron a trancazos con la intervención pacificadora de otros contertulios que cumplieron su misión bajo las banderas desplegadas del orden que siempre debe prevalecer en este tipo de acontecimientos. Era la boda del licenciado Silvestre Gómez Esparza con Martha Reynoso, las prendas más preciadas de la sociedad aguascalentense, y era además el día de San Silvestre, santo del afortunado desposado. Dos apellidos que prometían fundirse como en los legendarios días de la corte de Versalles.

Alrededor de las 6 de la tarde de ese fin de año abandoné el sarao y me dirigí a la casa de mis tíos doña Concha Romo y don Mariano Esparza, una de cuyas modestas habitaciones compartía con su hijo ¨El Colorado¨ merced a una actitud de generosidad de la que ni siquiera en los libros de la Biblia hay antecedentes y, si los tiene, pues no me acuerdo y a mí que me perdonen, pero no tengo muy buena memoria. Para mí, el fin de año transcurrió en familia.

Poco tiempo después, yo sin conectes, iba al Parián a comprar los periódicos de la capital que llegaban por la tarde, para saber lo que ocurría, sobre todo en ese palpitante año en el que parecía que la sociedad volvía a cimbrarse desde sus basamentos, como cuando llegaron los teules un chorro de sexenios antes, cuando de repente, me vuelvo a encontrar al inefable Felipito Camarena, quien generoso como siempre ha sido, me invitó a departir con sus amigotes, de los que otro día hablaré, y que me sumerjo en la anda de la juventud de ese tiempo.

Pasados los meses, ya en pleno trabajo, un día me presentan al licenciado Silvestre Gómez Esparza, mejor conocido como ¨Trito¨ Gómez, con esa suerte de apelativos o seudónimos que se le dan a alguien y que luego resultan familiares para todos. Era él una joven promesa de la política quien, junto con Miguel Romo, Javier González, ¨El Supe¨ Jesús Eduardo Martín Jáuregui y algún otro, formaban el escuadrón de cadetes de la nouvelle vague. Ya para entonces estaban en plena actuación Xavier Aguilera, los hermanos Carlos y Jesús Aguilar, José Padilla Cambero. Luciano Arenas Ochoa, José Silva Badillo y otros famosos personajes como Horacio Westrup Puentes, pero aquéllos eran la nueva barricada de las generaciones. A mí me invitaron a colaborar, aparte de mi trabajo en el gobierno del estado, en la CNOP, que era el sector popular del PRI, y aquello fue un relajo.

¨Trito¨ Gómez también estaba allí y destacaba al nivel de todos los demás, por ser algo distinto. Como que tenía un toque especial. Provenía de una afamada familia cuyo tronco habla sido don Silvestre Gómez, un ranchero, propietario de terrenos y traficante de ganado que dejó varias descendencias, algunas de las cuales fueron notorias por sus picarescas aventuras: ¨El Loco¨ Gómez fue legendario por su imperturbable ánimo de agotarse la fortuna del papá en el beber y en la bohemia al más puro estilo de los antiguos hacendados. Y la segunda familia que se le conoció a este patriarca fue más inteligente y prudente, manejada con rigor y con acierto por doña Carmen, quien formó a sus polluelos con una preparación muy esmerada.

Algo le quedó a ¨Trito¨, quien aparte de su talento natural, poseía un carisma incomparable. Era secretario del H. Ayuntamiento, y como miembro directivo de la CNOP asistió a reuniones regionales y nacionales del sector del partido.


Era incapaz de desarrollar un discurso de ideas coherentes, pero cuando lo impulsábamos a decirlas en público, el auditorio entraba en un estadio de éxtasis y gracia tal que solamente le faltaba levitar; el desconcierto de éste era absoluto, mezclado con una convicción de que creía finalmente en lo que no había escuchado. El tribuno hipnotizaba como las serpientes del Oriente. Después de él, los sagaces oradores del Instituto Tecnológico de Monterrey que representaban a Nuevo León o los presumidos egresados de la Universidad Autónoma de la Toluca de Hank González, terminaban refiriéndose a lo que él había dicho como punto de partida para sus argumentaciones subsecuentes, aunque ninguno había entendido algo de las incoherencias pronunciadas por el hidrocálido.

Con ¨Trito¨ Gómez llegué a entenderme por alguna combinación química y por nuestra desfachatez. En su calidad de vendedor de bienes raíces tenía un despacho en la calle de Allende, como cualquier buen cristiano lo tiene, pero alguna vez que caímos por allí nos pasó a la parte posterior que estaba habilitada como bar y sala; allí transcurrieron veladas y desveladas en las que participaron Gustavo de la Cerda y Porfirio Díaz , al final de las cuales no hubo honra en la distinguida sociedad que quedase enhiesta.


En una de esas sesiones nos llevamos la sorpresa de que, al salir, el sol estaba en su apogeo, los comercios abiertos y la gente deambulando inmersa en sus preocupaciones cotidianas y encomendándose a las luces del Espíritu Santo para salir de no sé qué crisis, de las tantas que hemos tenido y seguiremos teniendo por los siglos de los siglos. Amén. Igual pasaba en la vinatería


El Caracol, del inefable Gustavo de la Cerda, que, si le dan chance y un poquito más de tiempo, capaz que deja en la calle al ilustre don Pedro Domecq y a toda su descendencia en un acto de venganza patria que bien le hubiera valido el reconocimiento nacional por la reivindicación indígena contra todas las humillaciones implícitas en la Conquista, y a él en lo personal le habrían redituado varios millones de dólares. Su edificio estaría ya junto al de Donald Trump en la Quinta Avenida del Alto Manhattan. Pero, ni modo, no hubo suerte por ahora Otra vez será.


El Caracol también tenía una trastienda, nada más que aquí los muebles estaban desvencijados y después de sentarse en ellos había que vacunarse contra el tétanos porque uno sufría el arañazo de los resortes metálicos que habían conseguido su liberación de la esclavitud de la tela ante la indiferencia y pichicatez del propietario del local

A Trito y a mí, nos tocó asistir durante una semana a un curso de TKJ; una técnica japonesa que es tremenda para descubrir personalidades y lograr que todos los empleados en una corporación, den lo mejor de sí mismos para obtener los mejor resultados; se organizaron tres grupos y en el nuestro participaron El Supe, Trito y su servidor, además de doña Brenda de Alba, de un coronel de artillería del Ejército Mexicano, de Manolo Ramírez de la Torre y de algunos más. Los otros dos grupos estuvieron formados por influyentes empresarios y funcionarios de gobierno, de esos a los que les imprimieron un escapulario en vez de hemisferio occipital. En la discusión final del curso, les ganamos y algunos personajes quedaron irritados. Tal vez después de allí se fueron a confesar y comulgar. Trito fue el que terminó la jornada con un discurso que los hizo llorar a todos por igual, especialmente a los más ardientes beatos.

En la fiesta a la que invitaron los Lomelín para conmemorar el fin de las jornadas, en una casona del Campestre, por poco y la fraternidad que habíamos conseguido termina a chingadazos. Bajó la Divina Providencia y el Mar Rojo se volvió a abrir y los perseguidos israelitas conducidos por Moisés pudimos salir ilesos de las tierras de Egipto, después de las diatribas que lanzara el licenciado Gómez en contra de los filisteos. Otro poco y nos caen encima las piedras del templo como en los tiempos de Sansón.

EL ROTARIO FRUSTRADO

En otra ocasión. Trito agarró la jarra con el prominente empresario Carlos Reed en el Bar Fausto del Hotel Francia. Ya con más de media daga adentro, se le ocurre al fabricante de agua congelada, o sea de hielo, invitar al abogado a la reunión semanal del Club Rotario y que lo presenta como su huésped. Desaprensivamente que lo convidan a hacer uso de la palabra. ÉI se resistía, pera finalmente tuvo que ceder. Como todo buen artista, se debía a su público.

Comenzó a decirles a los circunstantes que eran unos hipócritas, que mientras ellos se reunían para recaudar fondos para supuestas obras de caridad, afuera sus trabajadores se consumían de hambre y que había una profunda y dolorosa desigualdad social entre los de arriba y los de abajo.

Hay que decir aquí que ¨Trito¨ era un hombre de mirada bovina pero ensoñadora, que parecía ver al mismo tiempo para afuera que pa' dentro, y mientras más hablaba más lloraba y hacía llorar a sus oyentes, los cuales quedaron verdaderamente electrizados por la conmoción provocada por el discurso.

Después del fervorín inusitado y elocuente, los dos amigos, Carlos Reed y ¨Trito¨, salieron del convivio más emotivos y sentimentales y el segundo reclamó al primero: "No seas canijo, ya viste el ridículo que me trajiste a hacer”

Al otro día, ¨Trito¨ amaneció crudo y avergonzado. Cuál no sería su sorpresa cuando a poco recibió la invitación para pertenecer al Club Rotario. Al momento en que se enteró de que los procedimientos para el reclutamiento incluían una investigación callada y sórdida de la vida privada del candidato, declinó el honor. Como que se le hicieron muy mamucos.

EL VENDERO


Tenía tales arranques que después de que se corrió el rumor de que había vendido buena parte de las terrenos del fraccionamiento Canteras de San Xavier a precios demasiado caros, hizo publicar en los periódicos locales un desplegado a página entera en el que se afirmaba que si alguien se encontraba descontento, que pasara inmediatamente a las oficinas de !a calle de Allende, donde, de inmediato, se les regresaría completo el importe de lo que había sufragado por los lotes al momento de deshacerse la operación. Obvio es decir que nadie cometió tamaña insensatez. La plusvalía ya había hecho de las suyas.

EL ORADOR

Al abrir el periódico El Sol del Centro, que me entero, un 9 de mayo, de un acto alusivo a la conmemoración del natalicio de Miguel Hidalgo, que tuvo lugar el día anterior en el parquecito que lleva el nombre del héroe- El encabezado del diario decía más o menos así: "Las ideas exóticas nunca entraran a México, SGE”: me boté de risa y de inmediato me dirigí a las oficinas del connotado orador, nada más y nada menos que el ilustrísimo don Silvestre Gómez Esparza, ahora convertido en exégeta de la patria. Dichas instalaciones se encontraban en el primer piso del edificio ocupado por el H. Ayuntamiento de la muy noble y leal ciudad de Aguascalientes.

Me recibió la guapérrima y sonriente Lupita de Alba y el orador al verme, mostró gran ansiedad. Al cruzar el umbral del despacho, lo hice levantando las piernas como si estuviera brincando un gran obstáculo.

Él sorprendido y vigilante: “¿Qué traes, camión? ¿qué traes? ¿Por qué entras así?”, me interrogó en forma por demás soez e impertinente “Es que no quiero espinarme con la cortina de nopal que has extendido, tontejo-- contesté, para mantenerme en el nivel intelectual de la entrevista. ¿Desde cuándo las ideas necesitan pasaporte? repliqué indignado. "Por eso no quería avisarte, por eso…. ya sabía que me ibas a fregar”.

EL FUNCIONARIO

Llegamos a tener tal amistad durante el poco tiempo en que nos tratamos y nos conocimos que nos decíamos “comadres” a falta de mejor título. Desde su cargo como secretario del Ayuntamiento, pienso que fue el servidor público más cumplido y más conmovido por la situación de los pobres. Renunció a su trabajo como abogado postulante cuando le propusieron defender situaciones injustas, inclusive patrocinadas por alguno de sus familiares. Se conmovía hasta el dolor auténtico por el sufrimiento de la gente y daba la camiseta por los demás, aunque siempre le siguió gustando el reventón.

EN LA BODA

Cuando se casó una de las hermanas de ¨Trito¨, otra vez la fiesta fue en el pretenciosamente llamado Salón Versalles del Hotel Francia. En la celebración estaba todo el mundo y había que decir un discurso. ¨Trito¨ era un huracán de nervios y me pidió que yo dirigiera la locución. Le contesté: "No me corresponde, lo más que puedo hacer es presentarte, pero ahí está Miguel Romo que es buen orador y, además, quiere emparentar con la familia". "Está bien, vamos a verlo”, me contestó. Miguel estaba agarrado de la mano de su novia, Lucrecia Reynoso, tragó saliva y aceptó la encomienda haciendo de tripas corazón. En el festejo estaba presente también un tío de ¨Trito¨ como de 200 años, muy simpático, saludable y cariñoso.

Acompañé a ¨Trito¨ a consultar a la mamá; ella escuchó reposadamente la propuesta, como quien medita las cosas y las remite a una sabiduría antigua que viene de muy lejos, como el viaje de los genes que transmite a no solamente los códigos biológicos, sino también moléculas de la experiencia. Recibió impasible, sin mostrar emoción alguna y sin el más leve movimiento de los músculos de sus mejillas las palabras que su atormentado hijo balbuceaba sudando y los dedos confundidos en complicados nudos de marinero. Casi sin moverse, como esos monumentos de piedra que han visto el paso de las civilizaciones, con un conocimiento que, sin saberlo, tal vez provenga de las antiguas sociedades mágicas de Egipto o de Grecia, le respondió a su hijo en el crispamiento de ambos, en el momento en el que los dos cerebros y las dos emotividades hicieron chispa. “¿Cómo de qué van a hablar ellos? ¿Y qué tienen ellos que no tengas tú?”

“A ti te toca dirigir el discurso, porque tú eres el jefe de la familia", afirmo contundente la matrona con ese dejo profundo e imperativo que deben tener las madres sicilianas cuando dan la bendición a sus hijos que son llamados a la América, como cualquier rookie acudiendo al reclamo del padrino que les convoca desde más allá de la parquedad de su horizonte primitivo


¨Trito¨ asimiló obediente el mensaje y lo escolté a la mesa de su tío, el canoso. En dos vasos apuró media botella de coñac. Yo hice una presentación emotiva pero breve, y el con el toro probado por el subalterno, se lanzó al ruedo, El micrófono en sus manos y bajo el empuje de su voz vibrante, de sus ojos bovinos y comunicadores, inició el relato de la biografía de su familia con palabras que yo sí recuerdo, aunque me traicione un poco la memoria:

“Pienso que nuestra vida ha sido un volantín -dijo- en el cual estamos girado y viendo alrededor; así vamos pasando y cada uno va montado sobre su caballo. Así creo que hemos transcurrido, pero de repente, ese volantín gira cada vez más y más rápido, y entonces uno a uno los caballitos se empiezan a desprender de su pedestal y salen del circuito; así hemos ido caminando. Así nos toca otra vez. En esta ocasión, mi querida hermana se casa y su caballito se desprende para seguir su propia ruta. Le deseamos lo mejor, pero nos deja un gran dolor, un enorme sufrimiento”. Los manteles y las servilletas del Salón Versalles del orgullosísimo Hotel Francia, regenteado honorablemente por la familia Andrea Romero, no fueron suficientes para contener las lágrimas de todos. El último día de San Silvestre

Un 31 de diciembre de 1974, en vísperas en que terminara su participación como funcionario municipal, en la misma tarde en que poco después se realizaría la transmisión de poderes y el consabido baile de Fin de Año que otra vez, tendría lugar en el Salón Versalles, departimos en el Bar Fausto con Juan Luis Pérez Jaén, entonces inconstante y privilegiado funcionario de la Casa Domecq. Allí Trito. trémulo de emoción, me confesó su tristeza porque iba a abandonar su misión como servidor municipal; porque se agotaba su tarea en el servicio público, en la que, se sinceró, había encontrado su verdadera vocación humana en el favor de los más humildes, y yo le creí fielmente. Me preguntó por mi futuro y yo le dije que destriparía el interior de las aves para descifrar los signos del destino. Por fin, aseguró que esa noche tenía una mesa reservada para él y su familia en la fiesta de San Silvestre y que después se iría a Lake Tahoe con su familia para reponerse un popo del trauma de "vivir en el error" que se le avecinaba.

Ya no regresó con vida a Aguascalientes. Un vehículo comercial se le vino encima a la entrada de Zacatecas y acabó con él y lesionó seriamente a su señora. Un Mustang rojo muy bello quedó como reliquia para la familia. Supe de su muerte repentina, accidental e injusta en enero de 1975, cuando en la Ciudad Universitaria de México un amigo me informó. Lo único que pude hacer fue llamarle a su hermano por teléfono a Tangassi, y luego visitar algunas veces a su mamá y a la ex esposa de Trito en el hospital en el que ella se rehabilitaba en el DF después del accidente. Sus dos hijitas eran muy pequeñas y no supieron de la amistad y el cariño que yo le tuve a su papá. Espero que por este medio queden enteradas.

A Trito Gómez Esparza habría que hacerle un monumento, pero este debería de ser como el de la Victoria de Samotracia: un ente alado, a punto de levantar el vuelo, pero que se queda trunca como un sueño atado por sus raíces a la tierra, de donde nos fecunda a partir de su tránsito postrero. Hagamos votos porque así sea. (Escrito en el vuelo 403 de Aeroméxico NY-MEX, 17 de septiembre de 1993


46 visualizaciones0 comentarios