Reportaje : Las cantinas tradicionales

+ La mayoría han desaparecido y la más antigua, el ¨Ranchero¨, ubicada en 5 de Mayo y Zaragoza, y cuyos orígenes se remontan a 1888, fue cerrada hace apenas dos semanas debido a que en ella se descubrió que algunos malandros no solo consumían droga, sino que allí la distribuían, además de que se produjo una agresión con arma de fuego, por lo que las autoridades intervinieron y la clausuraron


ALDO BONILLA CHAVEZ



Aguascalientes, como todas las ciudades del mundo, tiene sus centros de reunión donde socialmente se hacen amigos, se realizan citas de negocios o bien, para charlar o discutir, en su caso, los asuntos del momento, tanto políticos como deportivos, principalmente.

Por lo tanto ha tenido también un gran número de centros sociales, llamados popularmente, muy nacionalmente, "cantinas", ésas que fueron el paraíso de la amistad para muchos señores de las distintas épocas, cada una de ellas, contando con sus propios parroquianos, sus asiduos concurrentes que incluso llegaban a atenderse personalmente, llevaban la cuenta de lo que consumían y pagaban lo que les daba en gana.

Así pues, Aguascalientes ha tenido cantinas rumbosas o de mucho pegue, lugares que también fueron satanizados, principalmente por las amas de casa por considerarlos centros de perdición en donde los hombres iban a dilapidar su dinero, como todavía hoy en día sucede.


David Angeles Castañeda, director de Reglamentos del Municipio, dice a FUERZA AGUASCALIENTES que de las 30 cantinas tradicionales de las que se tenía registro, ya no quedan muchas, señalando que quizás la de mayor tradición y que mantuvo abiertas sus puertas para sus parroquianos fue la del ¨Ranchero¨, ubicada en 5 de Mayo y Zaragoza, y cuyos orígenes se remontan a 1888, la cual fue cerrada hace apenas dos semanas debido a que en ella se descubrió que algunos malandros no solo consumían droga, sino que allí la distribuían, además de que se produjo una agresión con arma de fuego, por lo que las autoridades intervinieron y la clausuraron.


Refiere que cantinas había para todos los gustos en aquel Aguascalientes sediento y bohemio, como el Cabo Cuarto, Los Negritos, La Frontera, El California, Mi Cantón, El Madero, El Johny, El Puerto de Guaymas, El Puerto de Mazatlán, algunos continúan con su muy noble labor de dar de beber al sediento, donde se puede revivir con los amigos la bohemia de otros tiempos. Otras desparecieron para siempre del mapa etílico, para dejar su lugar a otras cantinas con decoración más moderna, a los merenderos, a los ladies bar; lugares donde ya pueden entrar las damas o familias completas, o los llamados antros por la chaviza que abundan por todos los rumbos de la ciudad, sobre todo al norte.


Luego dice que Aguascalientes siempre se ha distinguido por su cordialidad, por su don de gente, por su forma de tratar a propios y extraños, parte de esa cordialidad es contar con centros de reunión donde encontrarse con la familia, con los amigos, pasar un buen momento para comentar las noticias importantes, los últimos acontecimientos, pero también para criticar a los ausentes y a los presentes y para sorprender incautos.

Cualquier lugar pude ser apropiado, la Plaza de Armas, algún jardín público, o algún local como un taller de sastrería o peluquería, o bien algún sitio donde tomar alguna bebida, como un café o un restaurante, hay quien prefiere las reuniones más simples, para ellos se crearon las cantinas.


Por su parte el historiador e investigador Ciro Báez Guerrero, cuenta a FUERZA AGUASCALIENTES que desde su aparición se convirtieron en el sitio favorito de reunión de todas las clases sociales, los motivos abundan; por alegría, por tristeza, para contar sus penas, planear buenos y malos negocios o hasta ilícitos, entablar largos diálogos sin sentido con los amigos o hasta con uno mismo o simplemente para pasar el rato y tomar algunos tragos.


Burócratas, profesionistas, deportistas, toreros, judiciales ociosos y prepotentes, intelectuales, vagos y raterillos de poca monta, se dan cita en estos lugares, para unos son lugares de inspiración, para otros como un anexo de su oficina donde pueden arreglar y desarreglar negocios, el inicio de nuevas amistades y el fin de otras; dentro de todo esto vuela la anécdota y el chascarrillo las alabanzas y las ofensas.


Don Artemio del Valle Arizpe decía: "Las cantinas o bares a la manera americana sobria y pulcra no proceden en México sino de la era en que gobernaba el general Porfirio Díaz. Antes de esos pacíficos años no eran conocidos tales establecimientos para la bebida", a lo que podemos añadir que anteriormente funcionaban las pulquerías y las piqueras para la venta de pulque y algún tipo de aguardiente.


Por cualquier parte se puede encontrar con uno de estos abrevaderos, que cumplen al pie de la letra con el sagrado precepto de dar de beber al sediento; hubo una época no muy lejana, en que las muy socorridas cantinas eran más abundantes en Aguascalientes.

No cabe duda que los afortunados sedientos que recorrían el centro de la ciudad, todavía por los años del setenta, tenían más opciones para mitigar su agobiante sed, cuando la nómina de las cantinas era más grande que la del cuerpo de asesores,


por cualquier calle se podían encontrar con uno o más de estos establecimientos, por aquellos años las había de todo tipo y para todos los gustos, como un oasis en medio del bullicio de la ciudad.

El Ing. Báez Guerrero nos cuenta que había cantinas de todos olores y sabores, sobre todo de lo primero, con su larga barra de madera, de estribo en la parte inferior para darse ese extraño gusto de sostener un pie más arriba que el otro, para terminar con toda su humanidad visitando el piso; su canal con agua corrediza donde iban a dar algunos líquidos que no soportaba más el sufrido cuerpo; en una esquina con vista a la calle su mingitorio de épocas muy remotas, por el que rara vez pasaba el detergente, despidiendo un inconfundible aroma que traspasaba sus puertas dobles, para cubrir varios metros a la redonda que además daba identidad a la cantina.



Unos misteriosos baños para necesidades mayores, siempre cerrados con candado, para uso exclusivo de unos cuantos clientes; completaban la decoración unos apartados tipo pullman de madera y varias mesas, también de resistente madera para soportar los golpes del cubilete y de los clientes agresivos o de lámina, con sus sillas del mismo material, con un solitario salero al centro; su imprescindible y siempre ruidosa rockola, que además servía de baño de lágrimas y de apoyo para los que ya estaban entregando el espíritu.

Algunos de estos establecimientos eran atendidos por discretos y amables cantineros, tan centenarios como la misma cantina, enfundados en su filipina o simplemente con camisa de un color parecido al blanco y su secador en el antebrazo, a los que se les podía contar las penas que surgían al calor de los brebajes, con la seguridad de que se llevarían el secreto a la tumba.


También había los meseros de la eterna cruda, que mostraban una gran desesperación por terminar su turno y que aprovechaban cualquier descuido del patrón para curarse sus propias penas, que también eran grandes y los meseros muy cortantes, con preferencia por ciertos clientes para los que sí tenían la llave del baño, les servían los tragos en vaso alto y rodeaban su mesa con lo mejor de la botana de la casa, a los demás los ignoraban, pero si los acosaban para que pidieran las siguientes bebidas, como si se tratara de una persecución, estos mismos clientes se tenían que conformar con gruesas bocanadas de aire y con chispazos de sal en el húmedo dorso de la mano, mientras se aguantaban las ganas de probar la botana y de ir al baño.


Sin faltar los meseros abusivos que presentaban una cargada cuenta con alipuses de más, que si fueran reales el hígado hubiera protestado, en el mejor de los casos la botana se reducía a unas cuantas frituras y tacos de algún guisado y el reglamentario caldo de camarón, cuando los camarones todavía no se extinguían de la faz de las cantinas, o la botana era racionada dependiendo del número de bebidas que se iban consumiendo.

También la clientela le daba su toque de distinción a estos lugares, había de todos tipos, los ocasionales que entraban por unos cuantos tragos, los que la urgencia los hacía entrar al primer tugurio que se encontraban, los pacíficos que ni ruido hacían, los que iban a lucir sus cualidades de gladiadores.


Los fieles de todos los días, que llegaron a formar parte de la decoración, algunos eran reencarnaciones de clientes anteriores, otros simples espectros, algunos destacaban por su forma de tomar sin perder la compostura, otros todo lo contrario, terminaban con su dignidad por los suelos y los que sólo se liberaban de los fines de semana, a jugarse la siguiente parada o el total de la cuenta al domino o cubilete con los amigos, que también se habían liberado por unas horas por la noche del sábado, con el pretexto de ver por televisión algún juego de futbol, las peleas de box o las corridas de toros del domingo, cuando todavía no eran el gran negocio de las televisoras.


Con una extraña semejanza con los seres humanos que siempre son sus mejores clientes, porque contra lo que se piense, algunos no son tan humanos, las cantinas nacen, crecen, se reproducen y mueren; algunas desaparecieron para siempre sin dejar huella en el mapa etílico, otras cambiaron de lugar, algunas sobreviven y otras sufrieron tal transformación que resulta difícil reconocerlas.


Algunas se añoran, de otras nadie se acuerda, de algunas la muerte resulta irreparable; a veces queda abandonada la finca, como un huacal, un cadáver insepulto, como es el caso de La Lluvia de Oro de la calle de La Mora, la legendaria Río de la Plata, de Alamán y Reforma, el California de Madero y Laurel y la A Media Luz de la esquina de 28 de Agosto y Lerdo, por la que todavía lanzan suspiros los viejos ferrocarrileros cuando pasan por su finca abandonada.


Había calles, agrega el Ing. Báez Guerrero, que se distinguían por la cantidad de cantinas que tenían a todo lo largo, una de estas era la Cinco de Mayo, donde se podían encontrar más cantinas por metro cuadrado que en cualquier otro lugar de la tierra, incluyendo frontera de nuestro país, pasar por esta calle era una tentación para todos los bebedores, debido a esto se originó una apuesta entre Fidel Pérez, de gran capacidad etílica y otro vecino del barrio de Zaragoza, de igual entrenamiento, que consistía en recorrer todas las cantinas de esta ruta y tomarse una copa en cada una, de esta forma surgió la auténtica Ruta de la Muerte, que ya anteriormente FUERZA AGUASCALIENTES habló ampliamente.



Los tomadores, sobre todo los buenos tomadores, todavía añoran aquellas viejas y clásicas cantinas de Aguascalientes, donde las bebidas se servían sin remordimiento, con generosidad, en un ambiente bohemio, con personalidad y tradición y un servicio de lo mejor, como el legendario Bar Montoro, inaugurado en 1955 en una antigua casona de aire colonial de la primer calle de Cinco de Mayo, con sus muebles tipo pullman y sus mesas de madera y una taurinísima decoración, imponentes cuadros al óleo colgaban de sus muros, con alguna bailaora de flamenco o figura del toreo ejecutando un pase magistral, pintados por ese gran taurino y bohemio que fue Bernabé Esparza y varias cabezas de toro que alguna figura del toreo se despachó.


Pero sobre todo resulta inolvidable por el servicio que proporcionaba personalmente su propietario, el siempre caballeroso y fino amigo, don José García "Pepe Hillo", que también administró el Lobby Bar, cuando se encontraba en la antigua finca del tiempo de la colonia de la esquina de Cinco de Mayo y Plaza Principal.


Don José García vino a innovar el servicio en este tipo de establecimientos, con un ambiente más agradable y una amplia variedad de bebidas y botanas, servidas sin misericordia por una legión de meseros que no se daban abasto en atender a la clientela, especialmente los fines de semana, cuando se podía disfrutar de un suculento lechón o de un mole, mientras escuchaban al mariachi Los Vaqueros o al conjunto Los Gitanos.

Por la barra y mesas del Montoro desfilaron más abogados que por los juzgados, más toreros que por la arena de la Plaza de Toros San Marcos, más empleados que por cualquier comercio y más burócratas que por los pasillos de los dos Palacios.


A tiro de cerveza fría del Montoro por la misma acera con vista a la Plaza de Armas, se encontraba El Imperial, con sus amplios ventanales que le daban gran luminosidad al interior, cuyo propietario fue Jesús Jiménez conocido como "El Charro", posteriormente fue del señor Luis Tamayo, era de los bares más lujosos de la ciudad, pero también el más elitista, atendido por unos meseros de filipina y secador en mano que hacían girar muy monos en la puerta del bar, especialistas en ignorar a la clientela que no iba con frecuencia o que no eran de su agrado.


La calle Juárez tampoco cantaba mal las rancheras, en su esquina con Arteaga, en el mismo lugar donde antiguamente se encontraba otra cantina de abolengo, La Reina Xóchitl, se podía visitar Los Pericos, propiedad de Angel Muñoz "La Tomatona" y administrado por Chente, con su larga barra y ausente de mesas, refugio de comerciantes del rumbo del Mercado Terán y de los Mesones, que se acomodaban entre cartones de cerveza y cajas de refresco, con un servicio que no era de lo mejor, pero sí generaba un buen ambiente, apuntalado por unas cervezas a punto de congelación enfriadas por varias capas de hielo y un aroma a mingitorio que salía a la calle invitando a los tomadores a entrar, al que se acostumbraban fácilmente y hasta lo disfrutaban y por su fuera poco, el olor era reforzado por sus vecinos baños públicos de la calle de Arteaga.


Los desvelados podían apuntalar su bebida con unos tacos de crujientes tripas y mucha salsa, que preparaban en un amplio comal instalado en la esquina y para los más arriesgados, un tepache con o sin Sam.

Los añorados Pericos se cambiaron a un costado de su antigua esquina por la calle Arteaga, a un local más pequeño, donde se encontraban los viejos baños públicos y ya sin el abolengo de antaño, atendido por un encargado muy déspota, con un servicio que no recuerda en nada a los viejos Pericos.



Un poco más retirado del centro de la ciudad, en la esquina de Madero con Laurel, lo que no era obstáculo para los adoradores del Dios Baco se encontraba El California de los hermanos Durón, con sus muebles tipo pullman que posteriormente cambiaron por mesas de madera, atendían una clientela con preferencia por el coñac y el whiskey, apuntalados con chiles rellenos, frijoles con totopos y jaiba rellena que preparaba don Víctor.

Y como todo en este mundo, también los abrevaderos pasaron por una gran transformación, en algunos casos muy cruel, desde aquellas loncherías disfrazadas que proliferaban por la ciudad, con dos o tres mesas de lámina y una especie de mostrador, atendidas por llamativas y generosas damiselas.


Luego el Ing. José Ciro nos dice que las mismas cantinas han cambiado su fisonomía, cuando se podía tomar algunos tragos a pie firme, sin disimulo, sin la amenaza del alcoholímetro, apuntalando el estómago con caldo de camarón y tacos de guisado en espera del platillo fuerte que hacían que el espíritu regresara; ya no tienen su canalito de agua corrediza para las emergencias y lo que es más doloroso, su buscado aroma a mingitorio desapareció, causando honda consternación entre los parroquianos tradicionalistas.


También las mujeres tienen su parte de culpa en esta lamentable transformación, cuando reclamaban su derecho a curar sus penas en público, surgen los Ladys Bar y se les permitió su anhelado ingreso a las cantinas; así como la supuesta elevación de categoría de las cantinas a restaurant bar.


Con la obligada transformación de los locales, ya los sufridos y mal comprendidos clientes no pueden desahogar sus penas a grito abierto, ni recordarle la familia a todo pulmón a sus vecinos de mesa.

Con el crecimiento de la familia que ya también hacia sus pininos, surgen los Merenderos, hasta los muy abundantes antros llamados así por la chaviza, que dentro de su ignorancia a todo llaman antros, sin escuchar los gritos de protesta de los antiguos clientes de La Chueca, que juran y perjuran que antros, nada más los de La Chueca.



8 visualizaciones0 comentarios