REPORTAJE: La sociedad colonial no siempre fue agradable


Las pugnas en San Diego


+ En la ciudad fue común que gran parte de la población, sobre todo la elite, pidiera ser sepultada en el panteón de San Diego, lo que causó varios conflictos entre el párroco y los Dieguinos


ALDO BONILLA CHAVEZ



En FUERZA AGUASCALIENTES hemos escrito de cómo San Diego ha sido orgullo de la población y ejemplo de tesón y entrega por grupos como la Orden Tercera.

Pero hoy trataremos un tema no del todo agradable y que deja ver la otra parte del Convento de San Diego y de la sociedad colonial, no siempre pacífica y agradable, nos referimos a las relaciones que tuvieron los párrocos de Aguascalientes con los religiosos de San Diego.


Hemos de comenzar, dice el maestro e historiador Christian Medina, subdelegado estatal del INAH, por explicar que si bien los Dieguinos de San Diego tenían cierta independencia y mantenían en su convento prácticas de culto autónomas, no por ello estaban libres de toda autoridad, pues la Villa de Aguascalientes en la cuestión religiosa, tenía como principal órgano administrativo la Parroquia de la Asunción.

La encabezaba un párroco que a su vez regulaba la vida religiosa de toda la Villa y se hacía ayudar por vicarios, que eran sacerdotes seculares, y de cierta manera supervisaba que los religiosos que vivían dentro del territorio parroquial cumplieran las reglas básicas que en materia de culto, él, en nombre del Obispo, en este caso el de Guadalajara, hacía cumplir en su jurisdicción.


Dentro de las funciones del párroco, estaba la administración de los sacramentos o en su caso, delegarlo en otro sacerdote, el dar los permisos matrimoniales, el predicar los días de fiesta y el dar los permisos para sepultar a los difuntos, aparte de cobrar los aranceles que por dichas inhumaciones se tenían qué pagar.

En el caso de los difuntos sucedía otra cuestión, pues así como la parroquia, los templos conventuales contaban con panteones instalados en sus atrios, incluso San Diego tenía un panteón en todo lo que actualmente es el atrio de la capilla de la Tercera Orden y lo que hoy es el Jardín del Estudiante.


Estos panteones sólo podían ser utilizados cuando el párroco daba el permiso explícito para que en ellos se inhumara alguna persona que por devoción propia pedía antes de morir, ser sepultado en el panteón de algún convento.

En Aguascalientes fue común que gran parte de la población, sobre todo la elite, pidiera ser sepultada en el panteón de San Diego, lo que causó varios conflictos entre el párroco y los Dieguinos.


En el fondo, los conflictos dejaban ver una pugna por el poder, es decir, por demostrar cuál institución, la parroquia o el Convento de San Diego, tenía más presencia ante la sociedad y más control sobre la población.

Fueron estas relaciones las que dieron origen a dos etapas diferentes en las relaciones párroco de La Asunción y Dieguinos.


PRIMERA ETAPA


Transcurrió de la fundación de San Diego, de 1664 hasta al último tercio del siglo XVIII, es decir 1775 aproximadamente, esta etapa se caracterizó por las buenas relaciones entre la parroquia y San Diego, mismas que se explican si se tiene en cuenta que fue precisamente un párroco de Aguascalientes, don Pedro Rincón de Ortega, el que fundó el convento y trajo a los Dieguinos a radicar aquí.


Aun después de muerto don Pedro, los Dieguinos conservaron excelentes relaciones con la parroquia, sobresaliendo los casos de amistad que mantuvieron con don Nicolás Echerreaga, a quien por ayudar a refugiar dentro del convento a un indígena prófugo de la justicia y sirviente de dicho párroco, les provocó tales problemas, que varios Dieguinos fueron desterrados a España.


Más tarde y ya en el siglo XVIII llegaría a la parroquia don Manuel Colón de Larreategui, párroco que mantuvo una amistad profunda con los Dieguinos, no sólo porque su hermano Joaquín Colón de Larreategui profesó como terciario franciscano, sino por amistad personal con algunos de los guardianes del convento, mismos que eran solicitados en las fiestas patronales de la parroquia para predicar y celebrar las misas principales, como testimonio de esa amistad quedó para la memoria la procesión que se celebró para la inauguración del nuevo edificio parroquial, actual Catedral de Aguascalientes.

Fue el 4 de octubre de 1738 que como uno de los principales actos de la apertura del nuevo templo, se trajo desde el Convento de San Diego al Santísimo Sacramento en solemne procesión hasta la parroquia, esta es una de las muestras de la buena armonía que trascurría entre los párrocos y los Dieguinos.


SEGUNDA ETAPA



La situación cambió drásticamente para la segunda etapa de la que hacíamos mención y tuvo como origen las reformas borbónicas instauradas por el gobierno español, que reformas buscaban cambiar y hacer más eficiente el sistema de gobierno de todo el imperio español y dentro de dicho objetivo estaba el de coartar el poder de la Iglesia Católica, en especial la influencia de las órdenes religiosas sobre la sociedad.

Tal vez la expulsión de los Jesuitas es y ha sido la más sonada de dichos cambios gubernamentales.


Fue precisamente este tipo de actitud del Clero secular que buscaba defender privilegios y reducir la presencia de los religiosos en la sociedad, la que provocó una ruptura en la Villa de Aguascalientes, enfrentando al párroco y a los Dieguinos en reiteradas ocasiones.

Y fueron estos enfrentamientos que llegaron a escándalos o litigios legales, los que demuestran el fin de una época, para dar paso a la dinámica de cambio, que vivieron las órdenes religiosas, de ello podemos citar dos ejemplos:


El 27 de septiembre de 1774 hubo un conflicto que enfrentó al párroco Miguel de los Ríos con el convento de Dieguinos, en especial con su Guardián Fray José Sainz de la Peña.

Los hechos se desarrollaron durante el entierro de Manuela Rincón Gallardo, su cuerpo fue llevado por el párroco, el Clero y el Cabildo de la Villa hasta el convento, recibiendo los Dieguinos el cortejo en la puerta, quienes lo introdujeron hasta el crucero y aún le permitieron al párroco cantar el último responso, pero sucedió que no quiso salir el Guardián con la comunidad, ministros y cruz a dejar la cruz de la parroquia, y estando ya los religiosos cantando la Vigilia de Entierro gritó el Cura que no saliese su Clero y que se volviesen a llevar el cuerpo de la difunta a su parroquia.


Y el Clero se salió y no le hizo caso al Cura y los señores del Cabildo se levantaron y apaciguaron al Cura que parecía loco y lo sacaron de la iglesia.

En 1818 ocurrió otro caso, tuvo como principales involucrados al párroco José María Berrueco y Fray Mariano Pimentel y tuvo como eje del problema el que el párroco, para evitar ser ofendido con una desatención, prohibió se sepultara a un difunto en San Diego, pero el Cabildo de la Villa y el alcalde insistieron hasta lograr que se sepultara el cuerpo en San Diego. Así, a manera de venganza, el párroco decidió celebrar el novenario de San Francisco, Patrono de la Villa de Aguascalientes, en la parroquia y no en San Diego, como venía haciéndose desde casi cien años atrás.


Esto enfrentó abiertamente al párroco y los Dieguinos que opusieron disputa formal y llevaron el caso ante el rey, el cual falló en favor de los Dieguinos, obligando al párroco a respetar la costumbre de celebrar la fiesta en San Diego.

A partir de este enfrentamiento, las relaciones entre la parroquia y los Dieguinos fueron de mal en peor, hasta la expulsión de los frailes a mediados del siglo con las Leyes de Reforma, entonces tuvieron que abandonar su convento y los pocos que quedaron se vieron sujetos a obedecer al párroco.

Lo anterior da muestra de una larga historia de choques entre los párrocos de la Villa y los Dieguinos de San Diego.


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