REPORTAJE: ¨La Ruta de la Muerte¨



+ Consistía en recorrer la calle de Cinco de Mayo de extremo a extremo, visitando todos los establecimientos que se dedicaran a la venta de licores y paladear una bebida en cada uno de ellos, esta aclaración era necesaria, debido a que en el camino se encontrarían con algunas cervecerías atendidas por llamativas señoritas, que los podían distraer de su cometido


ALDO BONILLA CHAVEZ



El Siglo XX indiscutiblemente que trajo una serie de metamorfosis sumamente trascendentales para Aguascalientes, desde ser un antiguo sitio de paso, luego Villa y hoy Ciudad. El siglo XXI, pese a tantos problemas, entre ellos el del COVID, pareciera esperanzador para los aguascalentenses, al perfilarse la transformación urbanística más importante en los últimos cien años, lo que es algo muy positivo y es por eso que hoy en NOSOTROS SOMOS AGUASCALIENTES volvemos a hablar de una anécdota muy jocosa de la que escribimos hace ya más de un año y que llamamos ¨LA Ruta de la Muerte¨.


Al paso de tantos años se perdieron muchas cosas y otras se transformaron.

En el siglo que pasó desaparecieron, entre muchas cosas que hablan de una sociedad provincial y romántica, los tranvías, los empedrados, las huertas, esas que se hicieron tan famosas y que fueron una fuente básica de manutención para muchísimas familias.

Los estanques, plazas públicas, incluso la actual Plaza de la Patria es la cuarta o quinta versión de la original; nuestro Parián es el tercero.

Cómo no recordar la Gran Fundición, otra de las grandes tradiciones del siglo que marcó el inicio de la industrialización en el Estado.


Hay que mencionar, dice a FUERZA AGUASCALIENTES el investigador e historiador ingeniero José Ciro Báez Guerrero, que el ferrocarril es indiscutiblemente una de las cosas m s grandiosas en nuestra historia, ya que trajo grandes satisfactores económicos muy importantes y durante décadas fue lo que nos dio identidad ante el mundo.

El presente se vive con lo que la sociedad hizo en el pasado y, el futuro lo está escribiendo la actual generación de la tecnología. Todo esto conforma la tradición de una sociedad muy singular, mercantil, de comercio, cultural y muy luchona. Una sociedad que forjó grandes y bellas leyendas, así como también pasajes chuscos y agradables que hoy muchos recuerdan con alegría.


En sus barrios y calles han ocurrido incontables pasajes que las marcaron para siempre, agrega el ingeniero Báez Guerrero, quien dice que sin duda una de las calles más concurridas de Aguascalientes, es la Cinco de Mayo, anteriormente llamada de Tacuba.

Su longitud abarca desde la Plaza Principal, hasta la calle de Zaragoza, desde sus inicios lugar de residencia de algunas de las mejores familias de la localidad; sede de acreditados comercios, bancos y un mercado en sus primeras cuadras; el resto de la calle eran en su mayor parte, casas habitación, modestos comercios, un templo, taquerías, algunas cervecerías disfrazadas de lonchería, atendidas por amables señoritas de dudosa reputación y el Jardín de Zaragoza, que da nombre a uno de los barrios más populosos de la ciudad.


Pero dentro de todo el movimiento de esta calle, había algo que llamaba la atención en no pocas personas y era que empezaba con una cantina en su primera esquina y terminaba con una cantina en su última esquina. Con una serie de este tipo de establecimientos intermedios.


La categoría de estos lugares variaba significativamente; desde los mejor acondicionados, con una contrabarra muy bien surtida en vinos, amplia y reluciente barra, varias mesas y un grupo de no siempre muy atentos meseros.

Conforme se alejaba la calle del centro de la ciudad, estos lugares se volvían más modestos, hasta llegar a los que sólo contaban con una sencilla barra, con su imprescindible estribo para apoyar los pies y una especie de canal en su parte inferior, para las emergencias y con una sola persona, que la hacia de cantinero y mesero.

La botana variaba, según la categoría del lugar, desde un suculento mole o lechón, sobre todo los fines de semana, hasta lo más paupérrimo, que consistía en un plato con sal, por el que habían pasado cientos de manos.


Realizar un recorrido por esta calle, con su refrescante pausa en cada uno de estos lugares, resultaba de interés para cualquier adorador del Dios Baco.

Pero el interés no sólo radicaba en demostrar sus cualidades etílicas, sino por convertirse en observadores de un ambiente que difería de un lugar a otro. Hace algunos años, dice el ingeniero José Ciro Báez Guerrero, este recorrido no podía pasar desapercibido para dos personas como Fidel y Jesús, el primero mi primo y el segundo mi vecino, ambos residentes del barrio de Zaragoza y lo más importante, con una amplia trayectoria, en el arte de chocar las copas en estos honorables lugares.


Cierta mañana en que se encontraban cómodamente sentados en una banca, y a la sombra de fresco árbol del Jardín de Zaragoza, acordaron realizar ese recorrido, y con la seriedad del caso lo bautizaron como la ¨Ruta de la Muerte¨, aunque parezca trágico el nombre, no era porque alguno de los dos fuera a caer en el camino, ya que su experiencia la habían adquirido en empresas más arriesgadas, más bien era por desanimar a los que sin tener los méritos necesarios, quisieran incorporarse a tan arriesgada aventura. La Ruta consistía en recorrer la calle de Cinco de Mayo de extremo a extremo, visitando todos los establecimientos que se dedicaran a la venta de licores y paladear una bebida en cada uno de ellos, esta aclaración era necesaria, debido a que en el camino se encontrarían con algunas cervecerías atendidas por llamativas señoritas, que los podían distraer de su cometido.


El recorrido se iniciaría en la esquina de la calle de Zaragoza y la calle en cuestión, en donde se encuentra El Ranchero, ocupaba un pequeño local de esta esquina, con acceso por ambas calles, por medio de puertas de madera de las llamadas de cantina, en su interior todo era de proporciones reducidas, la contrabarra y la barra, ambas de madera, esta última con su estribo y canal en la parte inferior y dos o tres bancos y sin mesas, por lo que los clientes tenían que consumir sus bebidas de pie.


El siguiente lugar a visitar, sería en la esquina con la calle de la Morita, y continuarían hasta la esquina con calle de Jesús María, en donde se encontraba EL Lago Azul, era este un poco más amplio que el anterior -los anteriores-, con entrada por medio de puertas de madera estilo cantina, en el interior tenía su contrabarra de madera con sus espejos, barra de cemento con varios bancos y dos o tres privados de madera estilo fuente de sodas; saliendo de aquí caminarían por la misma acera, hasta llegar frente al Jardín de Zaragoza, donde se encontraba el lugar llamado Los Alpes, en su entrada tenía una pared formada con tragaluces, lo que le daba un aire más moderno.



La siguiente parada sería en La Frontera, ubicado frente al desaparecido Cine Rex, ocupando un antiguo local de gruesas paredes, su entrada es por una sola puerta de madera, era un lugar amplio con contrabarra con espejos, barra con varios bancos y algunas mesas. De aquí se pasarían a la esquina con calle Larreategui, en donde se encontraba El Palenque, con su llamativo gallito pintado en el frente.

En la siguiente cuadra se encontraba El Cabo Cuarto, con su entrada por medio de dos puertas estilo cantina, era un amplio salón con contrabarra de madera con espejos, larga barra de cemento con varios bancos, algunas mesas y privados de madera estilo fuente de sodas.


Luego caminarían un poco por la misma acera, hasta llegar a la esquina con calle de Arteaga, donde se encontraba El Puerto de Guaymas, era un amplio salón, con barra y contrabarra de madera, con sus espejos, algunos bancos y mesas, al salir de este lugar los aventureros ya empezarían a sentir los rigores de las copas, lo bueno para ellos es que con sólo atravesar la calle, llegarían al siguiente lugar donde, se encuentran Los Negritos, este ocupaba un pequeño local de añeja finca con gruesas paredes, la entrada era a través de dos puertas de estilo cantina, en su interior tenía una antigua contrabarra de madera con sus espejos, su barra con algunos bancos, dos o tres privados estilo fuente de sodas.


En la parte superior tenía un tapanco de madera que utilizaban como privado, al que se accedía por medio de unas escaleras también de madera, el servicio en cuanto a bebidas y botanas, era mejor que en los lugares anteriores y era proporcionado por un personaje apodado ¨El Bachi¨, este apodo le venía desde su juventud en que le dio por ser novillero, era común escuchar su plática sobre este tema; de cómo conoció a Manolete y del apoyo que le prometió, de cómo vio la muerte de Alberto Balderas, en El Toreo en 1940 y las l grimas del público al salir de la plaza, esto lo amenizaba entonando un paso doble con su aguardentosa voz y ejecutando una verónica con el secador de loza.


Continuando por esta misma acera se llegaba a la esquina con calle Adolfo Torres, donde se encontraba El Tío Pepe. Y as¡ llegamos a la primera cuadra de la calle, en donde estaba el Bar Montoro, para muchos el mejor lugar de la ciudad, ocupaba una amplia y añeja finca, con su puerta exterior de estilo cantina, con su amplia barra y contrabarra muy bien surtida en vinos, varios privados de madera estilo fuente de sodas, al fondo tenía una sección separada por una vistosa verja de fierro muy bien trabajada, era un agradable lugar de reunión de todo tipo de personas, la atención era proporcionada por su propietario don José García, conocido como Pepe Hillo.


Los mejores días para asistir a este lugar eran los fines de semana, en que se podía disfrutar de un sabroso lechón o un rico mole, es indudable que al salir de aquí los camaradas tendrían que apoyarse mutuamente, para poder terminar la ruta y además tener mucho cuidado al atravesar la calle porque el siguiente lugar era El Lobby y se encontraba en la acera de enfrente, era este un poco más lujoso que los anteriores, parecía que siempre estaba en penumbras por la poca luz que había, tenía una amplia y reluciente barra y contrabarra bien surtida, varios bancos y mesas.


Y finalmente nuestros abnegados excursionistas llegarían a la última parada de su ruta, para su desgracia tenían que volver a atravesar la cada vez más peligrosa calle, este sitio era El Imperial, que se encontraba haciendo esquina frente a la Plaza Principal. Tenía entrada por ambas calles, por medio de puertas de cantina, era un lugar agradable con mucha luz que entraba por unos ventanales que tenía frente a la Plaza, en su interior tenía una contrabarra muy bien surtida, su barra con varios bancos, mesas y privados con tapicería de hule.



A este lugar trataban de darle la imagen de ser exclusivo, cosa que lograban los meseros, ya que sus atenciones eran para los conocidos ignorando a los demás.

Como se podrá observar la ruta era larga, pero los dos camaradas confiaban en sus facultades, tanto físicas como mentales para cumplir su cometido. Pero cosas del destino, por alguna extraña causa el recorrido no se llevó a cabo.


Con el tiempo los dos camaradas se mudaron por diferentes rumbos de la ciudad, lo que no fue motivo de separación etílica y cierto día decidieron revivir la ¨Ruta de la Muerte¨, con este fin buscaron la misma banca y el mismo fresco árbol en el Jardín de Zaragoza, pero se dieron cuenta de que el Jardín era otro, con una decoración muy moderna, pero con pocos árboles que dieran sombra y lo más trágico para ellos, fue que el número de cantinas había disminuido drásticamente, quedando sólo El Ranchero con algunas modificaciones, La Frontera que seguía siendo básicamente la misma y Los Negritos, ya totalmente renovada, pero sin El Bachi cantando un paso doble y dibujando una verónica con el secador de loza. Viendo esto decidieron que ya no valía la pena el recorrido.

Sin embargo Fidel no se quedaría con la espinita de demostrar alguna de sus cualidades, y decidi¢ buscar otra forma de hacerlo, lanzando un nuevo reto igual o m s peligroso que el anterior; consistía en realizar un recorrido por diferentes taquerías, consumiendo la mayor cantidad de tacos, este reto fue aceptado por Beto, persona de gran capacidad digestiva, pero esto ser motivo de otro artículo.


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