NOSOTROS SOMOS AGUASCALIENTES

De las Fondas a los Cafés


+ Nuestra ciudad cuenta con una gran cantidad de sitios donde se puede reunir a charlar entre amigos, desde un jardín con sus bancas, y bajo la sombra de sus frescos árboles, donde además no se tiene que realizar ningún desembolso, pasando por los más modestos a los más sofisticados cafés


ALDO BONILLA CHAVEZ



Aguascalientes, como todas las ciudades del mundo, tiene sus centros de reunión donde socialmente se hacen amigos, se realizan citas de negocios o bien, para charlar o discutir, en su caso, los asuntos del momento, tanto políticos como deportivos, principalmente.

Aguascalientes ha tenido también un gran número de centros sociales, llamados mexicanamente, muy nacionalmente "cantinas", ésas que fueron el paraíso de la amistad para muchos señores de las distintas épocas, cada una de ellas, contando con sus propios parroquianos, sus asiduos concurrentes que incluso llegaban a atenderse personalmente, llevaban la cuenta de lo que consumían y pagaban lo que les daba en gana.

Sin embargo, también es cierto que si algo ha distinguido a Aguascalientes son lo que originalmente se dio en llamar Fondas y luego Cafés.


Nuestra ciudad cuenta con una gran cantidad de sitios donde se puede reunir a charlar entre amigos, desde un jardín con sus bancas, y bajo la sombra de sus frescos árboles, donde además no se tiene que realizar ningún desembolso, pasando por los más modestos a los más sofisticados cafés, disfrutando de esta aromática bebida, hasta los sitios de moda, como son los restaurantes, cantinas y los actualmente llamados antros, frecuentados estos últimos, más bien por la gente joven.


Muchos han sido los sitios que se han establecido con este fin, algunos de vida muy efímera, pero todos con su propio ambiente y su propia historia, tal es el caso de los cafés, lugar predilecto para el encuentro de todo tipo de personajes, que se reúnen con muy diversos fines, casi siempre de acuerdo a sus filiaciones políticas e ideológicas, tan es así, que tratan de asistir en grupo al mismo café y a la misma hora, hasta sentarse en la misma mesa, que también es importante.


Porque asistir a un café dice a FUERZA AGUASCALIENTES el ingeniero e investigador histórico José Ciro Báez Guerrero, no es cualquier cosa, es asistir a toda una institución que ya lleva varias décadas de vida, es penetrar a una atmósfera diferente, en donde no existe el tiempo, mientras se disfruta de una taza de esta aromática bebida, cuya preparación también importante, digna de un buen alquimista, porque entre los asistentes a estos lugares, se encuentran verdaderos expertos en el arte de saborear un auténtico café.


De esta forma, ellos mismos se han encargado de catalogar los lugares donde expenden este tipo de producto, y sin darle mucha importancia al tipo de local, que puede ser muy modesto, lo importante es saborear un buen café, del ambiente cada quien se encargará.

Y así podemos ver en los cafés desde las parejas de enamorados, que buscan el sitio más recóndito y obscuro del local, y frente a una olvidada bebida, prometerse mutuamente la luna y las estrellas.


O los que se reúnen después de enterarse de las últimas noticias, y todavía con el Diario bajo el brazo comentarlas con otras personas, no siempre afines a ellos y entre sorbos de varias tazas de café, tratar de arreglar el cada vez más desordenado mundo, y arreglar uno que otro negocio o venta de los más diversos artículos.

Los intelectuales o los que tratan de serlo, también tienen en los cafés su lugar de reunión, ya sea en forma individual, frente a una libreta abierta y con la mirada perdida en el firmamento, y entre apuntes y sorbos de cantidades industriales de café, tratar de que llegue la inspiración.


O en grupo, con sus comentarios sobre el último concierto o libro del momento, o sus propios escritos; sin olvidar la última gracia de algún funcionario público, y sin medir el tiempo mientras corren varios litros de café, bajo la atenta mirada de la mesera, que jarra en mano trata de que no falte esta bebida.


Sin que puedan faltar en estos lugares, la legión de desempleados de los que abundan en nuestra ciudad, que con desesperación revisan la sección de empleos del Aviso Económico de los Diarios locales, marcando los que puedan ser de su interés, y con el estómago vacío, mientras tratan de alargar la única taza de café que están en posibilidades de pagar, mientras con la mirada buscan entre las otras mesas alguien que pueda salvarlos de su situación, o cuando menos alguien que les invite otra taza de café.

O de los amigos que se reúnen sin ningún fin específico, y sin saber gran cosa de la calidad del café, se pasan las horas mientras fluyen las anécdotas y contando sus aventuras, o lo que ellos consideran sus mejores chistes casi siempre a costa de los ausentes, o de los vecinos de mesa, que también tienen su propio ambiente.


Como ya se mencionó han sido muchos los lugares donde se expende este tipo de bebida, aunque sin poder precisar cuándo llegó a nuestra ciudad. Se sabe que los ingleses llevaron el café a Jamaica, de donde pasó a América Central y del Sur y que en México, al parecer el primer café fue El Cazador que se encontraba en el Zócalo.

Posiblemente en nuestra ciudad, agrega el Ing. Báez Guerrero, los primeros lugares donde se expendía el café como bebida, fue en las fondas, donde vendían principalmente alimentos, costumbre que pasó posteriormente a los restaurantes y neverías.


De esta forma podemos ver que a fines del siglo XIX, aunque ya existían en nuestra ciudad establecimientos con el nombre de restaurantes, proliferaban las fondas, como la que por esos años tenía Loreto Soto, en la Estación del Ferrocarril con el nombre de La Pasajera; Doroteo Jiménez tenía su fonda por la calle de La Paz, actualmente de Juárez; Pascual Calzada tenía la suya por el Portal Chávez, del Mercado Terán; Crescencia de Lira y Andrea López tenían su fonda por la calle de La Palma, actualmente Adolfo Torres; por la primera calle de Tacuba, actualmente de Cinco de Mayo, María del Refugio Martínez y María Valentina Ubario, tenían su fonda; frente a la Plaza Principal se encontraban las fondas de Máximo Anieves y de Jorge King; Petronila Camacho y Petra Guerrero tenían su fonda por la primera calle Del Obrador, actualmente de José María Chávez y Natividad Baranda, tenía la suya por la calle del Relox, actualmente de Juárez.


Los establecimientos donde expendían alimentos, continuaron siendo conocidos con el nombre de fondas durante gran parte del siglo XX, que no pasaban de ser un pequeño local, con unas mesas y unas cuantas sillas de madera, con su bracero calentado con carbón y su comal, para preparar los alimentos y calentar el café, estos lugares ni nombre tenían, por lo que eran conocidos por el nombre del propietario.


Hasta muy recientemente el nombre de fonda ha sido desplazado por el de restaurante o lonchería, en cuanto a los lugares donde expendían café como bebida, continuaron durante esos años como complemento de los alimentos o de la nieve y ya como café, surgieron a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, del mismo siglo.

En cuanto a los lugares que se anunciaban como restaurante, nevería o bien como café, podemos mencionar los siguientes: por 1938 Andrés C. Settshiw tenía su café y restaurante, en la acera norte de la Plaza Principal, posteriormente lo cambió a Madero y Morelos, con el nombre de Café y Pasteles Al Minuto; por esos años Macario Jaramillo H. tenía su Restaurante y Café, en Morelos 14; María de Jesús Luévano tenía su Café en Artega 20; Elías Nicolopulos tenía su Nevería y Café en Madero 71; Pedro Roldán su Lonchería y Café en el Portal Aldama 8, en el Parián.



Josefina Silva tenía el mismo giro en Madero 86 y Jesús Márquez, tenía su Chocolatería y Café por la calle de Libertad 128.

En 1940 Luis Mercado Serrano tenía su Cafetería Puerto Rico, en el número 137 de la calle de Juárez; en el 171 de esta misma calle, se encontraba el Café La Flor de México; en 1941 Gerónimo Macías tenía su mesa de Café en la calle de Arteaga; en el número 6 de esta misma calle se encontraba el Café Nipón, y en el número 18 Otilia Castañeda tenía su Café Concordia, con venta de alimentos y cerveza.


En 1943 se encontraba el Café Cantón, en el 12 de Cinco de Mayo; por 1944 se encontraba el Café Ciros en Alameda y Progreso, de Luis Medina Muñoz; en 1945 María de los Angeles Moreno tenía su Café y Cervecería Moscú, en Darío y Vázquez del Mercado; por esos años Rafaela Gutiérrez de Gutiérrez tenía su Café Rex, en el número 180 de la calle de Cinco de Mayo y en 1947 se encontraba el Café Olimpia, en Madero 71.


Luego el Ing. Báez Guerrero nos cuenta que durante la primera mitad del siglo XX, con motivo de los movimientos migratorios que se dieron en nuestra ciudad, algunas familias de origen oriental como son los chinos y japoneses, quedaron ligados a la actividad comercial, específicamente a los cafés y restaurantes, de esta forma podemos ver que el Sr. Chong Gwon Pay, tenía su Fonda y Café América, en el número 19 de la calle de Juárez, y su Café en el cuarto 22 del Mercado Terán; Uichi Aoki Aoki, con su esposa Kaoru Hirata, tenía su Café La Japonesa en la calle de Arteaga, a un costado del Mercado Terán; en el número 24 de esta misma calle de Arteaga, Magdalena y Jacinto Y. Hashimoto, tenían su Café y Pastelería y Sato Misa Kinji tenía su Café La Flor de México, en el número 71, de la calle de Juárez.


Uno de los propietarios de restaurantes de origen oriental, que más dejó huella en nuestra ciudad fue Francisco Leetoy, que por los años treinta tenía su Restaurante Leetoy, en una sección del edificio de la Estación del Ferrocarril, en donde se podía observar en la parte posterior del edificio, los montones de leña que utilizaba para elaborar los alimentos; así como las donas, los quequis y los bisquetes, que despedían un agradable aroma hacia el exterior del restaurante, algo que seguramente muchos todavía habrán de recordar con agrado.


Posteriormente el Sr. Leetoy cambió su restaurante al número 12 de la calle de Cinco de Mayo, y al lado poniente de la Plaza Principal.

Otro restaurante y café que dejó huella en nuestra ciudad, es La Opera, que se ubicaba por la calle de Madero, casi esquina con Morelos, del Sr. Chong, también de origen oriental, este establecimiento despedía un agradable aroma de café hacia el exterior, cuya especialidad eran los tacos con pollo, los huevos revueltos y regresar como vuelto de la cuenta, bisquetes o quequis que elaboraban en el mismo restaurante, con el socorrido pretexto de no tener cambio.


Este Restaurante de La Opera también ocupó un local por la calle de Morelos, en un sitio cercano a donde se encuentra actualmente el Monte de Piedad.

Muy recordado es el señor que colocaba en el exterior del Restaurante La Opera por Madero, un carrito con su vitrina, donde vendía unas sabrosas flautas, que servía con un repollo muy bien picado y una suculenta salsa.


A no dudar, agrega el Ing. Báez Guerrero, que uno de los cafés que se pueden considerar de más larga vida en nuestra ciudad, fue El Fausto, ubicado en el interior del Hotel Francia, cuyo origen viene desde principios del siglo XX, desde antes de la construcción de la finca del hotel, obra de don Refugio Reyes y terminó su vida junto con el Hotel Francia, también de gran historia en nuestra ciudad.


Actualmente existe un café que se puede considerar de los más antiguos en funciones, se trata del Excélsior, lugar predilecto de los intelectuales de épocas pasadas, cuya historia inicia en el primer Parián, pasando por toda la etapa del segundo, y actualmente se puede visitar en el tercer Parián.


Durante su vida ha tenido diferentes modalidades, como son la venta de libros, revistas, teléfono público y por supuesto el servicio de café.

El Excélsior conserva su ubicación original en el Parián, frente a la antigua Escuela Preparatoria, situación que lo hacía víctima fácil de las travesuras de los estudiantes, sobre todo cuando celebraban su día, en que llovían proyectiles llenos de agua hacia el interior del local.


A fines de los años cuarenta o principios de los cincuenta, fue instalado lo que se puede considerar el primer intento por establecer un restaurante con ideas norteamericanas, el San Francisco, de la esquina de Nieto y Plaza Principal, con sus sillones tipo nevería y vista a la Plaza de Armas, y con la novedad de que desde la mesa se podía seleccionar la melodía que tocaba una rockola, por lo que rápidamente se convirtió en el lugar predilecto de la juventud de aquella época, que no dejaban de asistir a tomar café o algún refresco al San Francisco, después de la imprescindible función de cine dominical y paseo por la Plaza de Armas.


A principios de los años cincuenta surge un establecimiento llamado Café Plaza, ubicado al costado norte de la misma, aunque de vida muy efímera, fue uno de los primeros intentos por establecer un café con los adelantos de la época, sobre todo con las entonces modernas y llamativas luces de neón.

El Café Plaza era propiedad del muy conocido Cuco Díaz, que trató de darle mucha vida al lugar, con sus bailes y matinés los domingos, Cuco Díaz además administraba algunas cantinas, como el Gato Negro, ubicado en la esquina de las calles de Juárez y Larreategui y tapancos, que instalaba durante la Feria.


Por los años de sesenta y setenta se encontraba en el interior del segundo Parián, en su esquina de Morelos y Rivero y Gutiérrez, la muy concurrida Nevería Nápoles, del Sr. José Silva, mejor conocido como "El Pulpo", lugar muy frecuentado sobre todo los domingos después de haber dado la vuelta por el Parián, por los preparatorianos y una gran cantidad de personas, a donde asistían a escuchar la música de moda en su rockola, mientras disfrutaban de su café o alguna otra bebida, que era servida por la señora conocida como Reyna.


Don José también tenía su local conocido como La Ideal, en la esquina de las calles de Madero e Hidalgo.

Con la destrucción del Parián, la Nevería Nápoles cambió su ubicación a una antigua finca que se encuentra en la esquina de Hidalgo y Hospitalidad, y posteriormente desapareció.

Otra nevería que se encontraba en el mismo segundo Parián, era el Salón Salvador de don Salvador Herrera, se ubicaba a medio Parián en su costado por la calle de Juárez, ocupaba un amplio local con su muy imprescindible rockola.

Un hermano de don Salvador llamado Everardo Herrera, tenía su Restaurante Venecia en el interior del inmueble.


Por esos años se encontraba la Nevería Los Alpes, que inicialmente ocupaba un puesto de lámina a un costado de Catedral, y luego se cambió a un local más en forma a un costado del Teatro Morelos, con sus mesas y sombrillas por el hoy andador.

Existían otros lugares donde no vendían exactamente café, pero sí vendían otro tipo de bebida caliente como era canela, aunque la combinaban con alcohol, como eran las cenadurías que por los años treinta se encontraban por el rumbo de la Estación, o la que en José María Chávez 17, tenía María Rodríguez.


Como ya he mencionado, refiere José Ciro, sería hasta principios de los años sesenta, cuando surgen los establecimientos que tienen como producto principal el café preparado como bebida, en locales que tenían la característica de encontrarse a media luz, en ocasiones con una decoración a base de pintura fosforescente, con un mobiliario ya más moderno y con una música de acuerdo a las tendencias de moda.

Como es el caso del Café El Jav, nombre que viene de las iniciales del Sr. Jesús Avila Vázquez, con ubicación por la calle de Morelos, casi esquina con Madero, era atendido por el Sr. Felipe Avila, posteriormente se cambió a la calle de Madero, en el local que anteriormente ocupaba el Café La Opera del Sr. Chong.



Luego surgieron otros locales, como el Café El Monasterio de la calle de Madero, en el lugar que actualmente ocupa el Café El Sótano; El Molino Rojo de la calle de Juan de Montoro, actualmente convertido en lonchería; El Convento de la segunda cuadra de Cinco de Mayo; El Oasis del Jardín de Guadalupe; el Café Copelia de la primera calle de Juárez; El Café y Arte de Aguascalientes, de Victoria 201-A; la Cafetería y Nevería Pink de Juan de Montoro; La Cochera de Gusva, de las Américas; La Ronda de la calle de Juárez; La Hostería del Jardín, de Manuel M. Ponce y La Peña de los Monjes Lucrecios, de Vázquez del Mercado.


Y más recientemente el Café La Parroquia de la calle de Hidalgo, y actualmente por las calles de La Democracia y Zaragoza.

Sin faltar los cafés donde se podía escuchar música de trova, como el Artesanos de José María Chavez; El Caminero de Jesús Contreras y Rivera; La Querencia de la calle de Alarcón, con una programación muy completa, con pláticas sobre diferentes temas, funciones de cine, conciertos de jazz y de trova, posteriormente se cambió a una amplia casona de la calle de Jesús Contreras, de donde desapareció; la Casa de los Milagros, que se encontraba por la calle de Juárez y después por Petróleos Mexicanos y El Lugar del Trovador, por Sierra de Las Palomas.


Y los cafés en que se puede disfrutar además de un buen café, un fresco y agradable ambiente, como es el café de la Casa Terán por la calle de Rivero y Gutiérrez, ubicado en una vieja y acogedora casona de fines del siglo XVIII, que fuera casa habitación de la familia de don Jesús Terán y que hoy se encuentra convertida en centro cultural y en donde Yola y Vero son las reinas que atienden a los asistentes.

Esos eran y son los cafés, que se han convertido en punto obligado para infinidad de personas, sin importar la clase social, para los que buscan un momento de soledad o de compañía, lugar de planes y de negocios, o simplemente para pasar el rato.


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