NOSOTROS SOMOS AGUASCALIENTES

Los manantiales y acequias


+ Aguascalientes fue reconocida oficialmente en 1575, aunque por ese tiempo ya existían en esta zona vecinos de origen español que aprovechaban unas aguas provenientes de los manantiales

ALDO BONILLA CHAVEZ



Aguascalientes está inmerso en una historia de agua.

El agua precisamente fue uno de los factores que se utilizó en nuestro antiguo escudo, porque lleva la fuente termal con una hoguera prendida en su parte interior.

El agua es lo que dio el nombre a la Villa de las Aguas Calientes.

Y sin embargo hoy en el nuevo milenio, el agua es uno de los recursos que cada día cuesta más y que incluso está amenazado con agotarse.


Hoy la caprichosa Madre Naturaleza también parece que nos ha dado la espalda y el ciclo pluvial es cada vez más aislado y raquítico, de modo tal que los tiempos en los que Aguascalientes era un lugar pródigo con tal recurso ya sólo quedan en la historia.

Dialogando para la sección NOSOTROS SOMOS AGUASCALIENTES, el ingeniero José Ciro Báez Guerrero, historiador e investigador, nos dice que nuestra población como la mayoría en el mundo, nació seguramente con la idea por parte de sus primeros pobladores, en asegurar una fuente de abastecimiento de agua, ésta la encontraron en unos manantiales al oriente de lo que hoy es la ciudad de Aguascalientes.


Aunque no se conocen datos precisos sobre los pobladores anteriores a la conquista, es fácil suponer que estas aguas ya eran apreciadas por las tribus que poblaban la región.

Aguascalientes fue reconocida oficialmente en 1575, por ese tiempo ya existían en esta zona vecinos de origen español, que aprovechaban unas aguas provenientes de los mencionados manantiales, que además dieron origen al nombre de la ciudad.

Una antigua descripción de los años 1602-1605 dice: "llámase a esta villa de Aguas Calientes por razón de unos manantiales ... que junto así tiene".

Una descripción posterior de entre 1766-1768, refiere de los mismos manantiales: "a la distancia de una legua, hay un ojo de agua medicinal, que desciende formando arroyo por la Villa y se invierte en el riego de varias huertas y chilares".


Las fuentes de abastecimiento de agua de los primeros pobladores, era además de los manantiales, por medio del agua de lluvia y de los ríos cercanos a la población.

Los arroyos que atravesaban la ciudad y que fueron fuente importante de abastecimiento de agua, son Los Adoberos, actualmente entubado y convertido en la avenida que corre de oriente a poniente, con el nombre de López Mateos; El Cedazo y el que lleva los nombres de Pirules, Curtidores y San Pedro.


Los manantiales mencionados son los que se encuentran al oriente de nuestra ciudad, llamados del Ojocaliente; son los que por su ubicación y caudal, durante varios siglos abastecieron del vital líquido los hogares, las fuentes y las huertas de la ciudad.

Antiguamente estos manantiales del Ojocaliente formaban unos arroyuelos, de los que la población se abastecía para sus necesidades básicas, como es su aseo personal y para uso doméstico, en las acequias y pequeñas lagunas que se formaban, que aunque el agua conservaba la temperatura alta, no tenía sabor desagradable y al enfriarse, se podía tomar con toda confianza.


Sería en el año de 1808 cuando Don Manuel María Tello, propietario de la hacienda del Ojocaliente y de los manantiales, solicitó permiso del Virrey para construir unos baños al final de la Alameda, que hasta la fecha llevan dicho nombre.

Posteriormente en 1821, en el trayecto de la Alameda, entre lo que es actualmente el templo de La Purísima y la Estación del Ferrocarril, se edificaron los baños o placeres de Los Arquitos, que eran abastecidos por el mismo manantial del Ojocaliente.

Por el año de 1786 se construyó un tanque para el almacenamiento de agua de lluvia, y del excedente de agua de los manantiales del Ojocaliente, que sería conocido popularmente como el Estanque de la Cruz, que además sirvió para esparcimiento de las familias de la localidad.


La acequia que conducía el agua de los manantiales al tanque, agrega el ingeniero Báez Guerrero, era conocida como la acequia de Tejas y corría desde los baños del Ojocaliente por la Alameda, para seguir por las calles de 28 de Agosto, de Tejas, actualmente Bartolomé de las Casas, Francisco Villa, Del Socorro, donde formaba una laguna, Vasco de Gama, para continuar a un costado de La Santa Cruz, para ser depositada en el tanque.

Del tanque surgía otra acequia, que corría por la misma calle de José María Arteaga, que hasta principio de los años sesenta llevó el nombre Del Estanque, para cruzar el Jardín de Zaragoza y continuar por las calles de La Mora, Libertad, Gómez Farías hasta el Jardín de San Marcos.


El agua conducida por estas acequias se destinaba principalmente para el riego de las múltiples huertas que existían por ese punto de la ciudad. Esto originó una gran demanda del vital líquido, por lo que se buscó la forma de regular su uso, surgiendo de esta forma en 1863 el Reglamento de Regadíos, elaborado por una comisión de hortelanos, encabezada por el regidor municipal del ramo.

Uno de los principales puntos del Reglamento, concedía prioridad de riego a todas las huertas de frutales sobre las hortalizas, advirtiendo a los propietarios de huertas abandonadas, que se les negaría el agua si no las rehabilitaban.

Las disposiciones presentadas en dicho Reglamento no fueron respetadas, en 1874 se presentó un nuevo Reglamento de Regadíos con modificaciones importantes, marcando las prioridades de riego en la siguiente forma:


1º A las alamedas, jardines públicos y paseos; 2º A los plantíos de viñas, olivos y moreras; 3º A las huertas de viñas, árboles frutales, hortalizas y verduras; 4º A los estanques de alfarerías y obras particulares; 5º A los sembradíos de semillas y cereales.

El Reglamento también marcaba multas hasta por cinco pesos para aquellas personas que en forma clandestina, derivaran el agua a sus terrenos.

Este Reglamento nos da una idea de la importancia que tenían los manantiales existentes, y de su forma de distribución por medio de las acequias; así como de la gran cantidad de huertas distribuidas en la población y de la variedad de cultivos.

Además del Ojocaliente la población contaba con el agua del arroyo del Cedazo, para cubrir sus necesidades.


Y así vemos, dice el ingeniero José Ciro Báez Guerrero, como los propietarios de huertas de diferentes rumbos de la ciudad se dirigen al Ayuntamiento, en solicitud de agua de las acequias, para regar sus cultivos.

Como es el caso de Manuel Aranda, quien el 9 de agosto de 1890 presentó su solicitud, en la que especifica que desea plantar viñas en un terreno del cuartel once de esta ciudad, para lo cual ha proyectado abrir un canal que parta de cerca del arroyo del Cedazo, con una distancia aproximada de trescientos metros, en la que tiene que atravesar por medio de un túnel, el camino que viene de Ledezma y dos veredas, que salen de callejones del barrio de Ojo de Agua



O el caso de W. P. Mellen de origen americano y vecino de la calle del Ojocaliente, que el 8 de diciembre de 1894, solicita del Ayuntamiento permiso para instalar una cañería de 1.5 pulgadas, para tomar una vez por semana agua de la acequia que pasa por dicha calle, para regar un pequeño jardín.


El primer permiso sí fue aprobado por las autoridades, el segundo no, debido a que el Reglamento prohibía dar agua para riego de jardines particulares.

A pesar del beneficio que proporcionaban las acequias a la población, existían quejas de los vecinos, por los daños que el exceso de humedad causaba a sus fincas, esto motivó que en forma frecuente y debido al aumento de construcciones para casa habitación, solicitaran el cambio del curso de las acequias.


El 1º de febrero de 1881 un grupo de vecinos de la calle de San Diego, entre los que se encontraban Manuel Arteaga, José Bolado, Rafael Arellano y Felipe Nieto, solicitaron el cambio de curso de la acequia que pasaba por dicha calle, por estar perjudicando sus fincas, a como estaba antiguamente, o sea por la Plazuela de la Leña.

El 12 de junio de 1885 Viviano López, propietario de una fracción del lote número 1 y parte del 2, del solar que está situado frente a la Plazuela del Encino, solicitó permiso para cambiar el curso de la acequia, por estar perjudicando la finca que estaba construyendo.

Desde la construcción de los baños del Ojocaliente, se elaboraron varios proyectos para una mejor distribución del agua a las fuentes públicas, las huertas y las casas de familias acomodadas, al parecer la mayoría quedaron en simples proyectos, ya que por años la conducción del agua permaneció en la misma forma.


Tan es así, que el 15 de septiembre de 1885 el Ayuntamiento de la capital notifica a Antonio Puga, propietario de los Baños de Los Arquitos, sobre la pronta y eficaz reparación de la acequia que conduce el agua a los baños de su propiedad y a las fuentes públicas, ya que en su trayecto existen varias roturas y filtraciones, que ocasionan importantes pérdidas de líquido; además de que es su obligación, como lo marca la segunda cláusula de la escritura respectiva.


En un censo levantado el 17 de febrero de 1896 por el regidor Evaristo Femat, se informó que 48 individuos tenían derecho al charqueo de la acequia de Tejas.

Para el 3 de marzo de 1896, el Gobierno del Estado propuso el proyecto de reconstruir la acequia, que conduce el agua del Ojocaliente a los jardines públicos y huertas, con el fin de darle nueva vista a su trayecto.


Para el 4 de junio del mismo año, la junta directiva de la obra "Acequia y Calzada del Ojocaliente" informó sobre el inicio de los trabajos.

En el manantial del Ojocaliente el agua era almacenada en una construcción llamada caja de agua, para ser distribuida por medio de tuberías de barro a las fuentes públicas, de donde el común de la población, además de las acequias, se abastecía del agua considerada como potable para las necesidades del hogar.

Con este mismo objetivo, en julio de 1860 un diario local anunciaba la pronta construcción de una fuente en la calle del Obrador, con la mejor agua potable de la ciudad, por parte del Gobierno del Estado.


El mismo diario anunciaba en octubre de 1860, la formación de una comisión de ciudadanos encargados de la construcción de la fuente, entre los que se encontraban Jesús Carreón, José María Chávez y Luis de la Rosa, quienes acordaron erigir tres fuentes en lugar de una; la primera en la Plazuela de Triana (que por ese tiempo se encontraba casi concluida), la segunda en la calle de La Cárcel y la tercera, la ya mencionada de la calle del Obrador.Para el 12 de noviembre de 1860 comenzó a salir el agua, según se decía, de una vistosa y sencilla fuente, que fue construida a expensas de Don Agustín Gómez, Cura Párroco del Señor del Encino.


En diciembre del mismo año se informaba, que se han construido dos hermosas fuentes de agua potable, una en la Plazuela de Triana y otra en la calle del Obrador, y que una de estas fuentes se llamara de la Reforma; además nuevas fuentes se erigirán en la calle de La Merced, Plazuela de San Juan de Dios, jardines públicos y en muchas casas particulares.

A pesar de que la fuente de la Reforma les parecía un tanto deforme por sus dimensiones, para estar en la calle, no dejaban de reconocer su inmensa utilidad para el centro de la población.


La fuente de la Reforma no es otra que la conocida popularmente como La Pila del Obrador, que se encontraba en el cruce de las actuales calles de Hornedo y José María Chávez, era de cantera de forma redonda, con un diámetro aproximado de diez metros y un metro de altura.

De este rumbo de la ciudad los pobladores se abastecían del agua de la fuente, lo que dejó una gran cantidad de marcas en sus bordes, debido a los botes y cántaros que utilizaban.


Las mencionadas fuentes de Triana, de la Reforma o del Obrador y la del Hotel de Diligencias de Don José María Chávez, se alimentaban del Cedazo.

Don José María Chávez obtuvo el servicio de agua para su Hotel de Diligencias en 1860, este se encontraba en la tercera calle del Obrador No. 7, en el lugar donde posteriormente se ubicaron los Baños del Refugio, propiedad del licenciado Aniceto Lomelí, que a principios del Siglo XX anunciaba: "Baños rusos, de tina, de regadera, servicio de ropa en todos los baños".



Por su parte, el manantial del Ojocaliente abastecía las siguientes fuentes: cinco de la Plaza Principal; cuatro del Jardín de San Diego; una del Mercado Terán; una del Jardín de Zaragoza; una del Jardín de San Juan de Dios; una del Jardín de Guadalupe; una del Jardín de La Merced y cinco del Jardín de San Marcos.


Luego el ingeniero Báez Guerrero refiere que además de las fuentes mencionadas existieron las siguientes: las de Cholula, Mercado Juárez, del Parián, dos en los Panteones de Los Angeles y La Cruz, en la casa cural del Templo de Guadalupe, la de Los Perros en la actual colonia Altavista y la de Los Azulejos, en la Avenida Madero.

Las familias acomodadas que no tenían pozo, eran abastecidas de agua de las fuentes, por unos personajes conocidos como los aguadores, con sus botes de hojalata, a cada lado y sostenidos en los hombros por un palo, hacían viajes frecuentes de las fuentes a las casas, donde solicitaban su carga.


Había aguadores que hacían viajes a domicilio, con sus burros cargados de cántaros llenos de agua zarca, como le llamaban, de los manantiales de Los Negritos, que se localizaban al norte del camino a La Cantera o del manantial de Sandovales.

Algunas familias tenían en sus casas norias, de las que extraían el agua, o bien almacenaban el agua de lluvia en un aljibe, el cual al aproximarse la temporada de lluvias era aseado; así como las azoteas de la casa, para que el agua escurriera lo más limpia posible, hacia el depósito.


Durante muchos años, los momentos de esparcimiento de gran parte de la sociedad de Aguascalientes estuvieron ligados al vital líquido, ya sea por la temporada de lluvias, a la presencia de ríos o de los manantiales. Esos lugares eran aprovechados para pasar gratos momentos en familia y con amigos.

Uno de los lugares predilectos de paseo era San Ignacio, sobre todo el entonces llovedor 31 de julio, día del Santo Patrono del lugar, donde antiguamente se encontraba una importante fábrica.


Por las calles que conducen a aquel sitio, sobre todo la de Guadalupe, se veían ríos de gente, con su indispensable ropa blanca, el transporte era de lo más variado, en burros, caballos, carretones, coches o a pie.

Una vez en San Ignacio se consumían grandes cantidades de bebidas, como pulque, mezcal o colonche, este último licor extraído de la tuna fermentada, con el que era tradición que los asistentes se dieran un baño. El regreso a la ciudad era en medio de una gran tormenta, de ese entonces llovedor día.


Otro de los sitios predilectos de paseo era el río de Los Pirules, que en temporada de lluvias tenía crecidas extraordinarias, tan importante era este paseo, que la compañía de tranvías construyó un ramal con corridas a este sitio.

El día favorito era los domingos, en que la compañía ponía en servicio todos los carros disponibles, que eran abarrotados por multitud de paseantes.

En el margen del río se colocaban una gran cantidad de puestos, con venta de comida y aguas frescas; en ese mismo sitio los aficionados al baile se podían dar gusto, levantando polvo.


Un sitio más cercano a la ciudad era el Tanque o Estanque, que como ya se mencionó, era llenado con agua de lluvia y el excedente de agua de los manantiales del Ojocaliente. Los domingos era visitado por familias de diferente clase social, que pasaban el día a la sombra de los múltiples mezquites que rodeaban el tanque.


Un atractivo más de este sitio eran las lanchas, que se podían alquilar para dar paseos.

Por supuesto, agrega el ingeniero Báez Guerrero, no podían faltar los paseos a los lugares donde nacían los manantiales, como los ya mencionados del Ojocaliente, y La Cantera ubicada al poniente de la ciudad, donde antiguamente fue la hacienda de ese nombre, parte de ésta es la actual Ciudad de Los Niños, y donde hasta hace pocos años se encontraba el balneario de La Cantera.


Sus inicios como balneario era simplemente el ojo de agua, con temperatura más bien caliente, que formaba un charco con sus límites naturales. Posteriormente se construyó un balneario más en forma con dos albercas y un chapoteadero, con sus siempre descuidados vestidores.


Alrededor de las albercas existía un jardín, con árboles muy frondosos que daban una sombra muy agradable, con mesas en las que las familias podían tomar sus alimentos.

Lamentablemente, dice a FUERZA AGUASCALIENTES, el crecimiento de la ciudad con nuevas y grandes necesidades, y la cada vez más grande escasez de agua, provocó en gran medida la desaparición de estos lugares.


Con la construcción de obras de captación, aguas arriba del río de Los Pirules dejó de tener aquellas grandes crecidas, por lo que perdió su atractivo como lugar de paseo.

El viejo Tanque del Siglo XVIII fue destruido junto con la acequia de Tejas, durante la administración del ingeniero José María Rodríguez, para construir en ese sitio el Fraccionamiento Primavera, sólo se conserva la Santa Cruz, fundada en 1575, como se puede leer en la inscripción de uno de sus costados.

La acequia de Tejas que abastecía el Tanque, nunca fue valorada por la población, sobre todo en sus últimos años, en que la utilizaban para bañarse en la misma acequia y para tirar inmundicias, contaminándola.


El balneario de La Cantera dejó de funcionar hace algunos años, perdiéndose entre las construcciones que actualmente existen en ese sitio.

Las instalaciones de los baños o placeres de Los Arquitos, estuvieron abandonadas durante varios años, hasta recientemente en que fueron restauradas, devolviéndoles parte de su antiguo esplendor, para convertirlas en el Centro Cultural Los Arquitos.

Los baños del Ojocaliente continúan funcionado al final de la Alameda, aunque sin el esplendor de antaño, en que las aguas provenientes de sus manantiales abastecían a gran parte de la población.


Como hemos visto, dice por último el ingeniero José Ciro Báez Guerrero, los manantiales y ríos forman parte importante de la evolución de Aguascalientes, por lo que con toda justificación, don Alejandro Topete del Valle los evocó como el Agua Clara, al diseñar el escudo de nuestro Estado.


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