Milagro del ¨Padre Trampitas¨ en las Islas Marías

¨Pancho Valentino el Matacuras¨


+ Aquel ser sanguinario que siempre renegaba del trabajo bestial, lo hacía gustoso porque decía que sólo así podría lograr el perdón por todos sus crímenes, afirmando que su dolor físico se lo dedicaba a Dios por todos los que sufrían en el mundo


HERIBERTO BONILLA BARRON



Las Islas Marías no solo fueron un penal con una fama terrible, también fue un sitio en donde también Dios se hizo presente demostrando su inmensidad y aunque muchos no lo quieran creer, un lugar en donde los milagros se hicieron realidad y de ello damos cuenta hoy en la sección ARCHIVOS POLICIALES de FUERZA AGUASCALIENTES, la que por esta ocasión presentamos en la sección local porque es una historia de amor increíble que retomamos porque en las redes sociales están dando a conocer la vida del famoso luchador de los años 50s, Pancho Valentino, conocido como ¨El Matacuras¨, el cual terminó redimido por el legendario ¨Padre Trampitas¨.


Este sacerdote es un enorme personaje del que ya hace varios años FUERZA AGUASCALIENTES había dado cuenta y del que conocimos cuando hicimos una visita de trabajo al llamado ¨Infierno del Pacífico¨, fue originario de Aguascalientes y considerado por muchos como un verdadero santo, Juan Manuel Martínez Macías nació el 14 de junio de 1900.


Hoy, a treinta años de su muerte, la imagen de este hombre que se hizo leyenda bajo el apodo del "Padre Trampitas", sigue agigantándose en el corazón y la mente de todos cuantos lo conocieron, fue un ser realmente extraordinario cuya presencia física aún se recuerda con inmenso cariño y cuyo espíritu pareciera seguir presente porque indudablemente que fue un ser tocado de la mano de Dios, un verdadero ángel que bajó a la tierra para mostrar la grandiosidad del Todopoderoso.


Sus restos están en donde forjó su leyenda, las Islas Marías, al lado de los hombres y mujeres a los que tanto quiso y tanto se entregó, junto a los peores criminales, de personajes que en su tiempo fueron considerados la escoria de la sociedad y a los que llegó a transformar de manera increíble en seres que, arrepentidos totalmente, se dedicaron a llevar su condena pensando sólo en hacer el bien.


PANCHO VALENTINO


Una de los milagros que le dieron la vuelta al mundo y que protagonizó Juan Manuel Martínez Macías, el "Padre Trampitas" en el penal de las Islas Marías, fue la que tuvo con el famoso luchador Pancho Valentino, quien fue confinado por sus múltiples crímenes, entre ellos el de un sacerdote en la Colonia Roma de la ciudad de México.

Al llegar saludó al Padre de la siguiente manera:

"Yo soy Pancho Valentino, el matacuras".

-Pues mira, -le contestó-, yo soy el Padre Trampas, el que mata a los matacuras y no te me enchueques porque te lleva la ching...-


Esas palabrotas en las Islas no sonaban mal, eran el pan de cada día y por lo tanto el Padre tenía que hacerse al molde o de lo contrario dejaría ver que lo intimidaban.

Por muchos años el Padre y Pancho Valentino no se hablaron.

Pasaba junto a él, lo saludaba y como respuesta tenía un escupitajo y una mirada asesina.

Una vez se le acercó y le preguntó si era cierto que descendía de una familia judía.

-¿Y qué, te duele si así fuera-, le contestó agresivo el Padre.

"No, no se me amosque Padre, es una simple pregunta porque yo quiero mucho a los judíos".


-Entonces quiéreme-, le contestó.

De ahí en adelante Valentino comenzó a acudir a misa.

Le regaló varios cuadros religiosos con emotivas dedicatorias y el Padre creyó que había cambiado, sin embargo sólo lo estaba engañando, pretendía hacerlo su amigo para cumplir lo que había prometido, matarlo y despedazarlo.

Un colono le advirtió a ¨Trampitas¨ lo que Valentino pretendía y le dijo que se cuidara. Pancho quiere matarlo, anoche me invitó para que lo liquidáramos, le dijo.

Un 2 de enero, ya muy entrada la noche, Valentino tocó fuertemente a la puerta del "Trampitas".


"Buenas noches Padre, ¿alguien más está con nosotros?, le preguntó.

-Dios es el único que nos acompaña-, le dijo.

Cerró la puerta y el Padre creyó que le había llegado su hora.

"Vamos al Sagrario, le dijo fuerte y secamente".

Hay que destacar que ¨Trampitas¨ contaba que nunca sintió miedo.

Sintió gozo porque una cosa le había pedido fervientemente a Dios, morir en las Islas Marías y que su tumba se levantara entre las de sus compañeros que seguramente se habían ido al Cielo.



-Te prometo Dios mío que no meteré las manos, acógeme en tu santo seno, toma mi sangre, mi vida para la salvación de todos los prisioneros actuales y los que vengan en el futuro. No tiene valor mi sangre pero tú se lo darías-, dijo entonces el Padre.

Llegaron al Sagrario y le dijo: -Ya estamos aquí Pancho, ¿qué quieres?

Se le quedó mirando fijamente y a "Trampitas" se le vino a la mente cómo había descuartizado a un padre de la Colonia Roma.


-Mira Pancho, qué es lo que quieres-.

"Enséñeme a rezar como usted dice", le contestó y soltó una carcajada siniestra y burlesca.

-No Pancho, ya sé a lo que vienes y no me voy a oponer a nada, me siento en la gloria porque estoy frente a la imagen de la Virgen. Lo que haz de hacer hazlo pronto-.

Lo miró y luego volteó a ver a la Virgen.


Ahí cambió la expresión del rostro de Pancho Valentino y dirigiéndose a la imagen le dijo:

"Madre de Dios, ayúdame". Luego se fue contra el Sagrario, lo golpeaba y recordaba, llorando, cómo hacía diez años había dado muerte a otro sacerdote. "Mátame si quieres Señor, pero perdóname", clamaba Pancho Valentino. Aquel hombre no lloraba, bramaba, rugía como un león herido por la saeta del Espíritu Santo.


"Mátame si quieres Señor, pero perdóname", era su grito.

"Trampitas" entonces también cayó de rodillas.

Esperaba la muerte y se encontró con el abismo de misericordia.

-Señor mío, tú no desprecies el corazón bendito y humillado, acuérdate también de aquella vez en que yo fui tu perseguidor y te juré seguir delante de mi madre, acuérdate Señor-, decía el Padre.


Ahí sintió que tocó la gloria.

Al día siguiente fue a comulgar y uno de los presos le dijo:

"Padre, hoy sonaron las campanas gordas en el cielo porque comulgó Pancho Valentino".

Y el Padre le contestó:


-Si hubieras estado aquí anoche hubieras escuchado los sonoros bronces del reino de los cielos tocando alegría por un pecador que se arrepintió-.

Desde entonces Pancho Valentino fue el primero en acudir a misa, siempre de rodillas, nunca quiso sentarse porque sólo así, decía, merecía estar delante de Dios.

Y cuando iba a confesarse siempre le pedía una "enjuagadita".

Y desde entonces, aquel ser sanguinario que siempre renegaba del trabajo bestial, lo hacía gustoso y lo pedía porque decía que sólo así podría lograr el perdón por todos sus crímenes, afirmaba que su dolor físico se lo dedicaba a Dios por todos los que sufrían en el mundo.


"Desde que conozco a Cristo ya no hay sufrimiento para mí", decía Pancho Valentino a quienes querían escucharlo. Por su dedicación al trabajo se ganó el apodo de "El Loco".

Hizo entonces una enorme cruz de cedro negro que pesaba 75 kilos. Los viernes la cargaba y subía a un cerro para autocastigarse, luego en bicicleta recorría con su cruz a cuestas, los 60 kilómetros de la Isla.


Ya para entonces sufría ataques epilépticos y murió la noche de un 24 de octubre, víctima de uno de ellos, se le vino la cena y se ahogó.

Su conversión fue un milagro y no llegó solo, aquel interno que le dijo a "Trampitas" que habían sonado las campanas gordas en el cielo porque había comulgado Pancho Valentino, con 46 años de edad y 18 en las Islas Marías terminó por hacerse sacerdote y todavía hace unos años estaba desempeñando su apostolado en Mazatlán.



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