¨LA RESUAVE PATRIA¨



POR GILBERTO CALDERON ROMO

Capítulo 43

CASPAR WEINBERGER Y LAS TELENOVELAS



El otro día soñé que me encontraba de paso en Washington. D.C., un aburrido y frio fin de semana, durante el que se me ocurrió hablarle por teléfono a mi amigo Caspar Weinberger, secretario de la Defensa de los Estados Unidos, quien, por fortuna, el domingo después de cumplidas sus obligaciones religiosas en el templo, estaba en su oficina. No imaginan ustedes el gusto que le dio saber que me hallaba en su ciudad y de inmediato me invitó a saludarlo personalmente.


En verdad, los locales del Pentágono donde despacha mi amigo parecen un asombroso parque de diversiones. El edificio, de concreto armado, tiene toda la apariencia de un hotel de lujo de Cancún, solo que el personal, en vez de filipinas y uniformes tropicales, utiliza unas vistosas chaquetas caquis y verde olivo llenas de adornitos en el pecho, en el hombro o en los brazos. Me imagino que así es como distinguen aquí a los meseros de los empleados de la recepción o de los camaristas, y se ven todos musculosos y con el pelo bien cortado, como corresponde a un establecimiento de cinco estrellas.


A falta de limusinas, me recogió en mi hospedaje un reluciente jeep escoltado por otros más que tenían en la parte posterior unos tubos de metal que me imagino que eran para enviar al cielo de fuegos artificiales. En la recepción me obsequiaron un gafete de esos que utilizan en el Club Rotatorio en sus convenciones. Un amable recepcionista me prodigó un golpe de karate que me puso boca abajo sobre el suelo y atentos ayudantes procedieron de inmediato a aplicarme una especie de masaje corporal como jamás he sentido en ningún club de primera.


Cumplidas estas formalidades, gentiles edecanes me condujeron por un laberinto de puertas y pasillos que se abrían introduciendo unas pequeñas tarjetas de crédito –así me los parecieron—en graciosas ranuritas, lo cual se me figuró un toque de delicadeza, sobre todo por el juego de luces que han conseguido instalar en todas las superficies, acompañadas de unas voces metálicas que sucesivamente nos convidaban a proseguir nuestro paseo. Creo que ni en Las Vegas hay una atención tan esmerada.


En un patio alambrado y con una vegetación que se semejaba a la de Nicaragua –rápidamente pensé: nos encontramos en la Tierra de la Fantasía —se arrastraban unas personas que se movían rítmicamente. Se pronto, se produjo n estampido y dos de los miembros del show saltaron por los aires convertidos en ceniza y humo. De verdad que era impresionante: una diversión francamente original. A pregunta mía, el edecán me respondió que se trataba de un conjunto de marines, lo cual llamo poderosamente mi atención, ya que ese grupo coreográfico es sensacional y no lo conocía

.


En otro espacio abierto y de norte a sur se desplegaba un duelo de rayos láser que al hacer impacto en la parte contraria desaparecían lo que tocaban como en los filmes interestelares que vemos en el cine. “¡Caramba! –pensé--, con estos juegos cualquiera se pasa todos los domingos aquí; nada más faltaban las bolsas de palomitas y los muéganos”. Según supes después, eran ejercicios para afinar la puntería.

Muchas otras de estas cosas vi, pero me limitaré a decirles que por todas partes había pantallas de televisión y de computadoras, de esas que se usan ahora para hacer reservaciones en los viajes de avión. Realmente todo era regocijo.


Cuando por fin llegue a la oficina de Capara, él se mostraba enfurecido. Este Ronald –me dijo iracundo—, mientras se la pasa en Santa Bárbara cocinando barbacoa me tiene aquí encerrado desde hace meses.

Caspar hablaba y se paseaba nervioso por su espaciosa oficina, se arrancaba los pelos del cráneo y profería maldiciones de las que salen en las películas de vaqueros; fue entonces cuando confirme que estaba severamente irritado.

Ante esta situación opté por la prudencia. Me dirigí al bar y de un galón ya a la mitad, me serví un buen trago de exquisito whisky y lo dejé simplemente proseguir (A Caspar, no al galón. Bueno, también al galón).


Imagínate –continuó, como es el presidente, lo único que tiene que hacer es pasearse, maquillarse y aparecer ante la prensa. En verdad, la responsabilidad presidencial se reduce a un intenso programa de actos sociales por la televisión, en tanto que los demás nos vemos reducidos a prepararle los scripts. De aquí, seguramente que yo voy a ir a dar el programa de Jimmy Carson como libretista.


Debo abonar en favor de Caspar Weinberger que es una persona simpática y de buen humor, que siente un sincero amor por la libertad y el mundo libre y abomina de los enemigos de su patria, como bien pueden serlo los tercermundistas, los comunistas, los librepensadores, los que tienen hambre, en fin, casi un 99 por ciento de la humanidad, virtudes todas ellas que se le enredan ahora que se encuentran en una tan difícil posición.

-Bueno, Caspar –dije en tono conciliatorio y buscando despertar su sepultada serenidad--. No es para tanto, sólo tiene que elaborar unas cuantas frases resonantes.

-Eso es lo que me acaba –repuso--, Yo tengo talento para escribir una telenovela de Lucia Méndez, un inteligente libreto de los que le preparan a Raúl Velasco o una película de cabareteras, de esas que hacen en tu tierra, y aquí me tienes, fabricando consignas alarmantes.


Mientras mi amigo se lanzaba dando tops voladores contra la pared oriental de su despacho, pude atisbar que en su escritorio había algunas frases de ocho columnas, fruto de sus neuronas desveladas. He aquí unos ejemplos; “La Guerra ha comenzado”, “Si los comunistas insisten, Lanzaremos un Ataque Nuclear sobre El Salvador”, “Viva la Nueva Mayoría”, “Muera el PRI”, “Rusos Go Home de Afganistán… y también de Polonia, Checoslovaquia y de la Muerte sobre Europa y sus Alrededores”, “Ronald Loves Thatcher”, “Viva John Gavin”, y así por el estilo.


Por desgracia, a los tres días de este episodio, un comando chiíta secuestró en Grecia a un avión de la TWA, mantuvo como rehenes a un puñado de norteamericanos y el presidente Reagan no pudo asistir a su conferencia de prensa acostumbrada, en virtud de que le dio catarro. Ahora comprenderán ustedes porque a don Casper Weinberger le gustan más las telenovelas que trabajar en el Pentágono.



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