La época de la Independencia


+ La historia consigna que fueron muchos los aguascalentenses que acompañaron al Cura Hidalgo en su movimiento libertador, entre ellos el también sacerdote Pablo José Calvillo

ALDO BONILLA CHAVEZ



Hace ya algunos siglos Aguascalientes fue sede de una respetable fuerza militar, es natural que ésta tuviera la primera y la última palabra sobre la opción a seguir.

Los historiadores románticos sostienen que los dragones de Nueva Galicia abrazaron en masa la causa de la insurgencia, afirmación que, hoy por hoy, a decir de los historiadores, pareciera inverosímil.

Las mismas fuentes han venido sosteniendo sistemáticamente que el Cura Hidalgo comisionó a un aguascalentense de su confianza, Pedro Parga, recién iniciado el movimiento, para que convenciera a la oficialidad del regimiento de pasarse a las filas insurgentes.


Según esos mismos historiadores, Parga no sólo consiguió sus propósitos, sino que tuvo posteriormente una actuación destacada y duradera en pro de la insurgencia.

Otro completamente diferente es el caso del capitán de dragones, Diego Fernández Villa, único oficial del destacamento aguascalentense abierto simpatizante de la insurgencia.

Dicho oficial, padre de doña Luisa Fernández Villa, esposa de García Rojas, futuro primer gobernador del Estado de Aguascalientes.


Diego estaba emparentado con las mejores familias del lugar, realistas por supuesto: los Dávalos, Pedro Dávalos fue el padrino de su hija María Josefa Guadalupe Gregoria, y, a través de éstos, precisamente por su compañero de armas el capitán Diego Villa, tenía una aplicación y una conducta buena en el ejército realista, mientras que su capacidad intelectual se juzgaba como regular.


Otro de los miembros del regimiento de dragones, el sargento José Luciano Ponce, que se pronunció en el paraje denominado Las Trojes, cerca de Aguascalientes, declarándose partidario de los insurgentes a los pocos días del grito de Dolores.

A Ponce, que contaba 38 años por aquel entonces, le siguieron en su deserción sus compañeros de empleo -posiblemente buscando un ascenso que con los insurgentes se prometía fácil, mientras que con los realistas, a causa de su etnia, imposible- y un grupo de dragones.


No estará de más mencionar que diez años antes de lo acontecido en Las Trojes, José Luciano Ponce, sargento ya, mostraba una aplicación regular, una capacidad corta y una conducta mala a ojos de un coronel, el guanajuatense Ignacio de Obregón.

El regimiento entero se vio obligado a mantener una especie de neutralidad ante los acontecimientos, un equilibrio quizá difícil entre sus miembros partidarios de la insurgencia y los realistas.


Esta postura inactiva, que pronto se mostraría inviable al ser desbordada por el movimiento popular, acabó sumiendo a la agrupación en un proceso de autodisolución que acabaría en la más completa dispersión de sus miembros.

Sólo así se explicaría el papel de los dragones en las algaradas que se produjeron la noche del 8 de octubre, en las que no intervinieron en ningún sentido.


El vacío militar que se dejó sentir esa noche tuvo su paralelismo en la neutralidad que mostraron los poderes políticos aguascalentenses. Según Elías Amador, la falta de autoridades que se produjo en la población tras conocerse la sublevación de Hidalgo hizo que algunos vecinos de los más influyentes se presentaran al subdelegado provisional Manuel de Arteaga, pidiéndole que reuniera a los pocos regidores que quedaban con el fin de que se dictasen algunas providencias en bien de la tranquilidad general.

En esta especie de junta se integraron también otros vecinos prominentes y muchos eclesiásticos, acordando la constitución del Ayuntamiento, que quedó formado por Mateo Gutiérrez Valdés, José María Cardona, José María Herrera, Rafael García y José María Avila, éste último en calidad de síndico.


El regidor José María Herrera fue el encargado de afrentar, organizando algunas rondas o patrullas, las escaramuzas que la noche del día 8 de octubre protagonizaron varios grupos de indios -en palabras de Elías Amador- que se amotinaron contra la población europea en la creencia, real o supuesta, de que los españoles querían hacer armas contra el vecindario.


Es impensable que unos cuantos peninsulares pretendieran enfrentarse por las armas a todos sus conciudadanos; por otra parte, no se tiene conocimiento de que ninguno de ellos opusiese realmente ningún tipo de resistencia armada. Se trataba, en definitiva, de una excusa para desencadenar una revuelta social más.

Se pretendía primordialmente el saqueo de los bienes de españoles, casi todos de posiciones económicas holgadas. El cariz socio-económico de los motines no pasó desapercibido para los aguascalentenses, ya fuesen realistas, indiferentes, o partidarios de la insurgencia, que se dispusieron a atajar las ansias de pillaje que pretendían obrar en las casas de los españoles los insurgentes marginados.


El ayuntamiento y los eclesiásticos jugaron un papel primordial en el apaciguamiento de los grupos de agitadores.

Es así que en la madrugada del día 9 de octubre el presbítero Vicente García Rojas procuró contener a un grupo de 300 personas durante algunas horas, hasta que el ayuntamiento, forzado por la presión de los amotinados, consintió en registrar algunas casas de peninsulares.

Fueron capturados José Quijano, Manuel de la Torre, Tomás Blanco, y Miguel Mier que, viejos y enfermos, no habían podido huir a tiempo.


En el hospital fueron encontrados escondidos, y arrestados inmediatamente en la cárcel real, Manuel de la Fuente, Santiago Rada, y Martín de Artola, que habían buscado allí refugio.

El mismo motivo movió a protegerse en el convento de San Diego -recordemos que con su dinero se pagó la construcción del camarín del templo- al teniente coronel del regimiento de dragones, Juan Francisco Calera, que hubiese corrido dudosa suerte de no ser porque el padre Francisco García Diego, del convento de Guadalupe de Zacatecas, logró contener con su elocuencia a la plebe que iba a prenderle.


En la Hacienda de Pabellón tuvo lugar el penúltimo acto de la tragedia insurgente; el Padre Hidalgo fue depuesto del mando por sus generales cuando se dirigían hacia la ciudad de Zacatecas, en poder de Rayón.

Este, no confiando en su posición ante un ataque de Calleja, pensó en huir a Michoacán por el rumbo de Aguascalientes. Enterado de ello, Calleja destacó al coronel que empezaran su persecución, alcanzándole el día 3 de mayo en el rancho del Maguey, a corta distancia de la Hacienda de Pabellón.



Vencido Rayón, los realistas se apoderaron de Aguascalientes.

Los casos del Padre Hidalgo, abandonado por sus miles de seguidores el día anterior a la batalla del puente de Calderón o del jefe Calleja, quejándose al Virrey de las masivas deserciones de aguascalentenses sujetos a una disciplina militar después de que dicha batalla decidiese la suerte de la contienda, son bien elocuentes al respecto.

La crueldad y brutalidad que ambos bandos demostraron a lo largo de la contienda también los empareja claramente: a los masivos y gratuitos asesinatos de españoles practicados por los insurgentes sucederían las tremendas ejecuciones de independentistas mandadas realizar por los caudillos realistas.


El general realista, Calleja pasó en Aguascalientes gran parte del mes de junio de 1811, dejando antes de partir el cuidado del distrito al subdelegado Felipe Terán Pérez, dueño de la hacienda de Pilas, que tomó posesión de su cargo el día 25 de junio de 1811.

Aunque la situación de los realistas en la villa todavía revestía una especial precariedad debido a los amigos efectuados por las partidas de insurgentes que dominaban el valle de Huejúcar, enraizando en el territorio de Colotlán, a partir del mes de septiembre su asentamiento se mostró ya irreversible.


De junio a septiembre, las facciones comandadas por el Cura Pablo José Calvillo, Miramontes, Oropeza, Ramos, Ochoa, y otros insurgentes pusieron en tales apuros a los realistas de Terán que en más de una ocasión tuvieron que abandonar precipitadamente la villa.


A pesar que el cura realista José Francisco Alvarez, encargado por Calleja de perseguir a los insurgentes de la línea Colotlán-Huejúcar, Aguascalientes, obtuvo un triunfo notable en la acción de Garabato de 4 de agosto de 1811, los insurgentes se reagruparon formando una nueva división que atacó el 12 de mismo mes la villa de Aguascalientes.

Los 80 ó 100 hombres de que disponía Terán en la villa, unidos a los 300 de Alvarez, se vieron obligados a dejar la población en manos de los 600 de los insurgentes Oropeza y Ochoa. Alvarez y Terán huyeron a Zacatecas, donde esperaron las órdenes de Calleja para unirse al ejército comandado de Diego García Conde, procedente de San Miguel El Grande, y del jefe militar de Zacatecas, José López, para regresar a Aguascalientes y enfrentarse a los cabecillas insurgentes, que habían reunido ya a una hueste de cerca de seis mil hombres.


El día 2 septiembre se avistaron las fuerzas de López, compuestas por más de 400 hombres, a saber, el Batallón urbano de Zacatecas, la caballería de los Patriotas de Fernando VII, el Batallón de Aguascalientes, compuesto por sirvientes de la hacienda de Ciénega de Mata a cuyo frente se encontraba el capitán Bernardo de la Vega, infantería y caballería de la Provincias internas, unas decenas de artilleros y un centenar largo de rurales de caballería, y las de Ramos, Oropeza y Ochoa en el punto denominado Griegos, cerca de la hacienda de San Francisco, en el partido de Ojocaliente.

Lamentablemente las armas insurgentes fueron ampliamente derrotadas, muriendo en el combate el alférez Luis Ocampo y el cabo Ignacio García, de la caballería de Aguascalientes.


Aguascalientes caía de nuevo en manos realistas.

Paralelamente a estos actos bélicos tenía lugar en la retaguardia del ejército realista una sangrienta represión contra todos los acusados de insurgencia.

Arropados y encubiertos en sus excesos por una Iglesia claudicante y timorata, y excusados por unas autoridades para las que la revuelta aún no había terminado, el Cura Alvarez, y sobre todo el subdelegado Terán, se libraron a una desenfrenada matanza.

La relación de los nombres y sus circunstancias personales de la gente que mandó ahorcar, arcabucear, azotar o descuartizar Terán, exponiendo sus mitos para público escarmiento, sería interminable.


Las actas de insurgentes ajusticiados son numerosísimas y en algunas de ellas se consignaban auténticas masacres. A este respecto quizá las más llamativas sean a las efectuadas los días 7, 9, 11 y 12 de noviembre de 1811, en que fueron arcabuceados por la espalda 30, 24, y 26 insurgentes, respectivamente.


Al llegar el año 1820 el cansancio pesaba en ambos bandos.

Las gavillas de insurgentes nunca habían podido extinguirse del todo y entre todas las clases sociales del virreinato se extendía la idea de que a nada conducía seguir ligados a una España en plena decadencia. Los avatares políticos por los que atravesó la metrópoli.

La gota que colmó el vaso de los cambios políticos fue el golpe de estado liberal que en la península reimplantó la obediencia a la Constitución de Cádiz de 1812. Todos los territorios de la monarquía hispánica, por tanto, debieron renovar sus juramentos de adhesión a la carta que el rey Fernado VII proscribió de un plumazo seis años antes.


El 9 de junio de 1820 se recibió en Aguascalientes la noticia de que debía realizarse tal juramento, tan gratuito como indiferente para su vecindario. El día 22 se cumplió el trámite en el convento de franciscanos de la Purísima Concepción de la villa, como hace constar el Padre guardián Joaquín Silva, flanqueado por los discretos Fray Antonio Dans y Fray Antonio Pacheco.

El 29 de junio de 1821 pasó por Aguascalientes el jefe realista Béstegui, en marcha hacia Zacatecas, para evitar encontrarse con el general Negrete, que le perseguía, no sin antes haberse llevado más de 1,500 pesos de los fondos públicos y todo el tabaco labrado que allí encontró.


Negrete llegó a la villa de Encarnación el 3 de julio, siendo recibido allí por Valentín Gómez Farías y una comisión de Aguascalientes. Después de trasladarse a esta ciudad, inmerso en los ocho días festivos de celebración que se habían decretado a causa de la proclamación de la Independencia, el día 7 salió Negrete para Zacatecas con la promesa de volver al cabo de diez días y habiendo dejado en la villa 200 hombres al mando del teniente coronel Anastasio Brisuela, y como comandante interino al capitán de voluntario Pedro José López.


El día 6 de julio de 1821 se juró la independencia patria en Aguascalientes.

Gómez Farías enarboló la bandera tricolor en los balcones del Ayuntamiento entre las vivas de la multitud, celebrándose a continuación un solemne Tedeum en la iglesia parroquial.

Los cohetes y fanfarrias acompañaron ahora los mueras a Fernando VII en el mismo lugar y por las mismas gentes que pocos años antes habían saludado del mismo modo su invocación.



El día 8 se juró en Huejúcar, siendo alcalde José María Medina y jefe de las armas el capitán Gabriel Martínez. El día 11 del mismo mes tuvo lugar el juramento en Rincón de Romos, siendo alcalde Eusebio Gutiérrez, y en Asientos de Ibarra, siéndolo José Antonio Ruiz de Esparza. El día 21 en Jesús María, ocupando el cargo Carpio Suárez, el 22 en San José de la Isla, siendo alcalde Lino Hernández.

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