En Aquel Tiempo

LA ERA DEL DOCTOR GUEL


Por GILBERTO CALDERON ROMO

OCTAVA PARTE

LA FAMILIA DEL GOBERNADOR



Francisco Guel Jiménez se casó con la calvillense Teresa Serna con la que procreó cuatro hijos: Paco, Lety, Armando y Myrna. La señora murió tempranamente.

El fue muy cuidadoso en impedir que sus hijos se mezclaran en asuntos de gobierno o utilizaran el nombre y la figura de su padre para cometer tropelías. Los hijos eran estudiantes, pero jamás se vieron involucrados en escándalo alguno ni hicieron negocios a la sombra del gobierno. La única que participó en algo fue Leticia, la mayor, que se hizo cargo en forma por demás discreta y eficiente del Instituto Mexicano de Protección a la Infancia


En resumidas cuentas, puede decirse que no hubo familia incómoda habiéndose retirado de la vida pública, la vida del doctor Guel, suponíamos, transcurría entre el cuidado de sus ranchos, las jugadas de dominó y las tertulias de café, cuando, de repente, nos enteramos de que se había casado por segunda vez, acontecimiento del cual no circulaban muchos detalles.


En vista de que el viaje de la ciudad de México a Aguascalientes por autobús era por aquellos tiempos muy incómodo, ruidoso y peligroso, algunos optábamos por viajar en avión a León, Guanajuato y de ahí en bus a nuestro destino final. En un trayecto de esos coincidí con un amigo mío, muy cercano a la familia Guel, quien me llevó en su auto del aeropuerto guanajuatense a mi casa en Aguas. Durante el recorrido me dio santo y seña de las circunstancias en que se celebró el discreto matrimonio.


La dama en cuestión, doña Norma Saldívar, según me platicó, había trabajado en la una expresa textil y el romance transcurrió en la más absoluta oscuridad. La boda civil tuvo lugar en el Centro Social Navarrete y a la misma no estuvieron convocados ni los hijos del doctor ni su entrañable amigo el químico Jesús Teodoro Martín.

Menuda sorpresa se llevaron los familiares y los amigos íntimos de Guel, al enterarse de su nueva situación civil. En esa unión fueron procreados tres hijos, dos varones y una hembra. El gran pesar del Doctor fue que nunca pudo lograr que los vástagos de las dos familias congeniaran entre sí.


UN SUSTO TREMENDO


Dada su condición de viudez y de que se encontraba como se decía endenantes en edad de merecer, al gobernador se le atribuyeron romances con diversas damas, de los cuáles yo nunca tuve constancia, pero sí era evidente que trataba a algunas de ellas con deferencia y cortesía.


Una calurosa tarde tuvo lugar la audiencia del gobernador con delegados federales, el grupo de representantes locales de las secretarías de Estado del gobierno federal. Se reunían ellos en torno a una amplia mesa en un costado del despacho del Ejecutivo, el cual los iba llamando uno a uno a su escritorio y allí tenían el acuerdo respectivo.

Yo me estaba haciendo cargo de la secretaria particular -en una oficina adjunta- y el sol vespertino caía a plomo y estábamos enredados en despachar la correspondencia. En eso, se me apersonó don Jesús el encargado de las cocheras de Palacio que estaban en la planta baja y me dijo: “Señor, allá abajo hay una señora que dice que baje el Gobernador a verla”.


La noticia me pareció de una impertinencia absurda, así es que le dije a don Jesús: “Mire, vaya usted a verla y me la trae a mi despacho, pero lo hace por las escaleras centrales del Palacio y no por las privadas”. Se fue el obediente el colaborador y me olvidé del asunto. Al rato que aparece frente a mí una de esas amigas de mi jefe que era algo menuda de estatura. Venía con la cabeza repleta de tubos de plástico que las mujeres utilizaban entonces para fabricarse rizos en el pelo, la cual cubría con una pañoleta. Lucía, además, unos lentes oscuros de gato, una blusita y unos pantalones pescador, ceñidos de color azul eléctrico y unas chancletas. Pero lo más notorio era que venía hecha una furia.

Por poco me desmayo del espanto. ” Pero fulanita”, alcancé a decirle. No me permitió seguir. “Me estoy yendo a México en este momento y vine a despedirme de Pancho. Me indicó que llegara a la cochera y que él bajaba a despedirme”.


Me sentí al borde de la renuncia, apresuradamente abrí la puerta de la oficina ejecutiva y el doctor Guel alcanzó a distinguirla desde su escritorio. Se paró de improviso y le hizo señas de que pasara. La acompañé a la oficinita privada que estaba un poco más lejos. La dama hizo el paseíllo por el amplio salón ante la mirada socarrona de los funcionarios federales que morbosamente disfrutaban la escena.


Ya en el privadito y no sabiendo cómo conducirme, le dije “Quiere usted un escuiz, una coca” y la señora seguía encendida al grado que temía que se le quemara la cabellera. Al rato llegó el gobernador muy amable y yo puse pies en polvorosa.

Después le expliqué a mi jefe que él no me puso en antecedentes de esa inusitada visita y en mi confusión, la hice subir por las escaleras. Él no le dio importancia al asunto y yo conservé mi puesto.


OTRAS ANÉCDOTAS CURIOSAS


Algunas anécdotas pintan el carácter de los gobernantes de ese tiempo: en diciembre de 1970 tomó posesión de la presidencia de la República el licenciado Luis Echeverría Álvarez. El tipo había llevado a cabo una campaña electoral convulsiva en medio de discursos contestatarios y con ellos intentaba desesperadamente, atraerse a los jóvenes, sector que había sido lastimado en el movimiento estudiantil de 1968, el cual él mismo incentivó de manera aviesa y culta, pero dejando que el presidente Gustavo Día Ordaz asumiera la responsabilidad por los acontecimientos.


El caso es que se hizo de la presidencia prometiendo entre otras cosas, una “apertura democrática” y buscaba establecer debates con los jóvenes, especialmente con los estudiantes.

Sucedió que al asumir el Poder Ejecutivo se encontró con que las arcas del país estaban menguadas y discurrió hacer recorridos por la provincia para mantener la atención de los medios de comunicación.


A mediados de enero de 1971, vino a Aguascalientes y se preparó una gran reunión en el Teatro Morelos con todos los sectores. El único asunto relevante era el anuncio de que se iban a quitar los aranceles a la importación de vinos y se invitó a don Nazario Ortiz Garza, dueño de la Vinícola Aguascalientes y patriarca de la industria vinícola, para que apechugara con la decisión. Se programó también que hablaran campesinos, funcionarios, ferrocarrileros, etcétera.


Ya estando todo listo, la noche previa me dijo el gobernador que el presidente quería que intervinieran varios jóvenes en la asamblea. Nos dimos prisa y preparamos a algunos de ellos. A mí me correspondió asesorar a Salvador López López Velarde, un joven inquieto y enjundioso orador.


Le dije que había que aprovechar la oportunidad y producir un discurso que fuera recogido por los medios de comunicación nacional, que suelen acompañar al Ejecutivo y conociendo el talante el personaje, preparamos una pieza oratoria muy crítica en la que en pocas palabras se le interrogaba si él creía que habría PRI para el año 2000.

La reunión languidecía y Echeverría no sabía qué tema abordar, al grado que me mandaron buscar sus discursos pronunciados durante la campaña. Hacia el final del concurso, habló Chavita y consiguió electrizar al presidente quien se paró de un salto, lo abrazó, lo levantó en vilo y luego pronunció un texto enjundioso y bravío.

Fue todo un éxito, pero el auditorio, integrado por personajes de suyo conservadores, salieron desconcertados y perplejos por el calor de esos discursos.

El mismo gobernador unos días más tarde, me hizo un discreto reproche por mi intervención en el asunto.


Aquí va otro acontecimiento: En abril de 1972 vino a Aguascalientes el diputado federal Alfredo V. Bonfil, amigo mío y que entonces era Secretario General de la CNC, una organización entonces muy importante. Terminada su obligación en la Casa de la Juventud, lo llevé en la noche al Palenque de la Feria, que entonces era muy pequeño. A la mitad del foro -como decía López Velarde- se encontraba el exsenador Manuel Moreno Sánchez que había sido durante el sexenio de Adolfo López Mateos (1958-1964), líder de la Cámara, un hombre muy inteligente, culto y de los pocos políticos que se habían atrevido a teorizar sobre la naturaleza de la Revolución Mexicana.


Nos sentamos junto a él que nos convidó del whisky que llevaba, y emprendimos una prolongada y amena discusión sobre diversos tópicos relacionados con el movimiento revolucionario, en el cual él mismo había participado, aun figurando en la oposición durante la campaña de José Vasconcelos en el año de 1929. Estábamos en eso, cuando llegaron al recinto, el senador Enrique Olivares Santana, líder del Senado, el gobernador Francisco Guel Jiménez y Augusto Gómez Villanueva que era el jefe del Departamento de Asuntos Agrarios en el gobierno federal, mismos que nos vieron de reojo. Yo no le di mayor importancia al acontecimiento.


Al día siguiente, en medio de un acuerdo, el gobernador me dijo: “Su amigo Gómez Villanueva está muy molesto con usted por haberlo visto departiendo con Manuel Moreno Sánchez, que es enemigo del presidente de la República”.

Yo le expliqué que Alfredo V. Bonfil, Moreno Sánchez y yo, habíamos sido profesores en la UNAM en temas relacionados con la Revolución Mexicana y que teníamos muchos tópicos de qué hablar, a lo que él me replicó: “¿Que no se da usted cuenta que él es enemigo personal del presidente Díaz Ordaz?”


La verdad es que yo ni había tomado en cuenta esa circunstancia, que en aquellos tiempos de férrea disciplina política estaba vigente. Por lo demás, de ahí no pasó la cosa.

En una ocasión, el secretario de Comunicaciones y Transportes le ofreció al gobernador pavimentar de una vez por todas, el total de carreteras y caminos estatales, lo cual no representaba un sacrificio para el gobierno federal en vista de la pequeña extensión de la entidad, a lo que el mandatario se rehusó con el argumento de que “luego que vendo”, esto es, qué haría en los años ulteriores en esa materia.


Por ese tiempo, el FOVISSSTE se propuso construir el fraccionamiento San Cayetano con 200 casas para el magisterio. El gobernador atendió el consejo de un amigo suyo quien le dijo: “Mire, que nada más hagan 100 este año y otras 100 el próximo y así se lo agradecen doble”. Así se procedió, pero resultó que en esos meses se declaró una crisis en la industria del cemento y la segunda parte no se llevó a cabo.


La carretera que unía a la Panamericana con el Club Campestre era federal y por tal motivo se reservaba una franja de 40 metros a cada lado como zona federal. El gobernador, a pedido de un constructor gestionó que el gobierno central cediese esa superficie para que se convirtiera en calle de un nuevo fraccionamiento, lo que cual representaba una ganancia adicional para el promovente. La medida fue aprobada y a la postre, resultó acertada porque con el tiempo esa vía se convirtió en la actual Avenida Colosio y tiene las dimensiones adecuadas.


La Secretaría de Hacienda y Crédito Público acordó con el gobierno estatal que se encargara de la recaudación de los impuestos federales y en esta tesitura un industrial, amigo del gobernador le pidió que lo exentara del pago de algunas contribuciones a lo que éste accedió, pero al darse cuenta el fisco federal de esta inusitada gracia, lo hizo dar marcha atrás arguyendo que sólo era un cobrador, pero que los impuestos seguían perteneciendo a la Federación.


En esa época se terminó de pavimentar la Avenida López Mateos y se trazó la Avenida de las Américas, que uniría a aquella vía con el Primer Anillo de Circunvalación, pero como los terrenos que estaban a estribor pertenecían a un amigo del mandatario, hubo que recurrir al curioso expediente de torcer la continuación de esta rúa hacia el Oriente después de la estatua de don Benito Juárez, con lo que nos quedó una ruta chueca.


La construcción de la nueva Plaza Monumental de toros fue recibida con el beneplácito general, pero resultó que, por un error de perspectiva, algunos espectadores se perdían de vista lo que ocurría en alguna parte del coso, por lo que en el gobierno de Miguel Ángel Barberena tuvo que ser remodelada. El mismo auditorio Morelos que se ubica enfrente, es una mole sin gracia y levantada según las normas de la más estricta austeridad.

Francisco Guel dejó de ejercer su profesión de médico y durante su mandato tuvo dos ranchos en sociedad con algunos de sus amigos, uno por el rumbo de Rincón de Romos adquirido entre 1951 y 1954 y otro en Calvillo, pero no corrió fama de que fueran grandes propiedades.


Era entendido en asuntos agropecuarios y siempre mostró una vocación para atender a los campesinos de las zonas temporaleras acercándoles todo tipo de obras, desde bordos para la retención del agua de lluvia, caminos, créditos, servicios de salud y educativos, talleres, silos, etcétera. Durante las épocas de sequía conseguía programas de empleo temporal, así como melaza para que los ganaderos pudieran alimentar a sus animales.



12 vistas0 comentarios
  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon
  • Google+ Social Icon
  • YouTube Social  Icon
PUBLICIDAD

© 2023 por "fuerza aguascalientes". Creado por aldo bonilla