El Santo de la luz y el amor

Juan Pablo II


+ Si miembros de otras religiones se atreven a desconocer su santidad, eso es respetable pero es algo que no comparte la comunidad católica, la cual considera que fue un ángel que bajó del cielo para alegrar con su bondad, su amor, su carisma y su entrega a todo el mundo, un ser de excepción que dejó huella y cuya figura creció y sigue creciendo al paso de los años


HERIBERTO BONILLA BARRON



Indiscutiblemente que es el Santo de nuestros días, a pesar de que seguidores de otras religiones no lo ven así tal y como lo han expresado a FUERZA AGUASCALIENTES, sin embargo para la gran mayoría de los aguascalentenses y del mundo mismo es el Santo de la humanidad entera, cuya presencia en la Tierra vino a ratificar la existencia de Dios, asegura el Padre Artemio Ortiz Romo.


Se ha cumplido poco más de un mes del trigésimo aniversario de su visita a territorio aguascalentenses y cómo no recordar en ese día tan especial, la visita de un verdadero ángel, un Santo que hizo vibrar como pocas veces a Aguascalientes y si a miembros de otras religiones no lo ven de esa manera y hasta se atreven a desconocer su santidad, eso es respetable pero es algo que no comparte la comunidad católica.


Juan Pablo II, el "Peregrino de la Paz", el "Mensajero del Amor" pisó suelo aguascalentense el 8 de mayo de 1990, durante su segunda gira Pontificia por México, un día que ya nunca más se olvidará con todo y que algunas religiones que ya están avanzando en Aguascalientes dicen lo contrario pues aseguran que Dios solo hay uno y que es mentira que existan los santos, las vírgenes y los milagros.


El Padre Artemio Ortiz Romo, párroco del templo de Villa Hidalgo, dice que Juan Pablo II fue y lo sigue siendo, un hombre contemporáneo sumamente querido, un ser celestial que desde siempre se ganó, con el amor que entregó al mundo, el cariño y devoción de todos, principalmente de los jóvenes, de los enfermos, los que sufren, los pobres y los niños.

En este mundo vasto tan saturado de conflictos, indiferente a nosotros, necesitábamos de la luz y del amor para transfigurar nuestra soledad y esa luz la trajo Karol Wojtyla, Juan Pablo II.


Afirma que es el pueblo y es Dios el que hacen a los santos, señalando que el milagro es una confirmación divina, es como decir a Dios: si quieres que éste sea glorificado, haz el milagro. Su Pontificado se caracterizó por canonizar a muchas personas, elevándolas a los altares e inclusive por ese motivo en cierto modo fue criticado, pues algunos decían que él era "como una fábrica de hacer santos" y sin embargo no fue así.

Juan Pablo II tenía una conciencia muy clara de que la Santidad no era para unos cuantos, sino que es el camino ordinario para todos los cristianos que coherentemente viven su fe y con su ejemplo nos está diciendo que sí es posible lograr hoy mismo la Santidad inclusive en medio de las dificultades que nos enfrenta la vida cotidiana.


Fue, afirma, un hombre grande que no trajo promesas, nos trajo a Jesús.

Y recordó que cuando Juan Pablo II falleció el 2 de abril del 2005, la multitud aglutinada en la Plaza San Pedro, en El Vaticano, clamó: ¡Santo súbito!, lo que quiere decir ¡Santo pronto!

Hoy, afirma de manera vehemente el Padre Artemio, es lo que nos sigue diciendo el Santo Padre al que hubiera querido decir: "Gracias por sus cabellos blancos, por el sufrimiento de su enfermedad que le hizo aún más querido en el mundo y por sus pasos físicamente tan débiles como espiritualmente tan intrépidos".


Haber sido beatificado provocó un gran júbilo no es solamente para los católicos, sino para toda la humanidad que sabe reconocer la rectitud, la coherencia y la bondad de este ángel que Dios mandó a la Tierra para demostrarnos su existencia.

Y para Aguascalientes la beatificación de Karol Wojtyla fue algo extraordinario que nos remonta a ese inolvidable día 2 de mayo de 1990 cuando pisó territorio aguascalentense, siendo un día como pocos al vivirse la gran fiesta del amor y de la esperanza.

No llegó a nuestra ciudad pero sí estuvo en el aeropuerto, pisó nuestro suelo y cómo no recordar que tras de iluminarnos con su sonrisa y su amor, nos dejó marcados para siempre con su expresión tan espontánea cuando dijo: "Aguascalientes es el lugar de los corazones calientes".


"Hoy para describir a México, basta con decir Aguascalientes".

Para mí, agrega, Juan Pablo II fue, en primer lugar, un hombre muy congruente, que valoraba mucho la dignidad de la persona con una amplia experiencia de vivir en los ambientes humanos.


Hay que recordar que Karol Wojtyla fue un obrero, un hombre que vivió las inquietudes de lo artístico, del teatro y hasta del futbol, sin olvidar que sufrió los horrores de la II Guerra Mundial y que tuvo que hacer un discernimiento, tal vez no fácil, para dedicar luego su vida a Dios.


Fue un hombre muy humano, un pastor y un verdadero Santo de nuestros días.

Una sola ocasión tuve la distinción de saludarlo y quedé impactado, es algo que nunca voy a olvidar pues sentía que al estrechar mi mano Dios se estaba haciendo presente, fue una vivencia emotiva e indescriptible.

Me miró con esa mirada tan profunda y bella que poseía, como penetrando hondamente en mi interioridad, me saludó y llegué a sentir que me dijo: "Siga dando el testimonio por Cristo".


Y me sentí con un gozo inenarrable.

Y así conocí a un hombre, al Santo de nuestros días, al Vicario de Cristo, que me conmovió y cautivó como ninguno. o vi y sentí momentos muy diversos y fui madurando que Juan Pablo II era un arquetipo de la fe y de la humanidad, que dejaba a su paso una estela luminosa de vida legendaria, y un mensaje profundo doctrinal, impregnado de luz, de verdad, de amor, de justicia y de paz para todos los hombres.


Que predicaba y reclamaba como nadie, los derechos de Dios y de los hombres y la libertad para llegar a la verdad.

Era el liberador que mejor expresaba la pasión por comprender al otro sin imponer, porque confiaba en la fuerza del amor y de la verdad.

Recuerdo luego su imagen física, algo encorvado como si la enfermedad que visiblemente lo deterioraba, fuese una cruz invisible cada vez más pesada, hacía aparecer en él un espíritu excepcional, como la piedra, que nunca se quebró hasta entregar su alma a su Dios y Señor.


Juan Pablo II es un hombre santo que con su beatificación, se consolidó como una gran esperanza de fe y amor que en estos tiempos de crisis y de violencia nos está diciendo que en la medida que la sociedad se acerque a Dios la vida podrá ser más vivible.

"No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo".

Esta corta frase fue como una luz en las sombras de la tribulación.

El miedo está causado por la inseguridad en la oscuridad de la vida.

Nos pedía con gran hondura que no tengamos miedo, porque abriendo nuestros corazones ensombrecidos, es decir nuestras puertas a Cristo, tendríamos la luz del amor.

La luz de la esperanza.



La luz de la fe.

La luz de la paz.

Cristo lo dice con hondura y claridad meridiana en San Juan (8,12): "Yo Soy la Luz del mundo. El que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida".

Ese fue uno de los grandes mensajes de Juan Pablo II y su magisterio permanente.

La médula, la sustancia de su testimonio en toda su vida.

La luz es la presencia de la vida.


Revela lo secreto de lo divino.

Es una presencia que alimenta, que genera calor y color, que despierta al alma, que nos lleva al umbral de las profundidades sagradas y a vislumbrar la eternidad del amor y a saborear en nuestros corazones la Luz Maravillosa de la presencia de Dios.

Con esta frase Juan Pablo II se anticipó con gran hondura a iluminar como nadie, la encrucijada histórica moderna de la Iglesia y de la humanidad, dándole a su Pontificado desde el inicio, el carácter de vanguardia, de vigía y maestro de los tiempos nuevos, ante un mundo que necesitaba de afirmaciones que disiparan tantas frustraciones e incertidumbres acumuladas.


Y así el Papa Wojtyla comenzó a demostrar que transitaba la senda de la inspiración genial, que con valentía y generosidad se entregó con brío, estilo y meta a proclamar y enseñar en todo el mundo la Luz de Cristo. Porque la luz es la presencia de lo divino.

Porque la luz descubre el amor y su eternidad.


Porque cuando el Amor es descubierto en la luz del Sol de justicia se genera el amanecer del hombre nuevo hacia su plenitud.

Por eso su fortaleza para plantar la Fe Católica de siempre, porque encontraba en Cristo y en su Luz, lo permanente, lo eterno.

Pero al tiempo que mantuvo lo doctrinario en el marco del respeto sacral, en lo pastoral y personal, fue el Papa que con su carisma singular supo ganarse el cariño y respeto de millones de personas, aún las no católicas, por su amor y delicadeza en el trato y las acciones.


Su Pontificado fue único, no sólo por los años al frente de la Iglesia, sino por muchas razones que sería largo de enumerarlas, pero siempre y en forma categórica daba testimonio de su gran amor a Nuestro Señor Jesucristo y a la dulce Virgen María, a la Iglesia y a todo hombre.

Fue un ángel que bajó del cielo para alegrar con su bondad, su amor, su carisma y su entrega a todo el mundo, fue un ser de excepción que dejó huella y cuya figura creció y sigue creciendo al paso de los años y adquirió en vida, un mito de santidad.

Fue un ser todo bondad, todo dulzura.


El guía espiritual del mundo católico y claro que estoy seguro y convencido de que seguirá manteniendo su manto protector sobre toda la humanidad.

Estoy seguro, dice el Padre Artemio, que desde el cielo, el Beato Juan Pablo II nos sigue bendiciendo con su mirada de amor y de luz, para despertar en todos nosotros, un nuevo amanecer, un renacimiento, un nuevo comienzo en la justicia, en la unión y en la paz.

Y deseo sinceramente, como católico y como Iglesia, que todos los obispos, sacerdotes y laicos, recuerden con fervor y reconocimiento al Beato Juan Pablo II, como un auténtico Padre y Pastor que supo consolar y enseñar, en la mansedumbre y la humildad, la única verdad de Cristo y el verdadero camino de la Cruz.

¡Que el Santo de la luz siempre nos alumbre y fortalezca!



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