DON JUAN ANDREA



POR GILBERTO CALDERON ROMO

para ANITA ROMERO



A fines de 1962, se celebró en las entonces sombrías oficinas de la presidencia municipal de Aguascalientes, un pequeño coctel con motivo de que el ciudadano Juan Morales, entonces alcalde de la Capital, rindiera su informe de Gobierno. Había allí unos cincuenta invitados cuyo atuendo constaba de traje de calle, pero dejaba entrever que algunos apenas se habían incorporado a la ciudad provenientes de la cultura campesina. Era gente sencilla y buena que acudía por cortesía a saludar a su amigo, al bondadoso gobernante y entre aquella maraña yo, que todo lo veía con ojos de estudiante deslumbrado, advertí que una figura rubia se desplazaba entre aquel bosque de casimires blandiendo una charola enorme en la que ofrecía delicados bocadillos con una gracia que me pareció europea.

El aristócrata al servicio de los habitantes del burgo. Supe que se llamaba Juan Andrea y que regenteaba el Hotel Francia. Aparte de don Juan Morales que tenía mucho de pintoresco, este Juan Andrea era el contraste, el toque de aristocracia entre todos los demás que conformábamos una suerte de personajes rústicos.


Al poco tiempo, me tocó ver cómo las damas de la sociedad discutían los arreglos para las bodas de sus hijas y llegaban a la minucia discutiendo con Anita Romero, la esposa de don Juan, las delicadezas del menú nupcial, labor en la que no intervenían, para sorpresa mía, los cónyuges, sino sus mayores. Bodas hubo en el llamado pretenciosamente entonces, Salón de los Candiles del mencionado hotel, de las que salí con hambre porque las pequeñas piezas de canapés que ofrecieron eran eso sí, alardes de artesana repostería, pero insuficientes para llenar el tanque de un comensal hambriento como el que escribe. Eso sí, se hablaba entonces de las fortunas que costaban esos banquetes y la gente presumía que habían sido servidos por los Andrea.


Juan Andrea por las mañanas, presidía la tertulia en el café el hotel a la que asistía una parroquia de habitués y había mesas claramente identificables. Los de mayor edad ocupaban un sitio cerca de una ventana que daba a la calle Madero y allí se hablaba con propiedad de cuestiones de política, tal vez allí merodearan Pedro Vega Kegel, Angel Talamantes, Hidalgo Esparza, el doctor Francisco Guel Jiménez, el Maestro Nájera, Paco Ruiz Silva, Guillermo Frisch, el Abogado Jesús Ramírez Gámez, Gonzalo Jiménez, un señor que vivía por Pedro Parga y que salía siempre de traje, pero que nunca trabajó en su vida.


De repente, a media mañana, llegaba como maquinita de patio echando humo por su puro, don Enrique Castaigns que con su bonhomía ponía a todos sus amigos a jugar una curiosa lotería que consistía en ver quien traía en su bolsa el billete con una numeración mayor. La apuesta era rápida y se resolvía amistosamente. En otros lugares desayunaban algunos abogados o damas que disfrutaban la mañana entre el humo del café. Por la tarde se adueñaban de la situación intelectuales del fuste de Víctor Sandoval, el poeta Desiderio Macías Silva, Salvador Gallardo Dávalos y su hijo, Netzahualcóyotl Aguilera, Xavier Gutiérrez González, Jesús Eduardo Martín Jáuregui, Sergio Flore Azco y por la noche aquello ya era una capirotada muy disímbola en la que recuerdo al notable y simpático licenciado Saúl Renato Garibay, quien después se mudaría para el Excélsior de El Parián.


Juan Andrea y Anita Romero llegaron a constituir un binomio de elegancia, pulcritud y bondad que les ganaron el aprecio de todos los que los conocimos y se puede aventurar la idea de que el personal que trabaja con ellos compartía esta opinión. No en balde, pasaron los años y seguían siendo los mismos dependientes en todas las áreas del hotel, siempre discretos y serviciales, cumplidos y si alguno, tal vez los meseros, eran amistosos y honorables. Recuerdo a Felipe El Anima Huízar, a Juan Manuel a Roberto, a Tony el cantinero, al Pingüino, en fin, era un gusto que lo atendieran a uno y se ganaban amablemente las propinas.



Los delegados del PRI que eran los políticos de afuera que realmente contaban, ya sabían que tenían que hospedarse en el Francia si es que deseaban informarse rápidamente de la situación en el Estado y lo lograban; en ese escenario se realizaban muchas de las combinaciones políticas de la época y aunque don Juan no participaba en ellas ni se metía en esos asuntos, se sentía su presencia siempre amable y discreta.

Andrea llegó a ser Secretario de Turismo, creo que con el Güero Landeros y aunque no me consta que haya desplegado atributos administrativos notables, cuando menos no cometió dislates ni se supo de que atropellara interés alguno, como es tan común en quien se ve favorecido con un simple nombramiento gubernamental

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La familia Andrea tuvo incursiones gastronómicas foráneas. Un día me encontré a su hijo menor Juan Manuel, como administrador del restaurante del recién inaugurado Hotel Lafayette de Guadalajara. La carta estaba pretenciosamente impresa y la langosta era seca y dura, pero el chamaco apenas se iniciaba después de estudiar la especialidad de hotelería en Europa. Mucho después, hallé a Miguel reinando en la Zona Rosa, con relaciones en los altos círculos sociales y políticos de la Capital y ocasión hubo en que asistí a un banquete ofrecido por esta dinastía en una casona que tenían para tal efecto en la sección de Las Lomas del Paseo de la Reforma en la capital de la República.


La firma Andrea se empezó a dar a conocer y de repente, desapareció en un abrupto fast track. Versiones hubo en el sentido de que los descendientes no eran tan duchos como el padre en cuestiones administrativas y el rumor llegó a sostener que el quebranto arrastró hasta la hospedería aguascalentense. El hotel insignia de Aguascalientes tuvo que cerrar entre el llanto generalizado de sus clientes que se vieron obligados a emprender una diáspora tan fulminante como la del pueblo de Israel y se veía a los antiguos francistas exhibiendo su tristeza por el Vips, el Denny’s y probando el agua de calcetín del Sanborn’s del norte de la ciudad, ya que allí el gerente discurrió alterar la fórmula de esa prestigiosa marca, echándole más agua al brebaje, quedándole un caldo insoportable.

Quién sabe si don Carlos Slim ya corrigió ese desperfecto, pero mientras hay noticias en ese sentido, más vale no aparecerse por allí.


Don Juan abrió el Villa Andrea, una regia instalación en la Alameda o Calzada Arellano, en la cual volvió a brillar la elegancia y el buen gusto y por encima de todas las virtudes, el trato amable, cariñoso, terso con el que manejaba una empresa que destinada a agasajar al cliente era una continuación de las prendas de su personalidad siempre gentil.

Por cierto que me tocó acompañar al secretario de Turismo a la inauguración de ese bello establecimiento y nos alojamos allí una noche un grupo pequeño de funcionarios y poco después, me habló el gerente para darme la queja de que nos habíamos robado las toallas.


Hice la indagación respectiva y la verdad, hasta donde pude saber, ni siquiera tuvimos tiempo de realizar ese hurto, por más que no somos partidarios de esa costumbre que es tan socorrida y del gusto de múltiples viajeros. Nunca abordé el tema con don Juan las veces que me lo encontré después de eso y ahora que me acuerdo, a lo mejor cada vez que me veía pensaba para sus adentros que yo era parte de una mafia de ladrones de ropa hotelera. Bueno, otras cosas sí tengo, pero esa no por lo menos hasta ahora, así es que aprovecho el viaje y hago esta pertinente aclaración.


Siempre fui muy respetuoso con don Juan, hasta un día en que en una ceremonia que presidía el gobernador Landeros, se le ocurrió hacerme una broma pesada y a partir de entonces le agarré confianza y le di un trato un poco mandado en mis escritos, pero ahora sí que lo vamos a extrañar y nos vamos dando cuenta de su singularidad y de su auténtica grandeza.


A veces voltea uno a ver el panorama humano que nos rodea y nos da tristeza ver tanta gente menor, empezando por nosotros mismos, tan imbuida de metas minúsculas, sin miras elevadas, presa a veces de iras y rencores. Vivimos un ambiente enrarecido al que yo quiero percibir como una era digestiva, de trituración, de disolvencia de valores y si esto es así, si no siempre alentamos en nuestro interior bellas ideas y sentimientos y somos pesimistas, cuando se cae alguien, como cuando se derrumba en árbol, con el ruido del follaje tallándose junto al de otros que permanecen en pie y escuchamos el estampido que hace el tronco cuando pega en la tierra, entonces advertimos que junto a nosotros había algún ser humano realmente noble, pero no lo vimos con suficiente claridad, se nos perdía entre los demás y ahora que está el hueco en el bosque, nos damos cuenta que hace falta y que era diferente.


Así era Juan Andrea.

Nos hemos quedado sin su sombra


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