Crónica de un viaje a París

por GILBERTO CALDERON ROMO

México, D.F., a 26 de septiembre de 1993.



Muy estimado amigo:

Te extrañara mi prolongado silencio de los últimos días o semanas.

Insisto, estuve muy callado, pero eso no se debió a un simple ánimo de meditación introspectiva, sino que simple y llanamente, en un arranque de audacia estúpida en vez de dirigirme directamente al aeropuerto Benito Juárez a mi regreso de Israel, se me ocurrió hacer una breve escala en París, Meca de todos nosotros los artistas y atenido simplemente a mi suerte y a mis viáticos.


Ya podrás imaginar el resultado. Llevaba mi laptop y me dije: “En caso de necesidad, escribo un mensaje, lo imprimo, lo mando por fax y ya está”. Cuál no sería mi sorpresa que en Francia no utilizan los mismos enchufes que nosotros, sino que son de tres cilindros en vez de los de dos patitas planas que nosotros conocemos y que se aqota la batería de mi computadora, que voy al sótano de a estación del Metro “Hotel de Ville” en donde se encuentra el centro parisino más importante de refacciones electrónicas, que consigo un convertidor, que regreso de inmediato a mi humilde hotel por el rumbo de la estaci


Para esto, debo de decirte que se me extravió mi tarjeta de débito, que la de crédito la rechazaban, que los pocos cheques de viajero de supuesta aceptación mundial, en Francia a veces no los quieren, que se me acababan los francos y me quedaron unos cuantos boletos del subterráneo y para colmo de males, mi tarjeta Ladatel no sabe hablar francés


Un descendiente de Asterix, condolido de mi suerte, me recomendó en la bienaventurada

Rue Pigalle, en donde, por cierto, fui asaltado, me comunicara a la embajada mexicana, pero dados los antecedentes de nuestro ministro plenipotenciario Ignacio Morles Lechuga quien acababa de ser Procurador General de la República, temí que me aplicara una buena dosis de agua mineral con chile piquín por la nariz. Prudentemente, desoí este consejo.


Como que el encargado de la recepción del hotel algo se olió porque me comenzó a ver así como desconfiado y al segundo día ya no me servían el petit dejenné, ni me dejaban utilizar el teléfono; primero me cortaron el agua caliente y luego también la fría.Me acordé de lo que se dice de la tradicional descortesía de los franceses; ¡Qué bueno que el señor general Zaragoza les puso en toda su madre! pero estas reflexiones de nada me servían, ni me consolaba esa legión interminable de galitas preciosas que se pasean cachondamente por los bulevares y más si te asomas a las Galerías Lafayette, que yo creo que son como una especie de sucursal del cielo. Pero ¿Qué puede hacer un triste hombre sin dinero, con la ropa sucia, porque tampoco eso me dejaban sacar de mi alojamiento, y ni siquiera me alentó el sentarme a la vera de la Place Concorde, o de la Place Vendome, ni asomarme a los escaparates de Cartier, por cierto que allí vi un reloj de oro que, júralo que si yo hubiera podido en ese momento, te lo habría traído de regalo.

¡Lástima Margarito! Otra vez será.


Finalmente, los franceses mostraron ser más gentiles de lo que generalmente se les reconoce y decidieron cambiarme de hospedaje. Me llevaron a la comisaría del inspector Clausseau, ubicada en un espléndido edificio del siglo XVIII, a la vera del legendario Río Sena y de la catedral de Notredame. Lo malo fue que desde mi oscura y húmeda celda no podía disfrutar el paisaje ni advertir la cercanía de tanta maravilla. Al entrar en el inmueble a bordo de la patrulla, solamente pude advertir que en el cielo flameaba la bandera azul y blanquirroja, símbolo de la libertad del mundo. Allí estaba yo, al igual que Napoleón, reposando a las orillas del Sena, como fue su voluntad postrera.

Los dos estábamos en la misma posición con la diferencia de que yo no tenía tiendas de souvenirs en el exterior de mi aposento.


Hay que decir que Francia es un país muy democrático. Al cabo de unos días a pan y agua, las autoridades decidieron, sin yo solicitarlo, darme un trabajo digno y así es que me asignaron a contribuir con mi granito de arena, a la conservación de uno de los patrimonios históricos de la humanidad. Yo, un simple mortal, trabajando para preservar esos monumentos inmortales. Entré, debo confesarlo, en un estadio de éxtasis del cual todavía no me recupero. Fui asignado al batallón de limpiadores de calles de las cercanías del Palacio de la Ópera de Garnier, con un grupo de buenos compañeros que se habían escabullido de la Fuerza Expedicionaria Mercenaria (la Legión Extranjera) que combatió en Argelia en los tiempos del general De Gaulle: Cobraron sus emolumentos, desertaron y se regresaron a París. De ellos aprendí muy buenas lecciones. Aquí entre nos, no se les puede acusar de faltos de patriotismo: todo el dinero lo gastaron en Pigalle y con sus paisanas, las suculenta y pintarrajeadas damas de la noche.


Eso es tener un verdadero celo por la Patria. Son firmes en sus convicciones y no renuncian a ellas. Las razones sobran y yo los apoyo de todo corazón.

Puede ser que alguien lo dude, pero aquí te estoy mandando una fotografía que os tomaron para disipar toda suspicacia. Así es como tuve el gusto de formar del “Primer Cuerpo de Ángeles Verdes de París”, si no fíjate en el uniforme. ¡Qué le voy a hacer, así he sido siempre de altruista! Por medio de esta labor fue como pude saldar mis deudas, conquistar mi libertad y conseguir un pasaje de segunda para México.


Después de haber rendido este parte informativo, me acerco comedidamente a las puertas de tu entendimiento, suplicándote hacer gala de tu reconocida capacidad de persuasión para que consigas que me autoricen más viáticos la próxima vez que me envíen al extranjero

Más vale prevenir que lamentar Amén

¨El Pulpo¨;que ya volvió a agarrar su tinta.


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