ARCHIVOS POLICIALES


¨El Asesino de los Matorrales¨

+ William Wladimir Cumbajín Bautista, fue un brutal asesino de mendigas, que ataba a sus víctimas para después violarlas, torturarlas, extirparles los genitales y dejarlas tiradas en sitios apartados…


ALDO BONILLA CHAVEZ



En el interior de todo ser humano vive el demonio de la perversidad, una especie de pulsión primitiva que nos empuja a hacer lo que no se quiere ni se debe hacer, de tal suerte que habría que preguntarnos, ¿qué sería de nuestro héroe interno sin un buen villano que le ponga en aprietos? El que si puso en jaque a la policia y buena parte de la sociedad fue Willim Wladimir Cumbajín Bautista, quien es considerado como uno de los peores asesinos seriales en Ecuador.


Aunque siempre exista un héroe, ¨los malos¨ realmente son los protagonistas de la función porque sin ellos, no habría historias como las que presentamos al menos dos veces a la semana en FUERZA AGUASCALIETES, y que son una abstracción de nuestros deseos más egoístas y oscuros. Según los especialistas del género policial, hay algo en nosotros que nos invita a devorar, a asesinar, a destruir… y para liberarnos de dichos pensamientos, usamos esta figura, ‘El Malo’, un elemento de catarsis que calma la bestia que llevamos dentro.


Hay que destacar que se asegura que el lado oscuro considera que el mal es una parte tan intrínseca en el ser humano que necesita adoptar formas que nos permita controlarlo.

Por lo tanto hay que señalar que la maldad y la agresividad forman parte del ser humano y tan es así que a lo largo de la historia las hemos necesitado para sobrevivir, sin embargo, hemos aprendido a canalizar dichas sensaciones con diferentes fórmulas que actúan de catarsis; la envidia y el deseo de ser como 'los malos', es una de ellas.


Hoy de los ARCHIVOS POLICIALES sacaremos la historia de un temible criminal que en Ecuador fue conocido como ¨El Asesino de los Matorrales¨ y se trata de William Wladimir Cumbajín Bautista, nacido el año 1971 en Quito, en el seno de un hogar pobre, desestructurado y disfuncional, William perdió a su padre siendo poco más que un bebé, y fue maltratado durante sus primeros años por su madre parapléjica, pero alcohólica y drogadicta.


Recibió una escolarización elemental e incompleta, sufrió abandono posteriormente y, a causa de ello, se vio obligado a vivir en las calles, donde mendigaba o vendía caramelos y flores en las plazas y portales del centro de Quito.

Pero allí la vida no era nada sencilla: tenía que dormir en construcciones abandonadas y túneles de las avenidas del sur de Quito, y juntarse con otros jóvenes para sobrevivir a los ataques de abusadores, aunque sus pares eran malas compañías que terminaron por hacerlo caer en las drogas, la violencia, el alcohol y la delincuencia ocasional, al punto de que casi todas las cosas que tenía eran robadas, y por ello, antes de que empezara sus asesinatos, tenía cuatro detenciones por robo a mano armada…


LOS ESCENARIOS DEL CRIMEN


William tenía como espacio delictivo al centro y al sur de Quito, zonas ambas de gran concurrencia, flujo turístico y actividad comercial; pero, por la noche, espacios propicios para la delincuencia menor, siendo habituales los robos de carteras y otros bienes personales. Por otro lado, de noche también el centro y sur de Quito solían llenarse de mendigos, que formaban parte del paisaje habitual nocturno y podían verse tirados junto a los monumentos históricos, durmiendo en cartones o buscando alguna cosa para comer en medio de los tachos de basura…


Pero aquellos no eran los únicos espacios en que William se movía, pues cerca de las mencionadas zonas yacían, cerca de poco transitadas autopistas, quebradas no iluminadas y terrenos baldíos con espeso follaje y altos matorrales, en los que casi nadie se adentraba, y mendigos y drogadictos empleaban para pernoctar y delinquir.

Todos esos espacios William los conocía desde muy temprana edad, y los dominaba a la perfección, sabiéndose no solamente las rutas más propicias para escapar en caso de que la Policía se aproximase, sino los movimientos habituales de la poca gente que por allí moraba u ocasionalmente pasaba.


LAS VÍCTIMAS



William buscaba a sus víctimas entre las indigentes y vendedoras ambulantes de Quito. Estas eran mujeres desvalidas que por lo general padecían problemas de salud física o mental, tenían entre 20 y 30 años (exceptuando dos víctimas), poseían muy escasa higiene, educación nula o casi nula, baja estatura (por ser casi todas de raza aborigen) y, pese a su desconfianza hacia cualquiera que no fuera de su condición social (incluso tratándose de gente del gobierno o de instituciones de caridad), guardaban una potencial ingenuidad hacia aquellos con quienes podían sentirse identificadas en virtud de una compartida miseria material.


Según se ve en las reconstrucciones criminalísticas, este era el tipo de mujeres que le conocían, se fiaban de su falsa amabilidad y sus tentadoras propuestas, y accedían a seguirlo a espacios aislados donde eran violadas, torturadas y asesinadas, en la forma en que más adelante se detallará. A estas mujeres William les hacía conversa, las seducía (a una incluso le dio una flor), les ofrecía mantenerlas económicamente o alguna otra cosa a cambio de que accedan a tener sexo con él en algún lugar apartado.


Con muchas de las víctimas el asesino comió antes de matarlas y, misteriosamente según se supo tras los interrogatorios, el asesino decía que casi todas sus víctimas se llamaban “Blanca” y tenían 27 años. Aquí debe tenerse en cuenta que él fingía estar loco y poseído por espíritus, de modo que lo de “Blanca” de 27 años debía ser parte de sus jugadas de manipulación; pero, como bien señalaron los psiquiatras, en el fondo era un dato importante porque, aunque fuese algo surgido en el marco de la mentira deliberada, indicaba asociaciones inconscientes que señalaban la búsqueda de una víctima arquetipica y simbólica en sus víctimas reales y concretas.


En cuanto al modus operandi del asesino, éste, después de ganarse la confianza de la víctima y hacerle ofrecimientos (seguridad, comida, estabilidad económica) a cambio de favores carnales, se iba a un lugar apartado con la víctima y allí, presa de sus impulsos sádicos y su ansiedad sexual, la agredia, la dominaba, le ataba las piernas a la altura de los tobillos y contra los matorrales, la colocaba en posición ginecológica, la violaba y, usualmente la torturaba y mutilaba (a algunas les extrajo los genitales…) antes de acabar matándola con sus propias manos, con cuerdas, ropa de la víctima o alguna otra cosa que improvisadamente pudiera emplear como elemento para la ejecución.


Era un verdadero sádico, que describió aquellos momentos de crueldad como “algo magnificente e indescriptible”. Y es que, al igual que el inteligente y complejo Harold Shipman, este primitivo asesino de inteligencia mediocre, gozaba también del sentimiento de poder que le inspiraba tener en sus manos la vida de la víctima, por lo que afirmó: “era un placer que no tiene explicación, mi poder, tener en mis manos la víctima”…


Según diagnosticaron los psiquiatras, a nivel interno, durante la consecución de los crímenes el asesino se mostraba primeramente lúcido y consciente, pero con cierto temor, ofuscación, y ansiosa y violenta búsqueda de la satisfacción de la pulsión sexual, cosas estas que después iban cediendo paso a una disminución paulatina de la conciencia, causada por el aumento del arrebato emocional, la excitación y el deseo por dominar, someter, y torturar, pulsiones estas que alcanzaban su cúspide en el momento en que el asesino, extrayendo manualmente los genitales de las víctimas, sentía el latir de la carne y el calor y la humedad de la sangre en sus manos, llegando a experimentar lo que los especialistas denominaron un “paroxismo con sentimientos místicos y de poder sobre la vida”.


De ese modo, tras acabar sus atrocidades, William, siguiendo el patrón del asesino desorganizado, dejaba los cadáveres allí, sin preocuparse por borrar evidencias o sacar de escena al cadáver, tomando las únicas precauciones de asesinar en lugares apartados y a horas poco concurridas. Bajo ese patrón, dejó cuerpos en lugares donde luego, con la llegada del día, sus crímenes se harían visibles. Es decir que, pese a que deseaba evitar ser capturado al cometer sus crímenes de noche, a la vez deseaba dar a conocer sus crímenes, al menos según la opinión del criminalista Carlos Echeverría y el psicólogo Bruno Stornaido. Por esa actitud, los cadáveres aparecieron cerca de la Universidad Central, en San Roque, en la quebrada del Río Machángara y en el bosque de Oyacoto.



LAS VICTIMAS


El cadáver de una mendiga (se desconoce su identidad), de más de 40 años y 1.40 m de estatura, fue encontrado el 28 de febrero del 2002 cerca de la Facultad de Educación Física de la Universidad de Quito. William le quitó la vida estrangulándola, pero antes la violó y la sodomizó tan salvajemente que le causó desgarros, y además, para torturarla, le hizo cortes en el rostro, la garganta, el pecho y el abdomen.

El cadáver de la indigente Melida Corella Tamayo, de más de 50 años de edad y apenas 1.50 m de estatura, fue encontrado el 12 de marzo del 2002 en San Roque, zona del centro de Quito. William la había violado, le había cortado el rostro, le había hecho cortes en la zona vaginal para extraerle partes, y, tras estrangularla con un lazo, la había metido en un saco de nylon.


El 23 de abril del 2002, Evelin Morales, una mujer pobre y alcohólica de 22 años y 1.50 metros de estatura, fue encontrada muerta en el centro-sur de Quito, en el sector de Collacoto. Evilin había sido violada y el asesino no solo le había hecho cortes profundos en la vagina, sino que además le había quitado vísceras abdominales (que estaban junto al cadáver) después de estrangularla con un lazo.


Betty Rea era una mujer de raza negra, de 25 años de edad y 1.55 metros de estatura. Betty sufría de epilepsia, y andaba con su sobrino Jefferson Rea de un año y ocho meses. A ella y al niño, el monstruo los llevó al sector de Collacoto, donde estranguló a Jefferson, ató a Betty, la violó y le realizó profundos cortes en la zona vaginal, dejándola tirada en una extensa agonía que acabó cuando Betty por fin murió desangrada… Poco después, el 24 de agosto del 2002, los cadáveres de Betty y Jefferson fueron encontrados.


El cadáver de Yadira Rosero, una indigente de treinta y pico años y 1.65 metros de estatura, fue encontrado el 15 de septiembre del 2002 en las inmediaciones del río Machángara, en el centro-sur de Quito. Yadira, al igual que las otras víctimas, había sido atada, violada, y le habían hecho cortes tanto en la zona vaginal como anal, siendo su muerte por causa de estrangulamiento.



Sin lugar a dudas que la séptima víctima fue el más abominable crimen del Asesino de Los Matorrales. Ana era una niña de apenas 12 años y 1.38 metros de estatura, especialmente vulnerable por su condición de sordomuda y retrasada mental, cosas de las que el asesino aprovechó para llevarla a las orillas del Río Machángara, donde la ató, la violó, le desgarró la vagina y la estranguló con un lazo… Su pequeño cadáver fue encontrado el 26 de septiembre del 2002, a orillas del Machángara.


Por otra parte el 25 de noviembre del 2002, el cadáver de una mujer de poco más de 45 años, 1.50 metros de estatura e identidad desconocida, fue encontrado cerca del Río Machángara. La mujer había sido atada por William, quien la violó y le desgarró la zona vaginal, ejecutándola con ahorcamiento a través de un lazo.


Finalmente el cadáver de María Ortega, la última víctima de William, fue encontrado un 06 de julio del 2003 en el sector de Itchimbía, al centro-sur de Quito. María, indigente de 53 años, fue atada, violada (esto se presume, porque desapareció la zona en que pudo quedar huella de la violación) y estrangulada. A diferencia de otras víctimas, el asesino le quitó a María los ovarios y también el útero y otras zonas anexas…



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