ARCHIVOS POLICIALES



¨El Angel Negro¨


+ Carlos Eduardo Robledo Puch recién acababa de cumplir 20 años, era guapo, tenía mirada de ángel y había asesinado a 11 personas, por lo que por fin un país entero respiraba tranquilo y un criminal irredento iniciaba una vida en prisión que, casi 50 años después, perdura


RECOMPILACION DE ALDO BONILLA CHAVEZ



Ya lo hemos dicho una y mil veces en FUERZA AGUASCALIENTES la perversidad humana no tiene límites y cuando se piensa que ya no hay nada que pueda sorprendernos, ya que la maldad es verdaderamente diabólica, todos los días hay algo que nos asombra y que es digno de que lo conozcan nuestros lectores, sobre todo aquellos que están esperando con impaciencia nuestra sección de los Archivos Policiales.

Hoy traeremos al presente hechos sangrientos ocurridos en Argentina en el pasado siglo y que dan cuenta de alguien que, siendo un joven, se pensaba que tenía todo para ser un triunfador de la vida y más que eso, sin embargo se terminó como un terrible multihomicida.


Hemos señalado que el destino nos lleva por vericuetos que a veces pierden al hombre y es entonces cuando deja salir la perversidad que lleva en su interior y eso fue ocurrió con el tristemente célebre ¨Angel Negro¨, un hombre del que se ha escrito muchísimo, tanto en Medios e inclusive se han hecho varias películas, por lo que hoy, tras recompilar informaciones en libros y en el Internet hablaremos de este hombre Carlos Eduardo Robledo Puch.


Y comenzaremos diciendo que el cuatro de febrero de 1972, la policía argentina detenía a Carlos Eduardo Robledo Puch, tristemente conocido con el alías del ¨Angel Negro¨, recién acababa de cumplir 20 años, era guapo, tenía mirada de ángel y había asesinado a 11 personas, por lo que por fin un país entero respiraba tranquilo y un criminal irredento iniciaba una vida en prisión que, casi 50 años después, perdura.


Según la información recabada por FUERZA AGUASCALIENTES, ¨El Angel de la Muerte¨, sueña que vuelve a serjoven y sale de la cárcel donde vive desde casi 50 años, roba una motocicleta y cruza todos los semáforos en rojo mientras el viento le despeina la melena, sueña, una y otra vez, que lo liberan y estalla una guerra nuclear.

Entonces, Carlos Eduardo Robledo Puch se despierta en la misma celda de siempre, el asesino múltiple más escalofriante de Argentina es el decano de los reclusos de Sierra Chica, una prisión de máxima seguridad a 350 kilómetros al suroeste de la ciudad de Buenos Aires. Apresado a los 20, dice haber confesado bajo tortura los crímenes que le valieron la condena a reclusión perpetua.


Y mientras sueña que se le haga realidad una excarcelación denegada varias veces, ya tiene película propia, ¨El Angel Negro¨, que fue estrenada hace algunos años en Europa y que recrea la leyenda devoradora de Robledo Puch: la del criminal inesperado, a contramano de cualquier estereotipo. Un chico de clase media, con baby face de serafín, ojos claros y sensibilidad para la música, que en 1971 y a lo largo de 11 meses de fiebre y furia mató a sangre fría, por la espalda o durmiendo, a 11 personas.


La base de la película es la historia de ese sociópata inescrutable al que la prensa llamó “chacal”, “ángel negro”, “monstruo humano”, “asesino unisex” y “ángel de la muerte”. Un personaje oscuro que se metió tanto en la cultura popular que a los nenes que se portaban mal en aquella época les decían que se los iba a llevar “el hombre de la bolsa o Robledo Puch”.



“Colorado” lo llamaban de manera provocativa los muchachos del barrio, mofándose de sus rizos, su belleza a lo Marilyn, sus maneras casi femeninas y su ropa cara. Hijo único de Aída, una inmigrante alemana, química de oficio que nunca ejerció, y de Víctor, un inspector viajante de la General Motors, Robledo fue un chico difícil que reconoció haber robado por primera vez a los 11 años y estuvo internado en un reformatorio, mientras que los delitos por los que fue sentenciado a cadena perpetua los consumó a la edad de los 19 años.


Al final lo pescaron por un descuido: olvidó en la escena del crimen la cédula de identidad de su última víctima, Héctor Somoza, su cómplice. Tras matar al sereno de la ferretería que querían desvalijar, Robledo asesinó a Somoza por diferencias sobre el reparto del botín y le quemó la cara con el mismo soplete usado para abrir la caja fuerte del negocio.

Cuando lo apresaron, horas después, las crónicas registraron una preocupación distinta de la culpa: “Qué va a pensar mi novia cuando se entere”, hasta ese momento, las fuerzas de seguridad del Gobierno militar de Agustín Lanusse, totalmente desorientadas, especulaban con que los serenos que aparecían acribillados en discotecas, supermercados, joyerías, armerías y casas de repuestos de coches podían ser víctimas de la guerrilla; probablemente montoneros que buscaban recolectar fondos.


Luis Ortega, uno de los cineastas más personales de su generación, cuenta así cómo vivió las ganas de convertir esa historia en película. “Cuando el juez le preguntó por qué los mataba mientras dormían, Robledo contestó: ‘¿Y qué quiere, que los despierte?’. Esa respuesta es suficiente para construir un personaje de ficción”, afirma el director, que ya había ahondado en este tipo de asuntos con Historia de un clan, una miniserie basada en los Puccio, una familia de secuestradores argentinos de clase media alta de los años ochenta.


“Más que el dinero, el verdadero móvil consistía en tener a un rehén en la casa. Todo funcionaba bien siempre y cuando hubiera alguien secuestrado en el baño o en el sótano. Sin ese rehén se sentían vacíos”, explica Ortega.


UNA VIDA DE TERROR


El enfoque dramático para componer ¨El Angel¨ es parecido. “Carlitos comienza robando solo, de niño, sin más motivo que el de sentir la vida lo más cerca posible. Cree que Dios lo está observando. Baila y roba para Él, en un estado de gracia absoluta, el botín es saberse vivo, luego se enamora de Ramón, el primer cómplice de Robledo: un ladrón más ortodoxo, que roba por dinero. En ese enamoramiento está implícita la desilusión, el desencanto y la sensación de que Dios lo ha abandonado. Y su conclusión es que si Dios no existe, todo está permitido”.


Hincha fanático del River, Robledo tocaba el piano, estudiaba idiomas e iba a misa lo domingos. Carlitos, como le decían sus padres y como lo conocen todavía en la cárcel de Sierra Chica, fue condenado por 36 delitos, que incluyen robos, 2 violaciones y 11 muertes. “Nadie sabe por qué mataba. ‘Su maldad viene de lejos’, dijo Osvaldo Raffo, un criminólogo que lo examinó 25 veces. Yo me inclino por la idea de un asesino múltiple que mató porque era parte de su vivir sin freno”, cuenta el periodista Rodolfo Palacios, coguionista y autor de ¨El ángel Negro¨, el libro que convenció a Ortega de que en esa historia se escondía una película.

“Todo lo que se le cruzaba, más si era de noche, lo eliminaba. Eso parece haberle sucedido a Ibáñez, su amigo y primer cómplice, con quien había hecho el pacto de robar sin dejar nunca testigos. A él —se cree— lo mató chocando el auto en el que ambos viajaban”.


Su caso desorientó a la sociedad. “Robledo Puch desnuda la apetencia arribista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos del éxito: ‘Un joven de 20 años no puede vivir sin plata y sin coche’, ha dicho el acusado, él tuvo lo que buscaba: dinero, autos, vértigo; para ello tuvo que matar una y otra vez, entrar en un torbellino que lo envolvió hasta devorarlo. Cuando mató al primer hombre, Robledo Puch ya se había aniquilado a sí mismo”, analizaba el escritor Osvaldo Soriano.

Realidad y cine corren por cuerdas paralelas. “Luis encontró una poética en medio del horror. La película construye otro Carlitos: ¨es como si, al matar, el personaje desarrollara una performance, un hecho artístico, un ritual”.



Al actor Lorenzo Ferro, de gran parecido físico con el personaje real, le costó seis meses de entrenamiento prepararse para el papel

El rostro de Robledo en la película es el de Lorenzo Ferro, un veinteañero de sorprendente parecido físico con el asesino en serie. A Ferro le llevó seis meses de entrenamiento diario (clases de piano incluidas) convertirse en Carlitos. Verlo bailar El extraño del pelo largo, cantado por Roque Narvaja, un tema que bien puede tomarse como leitmotiv de la película, provoca un subidón de adrenalina. “Antes de los ensayos entrábamos en calor bailando esa canción e incluso cuando yo llegaba a mi casa la bailaba frente al espejo con unos aros de mi abuela”, recuerda el actor.


“El día que filmamos esa escena había mucha gente. Le pedí a Luis que sacara a todos. Nos quedamos solos el cámara y yo. Me trajo un vaso de whisky y de a poco fui abriendo las alas de un bailarín y terminé volando. Esa escena me encanta”, cuenta. La verdad es que debutar como un serial killer no le quitó el sueño: “Tuve suerte”, dijo.

Ortega se metió en la cabeza de su protagonista: “Carlitos mata pero le quita significado. Es solo un acto mecánico. Desafía el sentido común, pero también demuestra su ingenuidad en cuanto a las consecuencias”. Para transmitir ese filo infantil y letal necesitaba una cara que no fuera familiar. “Que Lorenzo nunca hubiera pisado una clase de teatro me permitió meter la cuchara en una zona que los actores creen tener resuelta: el hecho de haber perdido la inocencia.


Arrancamos desde cero y él entendió algo esencial: la puesta en escena de la vida es algo absurdo, irreal. Carlitos es, a la vez, un personaje influenciado por el cine: actúa como una estrella aun cuando está solo, con cierta autoridad. Eso también lo vuelve singular, esa confianza en sí mismos que transmitían los actores de esa época. La elegancia como una forma de fe, de misterio”.


Cuando lo apresaron el 4 de febrero de 1972, Robledo Puch decía ganarse la vida como mecánico de motos. Picana mediante confesó, pero esa aberrante práctica policial de la época no explica los detalles que brindó. Guardaba el dinero del último robo en la casa de su abuela, dentro del piano encontraron siete revólveres y 2.300.000 pesos (unos 222.000 dólares de entonces). Se le consideró un “psicópata desalmado”, carente de afectividad o empatía (al investigar las escenas de sus crímenes se constató incluso un balazo en una cuna: el bebé que dormía en ella se salvó de milagro).

Hoy asume los robos, de las muertes culpa a sus cómplices, que están bajo tierra, afirmando que su causa fue “armada” para tapar la situación política. “Me inventaron porque no había un Charles Manson criollo”, llegó a decir y durante mucho tiempo, sin embargo, se negó a pedir la excarcelación.


Ese criminal que soñaba con convencer a Scorsese de filmar su historia y ser representado por Leonardo DiCaprio se enoja cuando dudan de su heterosexualidad, pero vive en el pabellón de homosexuales de Sierra Chica. Lo pidió él mismo como estrategia de supervivencia ya que quisieron lincharlo, pasó por torturas, por motines, por vejámenes; se escapó, fue recapturado y se salvó por muy poco de que le condenaran a la pena de muerte, que existía para el secuestro, pero no para el rapto, figura con fines sexuales que se empleó para encuadrar a dos de sus víctimas, violadas por Ibáñez. Quizá su verdadera y mayor condena sea seguir vivo en medio de ese infierno.


La tragedia hundió a la familia. Su madre, Aída, intentó pegarse un tiro. Sus padres se separaron y Víctor perdió el trabajo en la General Motors. Tiempo después, en una carta, su hijo amenazó con matarlo. Se vieron por última vez en un psiquiátrico al que Robledo fue llevado en 2002, tras creerse Batman e intentar quemar un taller penitenciario.

“Es un ser delirante que debería estar internado”, sostiene Rodolfo Palacios, autor del libro El ángel negro, sobre Robledo Puch


“La cárcel no reforma a nadie”, concluye Palacios.

“Robledo es un delirante que debería estar internado. Sorprende su silencio: solo sabemos una parte de la verdad, ¿qué pasó por la cabeza de ese chico de 19 años, que tenía todo para no hacer lo que hizo y sin embargo eligió arruinarse la vida?”. Durante uno de sus encuentros, Rodolfo Palacios descubrió el tatuaje carcelario que El ángel se grabó en el pecho: un corazón con el nombre de su novia de adolescencia, Mónica, la chica que se hizo monja. Carmelita descalza. 


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