ARCHIVOS POLICIALES


¨El Vampiro de Londres¨


+ Tras ser detenido y puesto a disposición de la justicia británica, parecía empeñado en alegar locura para no ser ejecutado, incluso llegó a beber de su propia orina frente a sus celadores; pero lo cierto es que no se trataba más que de otra de sus artimañas



ALDO BONILLA CHAVEZ



Cuando pensamos que la perversidad y la maldad humana ha llegado a su límite, pues todos los días los Medios presentan noticias verdaderamente impactantes en todo el mundo, la verdad es que cotidianamente nos encontramos con algo nuevo que no nada más nos asombra sino que nos llena de terror y hace que nos preguntemos: ¿por qué existe tanta maldad en el mundo?


En esta sección de ARCHIVOS POLICIALES desde hace mucho tiempo nos hemos dado a la tarea de presentar casos que han conmocionado al mundo por su perversidad y por el poco aprecio que algunos tienen por la vida, en especial la que no es la suya y que les gusta destruir, algo que verdaderamente nos lacera como humanidad y que no debería de festinarse sin embargo tenemos que aceptar que lamentablemente la gente,


principalmente la de hoy se va por el amarillismo, le gusta el morbo y eso explica el por qué el éxito de algunos Medios que se especializan en la llamada ¨nota roja¨, algo que definitivamente no ocurre en los países del llamado primer mundo.

Así las cosas, hoy en FUERZA AGUASCALIENTES vamos a referirnos a algunos de los más famosos multi homicidas de la primera mitad del siglo XX en Europa, como Henrí Desiré Landrú, Marcel Petiot, Fritz Haarmann o Peter Kürten, que se convirtieron en verdaderos símbolos de perversidad dentro de la demonología criminal.


Si contabilizamos las víctimas totales de estos cuatro asesinos seriales, podríamos llegar a una cifra cercana a los 150 asesinatos. Siendo más pesimistas, podrían superar incluso los 500, por lo que posiblemente las cifras oficiales nunca se conozcan.

El estallido de la Primera y Segunda Guerra Mundial en Europa, provocó el afloramiento de todo tipo de criminal y homicida, tanto loco como cuerdo. La desaparición de personas, en vista de la precaria e inconsistente situación entre los países, no era tomado como algo de importancia. Mucha gente huía de su país para cambiar de vida, o bien para buscar asilo en algún lugar donde se sintieran más seguros, mientras hombres, mujeres y niños deambulaban y buscaban comida, un trabajo o incluso un techo bajo el que dormir, varios depredadores esperaban coger alguna víctima desprevenida y sacar el máximo provecho.


Obviamente las personas más pobres no eran las únicas que corrían peligro, por lo que miles de estafadores recorrían Europa tratando de sacar beneficios a través de negocios sucios a pequeña y gran escala, engañando a los pocos que habían salido relativamente bien parados después de los estragos causados por la guerra, y quienes creían que invirtiendo bien su dinero podría llegar a recuperar, algún día, lo que habían perdido.

Corría el año 1949, Inglaterra había sucumbido ante los ataques aéreos de Adolf Hitler tan solo unos pocos años antes; pero la guerra había terminado. A pesar de las cuantiosas pérdidas humanas, y el hecho de haber quedado prácticamente en ruinas, los ingleses supieron resurgir de las cenizas y la economía se reponía paulatinamente.


Poco a poco, algunas personas se aventuraban a invertir en pequeños negocios pensando que, el día de mañana, este les aseguraría el futuro a sus familias, hijos y nietos. Podían proyectarse... la Alemania Nazi ya había sido derrocada.

Olivia Durand-Deacon, una mujer de sesenta y nueve años, viuda de buena situación económica, y muy querida por su comunidad en uno de los barrios londinenses, había desaparecido.


Sus vecinos se preguntaban qué le podía haber ocurrido y, tras dos días de dudas y conjeturas, decidieron ir a hacer una denuncia al departamento de policía de Chelsea, el día 20 de Febrero de ese mismo año. Uno de los inquietos vecinos que acudió ese día al departamento de policía, se llamaba John George Haigh.



La suspicacia de una sargento de policía, que sospechó de uno de los vecinos que se había acercado a hacer la denuncia, la llevó a revisar sus antecedentes por mera curiosidad, justamente, John George Haigh, había sido recluido años antes por robo y estafa, lo que despertó la sospecha de los que llevaban a cabo la investigación.

El sujeto lucía tranquilo, sonriente y cordial, mostraba evidente interés por la investigación de la desaparición de Olivia Durand-Deacon y accedió a una ronda de preguntas sin hacerse mayores problemas, aunque no se llegó a nada satisfactorio.


Las investigaciones se centraron en Haigh, el hombre que parecía estar disfrutando de la incertidumbre que rodeaba la desaparición de Olivia Durand-Deacon y pronto se descubrió que Haigh arrendaba una fábrica abandonada para realizar sospechosos negocios, lo que llevó a la policía a registrar el lugar de inmediato.

Varios curiosos se aglutinaron a las afueras de los galpones de la fábrica de Haigh aquel 26 de Febrero, en Leopold Road.


La presencia de una docena de funcionarios policiales, en aquellos barrios, no dejó indiferente a nadie, sin embargo, por más que se registró el lugar, no se encontró ningún cadáver; pero si un revólver y un recibo de tintorería de la chaqueta de cordero persa de la Sra. Duncand-Deacon, aquello indicaba que estaban sobre la pista correcta.


Justo cuando los policías pensaban que ya no encontrarían nada más, uno de ellos notó una sustancia gris y viscosa en el suelo del patio, junto a unos barriles, despedía un hedor extraño y se solicitó la presencia de personal experto en químicos, quienes descubrieron que se trataba de restos de grasa humana disuelta en ácido sulfúrico.

Dentro de aquel "lodo grisáceo", como se le describió, se hallaron unos diminutos fragmentos óseos, restos de tapaduras y unos cálculos biliares, además de una placa dental parcialmente desintegrada, si bien no habían cuerpos, los restos indicaban que una o varias personas habían sido disueltas en ácido dentro de los barriles que se apilaban en aquel lugar, y luego habían sido vertidos al piso.


La dentadura y las tapaduras encontradas entre la grasa humana, pertenecían a Olivia Durand-Deacon. El dueño de aquella fábrica tendría mucho que explicar en la comisaría.

John George Haigh nació el 24 de Julio de 1909, en Lincolnshire, Stamford. Poco se sabe de su pasado, más allá de que fue un adolescente problemático, siempre involucrado en hurtos y estafas menores, pasó una temporada en la cárcel por delitos similares, y fue justamente en allí donde comenzó a experimentar con químicos para disolver ratas.

La idea de realizar el crimen perfecto, deshaciéndose completamente del cadáver sin dejar rastro, se convertiría en su obsesión.


Durante el interrogatorio, Haigh se mostró fanfarrón y jactancioso: "Si le cuento la verdad, ¡no me creerá...! ¡La señora Durand-Deacon ya no existe! Ha desaparecido completamente y jamás encontrarán ningún rastro de ella... La destruí con ácido. En Leopold Road sólo verán lodo, el rastro ha desaparecido.

¿Cómo pueden probar el asesinato si no hay cuerpo?"

Haigh, en parte, tenía razón. Durante aquella época, si un cuerpo no era hallado, no se podía probar el asesinato y, por ende, no se podía condenar a un sospechoso aunque este estuviese confesando el crimen.


Sin embargo los cálculos del frío asesino fallaron, pues el excelente trabajo forense del patólogo del Ministerio del Interior, Keith Simpson, dejaron al descubierto los macabros crímenes de John George Haigh, convirtiéndolo en el caso más famoso de la época.

Las investigaciones seguían su curso y las evidencias apuntaban a Haigh como asesino; pero esto aún no estaba esclarecido del todo. Los periódicos ya hablaban sobre "El Asesino del Baño de Acido", describiendo a Haigh como un educado galán maduro que no dejaba de sonreír a las cámaras, y que parecía haber cometido por lo menos cinco asesinatos.


El apodo de "El Vampiro de Londres", nació cuando el acusado aseguró haber bebido la sangre de sus víctimas después de matarlas y antes de disolverlas en ácido, aun así, el editor del Daily Mirror, Silvester Bolam, tuvo que permanecer tres meses tras las rejas debido al amarillismo de los titulares, los cuales daban por culpable a Haigh antes de que se dictara una sentencia, algo que podía perjudicar el caso y que los abogados del acusado supieron aprovechar para meterlo a la cárcel.

Durante el juicio, las confesiones de Haigh dejaron ver a un sujeto cruel y despiadado, movido por la ambición y la fanfarronería. El móvil de sus crímenes siempre fue el dinero, el lugar escogido para llevar a cabo sus crímenes, era la fábrica abandonada. Los citaba allí con la excusa de hablar de negocios.



Cuando se daba la oportunidad, les disparaba por la espalda y luego disolvía los cuerpos en tambores con ácido. Aseguró haber rebanado el cuello de algunas de sus víctimas para llenar una copa de sangre y beberla, según su confesión, durante años tuvo extraños sueños relacionados con árboles que se retorcían, se transformaban en cruces, y de los cuales brotaban chorros de sangre, de la cual bebía.


Esto, sumado a su errático comportamiento durante los posteriores interrogatorios, supusieron un conflicto en algunos miembros del jurado. Parecía empeñado en alegar locura para no ser ejecutado, incluso llegó a beber de su propia orina frente a sus celadores; pero lo cierto es que no se trataba más que de otra de sus artimañas.

Haigh se había transformando en el asesino más famoso de Inglaterra y quería disfrutar de ello. Incluso se sacaron moldes de su rostro para decorar "La Cámara de los Horrores" del museo de cera de Madame Tussaud con su figura. Legó su ropa y la pechera de hule que utilizó para protegerse de los químicos corrosivos utilizados en los crímenes.

Finalmente Haigh fue condenado a muerte por el asesinato de seis personas, aunque llegó a confesar nueve en total.


Le fueron probados los asesinatos de Olivia Durand-Deacon, todos los integrantes de la familia McSwann (Donald, Amy y William, padre, madre e hijo respectivamente), además de Archibald y Rosalie Henderson. Todos ellos fueron sometidos al mismo tratamiento con ácido sulfúrico. Haigh insistiría en haber cometido tres homicidios más; pero estos fueron descartados por la policía.

Murió ahorcado el 6 de Agosto de 1949, en la prisión de Wandsworth



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