ARCHIVOS POLICÍACOS

La vida en la cárcel


+ Es una triste y cruda realidad que muchos de los que purgaron alguna condena en los CERESOS lejos de buscar una pronta y positiva reintegración a la sociedad lo que buscan verdaderamente es vengarse de ella


ALDO BONILLA CHAVEZ



Hace poco más de tres años en esta sección de ARCHIVOS POLICIALES de FUERZA AGUASCALIENTES, dimos cuenta de opiniones que aseguran que los CERESOS son auténticas ¨Universidades del Crimen¨, y que el sistema penitenciario tanto en Aguascalientes, como en el país, es obsoleto y está totalmente rebasado de allí que es imposible que un delincuente pueda readaptarse, por lo que casi siempre todo aquel que egresa vuelve tarde o temprano, y frente a esto se insiste en que debe haber un cambio radical en el sistema penitenciario pues inclusive los internos, los que agreden a la sociedad, son mantenidos por los mismos a los que han dañado.


Hay que reconocer que la sociedad se encuentra alarmada por el tremendo índice de inseguridad que existe, de allí que se critica insistentemente a las autoridades porque se han visto rebasadas por la delincuencia y eso explica que en muchas ocasiones la gente esté intentando hacerse justicia por su propia mano, de tal suerte que en este tiempo la delincuencia es criticada con ferocidad y por lo tanto se exige que ¨quien la hace lo pague¨, o como acordaran recientemente los diputados, ¨muerte civil al delincuente¨.

De esta manera se está generando un odio generalizado en la sociedad por todo lo que se refiera a los delincuentes, de esta manera se puede asegurar que el sujeto que entra por primera vez a una cárcel se ve inmerso en un ambiente que se respira diferente al suyo, por la razón que fuere que se le haya encontrado merecedor de un confinamiento alejado del resto de la sociedad.


Vivir sometido al aislamiento dentro de un lugar bien delimitado y lejos del resto de la sociedad. Vivir sometido al aislamiento dentro de un lugar bien delimitado y lejos de las casas conocidas, supeditado a las reglas de un espacio ajeno a los trabajos obligatorios aunque etiquetados como reivindicadores del individuo, resulta un panorama poco alentador para que se permita echar una mirada dentro de cualquiera de los regímenes carcelarios.


Sin embargo, el delincuente, al entrar a la prisión que le fue asignada para purgar la pena impuesta producto de su comportamiento, empieza a formar parte de ese paisaje, y los rostros que en un principio le son desconocidos, después le comienzan a ser familiares, se vuelven la familia impuesta por la que a diario despierta, come, ríe, se enoja y riñe.

El espacio en el que se aísla a estos hombres determina su nuevo modo de vida.

La cárcel los dota de un nuevo hogar, de una forma diferente de convivencia perteneciente a una esfera social relegada, con aquéllos que también fueron privados de su libertad, pero sin duda conformadora real de un espacio social. En la Cárcel de Varones de Aguascalientes se consumían sobre todo atole y tortillas, se suministraban también otros alimentos como los frijoles y con menos frecuencia la carne.


Durante las dos últimas décadas del siglo XIX el presupuesto destinado para la alimentación no sufrió grandes variaciones, apenas un mínimo incremento en los últimos años, sin embargo lo que sí se alteraban eran los precios de los productos de los que se proveía a las prisiones; también afectaba los atributos en el número de presos. Como resultado lógico del aumento en el costo de los insumos en el mercado y el mayor número de bocas con las que se compartía la comida, el alimento llegó a ser insuficiente dentro de la cárcel.

Por eso no se advierte con extrañeza el constante quejarse los presos con respecto a la comida, la que a menudo se denunciaba insuficiente y de mala calidad.


El Ayuntamiento podía ahorrarse algunos gastos en cuestión de alimentos, al ser las presas sentenciadas en la cárcel de mujeres las encargadas de la preparación de la comida, aunque había que tener especial cuidado para que no se traficara con los productos que eran para todos. Uno de los ahorros lo representó la adquisición de una máquina para moler el maíz, ya que mandar molerlo por fuera resultaba un gasto extra y qué mejor que fueran las mujeres quienes se dedicaran a esta labor, aunque en algunas ocasiones por falta de personas capacitadas para el trabajo, a los hombres de la cárcel se les asignó la tarea de moler el maíz, misma que rechazaron de inmediato por considerarla una muy triste condición, labor propia de señoras y "esperaban en beneficios de la humanidad y clase de indulto" se les ocupare en otras artes y oficios.



Tal vez exageraron a veces en las descripciones que ofrecieron de la comida que se les entregaba quizá eso los ayudó a llamar de manera más poderosa la atención de las autoridades, al denunciar que se les estaba "matando de una manera muy lenta", entre el frijol podrido, un garbanzo picado o los alimentos tan acedos que resultaban imposibles de comer.


Cierto efecto tendrían que surtir las protestas levantadas, aunque a falta de presupuesto seguramente poco podía resolverse. Empero, de lo que sí se hace gala en cuanto a los alimentos, es de las comilonas que se hacían en el festejo del 16 de septiembre a cargo de la Junta Patriótica, que aunque con alimentos sencillos, se disponía a visitar las cárceles cada aniversario de la Independencia; y después de levantados los discursos de los vítores a los héroes patrios y los alimentos a tan caritativa Junta, armaban una fiesta que de seguro era esperada con ansia por los presos cada año.


En el interior de la cárcel se careció no sólo de comida, también hizo falta una enfermería, pues los asuntos que se consideraba dignos de atención médica eran remitidos al Hospital Civil. Todavía en 1913 se propuso por el mismo jefe político tener un médico que atendiera a diario las cárceles de la ciudad con una necesidad urgente, pues muchas veces se vacilaba entre remitirlos o no al hospital. La mayoría de los presos estaban deseosos de encontrar un pretexto para evadir la prisión, por lo que resultaba una difícil decisión ordenar el traslado al hospital sin un médico de planta que prescribiera su salida.

No se pretendía proveer de una vida llena de comodidades a los presos, pero resultaba necesario abastecerlos de lo indispensable. Proporcionar condiciones de vida medianamente decentes que les permitieran concentrarse en aprender lo esencial para que llegado el día de su salida de la prisión, tuvieran un oficio con el cual mantenerse y hubieran mantenido las bases morales para que no volvieran a cometer los actos que los llevaron al encarcelamiento.


Disputas frecuentes entre los presos consistía en la lucha por no dormir en el piso del calabozo debido a la falta de petates, ya que eran escasos e insuficientes, y solicitaban constantemente se les proporcionaran los necesarios.


Los encarcelados también requerían que se les permitiera recibir visitas de sus esposas a solas y sin la presencia del alcaide, pedían que se hicieran las modificaciones oportunas al recién establecido reglamento para llevarlas a cabo, sin embargo la Legislatura juzgó estas visitas como inmorales y simplemente les fueron negadas. Según el reglamento los encarcelados podían hablar con sus familias los jueves y domingos, por la mañana de 10 a 12 y por la tarde de tres a cinco.


Hubo algunos sentenciados que no quisieron dejar pasar la oportunidad de ganar algún dinero dentro de la cárcel. Se sabe de un reo que pretendió mantener una pequeña tiendita donde vendía, jabones, dulces, cigarros y queso con al argumento de que ello le permitía obtener una entrada de dinero, tan necesaria para su familia y abastecía además de artículos indispensables a los reclusos.

Otros esperaban obtener gratificaciones por los trabajos públicos realizados, siendo que estas labores ya significaban una gracia, pues les eran otorgados a cambio de la disminución de la pena a la que habían sido sentenciados.


La corrección de los presos era uno de los argumentos más socorridos en los discursos de la época, para ello se les ocupaba en los talleres dentro de la cárcel, que a la vez que les ofrecían la oportunidad de aprender un trabajo digno para cuando saldaran la pena que les había sido impuesta, les daba una pequeña entrada de dinero (otra parte se destinaba al mantenimiento de la prisión), y los ocupaba en labores señaladas como aquéllas que contribuían a la moralidad y regeneración del individuo. Los trabajos eran la elaboración de dulces, el oficio del zapatero y, principalmente la manufactura de sombreros de palma.

Otra actividad que se juzgó de provecho dentro del plan de rehabilitación social fue la instrucción primaria a los reclusos. La impartición de clases dentro de la cárcel al parecer se efectuó desde el 16 de septiembre de 1870 utilizando uno de los salones del edificio, hasta 1892 fecha en que dejaron de practicarse; en el período de 1895-1899, se retomaron las actividades escolares e incluso paulatinamente se proveyeron de más materiales educativos y se anunció la separación de los reclusos de corta edad del resto de sus compañeros, para lo cual se tenía ya un lugar conveniente.



En 1905 la Junta de Vigilancia presidida por Alejandro Vázquez del Mercado creó dentro de la cárcel de varones la Escuela "Primo Verdad" a la que sólo asistía un porcentaje mínimo de los presos las materias que figuraron como parte del programa de instrucción fueron: lengua nacional, aritmética, geometría, lectura, geografía y caligrafía. A manera de incentivo para aquéllos que tomaban con empeño la tarea de su reforma social, a los estudiantes con mejores calificaciones llegó a indultárseles la pena a que fueron condenados.


La cárcel de varones de Aguascalientes en el Porfiriato funcionó como un espacio en el que las carencias materiales, alimenticias y de atención se hicieron presentes. A menudo una de las principales limitantes para logra siquiera un mediano desempeño de la prisión (que se pretendía con el reglamento puesto en vigor), fue la falta de recursos monetarios destinados al ramo. Además del obstáculo representado por las condiciones físicas del edificio que no permitían la separación de los presos, dar un espacio adecuado a cada uno, dificultaba el aseo general del inmueble y destinar áreas a propósito de la existencia de una escuela, de talleres o de patios de recreo


La cárcel además de un lugar físico al que nos remite el nombre, también fue un espacio en el que los delincuentes aislados del resto de la sociedad purgaron una condena que les ordenaba a convivir con otros hombres que igualmente fueron señalados por su comportamiento equivocado, compartían las mismas celdas, peleaban por no dormir en el piso y obtener un petate, se encontraban con el vecino en su paso por el asoleadero, disfrutaban o aborrecían la misma comida, eran compañeros de trabajo en los talleres. A veces, hubieran querido desaparecer al otro para obtener una mayor ración alimenticia o más espacio en el calabozo; algunas otras se volvían delatores de aquéllos sus "compañeros" ante las autoridades de la prisión; pero otras tantas se unieron en nombre de una súplica o petición ante los funcionarios apelando a su buen corazón o exhortándolos para hacer manifestar su gran benevolencia para con (como ellos mismos se nombraban), "éstos desgraciados", requiriendo comida, petates, que se destituyera al alcalde o para pedir que se les permitiera ser visitados por sus familias.



Todo esto no es más que una ratificación de que hoy en día los penales no ayudan a la readaptación, sino más bien son “universidades del crimen” porque cuando salen libres los internos de inmediato reinciden o se integran a bandas que son un auténtico peligro para la sociedad, de tal manera que estos centros no arreglan del todo los problemas de sus reclusos, por el contrario, en muchas ocasiones se convierten en la universidad del crimen, lo que significa un gran fracaso de las autoridades, fracaso que le cuesta al contribuyente pues con sus impuestos paga la alimentación y atención de los internos.


Es obligación de las autoridades penitenciarias poner atención en la correcta rehabilitación de los prisioneros, y no solapar las mañas de estos criminales, como también en FUERZA AGUASCALIENTES creemos que sería inútil, ponerles un chip al salir de los penales.

Y esto en Aguascalientes es una triste realidad pues muchos de los que purgaron alguna condena en los CERESOS lejos de buscar una pronta y positiva reintegración a la sociedad lo que buscan verdaderamente es vengarse de ella, y es que aunque las autoridades lo nieguen, en los CERESOS existe una gran corrupción, además de que sigue prevaleciendo la ¨Ley del más fuerte¨, por lo que cuando salen lo hacen resentidos y buscando quien se las pague.


Primero agredieron a la sociedad, luego, ya en prisión, juraron estar arrepentidos y sentirse tocados por la mano de Dios, asegurando que con nada podrían pagar el daño que habían hecho, por lo que si llegaran a salir de prisión vivirían para hacer el bien.


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