A propósito del cercano Día de los Muertos

De aparecidos y hechos sobrenaturales


+ Para la gente que se precia de tener preparación eso no es más que una invención, cuentos para asustar a los niños, sucesos que surgen de la mente de las personas mayores para entretenerse en sus tiempos de ocio


HERIBERTO BONILLA BARRON



Aguascalientes es tierra de leyendas, Tierra de hechos históricos, sangrientos y de gloria.

Tierra de héroes, de artistas, de toreros y de gente que con su esfuerzo y admirable tenacidad nos han convertido en uno de los Estados con mayor desarrollo en el país.

Tierra de tradiciones.


Aguascalientes, tierra de la gente buena y del cielo claro.

Aguascalientes, dueño de grandes tesoros.

De grandes pasajes.

Lugar en el que los sucesos chuscos, trágicos y hasta inverosímiles han ido pasando de boca en boca a través de generaciones.

Ser de Aguascalientes, decimos los que hemos nacido aquí y los que aquí se han asentado, es un orgullo.


Así como hemos hablado de su histórico crecimiento y de las generaciones que la han ido transformando, hoy FUERZA AGUASCALIENTES, para estar a tono con el cercano Día de Muertos, dará a conocer parte de algo que ya es una tradición, algunas historias de los "Aparecidos" y de los hechos sobrenaturales.

Para la gente que se precia de tener preparación eso no es más que una invención, cuentos para asustar a los niños.

Sucesos que surgen de la mente de las personas mayores para entretenerse en sus tiempos de ocio.

Para otros, son hechos verdaderos porque los han vivido o sus padres o familiares han sido protagonistas de ellos.


EL PANADERO


En el barrio del Encino, existió una panadería que se ha distinguido por su delicioso pan caliente y sus bolillos regordetes, que con gran talento preparaba siempre, don Juan Copado, dueño de este establecimiento que por muchos años había pertenecido a la familia Copado y se había heredado de generación en generación.


Dicho establecimiento se encontraba situado en la esquina de las calles Leona Vicario y Díaz de León, ahí en donde todas las tardes se juntaba un grupo de chiquillos de la cuadra a jugar con sus canicas, bajo la poca luz que despedía el farol de la calle. Don Juan era una persona muy devota y creyente de la Virgen de Guadalupe y cada 12 de diciembre le mandaba arreglos de flores a la Virgencita, acompañado claro, de su respectivo rosario y su misa mañanera en punto de las siete horas.


El negocio de don Juan, iba viento en popa, pues sus panes se vendían de inmediato saliditos del horno y de esta forma, su negocio comenzó a crecer y a crecer cada vez más y más. Así como su negocio crecía, su avaricia también y don Juan, pasó de ser un hombre bueno y amable, a ser un hombre gruñón que se pasaba el día resguardando su gran tesoro.


Un buen día, la hija menor de don Juan Copado, anunció su matrimonio con un joven pueblerino muy humilde, pero con mucho amor que ofrecer a la heredera de los Copado.

Al comerciante esto no le pareció nada bien, pues su avaricia lo cegó y no vio nada más en ese muchachito que un joven gandalla y aprovechado, que sólo quería casarse con su hija Lucita, para quedarse con su dinero y fortuna que tanto trabajo le había costado hacer.

Pasaron los meses y don Juan no aprobaba el casamiento de su pequeña con ese muerto de hambre. La desesperación se apoderó de Lucita, quien decidió fugarse con su amado y consumar su amor lejos de su padre.


Una noche el panadero llegó a su casa y preguntó por su hija, "¿Dónde está la Lucita?", Su esposa angustiada, no respondió y siguió sirviendo la mesa para disponerse a cenar. Don Juan sospechaba que algo no andaba del todo bien, pues ese silencio en su mujer no era buena señal. Con el enojo ya subido, don Juan bociferó que dónde se encontraba Lucita, a lo que su mujer no tuvo más remedio que responder que ante su negativa de aprobar su casamiento, se habían fugado para consumar su amor.


Don Juan, se puso de mil colores y parecía que humo le salía de su cuerpo, sus ojos desorbitados e inyectados de sangre, miraban a la nada y en ese momento gritó a los cuatro vientos, maldiciendo el nombre de su hija y el del joven que se la llevó.

Más le valiera no haberlo hecho, pues en ese momento pidió al demonio que lo ayudara a impedir esa boda.

El silencio se apoderó del recinto y habiendo pasado unos segundos, don Juan más calmado se retiró a su alcoba a descansar.


Al día siguiente muy temprano, serían las cinco de la madrugada y todavía estaba obscuro cuando el comerciante, más tranquilo se dirigió a su panadería dispuesto a comenzar con su trabajo diario. Apenas había puesto la masa en el molino que estaba en la parte trasera del local cuando llegó hasta su nariz un fuerte olor a azufre que lo distrajo de su trabajo.

Inmediatamente se dirigió al recibidor, volteó a un lado volteó a otro y nada, se dio la media vuelta un poco extrañado, cuando un "buenos días", lo hizo temblar y voltear su cuerpo para atender a esa voz, "buuuueeenos días" contestó, al ver a un caballero elegantemente ataviado con un smoking negro, moño rojo y un bastón que hacía juego con el sombrero de copa que llevaba puesto.


"Disculpe, busco al señor Juan Copado", "soy yo, en qué puedo servirle caballero". El olor a azufre permanecía en el ambiente y don Juan no se explicaba por qué. "Mire qué suerte he tenido, me gustaría poder charlar con usted de un asunto que tengo pendiente precisamente con..usted".


La voz del catrín parecía resonar en todo el lugar, era fuerte y grave y con cierto eco.

Don Juan, no se explicaba ni la repentina aparición de este extraño personaje, ni cómo era que éste lo conocía y mucho menos que deseaba platicar con él. En ese momento el caballero lo tomó del hombro y juntos salieron a caminar. Aún no salía el sol y el panadero estaba ya muerto de miedo, pues la obscuridad hacía ver a ese ser como un espectro, pues su piel era bastante blanca.


Los dos siguieron caminando y don Juan tenía puesta toda su atención en cada una de las palabras del catrín y no se daba cuenta por donde iban, "¿Cómo ves Juan?, Entonces ¿Estás dispuesto a tomar mi AYUDA?", estas palabras le recordaron al comerciante la petición que el día anterior había hecho y como si acabara de despertar de un sueño se dio cuenta de que se encontraba caminando en el aire, rumbo al barranco que cruza el puente. En ese momento don Juan, volteó a ver al caballero que, ya no lo era más, pues dos patas de cabra salían de su pantalón, enormes dientes amarillos sobresalían de su boca y en vez de un sombrero de copa había dos cuernos que brillaban en la obscuridad.

Don Juan comenzó a gritar despavorido, pero sin poder dar un paso, entonces recordó su devoción a la Virgen y comenzó a rezar y a pedirle su auxilio a la Morenita del Tepeyac. Una bola de fuego, salió del engendro del mal, dejando un fuerte olor a azufre y aventando a don Juan, varios metros abajo.



Dice la leyenda que el pobre de don Juan, nunca más supo de sí, su querida esposa se hizo cargo del negocio familiar y él nunca más recobró la cordura. Cuentan que algunas noches sale corriendo despavorido y comienza a contar lo que le pasó, será esto producto de su locura o realmente su maldición lo dejó así, nunca lo sabremos.


EL CALLEJON DEL TESORO


¿Quién no conoce en Aguascalientes la leyenda de "El Callejón del Tesoro?, Pero pocos conocen la historia de este pasadizo en donde un forastero fincó una casa, y se bordó una fábula.Alfonso Cabeza de Vaca, un hombre serio que pasa de los ochenta años, dice que su abuelo platicaba un suceso que llenó de espanto a Aguascalientes, la historia de un carro fantástico que recorría la ciudad a media noche.


Dos caballos blancos jalaban el carruaje que era guiado por un espectro vestido también de blanco, andaba por las calles haciendo escándalo; despertando al vecindario aquél "carro del demonio", que parecía que anunciaba una desgracia. Todo mundo hablaba del suceso; algunos aseguraban que el coche, era jalado por dos colosales caballos y que lo conducía una bella mujer, que al parecer estaba perturbada de sus facultades mentales, y como desahogo, sus familiares le permitían recorriera la Villa por las noches, para no ser reconocida, ya que ni amigos ni parientes lejanos sabían el secreto de una de las familias más acomodadas, que tenían una hija demente.


Las versiones eran diferentes, se hablaba mucho del suceso y cada persona inventaba una versión, el caso es que cuando caían las sombras de la noche, los parroquianos comenzaban a sentir temor. Los hombres con disimulo cerraban con llave las puertas de sus casas, las mujeres los postigos y apagaban las velas para que no se fuera a ver la menor luz y se aseguraban que los niños estuvieran dormidos para que no se dieran cuenta de este hecho diabólico que tenía intrigada a toda la población y que nadie se atrevía a enfrentarlo.


Todos esperaban con pánico aquel ruido que se escuchaba a lo lejos y que se iba acercando hasta pasar frente a las casas, el que se perdía después y nadie sabía para dónde se diluía, el hecho era que al día siguiente volvía a pasar, ante el azoro de todos.

Muchos hombres que por necesidad tenían que trabajar de noche, al venir aquel carro que parecía que andaba solo, caían privados, otros trasnochadores al escuchar el ruido de las patas de los caballos que pegaban en el empedrado, caían de rodillas y rezaban a gritos.

Se cuenta que algunas personas perdieron la vida al oir el crujir de aquel coche fantástico en polvorosa armonía con las pisadas de los colosales caballos.


Pero a ciencia cierta nadie sabía realmente de lo que se trataba, se hacían miles de conjeturas, lo cierto es que el terror se apoderó de los habitantes de la Villa. Los sacerdotes regaban agua bendita por todos lados, había peregrinaciones por las calles, pero nada, cuando menos se lo esperaban, aquel carro del demonio salía por alguna arteria, recorría la ciudad y se perdía entre la bruma de la noche.


Cuenta la leyenda que don Narciso Aguilar, un hombre inmensamente rico vivía en la ciudad de Guadalajara con su familia, tenía fabulosos negocios a los que les dedicaba la mayor parte de su tiempo. Un día su mujer al sentirse sola y no contar nunca con su marido, decidió tener un amigo para hacer menos triste su soledad.


Al enterarse don Narciso del engaño de su mujer, en vez de hacer un escándalo y lavar con sangre su honor, pensó alejarse de la ciudad para siempre, buscando un lugar en donde nadie pudiera encontrarlo, sabía que Aguascalientes era un lugar tranquilo, hospitalario, que se podría vivir con tranquilidad y eligió esta Villa para pasar los últimos años de su vida, y olvidar la traición de su mujer.


Don Narciso Aguilar tenía, un amigo de la infancia, un hombre bondadoso que por muchos años había trabajado con él y el único al que podía confiarle su secreto; le platicó su plan y lo invitó para correr con él la aventura, ya que era una persona solitaria, entrado en años y soltero. Los dos llegaron a la Villa de la Asunción de las Aguascalientes y después de recorrer la ciudad, encontraron un callejón, apropiado para lo que querían, y sin más compraron varias casitas casi en ruinas y don Narciso comenzó a construir su residencia, la única casa que se encontraba en el callejón, que después se llamó del Tesoro.

Mientras construía la casa que llevó el número 13, don Narciso hacía constantes viajes a Guadalajara para ir trasladando poco a poco su cuantioso te


soro, que eran varias talegas de oro, lo que hacía a medianche para evitar sospechas.

Se cuenta que vestido de arriero y a lomo de mula, don Narciso trasladó su dineral y ayudado por su amigo Cirilo Castañeda, lo guardaron en la cocina de la casa que estaba junto al pozo frente a la puerta de la calle.


Al llegar a Aguascalientes los dos amigos, traían hermosos caballos blancos, briosos y de alzada, así como un carro en donde habían traído sus pertenencias. Don Narciso y don Cirilo, no conocían a nadie en el lugar, ni querían conocer, se dedicaban a dirigir su casa y por la noche se aburrían mortalmente, jugaban baraja, se tomaban sus copitas, pero... les sobraba tiempo, hasta que un día decidieron dar una vuelta por la ciudad, pero sin darse a ver.


Don Cirilo era quien guiaba el coche y para no ser reconocido, se vistió con una túnica blanca, que le iba desde la cabeza a los pies, y sólo había dejado dos rendijas para que se le asomaran los ojos. Don Narciso vestía un extraño traje pegado al cuerpo de color carne y una media en la cara. El iba acostado en el coche para no ser visto. Todas las noches se disfrazaban, tomaban su carro y salían a recorrer las calles.



Cuando vieron que su paseo les causaba pavor a las personas, lo hacían con más ganas, sirviéndoles de diversión el miedo que les causaba a los parroquianos; mientras las gentes se privaban de espanto, ellos se "morían"... pero de risa. Habían encontrado una gran diversión por las noches que al principio les eran mortalmente aburridas. Este recorrido lo hicieron por mucho tiempo, hasta que el pueblo se fue acostumbrando a ver y escuchar a este "carro del demonio" que resultó inofensivo.


Al ver don Narciso y don Cirilo que ya nadie les temía, dejaron de salir a realizar sus paseos nocturnos que por tanto tiempo tuvo inquieta la ciudad, y así desapareció el temido "carro del demonio".

Los dos amigos vivían solitarios en aquel callejón cuidando el tesoro de don Narciso Aguilar, así como a los caballos y burros que tenían en el traspatio. Se hablaba de dos viejitos ricos que vivían en el "Callejón del Tesoro", como le puso el vulgo. De pronto desapareció don Cirilo, nadie supo de su paradero.


¿Se peleó con don Narciso y se fue a Guadalajara? ¿Su deceso fue de muerte natural? ¿Lo mató don Narciso por miedo a que lo robara?... nadie supo. Don Narciso salía y entraba a su casa solo, siempre solo; no hablaba con nadie, cuando se escuchaba su voz era porque se dirigía a sus animales.


Se había corrido la voz de que en el Callejón del Tesoro, en el número 13, vivía un hombre solo, el que se dedicaba a cuidar un fabuloso tesoro. Esto llegó a oídos del famoso Juan Chávez, uno de los más grandes ladrones que ha habido en Aguascalientes. Una noche Juan Chávez quiso apoderarse del "entierro" de don Narciso y por asustarlo para que le dijera en dónde estaba el dinero, se le pasó la mano, y lo mató.


Y el dinero que por muchos años estuvo escondido en la casa número 13 de un callejón, pasó a manos de Juan Chávez y don Narciso pasó a mejor vida. La historia de Narciso Aguilar el rico jalisciense y su amigo don Cirilo Castañeda se olvidó, pero el nombre del "Callejón del Tesoro", todavía existe en la Ciudad de Aguascalientes, nombre que resultó de una asombrosa leyenda.


12 visualizaciones0 comentarios