A finales del siglo XIX todo era muy distinto¿


Aguascalientes en el tiempo


+ El transporte foráneo era proporcionado por el Ferrocarril Central Mexicano, que atravesaba el estado cruzando el río Chicalote al norte, en cuya estación toma dos rumbos, uno para Zacatecas y otro para San Luis Potosí


ALDO BONILLA CHAVEZ



En estos tiempos en que Aguascalientes sufre de una constante transformación, que aunque lenta es muy visible.

Tiempos en que lo moderno modifica lo antiguo, en que las costumbres, las tradiciones, los edificios, hasta la forma de hablar van cambiando por completo.

En que aquellos evocativos nombres de las viejas calles que recordaban algún suceso o lugar en especial, han sido desplazados por nombres de personajes temporales que en ocasiones muy pocos conocen.

Las viejas casonas se derrumban diariamente, para ser transformadas en locales comerciales o estacionamientos, o sus nostálgicas fachadas con sabor provincia son sustituidas por un simple techo paloma.


Antes de que desaparezca por completo la fisonomía tan especial de aquel Aguascalientes, en que muchos de los moradores conservan con agrado sus viejos recuerdos, vale la pena recordar en FUERZA AGUIASCALIENTES, un poco de lo que fue nuestra ciudad y sus habitantes, hace más de cien años.

Aguascalientes desde siempre ha gozado de cierta tranquilidad y esto era más manifiesto a fines del siglo XIX, con un clima benigno, abundantes fuentes de aguas termales, el río de los Pirules en constante flujo y con una población total en el Estado de 102,002 habitantes.


Los poderes locales se componían del Legislativo, con siete diputados propietarios y su suplente, electos cada dos años; el poder Ejecutivo encabezado por el Gobernador, electo cada cuatro años con posibilidades para ser reelecto para el siguiente periodo y el poder Judicial, formado por el Supremo Tribunal de Justicia, compuesto por tres magistrados electos por el pueblo cada cuatro años. Las autoridades y empleados municipales de la capital la componían once Regidores y dos Síndicos, electos cada dos años. La Jefatura Política era desempeñada por un Jefe y su secretario.


La ciudad de Aguascalientes, dice a FUERZA AGUASCALIENTES el investigador e historiador José Ciro Báez Guerrero, contaba con 5,220 casas, para una población de 31,619 habitantes, era rodeada por más de 300 huertas y jardines, que eran regados por las acequias del Ojocaliente y del Cedazo, así como por dos grandes estanques que se encontraban al norte. Los habitantes pasaban las tardes y los domingos en los jardines de San Marcos, Plaza Principal, en los cuatro que se encontraban en San Diego, dos en la Merced, La Paz, Zaragoza, Porfirio Díaz, Colon y San Juan de Dios.

En época de lluvias era clásico el paseo campestre al río de los Pirules, en que los tranvías se veían invadidos por infinidad de personas, que se dirigían al Tivoli situado en aquel paraje, recorriendo la Alameda que comenzaba en los suburbios de la ciudad hasta llegar al río.


Más cercano a la ciudad se encontraba el estanque viejo, donde José Cornejo Rivas explotaba un paseo de navegación, con renta de botes.

Otros motivos de fiesta popular eran los festejos religiosos, como el de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, que se celebraban en noviembre en los alrededores del Parián, con su multitud de puestos con venta de juegos y juguetes, con el tema de la muerte y de frutas de la temporada, así como los juegos de azar, o con la visita a los Panteones a llevar ofrendas a los deudos. El del Señor del Encino con sus puestos de vendimia, junto al Templo y jardín de ese nombre y su calle ancha.


Y el más importante de todos los festejos religiosos, el día de Guadalupe en diciembre, en que todas las calles y banquetas eran barridas y regadas, todas las puertas y ventanas de las casas, así como la mayoría de las calles lucían adornos de papel picado.

En los días cercanos a la Navidad se celebraban Pastorelas en el Teatro de La Primavera, en los templos instalaban sus nacimientos para la celebración de las posadas y su misa de gallo, el 24 de diciembre. Mención aparte merecen las fiestas de la temporada de San Marcos, que se celebraban del 20 de abril al 5 de mayo, que ya por entonces se consideraban las más hermosas y las más populares de la República.


Se presentaban las corridas de toros, gallos, zarzuelas, circo, serenatas, carreras de caballos, matines y toda clase de juegos no prohibidos por la ley.

Para los oficios religiosos se contaba con once templos católicos, la Merced, el Convento de San Ignacio, San Marcos, Guadalupe, San Francisco o Tercera Orden, San Diego, San Juan de Dios, San Juan Nepomuceno, La Salud y las parroquias de La Asunción y del Encino y un templo Evangélico, ubicado en la segunda calle del Ojocaliente y primera de La Estrella.


Por el centro de la población pasaba un arroyo que atravesaba las calles de Washington, Colón, Obrador, Galeana, Guerrero y Matamoros. Para pasar este arroyo había algunos puentes de mampostería, que además servía de división a la Parroquias de la Asunción y del Encino.

Por el año de 1890 se plantó una alameda como medida higiénica, en la parte de este arroyo que va de la calle de la Estrella a la de Washington, dedicando sus márgenes para plantíos de alfalfa y verduras, y cerrando el principio con una verja de hierro, para evitar que el paso la gente.



Por ese mismo tiempo se construyó un túnel en el arroyo, entre las calles de Washington y de la Cárcel, sobre el cual se construyó posteriormente el Mercado Calera.

Los principales edificios de fines del siglo XIX eran el Teatro Morelos, Liceo de Niñas, Cuartel de Gendarmes, Hospital Civil, Palacios de Gobierno y Municipal, Salón de Exposiciones, la Lonja, Escuela Principal, Seminario, Cárcel de Hombres, Baños, el Parián, Mercado Terán, Plazas de Toros San Marcos y del Buen Gusto, Plaza de Gallos, Hotel San Marcos, Hotel Washington, el Hospicio, la fábrica de San Ignacio, que se consideraba el Versalles de Aguascalientes, los talleres de la Gran Fundición Central Mexicana y algunas fincas de particulares.


Solo se consideraban como monumentos históricos los Templos Católicos, incluyendo el Camarín de San Diego, el Palacio Municipal y la Columna de la Plaza de Armas.

La población se abastecía de agua para las necesidades del hogar en las fuentes públicas, para ello había cuatro en la Plaza de la Constitución, cinco en el jardín de San Marcos, cuatro en los parques de San Diego, dos en la Merced, una en el Hospital Civil, en el mercado Terán, en San Juan de Dios, en el jardín de Zaragoza, en el Porfirio Díaz, en la fábrica La Purísima, en el jardín del Encino, en el Hotel de Chávez y el de La Reforma; el cuidado de las fuentes estaba a cargo de tres fontaneros, por parte del Municipio.

Las fuentes se abastecían de agua de los acueductos del Ojocaliente y del Cedazo.

Otra forma de suministro de agua potable para los hogares, era por medio de los aguadores de oficio, con su burro cargado de cántaros transportaban el agua de los negritos, para entregarla en las casas que normalmente la utilizaban para beber. En algunas casas durante la estación de lluvias captaban el agua, la cual filtraban y almacenaban para su posterior consumo.


La ciudad ya contaba con algunos pozos de los que se podía surtir de agua el vecindario, como el pozo del Boliche Hidalgo de la calle de Los Gallos, con una profundidad de 5 metros; el del Mesón del Burro con una profundidad de 28 metros; la noria de la fábrica de hilados y tejidos La Purísima, que producía agua potable de buena calidad a 9 metros de profundidad, etc.


Las casas de la ciudad estaban distribuidas en 459 calles y callejuelas irregulares, 12 calles muy prolongadas de este a oeste, y 16 de bastante longitud de norte a sur.

Las principales calles y avenidas eran la Allende, Colon, Galeana, Independencia, la Merced, Guadalupe, Nieto, Ojocaliente, Obrador, Relox, San Diego, San Juan de Dios, Emblema, San Juan Nepomuceno, Tacuba, Victoria, Washington y algunas otras.

Los pisos de algunas de estas calles eran empedrados y el piso de los pasillos de la casa Municipal, el Cuartel de Policía y del Parián eran de ladrillo.


En la ciudad existían los mercados Terán, el del interior Parián, el de la Plaza de Guadalupe y el entonces recientemente inaugurado, Isidro Calera sobre el arroyo.

Para la matanza de ganado se contaba con el rastro municipal y un local para ganado porcino, para la seguridad de la ciudad se contaba con el Cuartel de Policía y estaba a cargo de un Inspector General, tres ayudantes, un oficial contador, ochenta gendarmes y veinte caballos para el servicio.


En el mismo Cuartel se encontraba un departamento para el servicio de los bomberos, con dos bombas y todos los útiles necesarios para caso de incendio.

Se podía asistir a los baños públicos del Ojocaliente, Los Arquitos, Las Delicias, a los del Señor Pedro Santoyo y a los dos construidos al inicio de la Alameda en 1894, por la junta de beneficencia para el pueblo.

La gente de pocos recursos se bañaba en el Estanque o en la acequia que venia del Ojocaliente, que también utilizaban como lavaderos públicos, así como en el río de los Pirules.


Por esos años se introdujo el baño de regadera con fines terapéuticos en el Hospital Civil, estos baños también daban servicio al público en general, con abonos para 30, 15 o un baño. Posteriormente esta modalidad de baño se extendió a otros establecimientos y casas particulares. Los aficionados a las corridas de toros podían asistir a la entonces nueva y elegante plaza de toros San Marcos, o a la viejita del Buen Gusto, y los aficionados a las peleas de gallos, a la plaza de gallos que se encontraba en La Primavera, a un costado del jardín de San Marcos.


Los aficionados al teatro y a los conciertos podían asistir al recién estrenado Teatro Morelos, el cual era iluminado con numerosos focos de luz incandescente y ataviado con vistosas colgaduras, en este lugar se reunía lo más selecto de la sociedad.

Otro teatro era el ya mencionado teatro de La Primavera, que tenía localidades en luneta, palcos, gradas numeradas y gradas general.



Las funciones de circo se daban en la antigua plaza de toros Del Buen Gusto, donde por esos años se presentaban los circos Orrín, Gasca, el Mexicano, Alegría de Pedro López Pepino, el circo del Señor Pantoja, etc.

Otro de los sitios donde se instalaban los circos, era la plazuela de San Marcos, donde se presentaba el circo Oriental, del Doctor Kreko y Hermanos.

Por entonces existían en la ciudad seis relojes públicos, en Palacio, uno en cada Parroquia, en el Salón de Exposiciones, en la carrocería del Señor Pedro Santoyo y otro en San Diego; el encargado de su cuidado era el Señor Victoriano Macías, con domicilio en la primera de Tacuba.


Los servicios médicos se proporcionaban en el Hospital Civil, dirigido por el Doctor Manuel Gómez Portugal, que tenía su domicilio en la primera del Socorro, contaba además con un profesor en medicina, un administrador, un boticario, dos tópicos y cuatro mozos.

Los Panteones eran el de Los Angeles, La Salud, San Marcos y el de Guadalupe, clausurado desde el 30 de noviembre de 1875, en que fue inaugurado el de Los Angeles, el administrador de Panteones era el Señor Celso Nájera.

Los periódicos que se publicaban eran El Campo, La Bohemia, El Instructor, El Católico, El Fandango, El Correo del Centro y El Republicano.


Las principales plazas y calles de la ciudad se alumbraban con faroles de nafta y petróleo, y la policía utilizaba linternas. El 15 de septiembre de 1890 se inauguró el alumbrado con luz eléctrica, sustituyendo al anterior.

La instrucción pública era impartida en el Instituto de Ciencias del Estado, cuyo Director y Profesor de Física era el Doctor Ignacio N. Marín, con domicilio en la primera del Ojocaliente.


El Liceo de Niñas dirigido por la Catedrática de Pedagogía Rosa Valadez, con domicilio en la calle de la Hospitalidad, ambos institutos contaban con su cuerpo de profesores.

Había siete escuelas municipales de niños, dos de párvulos, una normal de varones y otra de adultos; cuatro de niñas y tres de párvulos. Las escuelas de varones eran atendidas por un profesor, con su ayudante y las de sexo femenino, por una profesora y su auxiliar.

Además de la Academia de Dibujo con clases nocturnas, impartidas por el profesor J. Inés Tovilla, que tenía su domicilio en Plaza Principal y un ayudante, y la Academia de Música bajo de la dirección del profesor Susano Robles, con domicilio en la primera del Socorro y dos ayudantes.


A las escuelas oficiales concurrían aproximadamente 2,000 alumnos diariamente.

Los colegios particulares con que contaba la ciudad eran el Seminario de Guadalupe, dirigido por el Rector y Catedrático de Teología Dogmática, Ritos e Historia Eclesiástica, Pbro. Francisco Ruiz y Guzmán, la Escuela de Santa María de Guadalupe, con domicilio en la primera del Seminario, Instituto de San Francisco Javier, Director Eugenio Alcalá, el Colegio Anglo-Mexicano, dirigido por el Profesor H. MacDonell, con domicilio en la primera de Nieto y el Liceo Morelos, Director M. S. Sharp, con domicilio en la Plaza de San Juan de Dios.


Colegios de Niñas, de las Señoritas Morales, dirigido por las mismas Señoritas Morales, con domicilio en la primera de Tacuba y el Colegio de la Señorita Angela Díaz de Sandi, con domicilio en la primera de Victoria.

Colegios para Niños, del Profesor y Director Celso V. Bernal, con domicilio en la primera de Victoria; Colegio Guadalupano, Director Mr. Dionisio Trambley, con domicilio en la tercera de San Diego; Escuela del Señor Vicente Cervantes, con domicilio en el jardín de La Paz; Colegio del Director y Profesor Sabino Jiménez, en la tercera del Obrador y la Escuela del Profesor Sóstenes Olivares, con domicilio en la tercera de Tacuba.


Las principales fábricas de hilados y tejidos de lana utilizaban maquinaria movida con vapor, como La Purísima del barrio de Triana y La Aurora, de la calle de Washington, en ellas se fabricaban casimires, ponchos, franelas, zarapes, jergas, cobertores, zagalejos, etc.


Existía una fábrica de medias y calcetines y otra de velas de estearina y parafina. Cuatro fábricas de tabacos: La Regeneradora, con despacho en la primera del Socorro No 7; La Tarasca, en la tercera de Washington No 19; La Simpatía y La Bella Cordobesa.

Dos fábricas de cerillos, La Luz Eléctrica y La Ninfa. En cuanto a tenerías existía El Diamante, del portal Morelos Nos 17 y 18, cuyas pieles fueron premiadas en la exposición de París.


Al noroeste de la ciudad se encontraba la fábrica de hilados y tejidos de lana de San Ignacio, que manufacturaba los mismos productos que La Purísima y La Aurora.

Las comunicaciones por teléfono se limitaban a unas cuantas líneas, una de la fábrica de San Ignacio al despacho de sus productos, otra de la fábrica La Purísima, a la casa de su propietario, otra del Liceo de Niñas a la oficina del inspector y en el interior de Palacio de Gobierno, que comunicaban el Salín de gobierno, con las oficinas de la Jefatura Política y la Tesorería General del Estado.



Para el transporte en la Capital se contaba con dos líneas de tranvías, pertenecientes a la Compañía del Comercio, cuyas líneas tenían una extensión de más de ocho mil metros. Además de un servicio de coches de sitio, con despacho en un kiosco al occidente de la Plaza Principal.


El transporte foráneo era proporcionado por el Ferrocarril Central Mexicano, que atravesaba el estado cruzando el río Chicalote al norte, en cuya estación toma dos rumbos, uno para Zacatecas y otro para San Luis Potosí.

Este era el Aguascalientes de fines del siglo XIX, del que todavía tenía presente las tropelías del bandolero Juan Chávez, con su refugio en el cerro de los Gallos, al que algunos se aventuraban a ir en busca del tesoro del bandido; del Aguascalientes de la paz Porfiriana, del que solo quedan algunos recuerdos dispersos en viejos papeles, postales y periódicos de la época.





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