Ya sólo quedan puros recuerdos


El ayer de Aguascalientes

 

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+ La ciudad a través de toda su historia, ha ido perdiendo gran parte del legado que nos dejaron nuestros antepasados, una herencia que comprende no sólo el aspecto físico de sus calles, con sus edificios, monumentos, jardines y sus avenidas con sus trazos y nombres originales, sino su tranquilidad y sus recuerdos

Aguascalientes vive intensamente un modernismo que se está pagando caro, no tanto por las recurrentes crisis económicas, sociales y políticas, sino porque la sociedad misma parece que se está pulverizando al perder sus valores, ésos que tanto caracterizaron a las generaciones que nos han precedido.

Y cómo dejar de mencionar que en aras de ese modernismo se ha sacrificado mucha de la riqueza arquitectónica y colonial de Aguascalientes.

De aquel Aguascalientes que tenía todo para ser una ciudad colonial, sólo se conservan pequeños rastros, y muchos se encuentran mutilados, y esto se ha ido repitiendo ante la apatía de una sociedad indiferente.

Lo genuino y pintoresco va desapareciendo, según se dice, para embellecer la ciudad, para dar paso a lo moderno, pero a costa de la pérdida de la identidad como provincia.

La piqueta destructora no entiende de sucesos, de leyendas, para ellos todo esto son antiguallas inútiles e improductivas.

De esta forma olvidamos que todas las personas y los lugares son historia, que todos los sucesos aunque aparentemente insignificantes, dejaron a su paso un legado que es de todos y que debe ser rescatado y preservado.

Los principales edificios de fines del siglo XIX en Aguascalientes eran el teatro Morelos, Liceo de Niñas, el Cuartel de Gendarmes, Hospital Civil, Palacios de Gobierno y Municipal, Salón de Exposiciones, la Lonja, Seminario, Cárcel de Hombres, Baños, el Parián, Mercado Terán, plazas de toros San Marcos y del Buen Gusto, Plaza de Gallos, Hotel San Marcos, Hotel Washington, el Hospicio, la fábrica de San Ignacio, que se consideraba el Versalles de Aguascalientes, los talleres de la Gran Fundición Central Mexicana y algunas fincas de particulares.


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Sólo se consideraban como monumentos históricos los templos católicos, incluyendo el Camarín de San Diego, el Palacio Municipal y la Columna de la Plaza de Armas, dice a NUESTRO SIGLO de HIDROCALIDO el investigador e historiador José Ciro Báez Guerrero.

La población se abastecía de agua para las necesidades del hogar en las fuentes públicas, para ello había cuatro en la Plaza de la Constitución, cinco en el Jardín de San Marcos, cuatro en los parques de San Diego, dos en La Merced, una en el Hospital Civil, en el Mercado Terán, en San Juan de Dios, en el Jardín de Zaragoza, en el Porfirio Díaz, en la fábrica La Purísima, en el Jardín del Encino, en el Hotel de Chávez y la de La Reforma; el cuidado de las fuentes estaba a cargo de tres fontaneros, por parte del Municipio.

Las fuentes se abastecían de agua de los acueductos del Ojocaliente y del Cedazo.

Otra forma de suministro de agua potable para los hogares, era por medio de los aguadores de oficio, con su burro cargado de cántaros transportaban el agua de Los Negritos, para entregarla en las casas que normalmente la utilizaban para beber. En algunas casas durante la estación de lluvias captaban el agua, la cual filtraban y almacenaban para su posterior consumo.

Aguascalientes ya contaba con algunos pozos de los que se podía surtir de agua el vecindario, como el pozo del Boliche Hidalgo de la calle de Los Gallos, con una profundidad de 5 metros; el del Mesón del Burro con una profundidad de 28 metros; la noria de la fábrica de hilados y tejidos La Purísima, que producía agua potable de buena calidad a 9 metros de profundidad, etc.

Las casas de la ciudad estaban distribuidas en 459 calles y callejuelas irregulares, 12 calles muy prolongadas de este a oeste, y 16 de bastante longitud de norte a sur.

Las principales calles y avenidas eran la Allende, Colón, Galeana, Independencia, La Merced, Guadalupe, Nieto, Ojocaliente, Obrador, Relox, San Diego, San Juan de Dios, Emblema, San Juan Nepomuceno, Tacuba, Victoria, Washington y algunas otras.

Los pisos de algunas de estas calles eran empedrados y el piso de los pasillos de la Casa Municipal, el Cuartel de Policía y del Parián eran de ladrillo.


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En la ciudad existían los mercados Terán, el del interior Parián, el de la Plaza de Guadalupe y el entonces recientemente inaugurado, Isidro Calera, sobre el arroyo.

Para la matanza de ganado se contaba con el Rastro Municipal y un local para ganado porcino. Para la seguridad de la población, agrega el ingeniero Báez Guerrero, se contaba con el Cuartel de Policía y estaba a cargo de un inspector general, tres ayudantes, un oficial contador, ochenta gendarmes y veinte caballos para el servicio.

En el mismo cuartel se encontraba un departamento para el servicio de los bomberos, con dos bombas y todos los útiles necesarios para caso de incendio.

Se podía asistir a los baños públicos del Ojocaliente, Los Arquitos, Las Delicias, a los del señor Pedro Santoyo y a los dos construidos al inicio de la Alameda en 1894, por la junta de beneficencia para el pueblo.

La gente de pocos recursos se bañaba en el estanque o en la acequia que venía del Ojocaliente, que también utilizaban como lavaderos públicos; así como en el río de Los Pirules.

Por esos años se introdujo el baño de regadera con fines terapéuticos en el Hospital Civil, estos baños también daban servicio al público en general, con abonos para 30, 15 o un baño. Posteriormente esta modalidad de baño se extendió a otros establecimientos y casas particulares.

Los aficionados a las corridas de toros podían asistir a la entonces nueva y elegante plaza de toros San Marcos, o a la viejita del Buen Gusto, y los aficionados a las peleas de gallos, a la Plaza de Gallos que se encontraba en La Primavera, a un costado del Jardín de San Marcos.


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Los aficionados al teatro y a los conciertos podían asistir al recién estrenado teatro Morelos, el cual era iluminado con numerosos focos de luz incandescente y ataviado con vistosas colgaduras, en este lugar se reunía lo más selecto de la sociedad.

Otro teatro era el ya mencionado de La Primavera, que tenía localidades en luneta, palcos, gradas numeradas y gradas general.

Las funciones de circo se daban en la antigua plaza de toros del Buen Gusto, donde por esos años se presentaban los circos Orrin, Gasca, el Mexicano, Alegría de Pedro López Pepino, el circo del Señor Pantoja, etc.

Otro de los sitios donde se instalaban los circos, era la plazuela de San Marcos, donde se presentaba el circo Oriental, del Doctor Kreko y Hermanos.

Por entonces existían en la ciudad seis relojes públicos, en Palacio, uno en cada parroquia, en el Salón de Exposiciones, en la carrocería del Señor Pedro Santoyo y otro en San Diego; el encargado de su cuidado era el señor Victoriano Macías, con domicilio en la primera de Tacuba.

Los servicios médicos se proporcionaban en el Hospital Civil, dirigido por el doctor Manuel Gómez Portugal, que tenía su domicilio en la primera del Socorro, contaba además con un profesor en Medicina, un administrador, un boticario, dos tópicos y cuatro mozos.

Los panteones eran el de La Salud, San Marcos y el de Guadalupe, clausurado desde el 30 de noviembre de 1875, en que fue inaugurado el de Los Angeles; el administrador de panteones era el señor Celso Nájera

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