A propósito del aniversario 442 de su fundación


Ciudad de Aguascalientes

 

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Aunque existen pocos antecedentes de la ciudad de Aguascalientes, anteriores a su fundación en 1575, sí se sabe que ya existían algunas construcciones, entre éstas algunas casas y dos construcciones muy modestas y la que posiblemente fue la primer construcción consistía en una Ermita en honor de San Sebastián, que se localizaba en un sitio cercano al Templo del Rosario, por la actual calle de Venustiano Carranza.

La otra construcción consistía en el Fuerte o Presidio, ya mencionado en otras ocasiones por FUERZA AGUASCALIENTES, que se localizaba en la esquina de las calles de Moctezuma y Victoria, a un costado de lo que fuera el también antiguo Camino Real nombrado de Las Villas, que cruzaba por esta ciudad a lo largo de las actuales calles de 5 de Mayo y José María Chávez.

Sería a fines de 1574 o principios de 1575, nos platica el licenciado Enrique de la Torre Paz, director de Comunicación Social del Municipio, que el capitán Juan de Montoro al frente de un grupo de doce vecinos procedentes de Santa María de los Lagos, se encargó de realizar las operaciones llamadas de la traza de la Villa.

Con la expedición de la Real Cédula del 22 de octubre de 1575, firmada por el Dr. Gerónimo de Orozco, en su calidad de presidente de la Real Audiencia de Guadalajara, quedó formalizada la fundación de un pueblo en el sitio conocido como Aguas-Calientes, en dicha Cédula se hacía la merced de tierras a Juan de Montoro, Jerónimo de la Cueva, Alonso de Alarcón y otras personas, con el fin de que formaran un pueblo de dicho sitio.

De esta forma a la vera del antiguo camino real de México a Zacatecas, que según la tradición abriera el milagroso batallador carretero Sebastián de Aparicio, se congregaron las primeras edificaciones.

De acuerdo a la historia, agrega, se inició la construcción de una modesta Capilla, que posteriormente habría de ser el Templo Parroquial de la Villa y hoy Catedral, a su costado el 26 de marzo de 1665 el señor Cura don Pedro Rincón de Ortega, mandó edificar la residencia de los poseedores del Vínculo y Mayorazgo de la Ciénaga de Mata o de Rincón.

Más tarde dicho edificio pasó a propiedad de Pedro Oviedo y fue conocido con el nombre de Mesón de La Unión, posteriormente fue vendido al Ayuntamiento en 1855 y éste al Gobierno del Estado en 1856, siendo gobernador el Lic. Jesús Terán, quien lo destinó a partir de entonces a servir como residencia de nuestros poderes locales.

La construcción del Palacio Municipal data de las postrimerías del siglo XVIII, fue don José Rincón Gallardo quien cedió el terreno para su construcción el 30 de septiembre de 1701, ante el alcalde mayor Diego de Parga y Gayoso, a condición de que lo utilizara el Ayuntamiento en la edificación de casas reales y cárcel, y quitara del frente de la casa del Vínculo y Mayorazgo de Ciénega de Mata, la horrible cárcel de adobe que quitaba a la opulenta mansión toda la vista, esplendor y señorío.

La entonces pequeña población continuó con su crecimiento, se levantaron pequeñas habitaciones y una capilla de adobe en la que posteriormente sería llamada calle del Apostolado, hoy Pedro Parga, a corta distancia de donde está el Templo de San Diego.

El licenciado De la Torre Paz nos dice que a fines del siglo XVI se veían unas cuantas casas entre un bosque de mezquites sin formar calles, con excepción de la mencionada calle del Apostolado, donde vivían Juan de Montoro, sus compañeros Cueva y Alarcón, la familia de Alonso Dávalos y un fraile Franciscano llamado Gabriel de Jesús. En 1599 Juan de Monroy, alcalde mayor, comenzó a regular la población, hizo formar huertas para el cultivo de viñas y de otros árboles frutales.

A principios del siglo XVII se edificaron mejores casas formando calles y plazas; para 1650 las familias adineradas comenzaron a construir grandes casas, por las calles de Tacuba (hoy Cinco de Mayo) y de San Diego (hoy de Rivero y Gutiérrez).

En la segunda mitad del siglo XVIII, se encontraba en Aguascalientes el Dr. Manuel Colón de Larreategui, uno de los mejores Curas que han pasado por la ciudad, que además se convirtió en uno de sus grandes benefactores, a él se deben entre otras obras; terminar la entonces Iglesia Parroquial de la Asunción, actualmente Iglesia Catedral, sobre el río, en su tramo del camino a San Ignacio y la Iglesia del pueblo de Jesús María, el puente de San Ignacio.


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LA EXPLOSION DEL POLVORIN

A principios de diciembre de 1810 llegó a la ciudad Ignacio Allende, con su ejército de más de veinte mil elementos, a los que se sumaron una gran cantidad de personas de la Villa, llenando las plazas y las calles fueron convertidas en cuarteles.

Durante su visita una casa de la segunda calle de Tacuba, que daba vista al occidente y al sur (hoy esquina de Cinco de Mayo y Allende), se utilizó como fábrica y almacén de pólvora y armamento, en este lugar ocurrió uno de los hechos más funestos de que se tenga memoria, al incendiarse y explotar el depósito de pólvora y armas, ocasionando más de mil víctimas y considerables destrozos en varias cuadras a la redonda, principalmente por la calle de Tacuba.

En la primera mitad del siglo XIX el jefe político, José María Guzmán, mandó nivelar las calles del sur de la ciudad, hizo la nomenclatura de todas ellas y la numeración de las casas, empedró y embanquetó las calles y pintó las casas; construyó dos puentes sobre el arroyo que atraviesa la población por el centro, lo que convirtió la Villa en una ciudad propiamente dicho.

Además amplió el estanque construido en el siglo XVIII, cuyas aguas regaban las numerosas huertas de la ciudad y plantó más árboles a su alrededor. Paralelamente al crecimiento de la población se fueron formando los barrios, de esta forma las fincas construidas por sus primeros pobladores les proporcionarían un toque característico, que los haría diferentes a cada uno de ellos, la normalidad de los barrios se fueron formando alrededor de un santuario o punto en específico, aunque no necesariamente fueron su origen, pero sí reafirmaron su identidad.

De los barrios que se formaron en las inmediaciones de los santuarios, podemos mencionar, dice el licenciado Enrique de la Torre, al de San Marcos, La Salud, El Encino, Guadalupe y La Purísima, de los que se formaron alrededor de otro tipo de sitios como fábricas, jardines o algún otro punto, tenemos a La Estación, La Fundición, Zaragoza, El Estanque, Los Caleros, Los Adoberos y algunos otros.

Como en todas las poblaciones, algunos de los barrios le han dado un toque característico a la ciudad, como es el caso de San Marcos, ubicado al poniente, y cuya fundación del entonces llamado pueblo de San Marcos inició en 1604, con sus primeros pobladores de origen indígena dedicados a la agricultura.

Uno de los principales caminos que unía a San Marcos con Aguascalientes, era el llamado de San Sebastián, posteriormente se llamó calle de La Merced, de Carrillo Puerto, hasta su actual nombre de Venustiano Carranza; a los lados de este camino fueron abiertas numerosas huertas, aprovechando el agua que surtía la fuente del Convento de La Merced.

Durante el siglo XVIII el poblado de San Marcos fue perdiendo su carácter rural, al aparecer más construcciones en los caminos que lo unían con la Villa, para finalmente en 1821 ser anexado como un barrio más.

Al sur de la ciudad se encuentra el Barrio de La Salud, el cual constituye uno de los núcleos de población más antiguos, establecido en una zona que en sus inicios no fue destinada primordialmente para habitación, sino como zona de huertos frutales en su mayor parte.

Sus antecedentes se remontan a la primera mitad del siglo XVIII, con un trazo muy irregular de sus calles, debido principalmente a la delimitación de sus huertas y la ruta de las acequias que las surtían de agua, como lo podemos observar en el plano de la capital, levantado en 1855 por Isidoro Epstein.

Debido a su separación del resto de la ciudad por el Arroyo Los Adoberos, se manifestó un cierto atraso en su desarrollo, lo que propició la conservación de sus costumbres; sería hasta la construcción de la Avenida López Mateos sobre dicho arroyo, con su integración a la mancha urbana, en que se notó una transformación en su entorno, a pesar de las constantes destrucciones, el Barrio de La Salud sigue siendo modelo de testimonio de épocas pasadas.


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El Barrio del Encino como el de La Salud, sentía la separación del resto de la ciudad debido al Arroyo de Los Adoberos y los antecedentes que se tienen de este barrio datan de los años de 1565 y 1566, con la dotación de tierras a Alonso de Dávalos de Saavedra, Hernán González Berrocal, Gaspar López y Francisco Guillén.

Como su barrio vecino de La Salud, su principal actividad era la siembra de huertos, se tienen noticias de que en la segunda década del siglo XVII las huertas del barrio fueron muy bien cotizadas, ya que se vendían a 35 pesos en oro común y con todos los servicios, sus principales productos eran las hortalizas y frutas, tales como la vid, peras, manzanas, membrillos, granadas, higos, chiles, calabazas y lechuga, entre otras.

Además contaba con cantidades regulares de agua de riego, provenientes de acequias y canales que venían del manantial del Ojocaliente, la que se almacenaba en un bordo. En un principio casi todo lo que ahora es el Barrio del Encino, fue de los descendientes de don Hernán González Berrocal, pero paulatinamente éstos fueron vendiendo predios, algunos para el cultivo y otros para construcción de casas.

Al oriente de la ciudad se encuentra el Barrio de La Estación, enclavado en los terrenos de la antigua Hacienda del Ojocaliente, cuenta con una amplia avenida arbolada, durante muchos años lugar predilecto de paseo de las familias de la localidad.

Inicialmente su atractivo era por la presencia de los baños públicos, como Los Arquitos, ubicados en las primeras cuadras del Paseo del Ojocaliente, posteriormente bautizado como Calzada Arellano y Revolución, y más al oriente, al terminar la avenida, los llamados baños grandes o del Ojocaliente.

Este barrio de la ciudad, sufrió una gran transformación a fines del siglo XIX con la llegada del Ferrocarril, según cuentan las crónicas, el 24 de febrero de 1884 llegó la primera locomotora a Aguascalientes, evento que fue tomado como un gran suceso, a partir de entonces, el paseo familiar incluía ver la llegada del Ferrocarril con sus cansados viajeros y su interesante carga; poco a poco las instalaciones del Ferrocarril Central Mexicano se fueron ampliando, con su consecuente aumento de personal con atractivos sueldos, lo que provocó un aumento en las necesidades de vivienda.

En la segunda mitad del siglo XVIII el antiguo camino a Jalpa, sufrió una transformación al convertirse en un barrio más de la Villa y con la construcción del templo entre los años de 1767 y 1789, se le fueron agregando al barrio construcciones como el cementerio, que funcionó hasta el año de 1875 cuando fue substituido por el De los Angeles.

Por ser ruta de gran afluencia de viajeros que venían a comerciar sus productos, alrededor del santuario surgieron una serie de fincas, destinadas principalmente a tiendas y mesones. Hacia fines del siglo XIX con la instalación de la Gran Fundición Central, al noroeste de la ciudad, se realizó el tendido de una línea para tranvías que corría de la Plaza Principal a la Fundición, pasando por el costado norte del Jardín de Guadalupe, dejando a su paso obreros como posibles beneficiarios del comercio del barrio.

LAS CALLES Y SUS NOMBRES

En este crecimiento de la ciudad, dice el licenciado Enrique de la Torre, las calles ocupan lugar especial, con su trazo y nombres de lo más variado. Hasta fines del siglo XIX y principios del XX, la mayoría conservó el nombre que por siglos las caracterizaron, nombres que surgieron muchos de ellos debido al ingenio popular, o alguna característica o situación propia del lugar.

En la primera mitad del siglo XX la mayoría de ellas perdieron definitivamente su nombre, sin tener en cuenta que los antiguos pobladores por algo las bautizaron de esa forma y creció la costumbre de bautizarlas con nombres de personajes completamente ajenos al lugar.

Sin embargo, por años los vecinos las siguieron llamando por su nombre, en muchos casos por el original. Son de considerarse las calles que sufrieron varios cambios en su denominación, como por ejemplo a la actual de Venustiano Carranza, se le llamó San Sebastián, La Merced, Isabel la Católica y Carrillo Puerto.

A la actual de Alvaro Obregón aunque en diferentes tramos, se le conoció como De La Unión, Del Terror, Del Estío, en la década de los años veinte se bautizó como de Porfirio Díaz, nombre que no duró mucho, ya que posteriormente se le puso el actual.

Luego el director de Comunicación Social del Municipio cuenta a FUERZA AGUASCALIENTES que no siempre ha sido motivo de gusto popular la apertura de nuevas calles, como es el caso de la actual calle de Madero, a la que los vecinos afectados en sus fincas, la llamaron de Las Lágrimas, por el enojo que provocó su apertura y por lo mismo, se le llamo de Las Trompadas, aunque su nombre oficial era de La Convención.

Y así encontramos calles cuyo nombre por su significado resultan extrañas, por no tener ninguna relación con el entorno, como Miguel Barragán, Juventino Rosas, Leona Vicario, De Los Insurgentes.

En el caso de las calles cuyo nombre resulta curioso, por recordar alguna situación chusca propia del lugar, la mayoría ya no lo conserva, como el Callejón Del Terror, el Callejón Del Tesoro, aunque conserva la última parte, De Los Patos, De Las Animas, Del Loco Tavares.

En las evidentes podemos incluir a las que su nombre nos recuerda alguna característica propia de la calle, aunque también estos nombres, la mayoría ya desaparecieron, como San Sebastián, La Merced, Camino Real De las Villas, Del Obrador, Jesús María, Del Codo, Hospitalidad, De San Diego, Del Estanque, De La Cárcel y algunas otras.

De esta forma se fue transformando la ciudad de Aguascalientes, de ser un poblado modesto de construcciones con muros de adobe y calles empedradas, al empleo de cantera rosa y amarilla con elaborados herrajes. Una transformación que todavía no termina y que se ha llevado mucho del legado de nuestros antepasados, de aquella vieja ciudad de piedra marcada por la pátina de sus largos años vividos, sólo queda el recuerdo, debido en gran parte al afán destructivo, sin tener en cuenta que la vida de la ciudad es la vida de sus habitantes, que afortunadamente conservan en gran medida sus valores morales, que también vienen de sus antepasados, concluye Enrique de la Torre Paz.

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