A 90 años de su magnicidio


Pancho Villa, el "Centauro del

Norte"

 

Pancho Villa, el "Centauro del Norte"   + La gran figura de la Revolución hizo historia en Aguascalientes y lo que logró en los campos de batalla lo consiguió un grupo de asesinos el 20 de julio de 1923  + En nuestra ciudad, el único hombre que se atrevió a atacar e invadir a Estados Unidos, protagonizó muchas de sus grandes anécdotas   ALDO BONILLA CHAVEZ  PRIMERA DE tres partes  El jueves se cumplirá un aniversario más de la muerte del legendario "Centauro del Norte", ya que fue el 20 de julio de 1923, nueve hombres al servicio de intereses oscuros, en Parral, Chihuahua, emboscaron y masacraron a Pancho Villa y a su comitiva. Acabaron con su vida física, pero no hicieron más que dar inicio a la leyenda de uno de los personajes más brillantes de la historia de México. Por eso, a 90 años del brutal magnicidio puede afirmarse que Pancho Villa no ha muerto. Bandolero y pistolero para algunos, pero para los más, héroe y caudillo, personaje fascinante de la historia de México, hombre extraordinario que de la nada y prácticamente sin enseñanza se yergue como un genio militar que hizo posible el triunfo de la Revolución Mexicana. Hombre que en Aguascalientes hizo historia por lo que hoy iniciaremos una serie de tres artículos en donde daremos cuenta no solo de su vida y de su paso por esta ciudad sino del artero atentado presuntamente orquestado por Alvaro Obregón para darle muerte el 20 de julio de 1923 cuando ya la Revolución había terminado. Dicen los que han investigado sobre la vida de Doroteo Arango, mejor conocido como "Pancho Villa", que fue un hombre que tuvo el más férreo de los caracteres, por lo que eran muy continuas sus "explosiones de firmeza" en su actuación como guerrillero, aunque muchas ocasiones también dio a conocer su inseguridad, basta recordar la "batalla de Celaya", que lo obligó a replegarse con sus fuerzas hacia el norte, pasando por la estación ferroviaria de Aguascalientes, y su centro de la ciudad. Luego de las durísimas derrotas sufridas por el "Centauro del Norte", no lo dudó y llegó en la primera quincena del mes de abril de 1915, aquí estuvo reorganizando su Ejército Convencionista, con el objeto de enfrentarse nuevamente al general Alvaro Obregón, en León, Guanajuato. Los generales Rodolfo Fierro y Canuto Reyes habían partido ya con su gente cada uno hacia el sur, con el propósito de cortar las líneas de abastecimiento del Ejército Constitucionalista. Según los que lo conocieron bien, dicen que "era de carácter duro e inflexible" pero que también mostraba bondad en infinidad de ocasiones y esto ocurría cuando trataba con la gente que consideraba suya, la del pueblo. Llegó con su carro de ferrocarril a la Estación de Aguascalientes, habiendo sostenido una serie de charlas con "hombres importantes" de donde se desprende que de algunos de ellos recibía la ayuda económica y material que requería para su función como jefe máximo de la Revolución en el norte, con sus famosos "Dorados". Pancho Villa escribió en Aguascalientes muchas u bonitas anécdotas con su proceder, algunas de las cuales ya hemos narrado en FUERZA AGUASCALIENTES y hoy daremos cuenta brevemente de algunas de ellas y que han recorrido la vuelta al mundo, pues lo demuestran tal como era, una verdadero gigante como guerrero y un ser extraordinario con los desvalidos. Bajó de su carro de ferrocarril a muy temprana hora y se dirigió, acompañado de su guardia personal naturalmente, a almorzar a su "preferido hotel" que era el denominado "Regis" que se encontraba en la segunda cuadra de la calle Centenario -hoy Juan de Montoro-. Vio que había mucha gente del pueblo que lo saludaba y hasta lo aplaudía, cuando de pronto aparecieron un par de viejecitas, visiblemente empobrecidas en su vestir, calzar y en su rostro mostrando el hambre de varios días, se le acercaron como pudieron y le dijeron: "Mi general Panchito, estamos solas y sin nadie que nos ayude, ni siquiera hemos comido en varios días y dormimos donde podemos, a veces hasta en la misma calle". Villa, notablemente conmovido, escuchó aquello y se acercó a los rostros de las viejecitas, que mostraban el paso de los años, posiblemente más de 70, sobre sus hombros. Josefa y María, le pidieron bondadosamente una limosna. Villa se alejó de todos, y a las dos viejecitas las abrazó amorosamente de sus delgadas espaldas. Charló y decidió que su ayudante las pasara al interior del entonces flamante hotel para que comieran. Luego siguió de cerca con ellas y cuando las conducían a la cocina para que ingirieran sus alimentos, no se les despegó. En su compañía tomó sus respectivos alimentos, alejado de la bulla que había en el centro del patio donde otros "importantes de la ciudad" esperaban su compañía para que les hiciera el honor de comer con él. Villa no acudió. Durante más de una hora permaneció con aquellas viejecitas que salieron encantadas de la vida... Un asistente del general se encargó luego de llevarlas ante la autoridad -para que les diera una casa por órdenes de Villa, para que pudieran vivir sus últimos años-. El jefe municipal de Aguascalientes en aquella época no hizo que se lo repitieran dos veces y por la noche aquel par de viejecitas, Josefa y María, tenían casa y techo seguro donde dormir. Francisco Villa era brusco y altivo, orgulloso y hay quienes se atreven a decir que hasta pedante, sin embargo él sabía perfectamente qué actitud asumir y, sobre todo, ante quiénes. Para la gente del pueblo Francisco Villa siempre tuvo palabras de aliento y siempre sacó a relucir su corazón bondadoso, porque simple y sencillamente él era pueblo, él había sufrido como todos aquéllos que nacieron en cuna humilde y que eran explotados por los grandes hacendados.  LOS FUSILAMIENTOS  Aquí Francisco Villa dejó también ver su gran don de mando y no lo pensó dos veces ni le tembló la voz para poner fin a la vida de uno de sus hombres más brillantes y más queridos, el general Dionisio Triana y unas horas antes a Catarino Arreola. Y esto ocurrió en 1915. Villa dio una de sus muchas lecciones de disciplina militar en Aguascalientes y demostró que por encima de la amistad, el cariño, el arrojo y la valentía está la lealtad. El hombre no puede ser de dos caras. No basta tener muchas cualidades si se carece de lo principal, la lealtad. Lealtad a los ideales, a la patria, a las instituciones, a los superiores, al amigo y a sí mismo. Aguascalientes nunca fue una ciudad beligerante en la Revolución, fue una ciudad neutral, Villa llegó en los trenes y necesariamente en la Casa Redonda se les tuvo que dar servicio. Catarino Arreola fue un ferrocarrilero que inició desde el puesto más humilde hasta convertirse en el superintendente de trenes justo en el tiempo revolucionario. El día 22 de abril Villa se habría de enterar de serias irregularidades en sus trenes, por lo que mandó llamar al superintendente Catarino Arreola, a quien le exigió explicaciones. Le dio 24 horas para que resolviera los problemas y, como no fue posible hacerlo en tan poco tiempo, Villa cumplió con la amenaza que le había hecho de pasarlo por las armas. Por su parte, Dionisio Triana fue un sacerdote que dejó el hábito para abrazar la causa revolucionaria y luchar contra la injusticia al lado de Francisco Villa. Su carrera militar fue extraordinaria y llena de valentía, sin embargo cuando la situación fue adversa para el "Centauro del Norte" flaqueó y trató de traicionar la causa tal y como lo había hecho su tío, el general Martín Triana. Y eso no lo perdonó Villa. Lo mandó fusilar en el Panteón de Los Angeles y ahí acabó la vida de un revolucionario que escribió páginas brillantes y cuya historia llegó a su fin en Aguascalientes. Fueron dos fusilamientos con diferencia de 48 horas.

PRIMERA DE tres partes

+ La gran figura de la Revolución hizo historia en Aguascalientes y lo que logró en los campos de batalla lo consiguió un grupo de asesinos el 20 de julio de 1923

+ En nuestra ciudad, el único hombre que se atrevió a atacar e invadir a Estados Unidos, protagonizó muchas de sus grandes anécdotas

El jueves se cumplirá un aniversario más de la muerte del legendario "Centauro del Norte", ya que fue el 20 de julio de 1923, nueve hombres al servicio de intereses oscuros, en Parral, Chihuahua, emboscaron y masacraron a Pancho Villa y a su comitiva.

Acabaron con su vida física, pero no hicieron más que dar inicio a la leyenda de uno de los personajes más brillantes de la historia de México.

Por eso, a 90 años del brutal magnicidio puede afirmarse que Pancho Villa no ha muerto.

Bandolero y pistolero para algunos, pero para los más, héroe y caudillo, personaje fascinante de la historia de México, hombre extraordinario que de la nada y prácticamente sin enseñanza se yergue como un genio militar que hizo posible el triunfo de la Revolución Mexicana.

Hombre que en Aguascalientes hizo historia por lo que hoy iniciaremos una serie de tres artículos en donde daremos cuenta no solo de su vida y de su paso por esta ciudad sino del artero atentado presuntamente orquestado por Alvaro Obregón para darle muerte el 20 de julio de 1923 cuando ya la Revolución había terminado.

Dicen los que han investigado sobre la vida de Doroteo Arango, mejor conocido como "Pancho Villa", que fue un hombre que tuvo el más férreo de los caracteres, por lo que eran muy continuas sus "explosiones de firmeza" en su actuación como guerrillero, aunque muchas ocasiones también dio a conocer su inseguridad, basta recordar la "batalla de Celaya", que lo obligó a replegarse con sus fuerzas hacia el norte, pasando por la estación ferroviaria de Aguascalientes, y su centro de la ciudad.


pancho villa

Luego de las durísimas derrotas sufridas por el "Centauro del Norte", no lo dudó y llegó en la primera quincena del mes de abril de 1915, aquí estuvo reorganizando su Ejército Convencionista, con el objeto de enfrentarse nuevamente al general Alvaro Obregón, en León, Guanajuato.

Los generales Rodolfo Fierro y Canuto Reyes habían partido ya con su gente cada uno hacia el sur, con el propósito de cortar las líneas de abastecimiento del Ejército Constitucionalista.Según los que lo conocieron bien, dicen que "era de carácter duro e inflexible" pero que también mostraba bondad en infinidad de ocasiones y esto ocurría cuando trataba con la gente que consideraba suya, la del pueblo.

Llegó con su carro de ferrocarril a la Estación de Aguascalientes, habiendo sostenido una serie de charlas con "hombres importantes" de donde se desprende que de algunos de ellos recibía la ayuda económica y material que requería para su función como jefe máximo de la Revolución en el norte, con sus famosos "Dorados".

Pancho Villa escribió en Aguascalientes muchas u bonitas anécdotas con su proceder, algunas de las cuales ya hemos narrado en FUERZA AGUASCALIENTES y hoy daremos cuenta brevemente de algunas de ellas y que han recorrido la vuelta al mundo, pues lo demuestran tal como era, una verdadero gigante como guerrero y un ser extraordinario con los desvalidos.

Bajó de su carro de ferrocarril a muy temprana hora y se dirigió, acompañado de su guardia personal naturalmente, a almorzar a su "preferido hotel" que era el denominado "Regis" que se encontraba en la segunda cuadra de la calle Centenario -hoy Juan de Montoro-.

Vio que había mucha gente del pueblo que lo saludaba y hasta lo aplaudía, cuando de pronto aparecieron un par de viejecitas, visiblemente empobrecidas en su vestir, calzar y en su rostro mostrando el hambre de varios días, se le acercaron como pudieron y le dijeron:

"Mi general Panchito, estamos solas y sin nadie que nos ayude, ni siquiera hemos comido en varios días y dormimos donde podemos, a veces hasta en la misma calle".Villa, notablemente conmovido, escuchó aquello y se acercó a los rostros de las viejecitas, que mostraban el paso de los años, posiblemente más de 70, sobre sus hombros.


villa

Josefa y María, le pidieron bondadosamente una limosna.

Villa se alejó de todos, y a las dos viejecitas las abrazó amorosamente de sus delgadas espaldas. Charló y decidió que su ayudante las pasara al interior del entonces flamante hotel para que comieran.Luego siguió de cerca con ellas y cuando las conducían a la cocina para que ingirieran sus alimentos, no se les despegó.

En su compañía tomó sus respectivos alimentos, alejado de la bulla que había en el centro del patio donde otros "importantes de la ciudad" esperaban su compañía para que les hiciera el honor de comer con él.

Villa no acudió.

Durante más de una hora permaneció con aquellas viejecitas que salieron encantadas de la vida... Un asistente del general se encargó luego de llevarlas ante la autoridad -para que les diera una casa por órdenes de Villa, para que pudieran vivir sus últimos años-.

El jefe municipal de Aguascalientes en aquella época no hizo que se lo repitieran dos veces y por la noche aquel par de viejecitas, Josefa y María, tenían casa y techo seguro donde dormir.

Francisco Villa era brusco y altivo, orgulloso y hay quienes se atreven a decir que hasta pedante, sin embargo él sabía perfectamente qué actitud asumir y, sobre todo, ante quiénes.

Para la gente del pueblo Francisco Villa siempre tuvo palabras de aliento y siempre sacó a relucir su corazón bondadoso, porque simple y sencillamente él era pueblo, él había sufrido como todos aquéllos que nacieron en cuna humilde y que eran explotados por los grandes hacendados.

LOS FUSILAMIENTOS

Aquí Francisco Villa dejó también ver su gran don de mando y no lo pensó dos veces ni le tembló la voz para poner fin a la vida de uno de sus hombres más brillantes y más queridos, el general Dionisio Triana y unas horas antes a Catarino Arreola.

Y esto ocurrió en 1915.


pancho villa

Villa dio una de sus muchas lecciones de disciplina militar en Aguascalientes y demostró que por encima de la amistad, el cariño, el arrojo y la valentía está la lealtad.

El hombre no puede ser de dos caras.

No basta tener muchas cualidades si se carece de lo principal, la lealtad. Lealtad a los ideales, a la patria, a las instituciones, a los superiores, al amigo y a sí mismo.

Aguascalientes nunca fue una ciudad beligerante en la Revolución, fue una ciudad neutral, Villa llegó en los trenes y necesariamente en la Casa Redonda se les tuvo que dar servicio.

Catarino Arreola fue un ferrocarrilero que inició desde el puesto más humilde hasta convertirse en el superintendente de trenes justo en el tiempo revolucionario.

El día 22 de abril Villa se habría de enterar de serias irregularidades en sus trenes, por lo que mandó llamar al superintendente Catarino Arreola, a quien le exigió explicaciones.

Le dio 24 horas para que resolviera los problemas y, como no fue posible hacerlo en tan poco tiempo, Villa cumplió con la amenaza que le había hecho de pasarlo por las armas.

Por su parte, Dionisio Triana fue un sacerdote que dejó el hábito para abrazar la causa revolucionaria y luchar contra la injusticia al lado de Francisco Villa. Su carrera militar fue extraordinaria y llena de valentía, sin embargo cuando la situación fue adversa para el "Centauro del Norte" flaqueó y trató de traicionar la causa tal y como lo había hecho su tío, el general Martín Triana.

Y eso no lo perdonó Villa.

Lo mandó fusilar en el Panteón de Los Angeles y ahí acabó la vida de un revolucionario que escribió páginas brillantes y cuya historia llegó a su fin en Aguascalientes.

Fueron dos fusilamientos con diferencia de 48 horas.

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