ARRASTRE LENTO


PARA”MARIO AGUILAR” QUEDÓ CLARO QUE LOS MILAGROS PRIMERO OCURREN EN EL CORAZÓN DE LOS TOREROS

 

JOSE CARO

Por José Caro

La “ilusión” de un hombre que “sueña” con alcanzar el estrellato en el toreo –como figura- no es una superproducción de la imaginación, ni es tampoco la dinámica ocurrencia activa de un romántico que excitado se alarma ante el fugaz y repentino aullido de la sirena de la inspiración poética.

Dando por cierto que la “ilusión” es la heredera directa de la vocación, cuando se “traiciona” a la inclinación natural, y se quebranta la “lealtad” al llamado que hace el destino personal, asevero que los efectos que se producen en el ser “desleal y traicionero” resultan catastróficos. La vocación no es un traje que se pueda poner un día sí y otro no: la vocación tiene entre sus características la de ser permanente y duradera de tal suerte que el convivio con ella es práctica y literalmente para siempre. Me queda claro que al hombre, cuando no hace caso del llamado que la naturaleza le hace al ser, le sucede lo que al pez cuando lo sacan del agua. ¡Muere!

¿QUÉ ES LA VOCACIÓN ES PARA UN TORERO? ¡ES SU RAZÓN ESENCIAL DE EXISTIR!

De ahí que, luego de haberme compartido su experiencia personal, me haya asombrado positivamente el “rencuentro” que, según sus propias palabras, experimentó el domingo pasado en el ruedo de la plaza México el matador de Aguascalientes Mario Aguilar.

“Distraído como andaba por la vida –me comentó Mario- llegué a temer que lo mío, mi vocación, se hubiese esfumado como el humo de un cigarrillo cualquiera”. ¡Nunca me lo hubiera perdonado! “Y es que, conforme la personal expresión del torero que por su calidad y contextura artística puede llegar tan alto como él –Mario- lo apetezca y se empeñe por lograrlo, hay cosas que se pueden perdonar, pero lo imperdonable es disimular el llamado de la vocación”. ¿Por qué disimular que solamente a través del encuentro con la vocación se puede alcanzar la placentera realización humana?

¡Al toro por los cuernos,…!

Desde luego que para lograr la realización humana por la vía de la vocación de torero hay que entender que en el desplazamiento del río de agua dulce en ocasiones éste se mezcla con el acíbar que amarga la boca. Hablar de las cosa personales –tal y como lo hizo Aguilar con su servidor- no es ofrecer la “exquisita repostería que acompaña al café cuando se comunican experiencias individuales”. Se necesita valor –entereza moral- para reconocer que por diversas circunstancias personalmente el torero puede llegar a despedazar –error imperdonable- los cimientos de la mágica arquitectura idealista y poética que la “ilusión”, al amparo de la vocación, construyó entre los sólidos equilibrios de la razón y los torpes y dudosos desequilibrios de los sueños.

Obvio es que para llegar a tales verdades se necesita –tal y como lo viene haciendo Mario Aguilar- que la llave de la humildad abra las puertas del taller donde puedan trabajar “las manos del sabio constructor de las vocaciones”. El principio de la grandeza mágica del toreo no nace en el seno de la soberbia, ni el fatuo laboratorio del orgullo, ni en la ceguera envilecida de la prepotencia.

Lo grandes toreros llegan a serlo luego de un arduo proceso de maduración, situación que refleja dese luego que algo mágico operó en la intimidad del diestro al grado de hablar de un MÁGICO “RECUENTRO CONSIGOMISMO” . ¿Qué sucedió? Casi nada,… juntas la humildad y la sencillez desataron las manos todopoderosas del que nada puede hacer si a sus consejos y gracias se le hacen oídos sordos. Y le esposan las manos,..

#deportes

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