Un atractivo que se disfruta


El centro de la ciudad

 

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Hace algunos meses en FUERZA AGUASCALIENTES comentamos sobre el atractivo que es en cierto momento para toda la población pasar por el centro de la ciudad, vimos que algo tiene que desde siempre ha conservado ese atractivo, porque todos, tanto propios como extraños, siempre buscamos la forma de pasar por ahí, el motivo es lo de menos, siempre se busca el pretexto para pasear por el centro. A veces no nos explicamos el porqué de su atractivo, pueden ser sus templos, sus gentes, sus calles, sus comercios, sus centros culturales, sus jardines, sus cantinas, sus mercados, su bullicio, sus leyendas, su historia toda, sus fantasmas o hasta por aburrimiento. Ya recorrimos calles que conducen al centro como la Cinco de Mayo, la Juárez, la Morelos, la Colón y la José María Chávez.

De cualquier forma siempre es un deleite caminar por cualquiera de sus calles, iniciar por cualquier rumbo, al azar, sobre todo por la parte antigua, como en la antigua Roma, todas conducen al centro de la ciudad, que siempre conserva su atractivo, su encanto, su magia. Hoy en esta nueva charla con el historiador e investigador, ingeniero José Ciro Báez, seguiremos nuestro recorrido para llegar al centro de la ciudad. Por el oriente las calles que llevan al centro, la Juan de Montoro, antiguamente considerada calle principal y que llevó el nombre del Ojocaliente, por donde corrían los tranvías de mulitas y después los eléctricos con rumbo a la estación y a los baños del Ojocaliente, posteriormente bautizada como calle Del Centenario, por las fiestas de 1910, calle por donde se encontraban el principal hotel de la ciudad, el Washington y dos cines de mucho abolengo, el de lujo, el Plaza y uno más popular, el Colonial, con sus localidades de luneta y balcón también llamado gayola, donde los gayoleros desarrollaban verdaderas revoluciones.

Cine Colonial, donde la tragedia se presentó un Día de Reyes de 1955, con sus múltiples carritos con venta de esmeriles, esa especie de gorditas rellenas de papa molida o frijoles y repollo, con abundante salsa, también conocidas como horcaperros por lo riesgo que era comerlas, que se podían reforzar con un vaso de agua de limón servido en un vaso de cristal ya muy opaco por el uso, que a pesar de todo hacían las delicias de los cinéfilos, que se daban sus escapadas durante los intermedios de la función de cine, para invadir los carritos de esmeriles.

Calle que con la apertura de la actual avenida Madero del 14, perdió su título de principal, y la nueva avenida de la Convención se convirtió en principal, que el sueño de un gobernante era conectarla con la estación del ferrocarril, calle de Madero donde don Refugio Reyes construyó el hotel Francia en 1915, la del cine Palacio de 1925, que se incendió en el 45 para ser reconstruido como el cine de lujo, el Encanto, con otro cine más popular el Alameda, actualmente llamado Sala París, con sus películas todas de clasificación C.


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Avenida Madero que la juventud del sesenta y setenta ingenuamente llamaba la Zona Rosa, y que la convirtió en punto de reunión y de andanzas juveniles de fin de semana, en que era un hervidero de jóvenes, cuando los más afortunados se podían dar el lujo de entrar al Greco, o de cenar con Max sus tacos de dos pasadas, o los que podían pagar unos tragos en el Fausto del Francia, mientras escuchaban las agradables notas de un piano magistralmente tocado por el joven Valadez Cabrera, de muerte prematura.

Y los que vienen por el poniente rumbo al centro, con su ruta por la calle de Nieto, antiguamente llamada de Las Barberías, por ser asiento de estos locales, hace algunos años casi en su totalidad formada por casas habitación y algunos comercios, sobre todo en sus primeras cuadras dedicados al negocio de los deshilados y bordados, o por la calle de Venustiano Carranza, con giro similar, ruta principal al muy tradicional Barrio de San Marcos, o como los de más edad le llamaban, El Pueblito.

Calles todas que convergen al centro de la ciudad que vienen de tiempos muy remotos, desde el origen mismo de la ciudad y que continúan con su misma trayectoria, calles ya todas convertidas totalmente en el Centro Comercial de la ciudad, que muchos pobladores actuales como los del pasado, por cualquier motivo siguen para llegar al centro.

Porque el centro conserva ese atractivo para todos, porque es el mismo origen de la ciudad, al que todos en algún momento llegan, por cualquier motivo, que en muchas ocasiones es lo menos importante, lo importante es pasar un momento viendo aparadores, haciendo algunas compras, asistir a misa a alguno de sus templos, como San Diego, San José, El Conventito, El Ave María, San Marcos o en Catedral, y después pasar unos instantes en alguno de sus espacios verdes disfrutando de una nieve o alguna bebida, o simplemente por pasar el rato.

Porque siempre es un deleite pasar un momento en alguno de sus jardines, como el del Estudiante, que en épocas pasadas llevó el nombre de San Diego, que los jóvenes preparatorianos invadían a la salida de clases, o en el pequeño y agradable Jardín de San José o de Rincón Gallardo, ubicado entre las antiguas calles de San Juan de Dios, el callejón de La Sorpresa y la Hospitalidad, frente al templo de San José.


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O en la plaza de Armas la de los tantos nombres que se pierden en la memoria, con sus palacios de Gobierno y Municipal, su columna y Excedra de cantera desplazados de su lugar original, y en tanto recordar que ese era sitio de paso de las carretas cargadas de metal, que venían de las minas de Asientos y Tepezalá con rumbo a la capital, y de las recuas de arrieros, aquellos antiguos agentes viajeros cargados de mercancías, que venían a comerciar sus productos de regiones lejanas.

Donde también se puede pasar una agradable tarde paseando por sus corredores o cómodamente sentados en alguna de sus bancas de fierro, por alguno de sus agradables pasillos o frente al quiosco centenario, con su fuente que desentona y que a pesar de sus múltiples modificaciones, el tiempo parece haberse detenido.

Ese es el centro de nuestra muy querida ciudad, con sus antiguas calles ya convertidas completamente en Centro Comercial, donde sin ir muy lejos se puede encontrar de todo, como la Cinco de Mayo, la de los mesones, la de las múltiples cantinas, la del desaparecido Cine Rex; la Juárez siempre tan comercial; la Nieto y la Venustiano Carranza con su giro de bordados y deshilados; la Juan de Montoro con sus cines de otros tiempos; la Madero la de los desaparecidos leones.

Ese es el centro de la ciudad con su historia, con sus tradiciones, con sus leyendas, con su magia, que se remontan al origen mismo de la ciudad de Aguascalientes, que surge a la vera del Camino Real donde los primeros pobladores fundaron sus viviendas, con su modesta capilla, su Plaza Principal que desde entonces se convirtió en sitio de reunión de los pobladores, de donde surgen sus primeras calles con sus muy peculiares nombres, que los mismos pobladores bautizaron.

Es el centro de nuestra ciudad, en otros tiempos con su fuerte o presidio de Victoria y Cinco de Mayo, el del bar Montoro, el de los arrieros que le daban vida a los mesones y cantinas, el de las carretas cargadas de metal, el del Portal de Jesús al poniente de la Plaza, el primer centro comercial, el de los túneles de Juan Chávez que corren por diferentes rumbos, el de los tranvías de mulitas y los eléctricos, el de la carretera Panamericana.


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Es el centro de la ciudad, donde ya no están muchos de aquellos viejos comercios, ni sus cantinas, ni su viejo Parián el de la Nápoles, el del Salvador, el de las bolerias con su muy peculiar clientela, el del bullicio de la preparatoria, que ya son parte de su historia.

Es el centro de la ciudad donde todavía se encuentran sus templos, sus antiguas calles, sus jardines, sus centros culturales, sus gentes, otros comercios que vienen a llenar las necesidades de la población, que hacen que siempre conserve su atractivo, su encanto y que los pobladores y visitantes por cualquier motivo, buscan el pretexto para pasear por sus calles y encontrarse con su historia, con sus leyendas, con su pasado, con su encanto, con su magia, con sus fantasmas y todo el misterio que encierra.

Porque el centro de la ciudad siempre será el centro, el origen mismo de la ciudad y nunca ningún centro comercial, por muy moderno que sea, lo podrá desplazar y porque todos en algún momento queremos regresar al centro, porque queremos encontrarnos con su pasado, porque es el origen mismo de la ciudad, porque es nuestro origen, porque es el origen de todos.

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