Firmes pese a las tiendas de conveniencia


Las imprescindibles misceláneas

 

TIENDAS

+ Nos han querido desaparecer pero no han logrado asegura el presidente de los Abarroteros Antonio Hernández y lo respalda el ex alcalde Alfredo Reyes Velázquez

Tanto el ex alcalde Alfredo Reyes Velázquez como el presidente de la Asociación de Abarroteros don Antonio Hernández afirmaron ayer FUERZA AGUASCALIENTES que a pesar del embate y la competencia desleal de las tiendas de conveniencia los ¨changarros¨ o también conocidas como las ¨tienditas de la esquina¨ no van a desaparecer y se les puede encontrar por todas partes y en cualquier local, en las esquinas, a media cuadra, en algún local que puede ser muy pequeño o muy grande, muy bien acondicionadas o con apenas lo necesario para ofrecer al público consumidor, o simplemente en el zaguán de alguna casa; son negocios familiares que puede atender cualquiera de sus miembros. A pesar de tener una competencia cada vez mayor, con la invasión de grandes almacenes, cadenas de supermercados y las tiendas de conveniencia en donde se explota a los trabajadores las familias en especial las de clase media y baja las siguen prefiriendo, por la cercanía a su vivienda y por la confianza con que son atendidos, por lo que no han podido ser desplazadas ni lo van a lograr, asegura don Toño Hernández y lo respalda Alfredo Reyes Velázquez.

Son las imprescindibles misceláneas, esos lugares que se pueden ubicar por cualquier rumbo de la ciudad, por muy modesto o lujoso que éste sea, donde se puede encontrar casi cualquier producto que se necesite para las labores del hogar. Son las tiendas de la esquina, las tiendas del barrio, a las que se acude a realizar alguna compra y regresar rápidamente, sin tener que hacer grandes recorridos en las kilométricas estanterías de los supermercados, en busca de lo necesario. Son las tiendas que normalmente se conocen por el nombre del propietario, que por lo regular vive en la misma finca o en un sitio cercano, que además, se ha convertido en un amigo o hasta confidente del vecindario.

Para atender una miscelánea de las de antes se requería cierta habilidad, sobre todo para empacar algunos artículos, que a la tienda llegaban en cajas, costales o a granel, para su venta al menudeo al publico, platica a FUERZA AGUASCALIENTE don Antonio Hernández e, quien afirma que los gobiernos de Lorena Martínez y Antonio Martín del Campo han logrado contener, en parte el avance de las tiendas de conveniencia en donde si bien se ofrece un servicio, se explota a los trabajadores con sueldos de hambre y se les rebaja de su salario si desaparece aunque sea un mísero dulce.

Y luego don Toño nos transporta a un pasado romántico en el que las misceláneas tuvieron una gran importancia en nuestra ciudad.

No era cosa sencilla despachar pastas como el macarrón, el tallarín o el fideo, que si no se tenía cierta pericia para partirlos y pesarlos, terminaban hechos polvo, o la manteca vegetal y de puerco, que venía en botes llamados mantequeros, que terminaba toda embarrada en el papel, lo mismo pasaba con el piloncillo, que podía terminar hecho pedazos y en el suelo, si no se daba un golpe de hacha certero para partirlo, ya que venía en barras en forma de cono, o la azúcar, el arroz, la harina y el jabón en polvo, que venían en costales y eran pesados en una pequeña báscula.


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Porque era todo un arte hasta la forma de envolver los artículos con papel de envoltura, de esta forma se podían ver algunas personas que eran verdaderos artistas, desde que partían y pesaban cualquier producto, para envolverlo en un artefacto de papel en forma de cono, llamado alcatraz o cucurucho y otra forma de envoltura, con el papel doblado tomaba forma de empanada, que con mucha habilidad era sellado con una especie de trenza del mismo papel, lo que hacían rápidamente y en el viento.

Las misceláneas de hace algunos años como actualmente, añade don Antonio, normalmente se componían de un pequeño local, que como ya se dijo podía estar en alguna esquina de la cuadra, con entrada por ambos costados, con un pesado mostrador de madera de pino que tenía algunos cajones, que alguna vez fue de algún color, pero con el trabajo de los años tomó un color negro por la grasa acumulada, donde atendía el propietario a sus clientes.

En la parte de atrás algunos anaqueles y cajones también de madera, donde se encontraban muy bien acomodados algunos artículos, como cigarros, cerillos, jabón, refrescos y algunos de los pocos que por entonces venían en latas, como los chiles, las portolas y las angulas que eran importadas de España; en el mostrador una pequeña báscula o su balanza colgada del techo; algunos frascos de vidrio con su tapadera de lámina, donde se colocaban los dulces, galletas y los chiles en vinagre que se vendían sueltos, una vitrina para el pan, cuando no estaba en el mostrador o en el canasto, al aire libre.

En estas tiendas se podían encontrar escobas de popote, mecates, estropajos y escobetas de ixtle; combustible para el boiler, que consistía en unas bolsas de papel alargadas, repletas de aserrín impregnado de petróleo; mechas y bombillas para aparatos de petróleo, velas de cebo, veladoras, cuadernos, lápices, pastillas, algodones y una gran cantidad de artículos. Otros de los productos que vendían suelto, eran aceite de comer, vainilla, brillantina, crema para el cuerpo, sal de grano y molida, canela, azúcar en cuadritos, garbanzo, que además cuando eran pesados y si la compra lo ameritaba, al cliente le daban su pilón, que consistía en agregar gratis un poco más del producto que compraba.

En algún rincón del local se encontraba su refrigerador para los refrescos, que no refrigeraba gran cosa, debido a la demanda que tenían, sobre todo en temporada de calor, ya que eran a base de hielo que enviaban de alguna de las fábricas de hielo. Desde muy temprano el hielo era picado y esparcido en un refrigerador lleno de refrescos, espacio en el que las marcas refresqueras competían porque su producto estuviera en la superficie, a la vista del público, los refrescos además ocupaban la mayor parte del local, con las pocas marcas que por entonces existían, acomodados en cajas de madera de pino, con remaches de clavos y lámina.

Entre los propietarios de este tipo de negocios como en todo el comercio, existía cierta competencia por atraer los clientes, desde la misma hora para abrir, a altas horas de la madrugada, cuando el panadero ya había hecho acto de presencia, con un artículo todavía caliente y de un aroma muy agradable, por lo que era común ver a esas horas con calles todavía obscuras, una tenue y solitaria luz emitida por un pequeño foco desde las tiendas, mezclada entre la también débil luz de los pocos focos del alumbrado público.

El mismo nombre de miscelánea se debe a la variedad o mezcla de productos que expenden, también reciben el nombre de abarrotes, aunque en este caso contaban con mayor surtido de mercancía, para su venta al mayoreo y menudeo; además durante el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, una parte del local la destinaban para venta de bebidas alcohólicas, que podían ser consumidas en el mismo mostrador, para esto contaban con una división, que podía ser una especie de sábana.


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Por el centro de la ciudad de fines del siglo XIX y principios del XX, se podía encontrar una gran cantidad de tiendas de abarrotes, con una amplia variedad de productos, sobre todo de mayoreo y menudeo, tanto de manufactura local, como nacional y hasta de importación, como la que por esos años tenía Tomás Ocampo con el nombre de "Las Flores", en la 1ª calle de La Paz letra G, actualmente 3ª de Juárez, con abarrotes nacionales y extranjeros.

Luego nos dice que "El Ancla de Oro" de Felipe Torres estaba en las calles de Hidalgo, actualmente 2ª de Juárez y Allende, con sus importaciones; "La Bonanza" de F. Romo Villalobos, ubicada en la calle de Unión 29, con sus ventas por mayor y menor y su expendio de jabón La Alianza, Sin Rival, Olivo y Rosa Te; el almacén de abarrotes y licores "La Iberia" de Francisco Armengol, en 1ª de La Paz No 12, con su expendio de madera y leña, harina de La Perla, tequila especial marca de la casa, con sus precios equitativos y "El Golfo de México", almacén de abarrotes y tlapalería de J.R. Franco, ubicado en la esquina de La Paz y Unión.

Por la 1ª de La Paz estaban los abarrotes y cantina, "El Gran No 8" de Alberto Leal y las tiendas de abarrotes "La Vencedora", de Urbano Gómez; J. Refugio Guinchar tenía "La Suiza" y Manuel Salas Puente "La Montañesa". Por la 1ª del Reloj, hoy 1ª de Juárez, las tiendas de abarrotes y cantina, "El Ciprés" de Ortiz y Vallejo y "La Estela", de Francisco Espino; por la calle de Hidalgo, Antonio Morfín y Cía. tenían "El Ancla de Oro", con abarrotes y Andrés Morfín "El Puerto de Veracruz". Por la década de los veinte a los cuarenta estaba el almacén de abarrotes de Antonio Oviedo, en la esquina de Rivero y Gutiérrez y Cinco de Mayo; la negociación abarrotera "La Central" de Rogelio Galindo y Cía. en el Mercado Juárez No 2; los abarrotes nacionales y extranjeros, "Casa Alonso" de Filemón Alonso, en Francisco I. Madero 161.

"La Popular" abarrotes y ferretería de don Wenceslao A. Giacinti, en Juárez No 1, frente a la Plaza de Armas; los abarrotes nacionales y extranjeros, "El Nuevo Oriental" de Juan Lee y Cía. en la 3ª de Morelos 37; en la calle de Juárez No 134 los abarrotes nacionales "La Azteca", de María Isabel Soto de Magdaleno.

Por esos mismos años, en la esquina del Centenario actualmente de Juan de Montoro y Jesús Díaz de León, se encontraban los abarrotes y vinos "El Tráfico", de Eduardo Guerra Escobedo, que además contaba con departamento de cantina; en la esquina de Cinco de Mayo y Palma, actualmente de Adolfo Torres, "La Crisantema", de Gustavo M. Leal; Jesús Olmos tenía su tienda de abarrotes "La Lidia", por la calle de Unión, cuyo principal atractivo era el chocolate de metate fabricado por las señoritas Guerra, de la calle de Insurgentes.

La mayoría de los establecimientos mencionados expendían sus productos por mayoreo y menudeo, en algunos de estos lugares los locales más pequeños conocidos como misceláneas surtían sus mercancías, que normalmente conforme se retiraban del centro de la ciudad se volvían más modestos, pero más a la mano de familias, sobre todo de escasos recursos, que no podían desplazarse al centro a realizar sus muy reducidas compras, por lo que acudían a alguna de las misceláneas que abundaban por toda la ciudad, dando preferencia a la más cercana de su vivienda.

Por fines del siglo XIX, añade don Antonio Hernández, el término miscelánea no era muy común, por lo que también se les conocía como abarrotes, y algunas contaban con su sección de cantina, por esos años se encontraban en la 1ª calle de La Alegría las tiendas de abarrotes y cantina "La Pescadora" de Epifanio de León, "La Favorita" de Marcelino Medina y "El Marinero" de Julio Badillo; en Carrillo Puerto 24 "La Quemazón" de Marciala Ledezma.

En la 5ª Del Olivo, hoy Zaragoza, se ubicaban los abarrotes y cantina "La Vencedora" de Rodrigo Medrano; por la 2ª de Guadalupe "El Caballo de Troya" de Vicente Preciado y en la 3ª de Hebe actualmente de Manuel M. Ponce, se encontraba "La Dalia" de Cristina Barba con el mismo giro. Durante los años treinta del siglo XX se empieza a generalizar el término miscelánea, aunque seguía predominando el de abarrotes, algunos de estos establecimientos no contaban con nombre que los distinguiera, por lo que eran conocidos con el nombre del propietario, de esta forma podemos ver que Manuel Buchanan tenía su miscelánea en Juárez 110; María Guadalupe Ríos en Guadalupe 20; Josefina P. Vda. de R. en Guzmán 24; María Teresa Sánchez en Madero y Zaragoza; Felisa Barrón de E. en Carrillo Puerto 30, actualmente Venustiano Carranza; en Estanque 691/2 hoy de José María Arteaga, esquina con Zaragoza, se encontraba "El Pescador" de Aurelio López; en Condell y Guzmán "El Centro Mercantil", de Casimira M. De Briones y en Centenario 173, "Venecia" de Francisco García.


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Por esos años en Colón y Hornedo ya estaba "El Puente"; en La Cruz y Pedro Parga "La Luz del Día"; en Primo Verdad y Persia actualmente Gral. Barragán, "Puerto Rico"; en Hornedo 161 "Las Playas"; en Libertad 232 "La Sirena"; en Nieto y Democracia "El Pabellón"; en Nicolás Bravo y F. Díaz "El Pescador"; en Juan de Montoro 295 "La Lluvia de Oro"; en Juan de Montoro y Zaragoza "Dinamarca"; en Larreategui y Alamán 56 "La Sonorense"; en Pedro Parga y Zaragoza "El Ancla de Oro"; en Pimentel y Colón "El Triunfo Comercial".

En Guzmán 34 "A los Precios del Centro"; en 16 de Septiembre y Juan de Montoro "El Cisne"; en Guadalupe 54 "El Puerto de Matamoros"; en Alvaro Obregón 4 "La Nueva York"; en Carrillo Puerto 71 "El Chubasco"; en Unión 27 "Los Dos Mundos"; en Galeana 25 "La Rosa de Oro"; en Valentín Gómez Farías 109 "La Voluble Diosa"; en Hornedo 89 "Las Tres Garantías"; en Díaz de León y Sol "El Río Bravo"; en Jesús María 51 "La Argentina"; en Juan de Montoro 300 "Las Glorias Nacionales"; en Matamoros 26 "El Río Blanco"; en la 2ª de Colón 30 "La Bicicleta".

En Alameda y Progreso "La Clínica"; en Guzmán 31 "El Triunfo"; en Laurel y Primo Verdad "El Laurel"; en Josefa Ortiz de Domínguez 113 "La Perla de Cuba"; en Alameda 111 "El Gato Negro"; en Madero 313 "El Báltico"; en Mora 8 "La Principal"; en López Velarde 55 "La Colonial"; en Vázquez del Mercado 75 "El Centauro"; en Hebe y Angeles "Río de Janeiro"; en Igualdad y La Luz "El Sultán"; en Emiliano Zapata y Rivera "La Sinceridad"; en Nieto 184 "La Metrópoli"; en 16 de Septiembre y 5 de Febrero "La Primavera" y en Emiliano Zapata 68 "La Macarena".

Algunas tiendas de abarrotes y misceláneas han sido de vida muy breve, otras han sobrevivido por generaciones, como "El Puente" ubicado en Colón y López Mateos, "La Rosa de Oro" en Insurgentes y Galeana, "El Gato Negro", de Alameda y Granaditas, "Venecia" de Juan de Montoro y "El Chubasco" de Venustiano Carranza. En otros casos han cambiado en varias ocasiones de nombre y propietario, pero continúan en el mismo sitio, como la miscelánea ubicada en Condell y Guzmán, que por 1935 tenía el nombre de "Centro Mercantil Abarrotes" y era de Casimira M. De Briones, posteriormente fue de Leopoldo Medina que se especializaba en gelatinas.

En 1948 la tomó en renta Miguel Franco Aguilar a la señora Lozano, y la bautizó con el nombre de "La Holandesa", en 1952 el Sr. Franco la traspasó a los hermanos Gutiérrez; posteriormente fue de la Sra. Espino de Rosales, a fines de los años cincuenta pasó a propiedad de Gabriela Guerrero, por ese tiempo se conoció con el nombre de "El Cisne", posteriormente como "Gaby" y finalmente como "El Quijote", nombre que conserva hasta la fecha.

Ya para concluir el don Antonio Hernández dice a FUERZA AGUASCALIENTES que ésas eran y son las misceláneas, las que abundan por la ciudad, las que se encuentran más a la mano para realizar alguna compra, las que no podrán ser desplazadas por esas grandes cadenas de supermercados y tiendas de conveniencia, algunos de marca extranjera que se ubican en diversos lugares de la ciudad, pero tan fríos como el monótono sonido de sus máquinas registradoras.

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