REPORTAJE INEDITO El mito sigue creciendo a nivel mundi


Mohamed Ali, ¨El Más Grande¨

 


+ Físicamente murió en junio de este año pero su leyenda sigue creciendo como nunca en todo el mundo

+ Su brillante contribución a nuestro mundo será recordada por las futuras generaciones: Barack Obama

+ 50 años después la revista ¨The Ring Magazine¨ lo acaba de nomgre como el Boxeador del Año 1966

La revista especializada "The Ring Magazine" nombró a Muhammad Ali como el Boxeador del Año 1966, medio siglo después de que no le otorgara este reconocimiento, por negarse a prestar el servicio militar que le obligaba ir a la Guerra de Vietnam y por su relación con la Nación del Islam. La noche del jueves, la revista especializada informó de que estaba corrigiendo su decisión al nombrar retroactivamente al fallecido peso pesado como el mejor boxeador de ese año. Los editores en ese momento obviamente estaban convencidos de que Ali, aunque era exitoso en el cuadrilátero, no cumplía con otros criterios que ellos consideraban importantes, señaló el editor en jefe Michael Rosenthal. Pero podemos ver la injusticia a través de los estándares actuales, incluso si estamos en desacuerdo con algunas cosas que Ali dijo e hizo.

Ali ganó las cinco peleas que tuvo en 1966 y lo hizo de manera espectacular.

Su carrera, que se encontraba en lo más alto, pronto quedaría interrumpida tres años, mientras tenía que hacer frente a una disputa legal por negarse a ser reclutado para la guerra de Vietnam. Era la segunda vez que la revista no lo nombraba púgil del año y dijo que Ali -Ring lo llamó Cassius Clay, su nombre de nacimiento- no cumplía con el criterio moral para obtener la distinción. Más enfáticamente, Cassius Clay, de Louisville, Kentucky, no será visto como ejemplo para los jóvenes de Estados Unidos, escribió en ese entonces Dan Daniel, cofundador de la revista. Posteriormente, la Corte Suprema de Estados Unidos ratificaría el estatus de Ali de objetor de conciencia y éste reanudó las peleas en 1970.

La revista lo nombró boxeador del año en 1972, 1974, 1975 y 1978, junto con su reconocimiento original en 1963.

Ali murió el pasado junio a los 74 años, después de una lucha durante varias décadas contra la enfermedad del Parkinson.

La historia del reconocimiento retroactivo, además de la historia original de 1967, se publicará en la edición de Ring del próximo marzo.

Familiares allegados al legendario púgil han recibido con agrado el reconocimiento póstumo que se hizo al que muchos consideran el boxeador más grande de todos los tiempos.

EL ADIOS DEL MAS GRANDE

Y ahora que estamos a punto de terminar el 2016, el infausto año en el que el mítico peleador considerado el Más Grande de la historia, hoy FUERZA AGUASCALIENTES recordará gran parte de su vida, luuego de un trabajo inédito que nos llevó un largo tiempo y que pensábamos dar a conocer el último del año, pero que adelantamos por la nueva distinción que se le acaba de hacer. Este reportaje es muy grande sin embargo debemos de destacar que se necesitarían muchísimos libros para hablar de la personbalidad MAS GRANDE del deporte y aún de la polítia en el siglo XX, por lo que esperamos que sea del agrado de nuestros lectores, con la seguridad de que esto ningún periódico lo ha publicado y se lo ofrecemnos con todo gusto a quienes nos dispensan con su preferencia. Callado y casi inmóvil por la enfermedad, se apagó el hombre y creció el mito, rodeado de un respeto casi universal.

Es evidente que la muerte de Muammad Alí no podrá con su fama.

Será para siempre ¨El Más Grande¨. Ama y haz lo que quieras, si te callas, calla por amor, si hablas, habla por amor.¿ Si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón. De esta raíz solamente puede salir lo que es bueno. Ama a tus enemigos y haz el bien a los que te lastiman y te odian, pues nuestro Señor llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. Ama y haz lo que quieras, porque quien posee el amor todo lo posee, decía Cassius Marcellus Clay, ¨El Más Grande¨ deportista de todos los tiempos, pero también, uno de los seres humanos más grandes que haya conocido la humanidad. El fallecimiento de Mohamed Alí alcanza mucho más que al mundo del boxeo sino también a un icono de la sociedad estadounidense y del mundo en general.


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indudable que Ali, ¨El Más Grande¨ fue una de las personas más reconocidas en el mundo por sus acciones dentro y fuera del ring.

Su postura sobre el servicio militar y la conversión al Islam traspaso las líneas raciales y polarizo a todo Norteamérica y al mundo. Más tarde habría de convertirse también en el símbolo que unificó a la gente con sus mensajes de libertad, la paz y de igualdad. Y al igual que todos los Medios del planeta, FUERZA AGUASCALIENTES no quiere quedarse atrás para dar a conocer algunos de los pasajes de este hombre por el cual los afroamericanos pueden gritarle al mundo su libertad.

Y para hacerlo, vimos al día siguiente que falleció la emotiva serie documental de su vida y sus peleas que transmitió ESPN, en una jornada que hasta nos hizo llorar porque aunque personalmente yo no había nacido, me acuerdo de cómo me emocionaba con sus peleas cuando las pasaban por televisión y no se diga mi señor padre Heriberto Bonilla Barrón y mi abuelito Don J. Cruz Bonilla M., quienes fueran sus grandes admiradores.

«Su contribución a este país y al mundo serán recordados por las generaciones venideras», dijo el presidente norteamericano Barack Obama, quien presumió unos guantes firmados que le regaló Ali. El significó tanto para muchas personas alrededor del mundo -tuvo un efecto tan transformador en la sociedad norteamericana y un impacto tan grande en el mundo debido a su espíritu- que será recordada como una de las personas icónicas de la historia, dijo a su vez el ex presidente Bill Clinton.

Y NACIO EL GRAN MITO

Muhammad Alí nació el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky -donde fueron sus funerales-, hijo de la pareja de clase media formada por Cassius Marcellus Clay Senior y Odessa Lee Grady Clay. Hablamos de clase media negra, de modo que no es la que uno se imagina, aunque tampoco llegó a pasar hambre de niño. Y además, en el sur de los EU de los años 40 y 50 existía un trasunto del régimen del Apartheid en Sudáfrica que, por descontado, marcaría de forma indeleble la existencia del campeón. "Después de 32 años de luchar contra la enfermedad de Parkinson, Muhammad Ali murió a la edad de 74 años", anuncio Bob Gunnell, el portavoz de la familia Ali. "El triple campeón de pesos pesados del mundo murió en la noche", dijo el comunicado. Minutos después, la confirmación llegó a través de su cuenta oficial de Twitter, en la que apareció una imagen del boxeador con la leyenda 1942-2016.

Los pesos pesados nunca habían conocido un ejemplar semejante: un atleta anatómicamente armonioso, de finos rasgos faciales, que se desplazaba por el cuadrilátero como si pisara sobre un lecho de plumas o gravitase sobre un colchón de aire. Una estatua animada de 192 centímetros y 102 kilos de músculos flexibles, animados por una plasticidad innata. por las musas en lugar de las furias, eludía el contacto brutal de los de su género y reemplazaba los impactos por picaduras. No tenía puños, sino aguijones. "Pico como un abeja". No tenía pies, sino alas. "Floto como una mariposa". Parecía despreciar el intercambio de puñetazos como única forma de violenta imposición, sustituyéndolo por una variedad selectiva de roces letales. Su ferocidad era poética; y su potencia, sedosa. Era humano, pero, en su decisión de distinguirse de los demás, se revestía de un distanciamiento despectivo hacia la especie. Odiaba pero, en la idealizada construcción de sí mismo, adornaba ese destructor sentimiento con ironía creativa.

Se llamaba Cassius Marcellus Clay, en honor al abogado antiabolicionista del mismo nombre, embajador de Lincoln en Rusia y propietario liberador del tatarabuelo del púgil, a quien cedió su nombre. Esa mezcla de apostura física y originalidad mental supuso el primer impacto de Clay en la cambiante, vitalista y neurótica sociedad estadounidense de su tiempo y, más tarde, en su extensión a la del mundo entero.

Su prestancia y su inteligencia, o, al menos, su viveza mental, plasmada en un verbo caudaloso y punzante, atrajeron sin obstáculos hacia su persona la atención de ámbitos ajenos a la vidriosa aureola del boxeo y su hipnótica tenebrosidad. Un deporte mestizo de grandeza y miseria, del que emanaba una áspera lírica o una sórdida épica que atraía, fascinándolos mientras los repelía, a artistas e intelectuales.

Clay, una estrella amateur dirigida por el legendario Angelo Dundee, había sido campeón olímpico de los semipesados en los Juegos de Roma, en 1960.


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Pasó ese mismo año al profesionalismo y, entre esa categoría y la de los grandes pesos, entre 1960 y 1964, fue desembarazándose, con golpes casi desdeñosos de prestidigitador, ilustrados con rimas chuscas, de los rivales que los organizadores le ponían en su locuaz e histriónico camino. Especialmente del ilustre Archie Moore, un ídolo envejecido de 48 años. El público, no sólo el aficionado, divertido, admirado y escandalizado, perplejo y revitalizado en sus afectos más heterodoxos, lo descubrió entonces. Y, tras la conquista del título mundial frente a la turbia y hosca mole llamada Sonny Liston, "el oso feo y torpe", lo elevó a la cima de un mundo -el del espectáculo, en el fondo- siempre ávido de celebridades insólitas pero impactantes y luminarias estrafalarias pero irresistibles. En la muerte de Clay no queda nada de su existencia dentro y fuera del cuadrilátero que no se haya contado, glosado, analizado, interpretado y contextualizado hasta la saciedad.

Hacía tiempo que el hombre, destruido por el Parkinson, había dado paso al mito y todo cuanto se había hablado y escrito acerca de su persona, su universo y su influencia habían adquirido el tono y la trascendencia de un único, universal y definitivo obituario. Aunque resulte superfluo, recordemos que, en 1964, al día siguiente de vencer a Liston, y subyugado por la personalidad radical de Malcolm X, anunció su conversión al islamismo y se autobautizó como Muhammad Ali. Repetimos por enésima vez que renunció a vestir el uniforme ("ningún vietcong me ha llamado negro"), fue condenado como desertor, se le desposeyó de su titulo mundial y se le retiró la licencia. Con su fama intacta, incluso acrecida por la polémica, se ganó entonces la vida como orador incendiario en institutos y universidades. Detengámonos, ¡cómo no!, en su victorioso regreso al ring en 1970, frente a Jerry Quarry, y en sus tres terribles peleas con Joe Frazier.

La primera, en 1971, denominada "el combate del siglo", terminó con él en la lona y con Frazier reteniendo el título. La segunda, en 1974, le permitió reconquistar el cetro.

La tercera, en 1975, "Thrilla in Manila", pasó a la historia de la crueldad boxística.

Ambos rivales se asomaron a la muerte y, tras ese castigo, Ali empezó a sufrir problemas circulatorios. Quizás imbuido de una invulnerabilidad falsa, inherente al supremo concepto que tenía de sí mismo, los ignoró. sobraron, pues, las 10 veces que subió después al cuadrilátero Entre ellas, "cuando éramos reyes", frente a George Foreman, en aquel octubre del 74 en Kinshasa. El "Ramble in the Jungle", el estruendo en la jungla, el salvaje "Ali, bomaye!, (¡Alí, mátalo!)", de la muchedumbre sanguinaria. perdería la corona ante un neófito Leon Spinks, aunque la recuperaría en la revancha y en el canto del cisne de un hombre ya erosionado y que, con casi 40 años, sucumbía ante Larry Holmes y Trevor Berbick, mientras su fatigada memoria se detenía, entre vacilaciones y lagunas. En sus 61 combates (56 victorias y cinco derrotas), que no le deformaron el rostro pero le devastaron el cerebro. ¡Qué paradoja! ¡Qué ironía! Apolo reducido a una existencia vegetativa.

Ali prolongó en su iconoclasta edad adulta una infancia gemela, aunque, naturalmente, a escala infantil, en Louisville (Kentucky), en donde había nacido el 17 de enero de 1942. Hijo de una madre asistenta y un padre alcohólico y pintor de brocha gorda, estudiante pésimo pero enormemente popular, a veces hiriente, a veces quijotesco, se diseñó un futuro y se revistió de la determinación para alcanzarlo. Había escrito en su cazadora: "Clay, campeón del mundo". Pero eligió el ring por espíritu de revancha y no por amor al boxeo.

Gran parte de su grandeza residió en elevarse por encima de sus imperfecciones, en sobrevivir a sus contradicciones y en proyectarse más allá de sus defectos. Fue insolente, arrogante y provocador. Humilló de palabra a sus adversarios, muchos de ellos tan negros y marginados como él. No fue un modélico cuádruple esposo. No se comportó como un patriota y se arrojó en brazos de una religión ajena a la tradición y la vocación americanas. comportó como un racista inverso y su realidad estuvo a menudo por debajo de su calidad de símbolo. nada empañó su magnetismo ni rebajó su carisma. Fue 'The Greatest'. El más grande.

LA BICICLETA ROBADA:


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Habrá que destacar que como casi siempre ocurre, la pobreza acostumbra a ser la chispa que enciende el ansia de casi todos los grandes del boxeo. El caso de Cassius Clay iba a ser diferente, tanto que de ello resulta una paradoja. A los doce años, acudió con su flamante bicicleta nueva (una Schwinn roja y negra de sesenta dólares) y un amigo al Columbia Auditorium, un centro de Louisville donde se celebraban congresos. Habían ido no porque les interesase tal o cual convención, sino por las palomitas de maíz y los helados gratis que esperaban comerse. Tras comer todo lo que pudieron, fueron a buscar las bicicletas, encontrándose con que la del joven hijo de la señora Grady había desaparecido.

En los sótanos del edificio había un gimnasio regentado por Joe Martin, policía.

Cassius bajó furioso, llorando y exigiendo la organización inmediata de la búsqueda de su bicicleta por todo el Estado, advirtiendo de paso que iba a golpear al responsable del delito. Joe Martin, que además llevaba un programa de boxeo en el canal de televisión local le preguntó si sabía pelear, a lo que este respondió que no, pero que le iba a dar una paliza de todas formas. Entonces Martin le aconsejó ir al gimnasio para aprender a luchar. Y así empezó todo, en octubre de 1954.

SU DEBUT

Seis semanas después de empezar a entrenarse, Cassius Clay debutó entre las entonces tres cuerdas, pesando cuarenta y cuatro kilos cuatrocientos gramos. Su rival fue Ronnie O'Keefe, en un combate pactado a tres asaltos de un minuto. Ambos se dieron una buena serie de golpes no muy ortodoxos hasta que les dolió la cabeza.Alí lanzó alguno más, recibiendo la recompensa de un flamante primer combate nulo acogió la decisión gritándole a todos que muy pronto sería "el mejor de todos los tiempos". En cuanto ganó algo de peso, fuerza y sentido del cuadrilátero, empezó a desarrollar ese estilo tan particular que más adelante sería pulido por sus sucesivos entrenadores, sobre todo por el definitivo, Angelo Dundee.

Cassius dejaba las manos colgando, imprimía una trayectoria sinuosa a los golpes de izquierda y daba vueltas por el ring de puntillas.

Su mejor defensa era la rapidez, aquella insólita habilidad para calibrar el golpe del adversario y apartarse lo justo para que no le acertara, y devolverlo de inmediato. Tenía unos ojos excepcionales, daban la impresión de no cerrarse nunca, de no ofrecer jamás una pista al rival. y en cuanto percibían una apertura, sus manos actuaban en consecuencia. Clay no sólo era rápido, sino muy valiente y capaz de mantenerse frío en las situaciones difíciles. Nunca se dejaba llevar por la furia lanzándose a réplicas desordenadas. Si algo distinguió realmente a Muhammad Alí como boxeador, fue su inteligencia. No eran sólo la rapidez, el coraje y aquellos reflejos sobrenaturales; sabía pelear.

Y la disciplina. Desde sus inicios, vivía prácticamente en el gimnasio.

No fumaba, no bebía. Un par de veces esnifó con sus amigos las emanaciones de un tanque de gasolina, pero ahí se terminan sus experiencias con alucinógenos. Era un obsesivo de la nutrición, y llevaba siempre consigo una botella llena de una mezcla de agua y ajo que, según decía, mantenía la tensión baja y la salud perfecta. Lo único que le interesaba era comer, entrenarse y hacer guantes, dijo Jimmy Ellis, su futuro sucesor en el trono de los pesados en 1967, cuando le retiraron la licencia por su negativa a ir al Vietnam, que tambien entrenó en el gimnasio de Joe Martin. A los dieciocho años tenía un historial asombroso como amateur: 100 victorias y sólo ocho derrotas, dos campeonatos nacionales de los Guantes de Oro y dos títulos nacionales de la Amateur Athletic Union.


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TODO UN GRAN PERSONAJE

Ya en la adolescencia era su propio estratega, no admitía imposiciones de nadie, se cuenta a FUERZA AGUASCALIENTES.

Mucho antes de tomarle el pelo a toda la prensa americana y mundial con sus poemas y asaltos psicológicos contra toda la sucesión de sus rivales, comenzó a inventarse. En la previa de los combates metía la cabeza en el vestuario de su contrincante y le advertía entre alaridos que se preparase para recibir una buena paliza. Con doce años, llegó a amenazar a George King, un púgil local casado y con hijos, por supuesto, no combatieron.

Ante los periodistas fanfarroneaba igual, de forma que su popularidad creció vertiginosamente, aunque tenía un carácter negativo. La gente iba a verle fundamentalmente con la esperanza de que en tal o cual velada le partiesen la mandíbula. asombroso es que ya entonces era una estrategia premeditada: "me da igual lo que piensen de mí, con tal de que vayan a verme".

Y las gradas se llenaban.

Dick Schaap, jefe de la sección de deportes de Newsweek, lo conoció personalmente antes de los Juegos Olímpicos de 1960: "no tenía más de dieciocho años pero era la persona más llena de fuerza y más viva con quien me había tropezado nunca. Era como estar con un gran actor, o uno de esos políticos que le dejan a uno electrizado. Una persona con aura, dotada de una especie de energía interior. Y se daba uno perfectamente cuenta de que todos íbamos a hablar muchísimo de él en los años venideros".

VIVENCIAS

En pleno Central Park, Joe Martin tuvo que ejercer de psicólogo improvisado para resolver una cuestión que a punto estuvo de dejarlos en tierra, impidiendo la conquista de la medalla de oro de 1960. Presa de un ataque de pánico, de miedo a volar, Alí tardó varias horas en convencerse de que no podían ir a Roma en barco; luego se fue a una tienda de excedentes del Ejército ¡a comprarse un paracaídas!

"De hecho, lo llevó puesto durante todo el viaje. Lo cierto es que fue un trayecto bastante agitado, y allí estaba él, rezando en el pasillo, con el paracaídas puesto".

Una vez en Italia, montó lo más parecido a una revolución en la Villa Olímpica.

Al cabo de unos días le llamaban, en broma, "el alcalde de la Villa Olímpica".

Wilma Rudolph, ganadora de tres medallas de oro en las pruebas de velocidad, afirmó: "todo el mundo quería verlo. Todo el mundo quería hablar con él. Y él, hablando sin parar. Yo siempre me quedaba atrás, a ver qué decía".

Por supuesto, ganó la medalla de oro de los pesos semipesados, venciendo en la final a un correoso polaco de nombre impronunciable, Zbigniew Pietrykowsky.

En lo más alto, su carrera amateur había terminado.

De acuerdo a su biografía, consultada por FUERZA AGUASCALIENTES, de vuelta en los EU, un grupo de oligarcas blancos de Louisville se reunieron para crear una sociedad que patrocinara al joven campeón. De este modo, bien respaldado, inició su carrera profesional.

El 20 de octubre de 1960 derrotaba a Turney Hunsaker en un combate a seis asaltos. Ahora su entrenador era Fred Stoner, elegido básicamente por ser negro. Mas tarde llegaría su preparador definitivo, el gran Angelo Dundee, al que aceptó, pese a su irremediable tez caucásica, porque no quiso imponerle sus propias reglas ni restarle protagonismo, sino explotar sus cualidades. El campeón vigente de los pesos pesados era por aquel entonces Floyd Patterson, uno de los boxeadores más prestigiosos del siglo, y tal vez el más educado.

John F. Kennedy llegó a decirle, antes de su pelea contra el terrorífico Sonny Liston, que debía vencerle porque representaba el lado bueno de la sociedad, mientras que Liston era un ex-presidiario, el último campeón del mundo controlado por la mafia de John Garbo, un mafioso que probablemente dió la orden para asesinar al famoso Bugsy Siegel, el "fundador" de Las Vegas.


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Pero todo ello le interesaba poco a Alí, todavía Cassius Clay.

Gritaba a los cuatro vientos que su boxeo dejaba en pañales al de Patterson, o el de cualquiera.

La prensa y la opinión pública en general, acostumbrados a la solicitud y correción política de campeones negros como Joe Louis o Jackie Robinson en beisbol, quedaron estupefactos al escuchar las palabras de aquel debutante. Sus entrevistas eran un prodigio de exhuberancia y descaro. Antes de su combate contra Lamar Clark, un boxeador durísimo con 45 victorias seguidas por KO, expresó su pronóstico:

"¡Lo tumbaré en el segundo asalto! ¡Soy el más grande! y bla, bla, bla"...

De este modo, Alí iba ganando enteros como el boxeador más impopular del momento excepto, quizás, Sonny Liston.

Con una salvedad: Liston sencillamente daba miedo, al público y a sus rivales, mientras que en Alí veían a un negro orgulloso como no se veía desde Jack Johnson, primer campeón de raza negra los pesados, y mucho más irritante. Visto ahora, aquello era terriblemente divertido, y sólo hubiera dejado de serlo en caso de una derrota, pero Muhammad Alí estaba en el ring para evitarlo. La pelea con Lamar Clark terminó cuando el árbitro detuvo el combate porque este había besado la lona dos veces, con la nariz rota... En el segundo asalto.

LOS MUSULMANES NEGROS.

De acuerdo a sus datos biográficos y lo que ayer dio a conocer ESPN durante 1960 y 1961 Muhammad fue acelerando su carrera tanto en lo pugilístico como en lo teatral. Le ganó a un buen número de grandes y conocidos pesos pesados, Alex Miteff, Sonny Banks, Bill Daniels, Lavorante, demostrando por el camino que también sabía encajar, por ejemplo cuando Banks lo derribó en el primer asalto y se sobrepuso para vencer después. Luego se convirtió en uno de los aspirantes más calificados al título de campeón mundial tras vencer, exactamente como había vaticinado, en el cuarto asalto a un mito del boxeo como Archie Moore. En aquella época inició su relación con La Nación del Islam, dirigida por Elijah Muhammad y entre cuyos líderes se encontraba Malcom X, quien introdujo a Alí en la organización convirtiéndose en su mentor y gran amigo hasta que cayó en desgracia ante los ojos del líder.

Estas luchas internas afectaron a Alí, protagonista circunstancial y ficha mayor propagandística del asunto, sobre todo tras ganar el título mundial, lo que en aquellos años lo convertía automáticamente en el deportista más famoso sobre la tierra. El mismo Alí reconoció que su desprecio de Malcom X tras su caída fue uno de los mayores errores de su vida, error que no pudo subsanar ya que lo asesinaron no mucho despues de que Alí consiguiera el cetro de los pesados. era joven y estuvo mal aconsejado, y Elijah Muhammad lo manipuló descaradamente, eligiendo incluso su celebérimo nombre musulmán.

El 24 de enero de 1963 un boxeador con fama de marrullero, Charlie Powell, lo atosigó en el pesaje.

Por primera vez, dió la impresión de que iba a pelear en estado de cólera... Así fue. Pasó de su habitual "más vale maña que fuerza" y destrozó a Powell de tal forma que este vomitó sangre durante una hora en el vestuario. Poco después conocería a Bundini Brown, personaje que forma ya parte de la imagen del campeón, animándole desde su esquina del ring. Bundini se convirtió en su gran amigo y bufón animador.

conectaron de forma especial y cuando Muhammad ganaba, Bundini lloraba de júbilo, como también lo haría, de tristeza, en las derrotas.

Tras dos peleas dudosas en 1963 contra Doug Jones y Henry Cooper, que llegó a ponerlo de rodillas en el cuarto asalto mediante un gancho que pronto se hizo famoso, el mánager de Sonny Liston, campeón del mundo tras volatilizar a Floyd Patterson en dos peleas sucesivas que duraron en total ¡menos de cinco minutos!) anunció que su representado había aceptado la propuesta de Cassius Marcellus Clay para un combate en el que se pondría en juego el campeonato del mundo de los pesos completos.


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LA GUERRA PSICOLOGICA

Y comenzó una de las guerras psicológicas más famosas de la historia del deporte.

En ella, Alí llevó al extremo su particular habilidad para desquiciar al público y a los rivales, como cuando se paseara por Londres con bombín y pajarita diciendo que Buckingham Palace era "un pisito la mar de apañado". Había solicitado el combate persiguiendo a Liston armado con un tarro de miel, "para atraer al gran oso feo", y nada más concedérselo se trasladó a Denver para, a las tres de la mañana, organizar un alboroto de cuidado frente a la casa de su oponente: "¡Sal de ahí! ¡Te voy a matar! ¡Ahora! ¡Sal a defender tu casa o echo la puerta abajo!

Todo esto no sin haber llamado antes a todas las agencias de noticias de la ciudad.

Durante los meses anteriores a la velada se dedicó a hacerle creer a Liston y al mundo en general que estaba loco de remate.

"¡Una de mis alfombras va a ser su pellejo! ¡Lo voy a regalar al zoo cuando termine con él! y etc..." Debemos tener muy en cuenta que en aquella época cualquier manifestación no rigurosamente sobria en la previa inmediata a un combate significaba que el boxeador estaba muerto de miedo. Y así, mientras el gremio de periodistas al completo daba por sentado que iban a cubrir una de las peleas más breves de todos los tiempos, Cassius Clay se dedicó a entrenar , ajeno a las críticas, de forma implacable.

Sonny Liston era el prototipo de campeón del mundo, un bombardero que no sólo derrotaba a sus oponentes sino que además les hacía daño, los lisiaba, humillándoles con aquellos KOs fulminantes. Aparte de una estrecha relación con la mafia, poseía el jab más devastador de la historia, una especie de golpe hacia arriba que era una especie de cañonazo, levantaba a la gente del suelo, y unos reflejos soberbios acompañados de un buen control de los pies y de su rapidez. El boxeador más temido desde los tiempos de Joe Louis, que estaba en su esquina el día de la pelea.

Enfrente de aquella máquina no había más que un debutante de veintidos años, un joven engreído que le disputaba el fervor impopular de la gente, en su caso mediante una sarta de bravuconadas constante e insufrible. Durante el pesaje, montó un escándalo tan enorme que nadie recordaba algo ni remotamente algo parecido. Llegó a simular un ataque de histeria tal que hubo que revisar sus pulsaciones una hora después para que se permitiera la celebración del combate. ¡Alguien va a morir esta noche! ¡No eres ningún gigante y te voy a comer vivo!", gritaba mientras lo sujetaban, debatiéndose con los ojos fuera de las órbitas y saltando como un enajenado. "¡Eres un imbécil, imbécil, imbécil... Soy un gran actor! ¡Soy un gran actor!" No es de extrañar que ni un sólo pronóstico le fuera favorable ni que su médico personal, Ferdie Pacheco, hubiera preguntado a sus espaldas cual era el camino más breve para llegar a los hospitales de Miami.

Sirva como ejemplo la columna del New York Post de ese día: "mi predicción es que Liston ganará a los 18 segundos del primer asalto, y en el cálculo incluyo los tres segundos que Bocazas ponga por su cuenta."

El convencimiento de que estaba aterrorizado llegó a tal punto que las apuestas estaban 7 a 1 en su contra.

Se dijo, incluso, que había escapado de Miami... Pero el Bocazas tenía sus propias ideas... Lo había conseguido.

Todo el mundo pensaba que era un chiste malo, un demente, y Sonny Liston no se había entrenado lo suficiente.

Era el 25 de febrero de 1964. A mediados del segundo asalto, el hombre más duro de la tierra sangraba abundantemente por un bulto horrible debajo del ojo izquierdo, que el aspirante martilleaba convenientemente. Por ende, el rey de los pesos pesados no había sido capaz de alcanzar a Alí en ningún momento. a su alrededor ("vuela como una mariposa, y pica como una abeja", dijo Bundini Brown), intocable, un boxeador con la velocidad y reflejos de un peso medio y la pegada que nadie le reconocía, aunque no andaba lejos de los 100 kilos y era bastante más alto que su rival.

Venció con una claridad meridiana, insultante, y el combate, en video, parece un esperpento, un juego de niños para Alí, que se las tenía con un boxeador que bien pudiera haberse desecho del mejor Tyson con sus mismas armas.

De nada sirvió que los preparadores de Liston untaran con sustancias picantes los guantes de su pupilo en una maniobra ilegal, desesperada y nunca reconocida, salvo en privado.

Pese a disputar el quinto asalto casi ciego, no hubo color.

Una vez limpios los ojos, tranquilizado por Angelo Dundee, nada cambió hasta el inicio del séptimo, cuando Sonny Liston arrojó la toalla, alegando una lesión, verdadera, aunque soportable, del hombro.

En realidad, no pudo aguantar la humillación.

¡Muhammad Alí ya era campeón del mundo!

Como un pistón, se volvió hacia los periodistas, gritando desaforadamente: "¡quiero que todo el planeta sea testigo! ¡Soy el más grande! ¡Soy la conmoción del mundo! ¡Acabo de cumplir veintidós años y he liquidado a Sonny Liston! ¡Soy el rey... Soy el rey del mundo! ¡Ahora traguense sus palabras! ¡Ahora traguense sus palabras!".

LA REVANCHA

Inmediatamente después del combate de Florida, Alí reconoció sin tapujos su pertenencia a la Nación del Islam.

A partir del 6 de marzo de 1964 renunció a su nombre de esclavo, Cassius Clay se llamaba el amo del tatarabuelo del campeón.

Estas decisiones provocaron una oleada de críticas, incluso entre la comunidad negra, que veía con desconfianza la postura radical de los musulmanes negros.

Luego emprendió una gira multitudinaria por Nigeria, Ghana y Egipto cuyo enorme éxito reparó todos los agravios sufridos en los EU.

Le entusiasmaba que lo reconocieran en países donde nadie había oído hablar de Joe Louis, y mucho menos de Rocky Marciano.

Fue su primer contacto con lo que significaba ser Muhammad Alí, símbolo internacional, un púgil más importante que el propio campeonato del mundo.

El hombre más famoso de la tierra.

El 25 de mayo de 1965, en Lewiston, Maine, tuvo lugar la revancha contra Sonny Liston, un combate que nos dejó de recuerdo la imagen fotográfica más perdurable de Alí y un KO que él mismo llamó "el golpe de ancla".

Transcurría el minuto justo de la pelea cuando Sonny Liston arremetió con la izquierda contra el campeón, que se apoyaba en las cuerdas.

Reculando, este lo evita por muy poco, al tiempo que gira hacia delante lanzando una mano descendente que dió de lleno en la sien de Liston.

Fue tan inesperado, y tan rápido, que en tiempo real apenas se distingue un latigazo borroso.

Esa noche muchos gritaron ¡tongo! y es comprensible, habida cuenta de que no disponían, como nosotros, de una grabación nítida y un video que ralentice la imagen lo suficiente para ver cuan brutalmente se ladea el cuello del aspirante, e incluso como su pie izquierdo se despega de la lona.

Chicky Ferraro, entrenador, dijo entonces:"El golpe dejó liquidado a Sonny. Caído de espaldas, con los brazos hacia atrás, pestañeó tres veces, como tratando de despejarse la cabeza, y yo miré hacia su esquina, a Willie Reddish. Me di cuenta por la cara que se le puso que su boxeador estaba en serios apuros..." Retorciéndose en el suelo del ring de Lewiston, el temible Sonny Liston dió por terminados sus días de gran púgil.

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SU COMBATE CON EL GOBIERNO

La siguiente pelea de Alí fue un paseo militar.

Floyd Patterson, erigido en estandarte de la América bienpensante, desafió al campeón tachándole de extremista y considerando públicamente que era indigno del título, aunque lo que más irritó al loco de Louisville fue que continuara llamándole Clay, despreciando su nombre musulmán.

En el primer asalto se limitó a esquivarlo sin golpearle ni una sola vez.

En el segundo comenzó a lanzarle suaves jabs. En el tercero añadió los ganchos y así, aumentando deliberadamente el castigo pero sin intentar noquearle, humillándolo.

Muhammad Alí prolongó la pelea hasta el doceavo, cuando el árbitro detuvo la carnicería.

Tres meses después empezó su combate contra el gobierno.

Sorpresivamente, lo declararon I-A, apto para el servicio, de modo que en cualquier momento podían llamarlo a filas.

Era el campeón del mundo, le esperaba un destino cómodo lejos del frente, una maniobra propagandística similar a la de Elvis Presley, años atrás.

Sin embargo, cuando le preguntaron acerca del Vietnam y del presidente, en lugar de la declaración patriotera de rigor, a sabiendas de lo que se jugaba, respondió: "no voy a pelearme con el Vietcong ese".

Robert Lypsyte, del New York Times, presente entonces, declaró: "ese fue EL momento de Alí; Durante el resto de su vida, la gente iba a amarlo o a odiarlo por aquella frase, que pudo parecer una declaración formal pero que de hecho fue algo que se sacó de la manga, improvisando".

Comenzó a recibir amenazas de muerte y el abucheo generalizado, pero reaccionó afirmando su posición, estudiando el tema, dando charlas en las universidades.

Es muy importante recordar que la opinión pública todavía no estaba mayoritariamente en contra de la guerra, ni mucho menos.

La polémica continuó subiendo de tono a medida que Alí seguía combatiendo, en el ring, mientras no llegaba la llamada del gobierno.

George Chuvalo, Henry Cooper otra vez, Brian London, Mildenberger, Cleveland Williams. La derrota que le infligió a Ernie Terrell el 6 de febrero de 1967 fue especialmente brutal.

Para desafiarlo, este se había negado a llamarle por su nombre. Como a Patterson, lo martirizó sin sufrir daño alguno, sólo que esta vez la tortura se prolongó durante 15 asaltos.

A cada golpe que le aplicaba a Terrell, canturreaba: "¿Cómo me llamo? ¿Cómo me llamo?"

El 25 de abril de 1967, atendiendo a la convocatoria de incorporación a filas, en Houston, Alí llevó a efecto sus ideas, haciendo la declaración más importante de su vida, esta vez oficialmente:

"Me niego a incorporarme a las filas del ejército de los EU porque considero que debo estar exento de ello por mi condición de ministro de la religión del Islam".

Fue condenado a cinco años de cárcel y 10.000 dólares de multa.

El máximo y lo que es peor, fue suspendido de la práctica del boxeo.

Todos sus sueños, todo por lo que había estado luchando desde los doce años, desaparecía de un plumazo.

En el apogeo de su vida deportiva, tuvo que exiliarse para no acabar entre rejas.

"Calculo que la sanción vino a costarle diez millones de dólares en bolsas, patrocinios y todo eso", dijo Gordon Davidson.

Muchos lo tomaron por un niño rico que se niega caprichosamente a cumplir el servicio militar, pero el hecho es que se arruinó.

Cobraban sentido, entonces, las palabras que le había escrito en una carta el filósofo Bertrand Russell:

"En los meses venideros, los gobernantes de Washinton van a tratar de perjudicarle a usted con todos los medios a su alcance pero usted sabe, estoy seguro, que ha hablado en nombre de su pueblo y en el de todos los oprimidos del mundo que desafían al poder norteamericano. Tratarán de hundirlo porque usted es el símbolo de una fuerza que no pueden aniquilar... Puede contar con todo mi apoyo. No deje de llamarme si viene por Inglaterra".

COMO EL AVE FENIX

El 28 de junio de 1970, la interminable cadena de alegaciones del antiguo campeón del mundo de los pesos pesados se resolvió cuando el tribunal supremo de los EU, en decisión unánime, lo absolvió de todos los cargos.

Un defecto de forma, las escuchas ilegales que había realizado el FBI en los teléfonos del incausado, permitieron a las orgullosas señorías limpiarse las manos sin reconocer el atropello.

Habían pasado tres años y medio.

No sólo el título de campeón del mundo había llegado a las manos de un boxeador increíble, Joe Frazier.

Tras el apogeo de las luchas civiles, mayo del 68 en Europa y la abrumadora oposición a la guerra del Vietnam, la gente veía el mundo y a Alí, de otra forma.

Cuando regresó del exilio ya se había desvanecido casi toda la cólera hacia él dirigida.

Ya no se dudaba de su sinceridad, aun sin estar de acuerdo con la naturaleza de sus ideas.

Por ende, su actitud, pese al destierro, la inactividad forzosa y la decadencia económica, tampoco había variado un ápice, ni su lengua.

Demonios, hacía reír a todo el mundo, los tiempos habían cambiado, y los hombres también.

Otra cosa bien distinta era tomar en serio sus pretensiones de volver a ceñirse la corona de los pesados.

Ningún boxeador había regresado después de tanto tiempo para vencer, ni siquiera Joe Louis, que perdió lastimosamente frente a Rocky Marciano.

El retorno se antojaba una misión algo menos que imposible.

Y, en cierto modo, lo fue; porque nadie boxearía jamás como el campeón del mundo de los pesos completos en los años 64, 65, 66 y 67, nunca antes, y nunca después.

Por todo ello, cuando Alí derrotó en tres asaltos a la gran esperanza blanca, Jerry Quarry, que era un candidato evidente al título mundial, una oleada de excitación recorrió los Estados Unidos y el mundo en general.

No, no era lo mismo, pero allí había un púgil verdaderamente bueno, un gran boxeador.

Pero, ¿Continuaría siendo el más grande?

Las dudas se fueron despejando el 7 de diciembre de 1970, cuando tumbó a Oscar Bonevena en el quinceavo asalto.

Volvía a ser el aspirante número uno, pero aquella asombrosa rapidez que lo hacía intocable, ya no lograba alcanzarla más que a ráfagas.

¿Qué podía hacer contra Joe Frazier? Los dos llegaban a la pelea invictos, así que era de justicia darle un voto de confianza.

Lo cierto es que aquel primer combate se disputó demasiado pronto.

Necesitaría un año más de plazo para alcanzar la forma que le situaría en su justo lugar.

Pero el 8 de marzo de 1971, en Nueva York, aquella versión nueva de Alí se dispuso a recuperar el cetro que el gobierno le había robado.

Y enfrente no sólo estaba el campeón del mundo, sino el rival... Joe Frazier, su enemigo más odiado y querido, la némesis del más grande.

TRES COMBATES MEMORABLES.


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Joe Frazier era un campeón de los pesos pesados a la antigua usanza, o a lo que se podía entender como lo más adecuado para el campeón del mundo, un poco la representación de un ideal.

Un pegador, aunque su juego de piernas tampoco merecía ser ignorado, ni su velocidad e inteligencia en el ring: controlaba los tiempos, no disponía sólo de una velocidad, como George Foreman.

Pero lo que diferenciaba a Smoking Joe de los demás era el coraje.

Sus orígenes eran de una pobreza que asustaba, y la miseria había dejado en él algo, un pozo de orgullo, que hizo que sus combates no fueran sólo por el dinero y los títulos.

Lo que se jugaba era la dignidad, la gloria personal.

Y eso Alí lo comprendió perfectamente; odiándose sin remedio, el imperturbable ex carnicero de Filadelfia ha sido también la verdadera sombra del más grande.

Y la Sombra venció a los puntos tras 15 asaltos completos.

Esa noche, ambos terminaron en el hospital. Paradójicamente, también fue la ocasión en que Alí se ganó el respeto incluso de los tradicionalistas más acérrimos del boxeo.

Después de un combate tan igualado como brutal, en el último minuto del último asalto, Frazier alcanzó a Alí con un gancho que lo mandó a la lona.

Lo que todos esperaban era que no intentara levantarse, porque no tendría ya ningún sentido práctico; noqueado, absolutamente grogy, comprendió al instante que era imposible evitar la derrota.

Y en ella, su figura alcanzó dimensiones inesperadas... Aunque no sabe muy bien ni donde está, consigue levantarse a los tres segundos, tambaleándose... Impresiona la decisión en sus ojos, negándose a aceptar lo inamovible, asombroso de puro coraje.

Y resistió el castigo hasta el final.

El escritor Norman Mailer es, sin duda, quien mejor ha expresado lo que pasó por la mente de los aficionados que seguían el acontecimiento deportivo del año 1971, bien desde sus casas, bien desde los asientos del Madison Square Garden.

"Fue entonces como si el espíritu de Harlem y los fantasmas de los muertos del Vietnam acudieran en su ayuda, manteniéndolo en pie frente al desorbitado Frazier. Demostraba, así, lo que algunos intuíamos en secreto: que es un hombre capaz de soportar la tortura moral y física, y seguir en pie".

La segunda pelea tuvo lugar a finales de enero de 1974, el año de Alí, cuando éste ganó a los puntos con cierta claridad.

No tuvo la repercusión de las otras dos ya que no estaba el título en juego; la gloria del vencedor no era más que la posibilidad de enfrentarse al campeón vigente.

Pero el 1 de octubre de 1975 ambos disputaron el más grande combate que verán los anales del deporte, la exibición más fabulosa que dos hombres hayan realizado jamás sobre un cuadrilátero: la Thrilla en Manila.

Los primeros cuatro asaltos fueron de Alí, un monumento a su inteligencia y talento.

Porque si el gancho de izquierda era el golpe definitivo de Frazier, esa era la medicina que el loco de Louisville le recetó básicamente en aquellos doce minutos, para sorpresa de todos.

Sin embargo, del quinto al onceavo asalto, Joe Frazier le propinó al campeón un castigo tal que permanecerá siempre indeleble en la memoria de los aficionados al boxeo.

De nuevo estaba contra las cuerdas, superado, vencido.

Y de nuevo Muhammad Alí buscó en lo más hondo para sacar fuerzas de donde no existían, y peleó quizás los tres mejores rounds de su carrera, golpeando a Frazier de todas las formas posibles.

En el catorceavo, su rostro era una masa irreconocible, deformada como nunca se había visto, cuando otro directo le hizo escupir el protector bucal.

Incapaz ya de abrir los ojos, no le dejaron levantarse de su banqueta para el último round.

La guerra había terminado.

DON KING

Don King es un personaje singular. Muchos se preguntan cómo demonios un estropajo andante ha terminado por convertirse en el soberano de los promotores del boxeo internacional... Y Muhammad Alí es una de las respuestas.

En 1974, el célebre ex-convicto de melena huracanada le ofreció al campeón del mundo George Foreman cinco millones de dólares si peleaba con Alí.

Después hizo otro tanto con este, que también estuvo de acuerdo... Faltaría más.

Era una bolsa increíble. En total, diez millones de dólares de la época.

Gracias a aquella montaña de dinero, el combate del siglo iba a celebrarse.

Ahora bien; Don King no tenía diez millones de dólares.

Ni diez, ni cuatro... Lo que tenía era mucha jeta, y suerte; porque el país más grande del Africa subsahariana estaba festejando su independencia, y al dictador Mobutu Seke Seko le interesaba promocionarse, de modo que compró la velada por mucho, mucho más de diez millones.

Y le salió rentable.

GEORGE FOREMAN

Fue el más grande pegador de la historia, y que nos perdonen los fanáticos de Joe Louis; hablamos de la colosal masa de músculo, sin grasa alrededor, que apabullaba en los rings de los setenta.

Nadie ha empleado jamás unos puños tan demoledores, y ningún campeón ha sido tan indiscutible.

Ni siquiera el primer Mike Tyson: los rivales de Foreman no se llamaban Frank Bruno.

En 1974 pegaba tanto y tan duro que se decía que sus golpes podían matar no ya a un hombre, sino al mismísimo Alí.

No era una exageración, no del todo; para derrotar a Joe Frazier, el loco de Louisville había necesitado más de 25 asaltos completos.

Y 24 más para tumbar a Ken Norton, que de regalo le fracturó la mandíbula en el primero.

Pues bien: entre los dos no habían aguantado ni cuatro asaltos al invencible Robot de Texas.

Hacía más de dos años que sus veladas no llegaban al segundo round, y nunca había sido derrotado... 40 peleas, 40 victorias y de ellas, 38 por KO.

Una auténtica barbaridad.

Ya no era que destrozara a los únicos hombres que habían tumbado a Alí con una facilidad insultante.

Los demás, esos mismos rivales de segunda fila que tanto le costaban ahora al antiguo campeón, la mayor profusión de buenos boxeadores que ha visto la categoría de los pesados en su historia, todos sin excepción le tenían un miedo cerval al invencible George Foreman.

De no mediar aquellos diez millones de dólares, el Rugido en la Jungla tal vez no se hubiera escuchado.

RUGIDO EN LA JUNGLA

Según los expertos de ESPN nadie apostaba un céntimo por su victoria.

Ignorando los precedentes, Liston, Frazier, etc., la posibilidad de asistir al declive repentino del campeón ni se consideraba.

Esta vez era Alí quien tenía 32 años, por veinticinco de Foreman.

Para más inri, en el aeropuerto de Kinsasha había un avión-hospital preparado para volar a Madrid inmediatamente, si ocurría la tragedia.

De nuevo, Muhammad Alí se encontraba en la coyuntura perfecta, pero desfavorable, para engrandecer su leyenda.

No sabía Foreman la que le venía encima.

En sus declaraciones, el más grande planteó el combate como una lucha entre el representante de la raza negra oprimida, él mismo y un lacayo servil de la metrópoli.

Tal vez no anduviese muy desencaminado; en los Juegos Olímpicos de México 68, Foreman fue uno de los deportistas de color que enarboló una banderita de los USA en el podio, en vez de los guantes negros y el puño en alto de los velocistas.

Aunque no se debe ser injustos con él. Lo hizo con la cabeza gacha, avergonzado, por la sencilla razón de que no quería acabar en el arroyo, como le pasó a los atletas, que sufrieron el ostracismo y la injusticia de una sociedad que no estaba preparada para el valor y la osadía de figuras como John Carlos.

En Zaire, de nada sirvieron las palabras del campeón señalando que era mucho más negro que Alí.

Encerrado en un palacio de las afueras, custodiado por el Ejército, inaccesible, le estaba dando la razón al de Louisville.

Además, cometió un error lamentable nada más llegar, bajando la escalerilla del avión con un pastor alemán de la mano. El perro del Ejército colonial belga, recién expulsado.

Muhammad Alí se hospedaba en un barrio popular. Y no rehuía el contacto sino que lo buscaba.

Cuando iba a correr, por los suburbios más pobres de la ciudad, un séquito espóntáneo de cientos de africanos acompañaba su marcha.

Y él como siempre, en su salsa, disfrutando de cada instante y diciéndoles exactamente lo que querían oír.

La película When we were Kings (Cuando fuimos Reyes), ganadora de un Oscar de Hollywood al mejor documental en 1997, adquiere una grandeza especial sobre todo por esos momentos: Correteando entre la basura, tratando a los humildes de la tierra como a sus iguales, despojado de su traje de superhéroe, ninguna otra figura de cualquier deporte ha alcanzado nunca el grado de exuberancia y magnetismo que desprendía Alí, sencillamente hablando...

El 30 de octubre de 1974, con el aspirante bailando alrededor de Foreman, la pelea discurría por los cauces que todo el mundo suponía.

Pero a mediados del primer asalto dió un giro totalmente inesperado.

Alí se fue a las cuerdas, de manera que los golpes del campeón alcanzaban con demasiada facilidad su objetivo.

Era una locura, un suicidio, o al menos así lo entendió Angelo Dundee, que no paraba de gritar ordenándole que boxeara como habían planificado.

Del primero al último de los comentaristas y la inmensa mayoría de los telespectadores se dispusieron a presenciar un combate breve por necesidad.

Una locura... excepto para los sesenta mil enfervorizados seguidores del Bocazas que abarrotaban el Estadio Nacional de Kinsasha.

La masa entera y vociferante, sobre todo a partir del quinto asalto, galvanizada por la milagrosa resistencia de Alí, como si la rabia acumulada durante años y años de esclavitud brotara de repente, empezó a gritar estremeciendo el lugar hasta sus cimientos.

"¡Alí bomayé! ¡Alí bomayé!" ¡Alí, mátalo!

Rebotando a cada puñetazo de Foreman, echándose hacia atrás, hacia delante, con una guardia alta permanente, moviendo los hombros y la cabeza, sobrevivió a una desproporción de golpes recibidos y lanzados que era de veinte a uno.

El combate fue aquiriendo tintes de epopeya, y a medida que avanzaban los minutos crecían las señales de agotamiento de Foreman.

Resoplaba como un búfalo, los golpes eran cada vez más débiles, su defensa se iba abriendo poco a poco... Y el KO no llegaba.

El mero hecho de iniciar el sexto asalto multiplicaba las posibilidades de Alí... Entonces, su locura se tornaba razonable.

Porque fue el único en darse cuenta de que la ofensiva del campeón tenía un sentido concreto.

La mayoría de los golpes iban dirigidos no al rostro, sino al hígado, bazo, caderas y riñones; el objetivo era inmovilizarle.

Y lo cierto era que, más pronto que tarde, lo iba a conseguir.

Ya no era el demonio inaccesible de su juventud, no tenía físico para evitarlo durante seis, siete o más asaltos. Aún así, terminaría más cansado que su rival, y adios muy buenas.

Por todo ello, improvisando, decidió su propia estrategia; encomendándose a su esquiva prodigiosa, no se movió desde el inicio.

Lanzar los golpes más duros del planeta durante tantos rounds cansa, y mucho.

En el séptimo, ya eran palmetazos... Y la concurrencia entró en el éxtasis del que hablamos antes, jaleando los gritos del público, burlándose con muecas de temor francamente cómicas, guiñándole el ojo en cada descanso y ofreciéndole perlas como "¡golpeas como una niña! ¡Eres un negro mamarracho!", destruyó finta a finta la seguridad ilimitada de su rival.

Y sonó la campana para el octavo.

La profunda concentración en los ojos de Alí nos advierte que ya estaba buscando un resquicio, el momento final.

Cerca de una de las esquinas, evita la última andanada, devolviendo una serie fulgurante con ambos puños.

¡Y sólo las cuerdas detienen la caída de Foreman! Cuando este gira, dos golpes a la mandíbula, otro en la frente y entonces los brazos de Alí se dispararon en una izquierda que ladea totalmente el rostro del bombardero de Texas, para rematar la faena con una derecha recta inapelable que mandó al campeón a la lona.

Y aquella imagen, la mayor sorpresa de la historia del boxeo hasta que James Buster Douglas noqueó a Tyson, daría la vuelta al mundo...

SU DECLIVE

Después de vencer a Foreman se enfrentó consecutivamente a Chuck Wepner, Ron Lyle y Joe Bugner antes de la pelea con Frazier en Manila.

Luego de cinco defensas más, el 29 de septiembre de 1977 la dureza de los puños de Ernie Shavers hizo que su intención de abandonar cobrara visos de hacerse realidad.

No fue así, y en febrero del 78 Leon Spinks le arrebataba el cinturón de campeón del mundo a los puntos.

Siempre había afirmado que su estilo le evitaría las secuelas y lesiones habituales; pero el largo destierro tuvo sus consecuencias.

Aprendió a ganar jugando a veces con desventaja, llevando al extremo las posibilidades técnicas y psicológicas del boxeo.

Al fin, su verdadera marca de clase era la inteligencia.

Aprendió, también, a encajar cientos, miles de golpes de varios de los mejores pesos pesados de la historia.

Ordenaba a sus sparrings que le dieran fuerte. En esa estrategia estuvo el secreto de sus grandes triunfos en en Zaire y Filipinas, pero, a largo plazo resultó un desastre.

El 15 de agosto de 1978 recuperaba el campeonato por tercera vez al derrotar a Spinks en la revancha, y pareció cumplir su promesa de retirarse a tiempo... Hasta que en 1980 su ex-sparring Larry Holmes le propinó una buena tunda en Las Vegas.

Por primera y única vez, no pudo terminar un combate (KO técnico en el onceavo).

El triste final de una carrera insuperable llegó ante Trevor Berbick en 1981 que lo derrotó por decisión.

LA ENFERMEDAD

Es muy probable que ya entonces el deterioro neurológico hubiera comenzado.

Desde luego no hablaba con la fluidez de antaño, y qué decir de sus reflejos, o la velocidad.

En 1986, de acuerdo a los expertos, le diagnosticaron el mal de Parkinson.

Justo después de la pelea con Shavers, su médico Ferdie Pacheco le advirtió que tenía un grave daño renal y que estaba en peligro de sufrir alguna lesión cerebral si no se retiraba.

Pero no le hicieron caso, y el que se retiró fue él.

"Yo no le echo la culpa a nadie. Todos se dejaron ir e hicieron lo que hicieron partiendo del convencimiento de que Alí encontraría, como siempre, una forma de salir vencedor".

El Parkinson es una dolencia que ralentiza los movimientos y paraliza los músculos, sobre todo los faciales, impidiendo al enfermo expresarse con normalidad.

Su incidencia aumenta con el tiempo, llegan los temblores, y el mero hecho de tragar saliva termina convirtiéndose en un suplicio, pero lo más terrible de la condición de Alí es que es totalmente consciente de lo que le estaba pasando.

El mal no le había privado de su capacidad de razonar.

Sin embargo, nunca se le escuchó una palabra de autocompasión.

"Dios me está haciendo ver que soy un hombre como otro cualquiera. Y también te lo está haciendo ver a tí. Puedes aprender de lo que me sucede", decía.

El que se apoye en la religión para aceptar el infortunio no resta un ápice de dignidad a su actitud, en última instancia, el pensamiento es suyo, bien a través de Alá o el Dios que sea, o no sea.

En los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 conmovió al mundo cuando encendió la antorcha olímpica ante casi tres mil millones de espectadores.

¿EL MIEDO?

Sólo la lucha continua contra el miedo permite componer el mosaico de una personalidad aparentemente múltiple y contradictoria.

Tuvo dos nombres, dos o más estilos de boxeo.

Fue un enemigo declarado de la raza blanca y años más tarde se convirtió en el abuelo más querido de América.

En cierta forma, fue un oxímoron de carne y hueso: el cobarde más valiente del mundo.

En su libro 'Blood brothers', sobre la tormentosa relación entre el boxeador aún llamado Cassius Clay y el activista negro Malcolm X, los historiadores Randy Roberts y Johnny Smith afirman que fue el miedo lo que forjó la personalidad y la carrera del hombre de Louisville.

Cuando el policía Joe Martin aconsejó al chico de 12 años que fuera a un gimnasio y aprendiera a boxear, el chaval se lo pensó mucho.

Finalmente fue al gimnasio, pero antes de aprender a boxear aprendió a esquivar.

Le espantaba encajar golpes.

De esta forma se forjó el único bailarín de los grandes pesos.

Vista desde el final, cualquier vida relevante se perfila como una línea trazada por el destino.

El gran hombre es visto grande desde el principio, el gran boxeador es considerado invencible desde el primer combate.

Sin embargo, las cosas no suelen ser así.

No lo fueron, desde luego, en el caso del joven Clay.

Hizo una extraordinaria carrera como amateur semipesado que culminó con la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960.

Sus comienzos como profesional resultaron más difíciles.

En sus combates contra Sonny Banks, Henry Cooper y Doug Jones sufrió y fue derribado varias veces.

Las provocaciones a los rivales ("pordioseros", "desgraciados") sonaban falsas: a la hora de la verdad, el joven campeón olímpico no era tan bueno como decía ser.

Entre 1960 y 1963 nadie adivinó en él al mejor boxeador de todos los tiempos.

De hecho, sólo empezó a convertirse en mito durante la ceremonia de pesaje previa al combate con Sonny Liston.

Era un combate por el título mundial y Liston, el campeón, una fiera patibularia, estaba habituado al respeto de sus futuras víctimas.

Cassius Clay proclamó que Liston era "un gran oso feo", prometió que donaría el cuerpo de Liston a un zoológico e hizo un célebre anuncio:

"Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja".

Mientras decía todo eso, Clay tenía las pulsaciones a 120, en reposo.

Su corazón reflejaba un ataque de pánico.

Llegado el momento, derrotó al terrible Liston sin apenas sufrir.

Esa noche, encaramado a las cuerdas, lanzó su famoso grito: "¡Soy el más grande!".

Llevaba un tiempo concentrándose en su lucha personal contra el miedo.

Desde que conoció a Malcolm X, un activista negro que había pasado por la cárcel y se había hecho un nombre atreviéndose a declarar la guerra a los blancos y a ridiculizar el pacifismo de Martin Luther King, Clay había adoptado una posición radical en el conflicto de razas: rechazaba la integración y decía despreciar a los blancos.

Más importante que eso, había decidido imitar el valor de Malcolm.

Pese a ello, cuando Malcolm desafió a la propia Nación del Islam, y fue asesinado por sicarios de la organización, Clay abjuró de su amigo.

Lo lamentó siempre.

Clay aceptó el nuevo nombre que le dio la Nación del Islam, Muhammad Alí, y empezó a orientarse hacia la religión musulmana, que adoptó en 1975.

Convertirse en musulmán fue un acto de valentía: suponía un desafío abierto a la sociedad blanca y cristiana estadounidense.

Se ha especulado mucho sobre la negativa de Muhammad Ali a combatir en Vietnam.

En ese episodio, como en muchos otros, conviene desbrozar la mitología.

Ali había sido declarado no reclutable en dos ocasiones, porque su cociente intelectual no llegaba a 80.

Carecía de la inteligencia mínima para ser soldado.

Pero en 1966 se rebajaron los límites y Ali entró entre los sorteables.

Sólo entonces se declaró objetor de conciencia.