ARRASTRE LENTO


EL TORO BRAVO -EL DE LIDIA- Y LA LUNA

 

jose caro

Por José Caro

(PRIMERA DE DOS PARTES)

“Escribir, así le dije, es un ejercicio personal que no espera nada, sobre todo la escritura que es para “uno”, tal fue mi respuesta a la interrogante de un amable lector que, conociendo mi innata inclinación a la escritura –la que primero fue lectura- me apresuró a darle satisfacción a su curiosidad.

¿Por qué escribes José? “No lo sé, -contesté- pero si me dejas partir en mi alcoba me esperan papel y lápiz para ser medianamente dichoso en ese mundo que por íntimo al descubrirse suele ser indiscreto. Si me dejas partir volveré al escritorio para embarrar de letras las blancas hojas que ennegrecerán conforme se desplacen las palabras escritas “para mí”.

¿No te parece una fenomenal descortesía desinteresarte los lectores que tienes? Comentándole que son dos los lectores que en el retrete me favorecen con su atención moví los hombros con aires de grosera indiferencia. “No, -comenté dando pasos hacia mi retiro-, la verdad es que la escritura es el único recurso que me queda para sobrevivir sin testigos”.

“José, la verdad es que me gustaría usurparte tu gusto puesto que te siento pleno en tu deleite”, y me dio la mano en señal de despedida. No alcancé a decirle que la escritura tiene mucho de banal, tanto como lo es vivir y morir en páginas, y reír y llorar en libros. Tampoco logré decirle que mi vida retoma el sentido –y adquiere color y color-cuando escribo, aún si saber un ápice del asunto, DE TOROS”.

Dispuesto a mal formar palabras me encontré con la letrilla de una canción española que me embelesaba cuando niño: “LA LUNA Y EL TORO”, y me di a fantasear con la luna,….. y es que la luna –¿acaso seré lunático?- tiene un raro encanto, tal y como lo tienen las noches, sobre todo las “noches de luna llena”. Lo cierto es que al contemplarla –llena- me produce una emoción excitante. Y lo confieso –otra intimidad indiscreta-: festino las oportunidades que tengo para admirar la noche cuando la luna está de por medio, y es que fue precisamente la luna la que influyó para que le perdiera el miedo a la noche. Fue ella, la luna, la que intervino en el reino de mi fantasía para convencerme que la parte oscura del día no es otra cosa que el mismo día peinándose la negra cabellera que se avergüenza ante la magnificencia del sol.

En tanto garabateaba algo me hacía entender el por qué el toro –bravo, el de lidia- en la cancioncilla se había enamorado de la luna.

Reconozco que me gusta la noche clara cuando la luna está plena, totalmente satisfecha de SER ILUSIÓN Y FANTASÍA. Me gusta cuando me brinda en un tono claro oscuro el paisaje de ensueño que resulta inexplicable a la inquieta curiosidad de un chaval, -como el que se enamoró de su sentimiento que le nació cuando supo que quería ser torero-. Y m gusta la noche cuando entre nubarrones rotos anda la luna de cuarto creciente como jugando a las escondidas con la coquetería y el versátil requiebro del enamorado.

Me gusta la noche y la luna. Me gusta la noche cuando alterna con la luna para producir la desconcertante presencia de las sombras. Sí, me fascinan las sombras móviles, fugaces, caprichosas, extravagantes y torcidas que pinta la luna sobre el suelo que opaca el negro toldo de la noche. En esas mágicas noches de luna y sombras diría que, antes de ceder el dominio a Morfeo, no hay otra diversión más placentera que acariciar los inasibles rayos de ILUSIÓN Y FANTASÍA, patrocinadores del maravilloso espasmo imaginario que, lleno de encanto, da vida al sueño de querer ser torero.

¡ESE TORO –EL BRAVO, EL DE LIDIA- “ENAMORADO DE LA LUNA”!

que me que me lancen piedras porque el falta el acento a la esdrújula íntimo toda vez que en la escritura puedes vivir y morir, reír y llorar, sobre todo la escritura que es para “uno”, y no para los demás”.

#deportes

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