Salud mental en crisis


 

aldo bohemio

La terrible pandemia de suicidios que al parecer y de manera terrible ha dejado de aterrorizar a la sociedad, lo que a las autoridades les ha permitido sobrellevarla, es algo que debería de ser atendido prioritariamente y es que cuatro de cada diez aguascalentenses, según los psicólogos, padecen una alteración emocional que amerita tratamiento. Si a eso se suma que en el Estado apenas existe un psiquiatra por cada 4.800 personas, podría entenderse por qué se dice que la salud mental está en crisis. Pero el asunto va más allá de la asimetría entre la creciente demanda de atención de los enfermos y la escasez de especialistas. De hecho, a pesar de haber una ley específica que garantiza la atención integral de los pacientes y propende a la prevención de los trastornos mentales, esta dista mucho de ser llevada a la práctica. Hoy se sabe, por ejemplo, que las enfermedades mentales se encuentran entre las primeras causas de pérdida de años de vida saludable en todas las edades, que tienen un impacto económico que bordea el 13 por ciento del gasto total en salud y que no se dispone de un modelo de atención definido para tratarlas.

La depresión, la ansiedad y la adicción a sustancias psicoactivas encabezan los diagnósticos, con el agravante de que los determinantes sociales que las disparan y las exacerban cada vez son mayores, y frente a ellos tampoco existe intervención pertinente. Las angustias económicas, las tensiones laborales y familiares, la inequidad, la inseguridad, la presión social y hasta el caos del tráfico son un caldo de cultivo para este tipo de patologías, muchas sin diagnóstico, que, erróneamente, se convierten en parte de la “normalidad” de personas y familias que tienen que acostumbrase a vivir con ellas. A lo que hay que agregar el estigma por padecerlas en una comunidad que tilda de “locos” y descalifica a los que son diagnosticados, se encuentran en tratamiento o simplemente las hacen manifiestas. Todo, en un riesgo creciente que, como una olla de presión, se manifiesta en episodios de violencia intrafamiliar, agresividad, intolerancia, suicidios, drogadicción y actos que bordean la barbarie, cada vez más frecuentes y que, lamentablemente, empiezan a formar parte del paisaje cotidiano.

Aunque se han hecho esfuerzos para contener esta situación, como los aumentos en cobertura y beneficios dentro del sistema de salud, es claro que no es suficiente. Para poner un ejemplo, en el campo de la promoción y la prevención de estos males desde la infancia, en la cual la confluencia de varios sectores es obligatoria, el rezago es preocupante. Educación va por un lado, si es que va, en este campo; salud, por otro; Bienestar Familiar flaquea y las políticas y objetivos colectivos brillan por su ausencia. En este escenario, lo último es rasgarse las vestiduras y señalar culpables. Los evidentes desenlaces relacionados con alteraciones emocionales individuales y colectivas exigen acciones serias.

Aguascalientes reclama con urgencia una política de Estado en salud mental, definida en términos de integralidad, con metas, responsables, indicadores y recursos claros. Todos los estamentos oficiales y sociales deben confluir, no solo en su elaboración, sino en su desarrollo, sobre todo de cara al posconflicto.

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