La ingratitud


 

aldo bohemio

Dijo Miguel de Cervantes "El hacer bien a villanos es echar agua en la mar. La ingratitud es hija de la soberbia", para aleccionarnos de la conducta del inmerecido, del que por olvido, pereza o soberbia no reconoce ni da muestras de nuestra dedicación, generosidad o entrega, cuando la tuvimos hacia él. Es cierto que "la ingratitud proviene, tal vez, de la imposibilidad de pagar" (Honoré de Balzac), porque nadie puede ponerse, en ocasiones, a la altura de nuestro amigo benefactor, por su condición inferior en cuanto a sus posibilidades, y no es menos cierto que "la ingratitud es la amnesia del corazón" (Gaspar Betancourt), porque la pereza, la desgana, la desidia o la timidez forman parte del condicionamiento humano y nunca encontramos el momento perfecto o, simplemente, un hueco en el tiempo, si no para devolver un favor, al menos para tener un detalle de agradecimiento.

Sin embargo, no es tal omisión o descuido la que pretendo analizar ahora, porque, incluso, la falta de ese reconocimiento que llamamos "gratitud", proviene, a veces, de la confianza y seguridad que ponemos en una relación familiar o de amistad, que no nos exige tal correspondencia, según la firmeza e incondicionalidad del vínculo que les une; es la malsana intencionalidad de ignorar aquel comportamiento, favor o apoyo que una vez recibimos de la persona que no dudó en atendernos y auxiliarnos, o en hacernos más fácil una situación comprometida o penosa.

Desde la actitud de esa ausencia por percibir la magnanimidad de quien nos atendió, tan ciega que ni ve ni reconoce el comportamiento ajeno, como así ilustra Benavente en su cita "Lo peor de la ingratitud es que siempre quiere tener razón", o la que trata de disculparse, como diceLope de Vega en "El ingrato es peor cuando se disculpa", o la precipitada y rutinaria respuesta de ese tan "cumplido", que no hace otra cosa más que caer en otra forma de ingratitud, pues"apresurarse demasiado a corresponder un favor constituye una especie de ingratitud (La Rochefoucauld), hasta el gesto mezquino y perverso del que desaira o desprecia a su benefactor o, incluso, trata de constituirle un daño, vemos cómo se produce la degradación de los valores y sentimientos del ser humano. Y es en este sentido, recordando que alguien dijo "La ingratitud es un puñado de estiércol que ofrece el desgraciado a quien le dio sus mejores joyas", cuando concluimos que es la envidia o la soberbia, entre otros desechos humanos, la que nos mueve, a veces, a comportarnos con tanta ruindad, cuando no somos capaces de admitir tal generosidad de los demás.

Es cierta la evidencia por la imposibilidad de reconocer el favor o auxilio de los demás utilizando la misma moneda, porque tal vez no sería sincera esa conducta de aparente gratitud y podría parecer hipocresía tal satisfacción, como no es tampoco su reconocimiento sincero cuando trata de cumplirse a través de un formalismo convencional o estereotipado, usando la eterna fórmula de cortesía "muchas gracias". La gratitud es algo más y todos sabemos que hay un momento y una ocasión para devolver con un gesto la grandeza de ese corazón ajeno que una vez cuidó de nuestras necesidades.

Aún así, y en la ausencia de esa gratitud, reclamada muchas veces por nosotros, lo peor es conocer la ingratitud de aquel al que ayudamos y sostuvimos en su más absoluto desamparo, y que cuando conseguimos encumbrarlo, nos respondió con su lenguaje desconsiderado y desleal; de aquel que con su orgullo y despotismo, su jactancia y todo lujo de envanecimiento, trató de ofendernos, porque ese era su propósito, con la crueldad de su silencio, arrojándonos su olvido, su desprecio o su intencionalidad de daño hacia nosotros. Quizá eso es lo más odioso de nuestro condicionamiento.

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