REPORTAJE a propósito del Día de Muertos


De Funerales y funerarias

 


funerarias

El mexicano por su idiosincrasia se muestra irreverente hasta con la misma muerte, jugamos con ella pero ya viendo un muerto lo hacemos con respeto. Y sin embargo, ya no cualquiera se asusta con ella. El mexicano, como todo ser humano, le tiene un temor que para muchos va diluyéndose y hoy hasta parece faltarle al respeto. Hoy la muerte parece ser que no es tomada tan en serio. Y sin embargo, junto con el de la vida, es el misterio m s grande de la humanidad. Así como la ciudad se ha transformado, así ha sucedido con los servicios fúnebres. Antes se llevaban las cajas cargadas sobre los hombros, hoy ya no van ni siquiera caminando, se utilizan autobuses porque así lo requiere la ley. Son evoluciones, consciente o inconscientemente van cambiando con la modernidad, antes no se usaban ataúdes de fierro, sólo madera y ahora hay hasta de fibra de vidrio por lo que todo va de acuerdo a la época.

Hay tales cambios que hoy la gente está pagando sus servicios fúnebres a futuro, ya sea para un familiar o para la persona que contrata pero mucha gente ya va tomando la cultura de ir programando los gastos funerarios.Esto está imponiendo la prevención, la gente es más consciente, porque lo típico era morirse y agarrar a la familia con el ¨Jesús en la boca¨, pues morirse hoy sí que cuesta un ¨ojo de la cara¨ y las autoridades son las primeras en ensañarse con los deudos, por lo que ahora ya lo hace por adelantado y les sale más económico. La idea es que la gente grande no quiere dejarles más compromisos a todos los demás, la gente poco a poco está aceptando que puede morir y no quieren tener compromisos. Mucha no quiere aceptarlo y siempre está pensando que no va a durar. El 60% de las personas que están comprando a futuro lo están haciendo por sus padres o sus abuelos pero no para ellos.

Hay gente que sigue las tradiciones como un enorme rito, como la de El Llano, donde lloran a sus muertos, los siguen y por ellos no los enterrarían. Y dentro de los cambios que han sufrido las tradiciones en nuestra ciudad en los últimos años, se puede incluir la forma de despedir a los seres queridos que han emprendido el último viaje, dice a FUERZA AGUASCALIENTES el ingeniero e investigador José Ciro Báez Guerrero. Nos cuenta, a propósito del Día de Muertos, de funerales y funerarias. Hasta fines del siglo XIX no existían en nuestra ciudad establecimientos especiales para la venta de cajas mortuorias, por lo que las personas que necesitaban de este servicio tenían que recurrir a algún taller de carpintería, con el fin de que les fabricaran urgentemente alguna caja; sin embargo, sí existían algunos maestros carpinteros que se especializaban en la fabricación de tan necesarios artefactos, de tal forma que nombraban a su negocio "Establecimiento de Ataúdes".

De éstos había algunos por diferentes rumbos de la ciudad, y como sucede con otro tipo de negocios, tenían preferencia por ciertas calles, como los que por ese tiempo existían por la calle de "Las Barberías", actualmente de Allende, por donde se encontraba el taller de carpintería del Sr. Sixto Rosales y por la calle "Del Chorro", actualmente de Rivero y Gutiérrez; por ser de manufactura rápida las cajas, lo normal era esperar órdenes especiales para su fabricación, lo que se hacía según la categoría del difunto. Por la calle de "Las Animas" actualmente de Gómez Farías, tenía su taller Anselmo Hernández, que fue uno de los carpinteros que más se especializó en la confección de cajas mortuorias, tan es así, que alcanzó cierta fama por fabricarlas muy resistentes y de tener siempre en existencia. Aunque ninguno de los nombrados llegó a establecer una funeraria en forma, con servicios más completos, que simplemente la venta de estuches.


funerarias antiguas

Las personas de escasos recursos que no tenían para comprar una caja para sus difuntos, podían disponer de un ataúd que se conocía como "La Medida" la cual se encontraba en la Parroquia de la Asunción, en un cuarto con entrada por el atrio, bajo la única torre que tenía, por el costado de la calle de Moctezuma. Era un ataúd sin tapa, con cuatro patas y cuatro orejas, de donde era sujetado por el mismo número de individuos, para conducir el cuerpo al cementerio donde era depositado; el ataúd era regresado a su lugar en la Parroquia en espera de otro cuerpo, este tipo de entierros eran conocidos como de "Casco Vuelto".

Otra caja similar se encontraba en el Hospital Civil, ubicado en la segunda calle de San Juan de Dios, actualmente de Primo Verdad y posteriormente en el Hospital Hidalgo, de la calle de Galeana, y en la Gendarmería Municipal tenían una caja para transportar cadáveres.

Luego el Ing. Báez Guerrero dice a FUERZA AGUASCALIENTES que durante el siglo XIX y parte del XX, este tipo de sepelios de "Casco Vuelto" era muy usual verlos partir del Hospital Civil, y recorrer a pie las calles más solitarias con el cuerpo descubierto, rumbo al Panteón, algo que resultaba muy deprimente para los que observaban.

Por su parte la Compañía de Tranvías del Comercio anunciaba el 30 de julio de 1896, la terminación de su ramal de la Plaza Principal al Panteón de Los Angeles, y el 15 de octubre del mismo año, el inicio del servicio fúnebre, con los siguientes precios:

Carro adornado, con dos mulas, cochero y palafrenero con librea, a $16.00.

Carro sin adorno, con cochero vestido de negro $8.00.

Plataforma adornada y cochero vestido de negro $2.50.

Plataforma sin adorno y cochero $1.50.

Coches de acompañamiento uno por $2.00.

La condición era que los cadáveres se recibían en cualquier trayecto de la vía que recorría el tranvía, para ser conducidos hasta la puerta del Panteón. Sería por esos años de fines del siglo XIX, cuando aparece por primera vez en nuestra ciudad el todavía jovial y activo Alberto Fuentes Dávila, el mismo que posteriormente sería gobernador del Estado, y como tal, ordenó destruir el Callejón de Zavala para formar la actual Avenida Madero. Al parecer don Alberto, que sería conocido como "El Muertero", fue el primero en instalar un "Establecimiento de Ataúdes" en forma en nuestra ciudad, y para que no hubiera dudas de lo completo de su servicio, lo bautizó con el nombre de "Nunca Duermo" como indicando que a cualquier hora del día, se podía disponer de este servicio. Cuando llegó la Revolución una caja de muerto fue de mucha ayuda para don Alberto, como cuenta don Eduardo J. Correa: "Indirectamente un destartalado cajón de muerto le prestó tal ayuda, pues cuando ya en 1911 el río andaba muy revuelto y se perseguía a los antirreleccionistas, don Alberto estuvo a punto de ser pescado por la Policía, escapando como fiambre en un ataúd para dejar Aguascalientes e incorporarse a la Revolución, de la que regresó victorioso".

"La Agencia de Inhumaciones" de don Alberto Fuentes continuó prestando servicio hasta principios del siglo XX, se ubicaba por la segunda de Tacuba, número 2, actualmente de Cinco de Mayo, frente al "Edificio Eléctrico" que se encontraba en la esquina de Tacuba y Allende; en 1910 decía contar con el único servicio de carrozas fúnebres en la ciudad y tenía como lema: "Eficacia, Prontitud y Baratura".

De esta forma, don Alberto marcó la pauta para que futuras Agencias Funerarias se instalaran por la calle de Tacuba; aunque en las primeras décadas del siglo XX, el servicio de las pocas agencias que existían se reducía a la venta de la caja y cuatro velas; Asimismo, algunos talleres de carpintería continuaron fabricando cajas, como un complemento a su trabajo con la madera.

Para 1900 la "Agencia de Inhumaciones" J. Tames de San Luis Potosí, anunciaba el establecimiento en esta ciudad de su sucursal, en la quinta cuadra de Tacuba número 13, atendida por su agente Carlos M. Otero, con servicio a cualquier hora del día o de la noche; decía prestar economías y evitar molestias por razón de los servicios gratuitos que ofrece y contar con un completo surtido de cajas mortuorias, al alcance de todas las fortunas.


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Posteriormente don Isidoro Juárez instaló su agencia "La Urna de Oro" en la tercera cuadra de Cinco de Mayo número 33, ya con servicio de carrozas fúnebres, estos vehículos los compartía con el Sr. Pablo R. Macías, que tenía su propia agencia en el número 32, de la misma calle. A principios de la década de los cuarenta un servicio funerario en la agencia del Sr. Juárez, tenía un costo entre $20.00 y $30.00, lo que incluía la caja mortuoria y el servicio de carroza. Por su parte el Sr. Antonio M. Arias, reconocido como uno de los mejores artesanos en madera de aquellos años, tan es así, que fabricó todos los elementos de madera del Templo de San Antonio, tenía su Taller de Carpintería y Agencia de Inhumaciones, en la primera calle de Colón número 3 y como lo anunciaba, talleres movidos por electricidad.

Por esos años surgieron otras, como la "Agencia de Inhumaciones F. Lozano" también llamada "El Encino", en el número 20 de la calle de Juan de Montoro, propiedad del Sr. J. Francisco Lozano, se ubicaba frente al hotel Washington; el espacio de este hotel lo ocupó posteriormente el Cine Colonial, esta situación provocó que las autoridades prohibieran al Sr. Lozano exhibir al público las cajas mortuorias, debido al mal aspecto que presentaban, por estar frente a un centro de diversión.

Por 1945 el Sr. Lozano anunciaba su agencia como concesionaria de los Ferrocarriles Nacionales, y decía contar con el mejor servicio de auto-carroza, cajas de lujo, finas, entrefinas y corrientes, a precios equitativos, y además daba facilidades de pago. Esta agencia posteriormente se cambió a la tercera cuadra de Cinco de Mayo número 65 A, y se conocía como "Funerales Lozano". Durante la primera mitad del Siglo XX y parte de la segunda, las pocas Agencias de Inhumaciones que existían en la ciudad, como las ya mencionadas, se ubicaban por la calle de Cinco de Mayo, además en los números 74 y 76 de esa misma calle, se encontraba "La Más Barata" propiedad del Sr. José Ramírez, que por 1941 ofrecía cajas abullonadas desde $3.00 como servicio adicional, ofrecía velas de cera, esquelas y servicio de auto-carrozas, esta funeraria posteriormente se conoció como "El Amo".

En ese mismo año de 1941, un servicio funerario completo en la agencia del Sr. Ramírez, tenía un costo de $55.75 –hoy el más barato es de casi 22 mil pesos-, incluía la caja mortuoria, 4 velas, 50 esquelas y el servicio de carroza, en este caso la caja tenía un costo de $42.00.

Los locales que ocupaban las Agencias Funerarias eran muy pequeños, y en todos se observaba la misma conformación; poco frente y alargados hacia el interior, donde se encontraba un escritorio, en sus paredes laterales exhibían sobre anaqueles metálicos, los diferentes tipos de ataúdes, que podían ser de madera, con algún forro y adorno de tela, o de metal, ambos de variados colores, tamaños y precios, los que se podían observar desde el exterior del local.

Algo característico, era ver el nombre de la agencia en letras de bronce incrustado en la banqueta, de los que todavía se puede observar uno de estos nombres, en la tercera calle de Cinco de Mayo. A principios de la década de los sesenta las Agencias Funerarias no contaban con sala de velación, por lo que esta ceremonia se celebraba en la casa del desaparecido, sin importar su posición social, por ese tiempo las casas todavía contaban con el espacio suficiente para recibir a los familiares y amigos del difunto, que ya se habían enterado por medio de las esquelas o por que se había corrido la voz, en la entonces pequeña ciudad. Con este fin se desocupaba el zaguán, la sala o algún cuarto, para que los empleados de la funeraria colocaran sobre una pequeña alfombra el ataúd, que normalmente era de madera forrada de tela, rodeado por cuatro velas, que en ese tiempo eran de cera y en el frente se colocaba una cruz de aluminio, para la ceremonia de velación que duraba parte del día y toda una noche; posteriormente el plástico y los focos rojos suplantaron a las velas de cera.


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Durante la noche como pasa en la actualidad, circulaban los vasos con café que los propietarios de la casa ofrecían a los visitantes, debido a este detalle surgió la frase "Se lo Cafetearon" en alusión a la muerte de alguna persona, el café‚ lo acompañaban con alguna bebida fuerte, que podía ser tequila o aguardiente. Al siguiente día llegada la hora de partir hacia el Templo, ya la carroza con su conductor y cuatro personajes más, enfundados en un traje al estilo de los que usaban las bandas de música de fines del siglo XIX, dos tallas más grandes, que en algún tiempo fue de color guinda, muy puntuales esperaban en la calle.

Estos cuatro personajes con cara de tristeza, que no era otra cosa que una cruda rezagada después de una gira etílica en el jardín de Zaragoza, eran los popularmente llamados "Los Muerteros" o "Los Cuerveros", se encargaban de subir y bajar el ataúd y de acompañar la carroza en sus costados caminando a paso lento, durante todo el trayecto bajo un sol abrazador de medio día, que para ellos era un tormento, lo que compensaban al final con otros tragos en mismo jardín, en espera de otro difunto que acompañar. El trayecto de la casa rumbo al Templo primeramente, y posteriormente rumbo al Panteón, lo hacía la comitiva formada por familiares y amigos, a paso lento, siguiendo a la carroza que transportaba al difunto.

Una variante era que cargaran en hombros el ataúd, escoltados por la carroza durante todo el trayecto, esto se hacía cuando el desaparecido era algún personaje muy estimado, destacado en la política o en los deportes, lo que era observado con mucho respeto por las personas que pasaban, descubriéndose la cabeza y ante la paciencia de los conductores, que con mucha consideración esperaban a que terminara de pasar el cortejo fúnebre. Las familias de escasos recursos que no tenían medios para pagar un sepelio con carroza, contrataban los servicios de unas personas que se alquilaban como cargadores, a los que se les podía encontrar en el Jardín de San Diego, eran los encargados de trasladar el ataúd a hombros, durante todo el trayecto.

La costumbre de velar a los difuntos en casa, así fueran de alta posición social, continuó hasta mediados de la década de los sesenta, aunque ya por entonces algunas funerarias como la Rodríguez Zermeño, que se ubicaba en el número 105 la calle de Morelos, y posteriormente "El Amo" ya contaban con capilla ardiente. A éstas siguieron otras funerarias, como Funerales San José, de Alameda 331, Modernos de Hornedo y José María Chávez, El Encino de la calle de Díaz de León, Juárez de la calle Del Carmen, Tangassi de Venustiano Carranza, La Gloria de la calle de Guadalupe y muchas otras, la mayoría con servicio de capilla ardiente aunque hay que decir que algunas ya desaparecieron. En cuanto a los panteones de que se disponía para la sepultura de los cuerpos, a fines del siglo XIX y parte del XX, existían en nuestra ciudad el de La Salud, ubicado en el barrio del mismo nombre, el de Los Angeles, con su fachada de cantera que ostenta una hacha, una guadaña y un reloj de arena, mandado construir por el gobernador Ignacio T. Chávez y puesto en servicio el año de 1873.

El Panteón de La Cruz inmediato al anterior, con su puerta en forma de una gran letra Omega en cantera, como símbolo del final, obra del maestro Refugio Reyes, mandado construir por el gobernador Carlos Sagredo e inaugurado el 15 de julio de 1903, con su ampliación promovida por el entonces gobernador Manuel Carpio e inaugurada por él mismo como difunto, en 1929. Ya en el panteón la única forma que existía de despedir a los seres queridos, era sepultarlos bajo tierra, para lo cual, previamente se había abierto una fosa, que podía ser de dos metros de largo, por uno de ancho, por la clásica profundidad de tres metros, los empleados del panteón se encargaban de bajar el ataúd con unas sogas hasta el fondo, y entre palada y palada, se cubría completamente de tierra, lo que hacía más dramático entre los asistentes, estos últimos momentos.


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En algunos casos cuando la familia tenía posibilidades económicas, posteriormente se colocaba una lapida con alguna figura de tema religioso, en mármol o cantera, con su respectivo epitafio, de las que se pueden ver actualmente verdaderas obras de arte, sobre todo en los panteones antiguos. Cuando no existía esta posibilidad las tumbas simplemente se cubrían de tierra, en ocasiones no quedaba ninguna señal que recordara a su residente. Con el tiempo toda la ceremonia que se hacía para despedir a los difuntos, fue pasando por una gran transformación, la mayoría de las agencias funerarias cuentan con su sala de velación, con un servicio que hace menos dramático ese momento y una gran variedad de cajas mortuorias, para todos los gustos y posibilidades económicas.

Todo el trayecto al panteón se hace en vehículos, ya sea particulares o de la empresa funeraria y a paso rápido, para no molestar a los conductores; hasta la forma de sepultar los ataúdes es diferente, ya no se utilizan tantas paladas de tierra, el mismo personal de las funerarias ha cambiado, no se parecen en nada a los que se pasaban el día en el Jardín de Zaragoza, entre trago y trago, esperando un difunto que acompañar.

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