El descubrimiento de América


Tiempos de celebración

 

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* El 12 de octubre de 1492, fecha quijotesca que cambió las bases de la vida universal

* Gracias a las herencias de más de 500 años vivimos en el único continente del mundo que es tierra de libertad donde todos los hombres perseguidos por sus ideas, por la desesperanza o la pobreza, encuentran un hogar, una oportunidad, una paz social y un ámbito de libertad para realizarse.

Muchísimos historiadores consignan de maneras y formas muy disímbolas el hecho tan trascendental en que se vio envuelto el navegante genovés Cristóbal Colón, cuando el 12 de octubre de 1492 hizo que se fusionaran los dos mundos: el europeo y el americano.

Es una fecha que cambió al mundo.

Una fecha que desde la educación primaria a todos se nos enseñó a honrar, pues fue el encuentro de dos mundos.

Lamentablemente la modernidad va cambiando a la gente y en los últimos años, sobre todo a partir de principios de la década de los 90s, surgieron muchas voces que afirman que es algo que no debería de festejarse, pues es el aniversario de la conquista, de la esclavitud.

Esta polémica que encienden quienes abominan de la llegada de los europeos en 1492 y de las consecuencias derivadas del suceso, despierta cada 12 de octubre con renovados bríos.

Es una fecha que cambió al mundo. Una fecha que desde la educación primaria a todos se nos enseñó a honrar, pues fue el encuentro de dos mundos, según platicó para los lectores de FUERZA AGUASCALIENTES el distinguido doctor Alfonso Pérez Romo. Lamentablemente la modernidad va cambiando a la gente y en los últimos años, sobre todo a partir de principios de la década de los 90s, surgieron muchas voces que afirman que es algo que no debería de festejarse, pues es el aniversario de la conquista, de la esclavitud. Esta polémica que encienden quienes abominan de la llegada de los europeos en 1492 y de las consecuencias derivadas del suceso, despierta cada 12 de octubre con renovados bríos.

¿Vale la pena celebrar el acontecimiento o es mejor deplorarlo? He aquí la disyuntiva que se plantea con una asombrosa falta de objetividad histórica. No es posible interpretar la historia partiendo de una postura ideológica previa, dice a FUERZA AGUASCALIENTS el Dr. Alfonso Pérez Romo; ésta es la causa de tantas manipulaciones y desvíos con lo que los hechos del pasado se han visto deformados malévola y apasionadamente. El encuentro o descubrimiento o como se quiera llamarle no ha podido desprenderse de la leyenda negra que alimenta puntualmente el mundo anglosajón y protestante; tampoco de un triunfalismo cuasimesiánico y romántico a ultranza desde la otra orilla de la disputa. Todo ello no ha servido sino para desnaturalizar los hechos, mediatizar las investigaciones, disfrazar la verdad, alimentar las fobias y sembrar la amargura y el resentimiento en los espíritus, como si las cosas debieran o pudieran ser de otro modo que como fueron. Esta postura futurible es propia de necios o de incultos. La realidad está allí y el ayer es agua pasada que no ha de volver jamás por el molino. Como secuela de esta polémica vacía y mal intencionada, encontramos el hecho absurdo, nacido de intelectualidades enfermizas, de culpar de todos nuestros males pasados, presentes y futuros a descubridores, conquistadores y colonizadores.


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Como si los 500 años transcurridos desde entonces no hubiesen sido suficientes para que los sucesores de aquella gente tomaran a su cargo la rectificación de los errores, la reivindicación de la justicia y la modificación de las tendencias heredadas. Luego el Dr. Pérez Romo refiere que parece cínico y farisaico el que se cargue a cuenta de Colón, o de Cortés o Moctezuma o de quién sea, las desgarradoras desigualdades sociales que todavía plagan a nuestros países. Estas realidades infamantes que claman por justicia, no tienen otros responsables que nosotros mismos, que durante siglos nos hemos conformado con achacarlas a cuestiones atávicas cuando ha estado en nuestras propias manos el hacerlas desaparecer. La pregunta clave en esta hora no es tanto ¿por qué aquellos hombres obraron de tál o cuál manera? ¿Por qué nosotros, sus sucesores, en cinco siglos de tiempo no hemos sido capaces de construir el mundo nuevo fraterno y solidario que soñaron Moro y Erasmo, Descartes y Galileo, Tata Vasco y Serra, Morelos y Bolívar?

Vamos dejando a un lado las cosas que son a nuestro cargo; y aceptando los abusos que sin duda se cometieron entonces, tratemos de buscar algunas razones por las cuales el quinto centenario del desembarco de Colón es digno de celebrarse. Sin perjuicio de aceptar opiniones y juicios mejores, existen por lo menos cinco razones fundamentales para dar a la fecha del 12 de octubre un carácter memorable: La implantación de la lengua castellana (y desde luego también la lengua portuguesa en el Brasil) confiere a nuestros pueblos una cosmovisión trascendental que nos convierte en una nación construída por Estados políticos independientes. Estas lenguas de origen latino fecundadas por elementos lingüisticos griegos, árabes, así como hebreos y americanismos, nos proporcionan un elemento de unidad, una certeza de nuestra identidad y al mismo tiempo nos entroncan con las naciones europeas de origen latino, y más todavía, con todo el mundo que alimenta la cultura occidental. Por compartir una visión especial de la vida y del universo, somos un inmenso bloque humano que tiene una cita decisiva con el futuro espíritu de la humanidad, destaca el Dr. Pérez Romo. La obra misionera en América, sobre todo la llevada a cabo en los siglos XVI y XVII, es otra consecuencia de los sucesos del 12 de octubre que vale la pena revalorizar a fondo y sin prejuicios.

Cómo olvidar la obra educadora genial de un Pedro de Gante, de Margil o de Sahagún. Cómo pasar por alto la tarea fundadora de comunidades, propagadoras de las tecnologías hasta entonces ignoradas en el continente, organizadora de la vida social, pacífica y solidaria, de Serra, Kino y Salvatierra. Cómo desestimar la portentosa tarea constructora de Tembleque o la contribución científica de Urdaneta que abrió los caminos del Pacífico. Cómo no honrarnos de la prodigiosa defensa del indígena americano que desplegaron las Casas o Motolinía. Cómo no admirarnos, agrega el doctor Pérez Romo, hoy todavía con los supremos esfuerzos de solidaridad humana que constituyeron las reducciones del Paraguay o las fundaciones michoacanas de Tata Vasco. Cómo no reconocer que hemos podido penetrar en el misterio del pensamiento indígena gracias a la investigación de sus lenguas orales y sus escrituras por hombres como Valencia Landa o Bernardino de Sahagún. ¿Hay algo semejante a esto en la controvertida y abusiva historia del coloniaje anglosajón o germánico?


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La penetración de intereses y ambiciones territoriales, la propagación de ideologías excluyentes y sectarias, tal vez sus mismas deformaciones estructurales y su expansión más allá de su dimensión puramente espiritual, procuraron a la Iglesia largos años de prueba y sacrificio en Hispanoámerica. Pero en el seno de nuestros pueblos y de sus más profundos estratos vitales, la religión pervive como uno de los más fuertes vínculos de la nacionalidad y como único baluarte inconmovible de una moral objetiva y universal. No olvidemos que los gérmenes que dieron vida a la libertad, a la justicia, a la dignidad del hombre individual y a la igualdad esencial de los seres humanos los sembró el cristianismo. Pero no sólo por estos hechos, con ser suficientes, podemos celebrar el encuentro de dos mundos. Sería propio de enajenación olvidar que el descubrimiento colombino del continente americano cualesquiera que hayan sido sus intenciones o supuestos, trajo consigo el cambio más inmenso en la historia de la humanidad, después del cristianismo. Con la aparición del continente se comprueban las teorías copérnicanas; se perfeccionan los instrumentos de navegación y la cartografía; la medicina, la química, la botánica y la física toman rumbos nuevos con enfoque científico puro; los hallazgos de Galileo se legitiman; aparece la filosofía moderna con Descartes; nace el derecho internacional con Vitoria; el mundo de la ciencia y de la política conmueven los cimientos de la cultura y nace en ese momento y por esa causa, el mundo moderno. Hay un producto original, una expresión de la cultura política, que es la democracia. Aplicarla a un grande Estado, más aún, a todo un continente la teoría, hacerla funcional dentro de la vida moderna, es cosa que nace en América y que transforma las raíces de la ciencia política. Apagadas por los siglos las experiencias democráticas de Grecia y las republicanas de Roma, la República moderna es hija legítima del continente americano. Siglos antes de que Lincoln derogara la esclavitud en los Estados Unidos, Isabel de Castilla había decretado la libertad y dignidad personal del indígena americano.}

Las Leyes de Indias, con todos los abusos de que fueron objeto, son timbre de gloria del mundo hispanoamericano y antecedente directo de nuestra actual preocupación por los derechos humanos. Se habla mucho en estos días -y con razón- de la destrucción del mundo indígena prehispánico y de sus culturas. Lo que es inexacto y lamentable es no precisar sus verdaderos alcances y limitaciones, sacarlo de contexto y no constrastarlo con la otra cara de la moneda. Es cierto, dice el doctor Pérez Romo a FUERZA AGUASCALIENTES, que se destruyó y perdió bastante del mundo mesoamericano; al europeo que llegaba transido de fervor de cruzada religiosa, le deben haber repugnado los sacrificios humanos y las idolatrías. Pero si se derribaron templos y esculturas, se respetó, en cambio, un gran acervo monumental que nos convierte ahora en uno de los países arqueológicamente más ricos de la tierra. Los testimonios de Tula, Teotihuacán, Tajín, Chichen Itzá, Uxmal, Palenque, La Venta y tantos otros, son permanencias soberbias de un rico pasado cultural.

También se conservaron códices y se descifraron lenguas y escrituras jeroglíficas, se escribieron largas obras que hoy nos sirven para conocer a fondo los secretos de la vida cultural prehispánica. Se olvida con frecuencia el fenómeno del mestizaje, hecho toral de la identidad hispanoamericana. Cuando vemos tan cerca de nosotros la aniquilación total de los pueblos indígenas como razón de ser de la conquista anglosajona, resulta conmovedora nuestra realidad mestiza, así sea infamante todavía la condición de grupos autóctonos marginados que aún no hemos sido capaces de dignificar. En 1511, Núñez de Balboa envió una expedición desde Darién a la Isla Española que, al mando de Valdivia, naufragó cerca de las costas de Yucatán. El propio Valdivia y otros cinco náufragos fueron muertos por los indígenas y sólo dos hombres se salvaron: Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero. Ambos cayeron cautivos de un cacique maya con cuya hija casó Guerrero procreando a los primeros mestizos de América.


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Cuando Cortés pasó por ahí en 1519 habiendo tenido noticia de la existencia de estos hombres en poder de los indígenas trató de rescatarlos; sólo Aguilar aceptó volver con el conquistador, habiéndole servido después como útil intérprete con la Malinche. Gonzalo Guerrero se negó a volver con sus paisanos porque dijo: "No puedo abandonar a mis hijos tan lindos ni a mi mujer". Se quedó con ellos, afincado a su familia y ayudando a los hombres de la tribu a asimilar las técnicas europeas de la época. Este gesto de un joven soldado español explica y define mejor que todas las páginas que se hayan escrito para desacreditar la aventura colonizadora, el verdadero espíritu que alentaba en muchos de sus hombres. Y por la nobleza de la acción y el alto sentido ético que la motivó, puede muy bien justificar otras codicias y abusos inherentes a la conquista.

La verdad es que la cultura indígena no murió entonces ni ha muerto nunca.

Entremezclada con los elementos medievales y renacentistas que llegaron de Europa, fecundó a éstos de manera profunda y permanente.

A diferencia de las colonizaciones anglosajonas y germánicas que nunca se mezclaron con los nativos y cuyas culturas apenas se rozaron en forma marginal, la cultura española se mezcló a fondo con las culturas indígenas y de este verdadero maridaje espiritual brotaron frutos excelentes; en el mundo colonial inglés, holandés o germano fue imposible que brotaran genios como Caspicara, José de Santiago, Legarda, Aleijadinho, el Inca Garcilaso, Sor Juana, Alvarado Tezozomoc, Alva Ixtlixóchitl o Badiano. Y en el prodigio barroco de nuestras catedrales y capillas, palacios y conventos, quedó profundamente grabada la impronta del artista nativo produciendo un estilo propio que ya no fue europeo sino tequitqui, mestizo, hispanoamericano.

Y en las obras de nuestros más preclaros literatos y pintores contemporáneos como Paz, Fuentes, García Márquez, Lezama Lima, Guayasamín, Rivera, Orozco, Tamayo y tantos otros, aparece como nota dominante la forma, el motivo, el colorido, la simbología de nuestros ancestros aborígenes. Nuestros dos abuelos están vivos y cabalgan en nuestra sangre todavía y a un tiempo. Porque en nosotros, ni lo indígena ni lo español son una herencia: son una consistencia; consistimos en eso: en la fusión de dos inmensas corrientes culturales que, fluyendo por la historia a través de los siglos, se encontraron un día, un 12 de octubre, en una pequeña isla americana y se convirtieron en este inmenso río que algún día lavará con sus aguas los pecados de una humanidad materialista e insolidaria. Mientras aguardamos ese destino, dice finalmente el doctor Alfonso Pérez Romo a FUERZA AGUASCALIENTES, todos, los de todas las Américas, estamos llamados a celebrar este cumple siglos continental como los hijos de la aventura desmesurada y quijotesca, que cambió las bases de la vida universal.

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