Historias Policiales qué Contar


El Pelón¨ Sobera de la Flor

 

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el ¨Pelón¨ Sobera de la Flor

+ Un temible y loco asesino que aterrorizó a México entero y que pensó que por ser muy rico nunca iría a dar a la cárcel; terminó enloquecido, en una silla de ruedas y casi sin poder hablar

La maldad humana, ya lo hemos comentado en FUERZA AGUASCALIENTES, pareciera no tener fin pues ha existido desde que el mundo es mundo y habrá que decir que muchas películas de terror o de asesinatos que nos impresionan, siempre las vemos como simplemente eso, películas que nunca podrían ocurrir en la realidad. Sin embargo habrá que aceptar que la realidad supera y con mucho a la ficción, tal y como lo hemos visto e nuestra gustada sección de las HISTORIAS POLICIALES QUE CONTAR. Hoy desempolvamos el baúl de los recuerdos y basándonos en recortes periodísticos – de LA PRENSA principalmente- y de un libro que se nos facilitó sobre asesinos seriales famosos, daremos a conocer la historia de Higinio Sobera de la Flor, mejor conocido como "El Pelón" Sobera, de la Flor.

Fue un asesino verdaderamente temible que nació en la ciudad de México y cómo no recordar que cuando éramos niños y hacíamos alguna travesura mi mamá nos decía: ¨Vas a ver con el ¨Pelón¨ Sobera de la Flor va a venir y te va a llevar al otro mundo¨. Y eso le decía la gente mayor a sus hijos por lo que al escuchar sólo ese nombre todos nos poníamos a temblar, así de temible era este sujeto que en la década de los 50s fue el terror de todo México. Inició su vida criminal en la década de los cincuenta. Desde pequeño mostró trastornos de la personalidad muy marcados, sin motivo, hacía extraños ademanes con las manos y ruidos anormales con la garganta. Creía que todo aquél que se le acercaba, lo hacía con la finalidad de lastimarlo. Ya de adolescente, Sobera gustaba de raparse completamente la cabeza de manera obsesiva ya que, según él, el crecimiento del cabello le provocaba intensos dolores de cabeza. "El Pelón" Sobera de la Flor estuvo internado en el Hospital Floresta en donde los médicos le diagnosticaron esquizofrenia. Pese a su enfermedad, trataba de llevar una vida de placeres. Era poseedor de una gran fortuna heredada de su familia y podía darse muchos lujos. Tenía un automóvil último modelo, en el cual se trasladaba a los sitios que frecuentaba por las noches. De su padre, un español establecido en Villahermosa, Tabasco, heredó un apetito sexual difícil de saciar. Pasaba las noches recorriendo los cabarets de moda del Distrito Federal buscando prostitutas. "El Pelón" Sobera era aficionado al alcohol y le gustaba la mariguana. Había estudiado Contabilidad en la Universidad Nacional Autónoma de México.

UN VERDADERO MONSTRUO

La or­den po­li­cial era cla­ra y con­tun­den­te: de­te­ner al cri­mi­nal en el Ho­tel Mon­te­jo, en Flo­ren­cia y Pa­seo de la Re­for­ma... Se tra­ta­ba de Hi­gi­nio So­be­ra de la Flor. Tal vez ese nom­bre no le di­ga na­da, ama­ble lec­tor, pe­ro si lo re­gre­so en el tiem­po a 1952, le con­ta­ré que fue un ase­si­no muy pe­li­gro­so que pu­so en ja­que a la so­cie­dad por la mal­dad con que co­me­tió sus crí­me­nes. La ne­gra his­to­ria de “El Pelón” Sobera de la Flor, mote con el que era conocido en aquella época, se hizo famosa en los ar­chi­vos policiacos durante la década de los cincuentas. Y fue precisamente el domingo 11 de mayo de ese año cuando un incidente de tránsito en la Colonia Roma dio pábulo a la serie de crímenes que cometió. To­do co­men­zó con un percance de trán­si­to en la es­qui­na de In­sur­gen­tes y Yu­ca­tán, que sirvió de escenario al hecho fatal. El ca­pi­tán del Ejér­ci­to, Ar­man­do Le­pe Ruiz, tío de la be­lla ac­triz Ana Bert­ha Le­pe, per­dió la vi­da ba­la­cea­do por Hi­gi­nio So­be­ra, quien lue­go de co­me­ter su fe­cho­ría em­pren­dió la hui­da. No obs­tan­te que un agen­te de la Di­rec­ción de Trán­si­to pu­do ha­ber­lo cap­tu­ra­do, lo de­jó es­ca­par y ni si­quie­ra se to­mó la mo­les­tia de ba­jar­se del ban­co don­de da­ba las se­ña­les a los automovilistas.

Ar­man­do Le­pe, tam­bién fa­mo­so cha­rro, era acom­pa­ña­do por Ma­ría Gua­da­lu­pe Man­za­no Ló­pez, de 26 años de edad, quien pre­sen­ció ate­rro­ri­za­da la for­ma vio­len­ta en que Lepe, con­duc­tor de un lu­jo­so Buick mo­de­lo 51, era ba­lea­do por el ira­cun­do So­be­ra de la Flor. No me­nos de cin­co dis­pa­ros se es­cu­cha­ron y Le­pe que­dó re­car­ga­do so­bre el vo­lan­te y gra­ve­men­te he­ri­do, mien­tras que la da­ma lan­za­ba gri­tos de au­xi­lio. Los agen­tes del Ser­vi­cio Se­cre­to, Jo­sé Go­dí­nez Sán­chez y Faus­to Fi­gue­roa Ba­rre­ra, que oca­sio­nal­men­te tran­si­ta­ban cer­ca del lu­gar, y vien­do que el he­ri­do ago­ni­za­ba, lo su­bie­ron a su co­che y lo con­du­je­ron has­ta la Cruz Ro­ja, don­de fa­lle­ció po­co des­pués. No pu­do ar­ti­cu­lar pa­la­bra al­gu­na Le­pe Ruiz, quien ha­bía te­ni­do la ma­la for­tu­na aquel día, al to­par­se con un su­je­to pe­li­gro­so en el lugar equivocado. Ma­ría Gua­da­lu­pe fue aten­di­da tras un des­ma­yo y por he­ri­da de un de­do de la ma­no de­re­cha. Se sal­vó por ver­da­de­ro mi­la­gro, pues al mo­men­to del ata­que es­ta­ba co­lo­ca­da en­tre la víc­ti­ma y el violento Sobera.

LA CAPTURA


el ¨Pelón¨ Sobera de la Flor

La ar­dua la­bor in­ves­ti­ga­do­ra des­ple­ga­da por el Ser­vi­cio Se­cre­to dio oca­sión pa­ra que en 47 ho­ras fue­ra de­te­ni­do “El Pe­lón” So­be­ra de la Flor en el in­te­rior de lu­jo­sa al­co­ba del Ho­tel Mon­te­jo - don­de dor­mía con fre­cuen­cia-, ubi­ca­do en Flo­ren­cia y Pa­seo de la Re­for­ma, es­cri­bía el re­dac­tor de LA PRENSA, Al­fon­so Or­tiz Es­pi­no­sa. Los agen­tes in­ves­ti­ga­do­res del Ser­vi­cio Se­cre­to, de guar­dia per­ma­nen­te en ese hotel, no pes­ta­ñea­ron en to­da la no­che del lu­nes (12 de ma­yo de 1952). La mi­sión en­co­men­da­da de­bía ser cum­pli­da al pie de la le­tra. Vie­ron per­fec­ta­men­te cuan­do Hi­gi­nio lle­gó al ho­tel. Pi­dió uno de los me­jo­res cuar­tos. Le fue asig­na­do el nú­me­ro 108 y pa­só allí to­da la no­che. Los sa­bue­sos policiacos, una vez que com­pro­ba­ron que la al­co­ba so­la­men­te te­nía una puer­ta, pa­cien­te­men­te es­pe­ra­ron va­rias ho­ras. Al­gu­nas pa­tru­llas se tras­la­da­ron en­ton­ces a las puer­tas del ho­tel. So­be­ra es­ta­ba cer­ca­do. El cri­mi­nal per­ma­ne­cía en su sui­te aje­no a la es­tra­te­gia po­li­cial. Los agen­tes ob­ser­va­ron a tra­vés de la ce­rra­du­ra a Hi­gi­nio ya ves­ti­do. So­bre la ca­ma es­ta­ba una pis­to­la .380 au­to­má­ti­ca y a cor­ta dis­tan­cia, una ca­ja de car­tu­chos, 41 en to­tal.

Se co­mi­sio­nó al agen­te Jor­ge Uda­ve Gon­zá­lez, pla­ca 193, a fin de que pe­ne­tra­ra al cuar­to. En for­ma in­te­li­gen­te y ha­cién­do­se pa­sar co­mo “ga­rro­te­ro”, Udave to­có en dos oca­sio­nes, has­ta po­der in­tro­du­cir­se a la al­co­ba, sor­pren­dien­do a Hi­gi­nio cuan­do exa­mi­na­ba su ar­ma. En for­ma cau­te­lo­sa se acer­có el agen­te pre­tex­tan­do lim­piar el bu­ró, y cuan­do tu­vo a su al­can­ce al pe­li­gro­so ho­mi­ci­da, apro­ve­chan­do un mo­men­to en que és­te de­po­si­ta­ba la pis­to­la so­bre la ca­ma pa­ra sa­car­se el pa­ñue­lo del bol­si­llo y lim­piar­se el cal­za­do, se aba­lan­zó so­bre él a la vez que se apo­de­ra­ba de la pis­to­la. Mo­men­tos des­pués, los otros de­tec­ti­ves, que ob­ser­va­ban los mo­vi­mien­tos por la ce­rra­du­ra, pe­ne­tra­ron al cuar­to fá­cil­men­te. El co­ro­nel Sil­ves­tre Fer­nán­dez, el ca­pi­tán Men­do­za Do­mín­guez y el co­man­dan­te Al­fon­so Gar­cía Li­món, se­gui­dos de va­rios de­tec­ti­ves, pro­ce­die­ron a de­te­ner al ho­mi­ci­da. Aquí ca­be ano­tar que a Hi­gi­nio se le en­con­tra­ron man­chas de san­gre en la ca­mi­sa, si­tua­ción que lle­vó a los agentes a des­cu­brir otro cri­men del de­se­qui­li­bra­do su­je­to.

HORTENSIA

La brillante investigación policiaca aclaró que algunas horas más tarde, después de asesinar al charro Armando Lepe, el despiadado Sobera dio muerte a la bella Hortensia López Gómez, dentro de un taxi. En aquella época les llamaban autos de ruleteo-¿Por qué mataste a la muchacha? –le preguntó el coronel Silvestre Fernández. -Eso fue una mera “puntada” que me alcancé –exclamó Sobera con suave petulancia, luego de barrer a los circunstantes con una mirada displicente. Al mostrarle al chofer del taxi la fotografía de la malograda víctima, sin titubear afirmó: “¡Es ella!”… adelante, el asesino condujo a los agentes al sitio donde abandonó el taxi, tras arrojar a la cuneta de la carretera, por el rumbo de Cuajimalpa, el cadáver profanado de Hortensia. El coche fue encontrado estacionado frente a la casa 15 de la calle General León, en Tacubaya.

Explicó el chofer Esteban Hernández que minutos antes de las 20:00 horas del lunes (12 de mayo de 1952), circulaba por Paseo de la Reforma cuando una dama joven y elegantemente vestida le hizo una seña con la mano. La mujer pidió un servicio al Sanatorio Durango. Una vez convenido el precio, la chica subió a la parte posterior del taxi. Instantáneamente, un hombre alto, blanco, delgado, con traje gris y boina oscura, hizo lo propio, tomando asiento junto a la muchacha, a la vez que indicaba al chofer que echara a caminar el coche. Ese hombre era Higinio “El Pelón” Sobera. En el interior del vehículo surgió un diálogo entre ambos pasajeros. En tanto que el hombre decía “que no lo abandonara”, ella afirmaba no conocerlo, suplicándole que descendiera del automóvil, que enfiló por las calles de Hamburgo. Durante el trayecto, tanto ella como él siguieron discutiendo de forma acalorada…


el ¨Pelón¨ Sobera de la Flor

Cuando el coche cruzaba por Hamburgo y Niza, se escucharon varias detonaciones. “El Pelón” Sobera había disparado seis veces sobre la indefensa Hortensia. El chofer del taxi, aún espantado por el acontecimiento, declaró que el iracundo sujeto empuñó nuevamente su arma y en forma amenazadora la puso en sus costillas, ordenándole continuar su marcha. Esteban se vio obligado a circular por la calle Lieja en sentido contrario, siendo detenido por un agente de Tránsito, quien le pidió los documentos. Mientras, Sobera continuaba en su actitud amenazadora contra el chofer, en caso de que denunciara los hechos. El agente luego de revisar la documentación se retiró del lugar. Aquí se preguntará usted, amigo lector, ¿cómo es que el policía no se percató que la pasajera iba malherida o muerta? Si tomamos en cuenta que el auto de alquiler del que hablamos era un Plymouth modelo 46, cabría señalar que eran vehículos muy espaciosos y dada la estructura del mismo, las personas que viajaban en la parte trasera no eran del todo visibles desde el exterior. Y por ser de noche, bien podía el agente de Tránsito suponer que el pasaje se trataba de una pareja y que la dama sólo descansaba sobre el hombro de su acompañante.

Tras retomar su marcha a gran velocidad sobre Paseo de la Reforma, Sobera, poniendo la pistola en la cabeza del chofer le ordenó parar frente a las rejas del Bosque de Chapultepec y bajarse. Sobera se apoderó del volante y huyó. Luego se daría la noticia del macabro hallazgo, cuando unos pastores, a las 22:30 horas, acertaron pasar por una zanja que había cerca del kilómetro 19 de la carretera que conduce de México a Cuajimalpa. Dieron parte a la policía del cadáver de la hermosa mujer… Momentos antes, “El Pelón” Sobera había introducido a Hortensia, ya muerta, a la posada Palo Alto, donde cometió acto sexual con el cadáver y durmió abrazado a la mujer sin vida. ¿El empleado que lo atendió en ese hotel se dio cuenta que llevaba usted un cadáver? –le preguntó el agente del ministerio público durante su declaración preparatoria -No. El me preguntó si yo iba solo.Le contesté que no, que me acompañaba una mujer borracha. Pero el camarista no la vio, pues yo la traía en el asiento posterior del carro –señalaba el asesino. Se supo que Hortensia López Gómez había vivido en Parral 58, Colonia Chapultepec-Condesa, y tenía al morir 23 años de edad. Estaba próxima a contraer nupcias…

PENA DE MUERTE

Ya ima­gi­na­rá us­ted, ami­go lec­tor, la con­mo­ción que des­per­ta­ba es­te ca­so po­li­cia­co. Fue uno de los más so­na­dos he­chos re­gis­tra­dos por la cri­mi­na­lís­ti­ca na­cio­nal. LA PREN­SA pu­bli­có to­da la ver­dad so­bre tan de­sal­ma­dos ase­si­na­tos y el cla­mor po­pu­lar era só­lo uno: “¡Pe­na de muer­te al bes­tial ca­ver­na­rio de la Co­lo­nia Ro­ma!” In­clu­so, a la redacción de LA PRENSA lle­ga­ba un sin­nú­me­ro de pe­ti­cio­nes pa­ra que el Pre­si­den­te de la Re­pú­bli­ca, Mi­guel Ale­mán Valdés, el Pro­cu­ra­dor del Dis­tri­to y las cá­ma­ras del Con­gre­so de la Unión, vo­taran por que se reim­plan­tara la pe­na de muer­te, por con­si­de­rar­la co­mo úni­ca de­fen­sa que tie­ne el pue­blo de Mé­xi­co con­tra los cri­mi­na­les que deam­bu­lan tran­qui­los por las ca­lles de la ciu­dad. Tam­bién lle­ga­ban car­tas que ha­cían men­ción al he­cho de que So­be­ra fue­ra con­de­na­do a ca­de­na per­pe­tua a las Is­las Ma­rías…

Una vez co­no­ci­da la au­tén­ti­ca per­so­na­li­dad de es­te desalmado ase­si­no, la po­li­cía pen­sa­ba en que bien pu­die­ra ser Hi­gi­nio So­be­ra de la Flor, au­tor de cier­tos crí­me­nes que se re­gis­tra­ron en esos días y que con­ta­ban con ca­rac­te­rís­ti­cas pa­re­ci­das a sus fe­cho­rías, mismos que in­dig­na­ron a la so­cie­dad. Y a mar­chas for­za­das se in­ves­ti­ga­ba en­ton­ces el ase­si­na­to del jo­ven­ci­to Pe­dro Ar­nol­do Gal­ván San­to­yo, de 17 años de edad, en las calles de Madrid, en la Vi­lla de Co­yoa­cán, re­gis­tra­do el 9 de ma­yo de 1952, caso que fue aclarado 15 días después, demostrándose la autoría de Sobera en dicho crimen. Otro ca­so que preo­cu­pa­ba era el ase­si­na­to del es­tu­dian­te Gui­ller­mo So­lór­za­no, cu­yo ca­dá­ver fue de­po­si­ta­do por el pro­pio ho­mi­ci­da en el Hos­pi­tal de la Cruz Ro­ja, hu­yen­do an­tes de que pu­die­ra ser al­can­za­do e iden­ti­fi­ca­do por las au­to­ri­da­des.

VIDA DE LUJOS, ALCOHOL Y LOCURA


el ¨Pelón¨ Sobera de la Flor

El co­ro­nel Sil­ves­tre Fer­nán­dez, je­fe del Ser­vi­cio Se­cre­to, y el co­man­dan­te Men­do­za Do­mín­guez, je­fe de gru­po, lo­gra­ron investigar que Hi­gi­nio So­be­ra de la Flor nació en la ciudad de México y esta­ba do­mi­ci­lia­do en la ca­lle Mé­ri­da nú­me­ro 4, Colonia Roma. Sin embargo, en los ar­chi­vos de Trán­si­to apa­re­cía co­mo ta­bas­que­ño de ori­gen y de 24 años de edad. De he­cho, Hi­gi­nio era so­bri­no del ex go­ber­na­dor de ese Es­ta­do, Noé de la Flor Ca­sa­no­va, que en esa épo­ca fun­gía co­mo ma­gis­tra­do del Tri­bu­nal Su­pe­rior de Jus­ti­cia. Su pa­dre era un co­mer­cian­te es­pa­ñol que po­seía una fin­ca en Vi­lla­her­mo­sa. Hi­gi­nio vi­vía en una re­si­den­cia de lu­jo, era de fa­mi­lia muy aco­mo­da­da; su ma­dre, Zoi­la de la Flor viu­da de So­be­ra, pe­día, llo­ro­sa, pie­dad pa­ra él. Lo de­fen­día, ase­gu­ran­do que no era un ase­si­no, só­lo un en­fer­mo, “un neu­ras­té­ni­co que tie­ne el sis­te­ma ner­vio­so he­cho pe­da­zos des­de la muer­te de su pa­dre, en 1948”…

De he­cho, el jo­ven So­be­ra he­re­dó de su mi­llo­na­rio pro­ge­ni­tor, Jo­sé So­be­ra, una ju­go­sa for­tu­na y también un voraz apetito sexual; era adicto a las prostitutas, a las que pagaba la cantidad que le pidieran a cambio de caricias. Aban­do­nó sus es­tu­dios en Los An­ge­les, Ca­li­for­nia, y vi­no con su fa­mi­lia a vi­vir a la ca­pi­tal. No tra­ba­ja­ba en na­da y se pa­sa­ba días y no­ches en la ca­lle, gas­tan­do di­ne­ro a rau­da­les, en alcohol, drogas y mujeres, pasiones a las que se entregaba sin freno. Era cliente asiduo del Waikiki, cabaret de moda en Paseo de la Reforma. Excéntrico y temerario, su vida era turbulenta y siempre al filo de la violencia y la muerte. En una ocasión lanzó hacia el arrollo vehicular a una mujer de la vida galante desde su auto en marcha. Se salvó la muchacha, pero los golpes que recibió al rodar por el pavimento la mandaron al hospital.

En otra ocasión (ene­ro de 1950), des­pués de rap­tar a una gua­pa y jo­ven da­ma, la obli­gó a su­bir a su co­che, el que pos­te­rior­men­te cho­có con­tra un pos­te de alum­bra­do pú­bli­co. La víc­ti­ma de So­be­ra re­sul­tó gra­ve­men­te he­ri­da. El mal­he­chor lo­gró huir y no fue de­te­ni­do, ya que via­ja­ba a dis­tin­tos puer­tos del país y só­lo por tem­po­ra­das per­ma­ne­cía en es­ta ca­pi­tal. Re­por­tan nues­tros ar­chi­vos que en Tam­pi­co y Ve­ra­cruz ar­ma­ba tre­men­dos es­cán­da­los “El Pe­lón” So­be­ra. Una vez na­rró el he­cho de que en una oca­sión com­pró un co­che Mer­cury úl­ti­mo mo­de­lo, en el cual rea­li­zó un via­je a To­lu­ca, sien­do acom­pa­ña­do por tres ami­gos su­yos –uno de ellos, piloto aviador retirado- y dos da­mas de ocasión. Salían de una fiesta y Sobera conducía el convertible a toda velocidad. Mientras aceleraba, preguntó al ex piloto:

-¿Y no te da miedo volar?

-Al contrario, en el aire es donde me siento mejor.

Al escucharlo, Sobera se enfiló hacia el despeñadero, cuando llegó a una curva pronunciada, al mismo tiempo que gritaba enloquecido: “¡pues vámonos a volar todos!”… Tras vol­car­se el ve­hí­cu­lo in­me­dia­ta­men­te pre­gun­tó a sus ami­gos, que ves­tían de mi­li­ta­res por­tan­do las in­sig­nias de la Fuer­za Aé­rea Me­xi­ca­na: -A ver si es lo mis­mo es­tar en el ai­re que aquí. Los acom­pa­ñan­tes de Hi­gi­nio re­sul­ta­ron se­ria­men­te le­sio­na­dos. Me­dian­te unos cuán­tos pe­sos, Hi­gi­nio que­dó li­bre, tras ser con­du­ci­do an­te las au­to­ri­da­des, quienes ya conocían acerca de las locuras de Sobera, quien era esquizofrénico, según el diagnóstico hecho por los médicos cuando estuvo internado por sus males mentales. Su hermano, que también padecía la misma enfermedad, quedó recluído en un siquiátrico de España.

CRUJUA “H”

“El Pe­lón” So­be­ra ocu­pó la cel­da 21 de la cru­jía “H”, en el Pa­la­cio Ne­gro de Le­cum­be­rri, hoy convertido en Archivo General de la Nación.

Dos co­sas preo­cu­pa­ban al cri­mi­nal: la se­gu­ri­dad de su vi­da y su di­ne­ro, es­cri­bía en LA PRENSA, Luis C. Már­quez. A pre­gun­ta ex­pre­sa del re­por­te­ro acer­ca de por qué se con­vir­tió en ase­si­no, So­be­ra co­men­tó: “Ma­té a Ar­man­do Le­pe Ruiz por­que me in­sul­tó. Me lla­mó pa­ya­so, y es­tas pa­la­bras sig­ni­fi­can pa­ra mí, la peor in­ju­ria. A Hor­ten­sia Ló­pez Gó­mez la ma­té por­que me gus­tó mu­cho des­de el pri­mer mo­men­to que la vi. Pri­me­ro le ha­blé con bue­nas pa­la­bras. No me hi­zo ca­so. Su des­pre­cio me en­fu­re­ció. La se­guí has­ta el co­che de ru­le­teo. Qui­se aga­rrar­la. Ella me em­pu­jó con to­das sus fuer­zas. Hi­zo una mue­ca co­mo que le cau­sa­ba yo re­pug­nan­cia.


el ¨Pelón¨ Sobera de la Flor

Me en­ca­pri­ché y a la fuer­za abor­dé el co­che don­de ella ya ha­bía to­ma­do asien­to. Una lo­cu­ra tre­men­da se apo­de­ró de mí. Só­lo tu­ve un pen­sa­mien­to, bas­tan­te bru­tal por cier­to: ha­cer­la mía a co­mo die­ra lu­gar. For­ce­jea­mos unos se­gun­dos. Yo que­ría abra­zar­la, pe­ro se de­fen­día y me ara­ña­ba, al mis­mo tiem­po que gri­ta­ba. Por úl­ti­mo me es­cu­pió la ca­ra. Per­dí el con­trol y sa­qué la pis­to­la. Dis­pa­ré a bo­ca de ja­rro...

Las reacciones sociales eran efervescentes. De­fen­so­res de Hi­gi­nio So­be­ra pre­fe­rían no so­li­ci­tar el tras­la­do de és­te al ma­ni­co­mio La Cas­ta­ñe­da has­ta que pa­sa­ra la ola de in­dig­na­ción que se ha­bía le­van­ta­do en con­tra del pro­ce­sa­do, quien, a su vez, con­fia­ba en que sus mi­llo­nes pron­to lo li­be­ra­rían del en­cie­rro. Fue tan­ta la ex­pec­ta­ción que sur­gió por co­no­cer al cri­mi­nal So­be­ra, que va­rias ca­sas pro­duc­to­ras de pe­lí­cu­las ins­ta­la­ron sus cá­ma­ras an­te las re­jas de la cru­jía “H”, a fin de to­mar di­ver­sos as­pec­tos so­bre la vi­da y ac­tos que Hi­gi­nio lle­va­ba en su cel­da de la Pe­ni­ten­cia­ría del Dis­tri­to. Se hablaba de actos aberrantes. También se montaron obras teatrales sobre los crímenes de “El Pelón” Sobera.. El re­clu­so, con­for­me pa­sa­ban los días de su en­cie­rro, lla­ma­ba la aten­ción de di­ver­sas ma­ne­ras. En una oca­sión ini­ció ab­sur­da huel­ga de ham­bre. Lue­go agre­dió a un fo­tó­gra­fo en for­ma in­tem­pes­ti­va y bru­tal. Fue con­du­ci­do a una de las cel­das de la Cir­cu­lar 2, por con­si­de­rar­lo pe­li­gro­so.

El 27 de agos­to de 1953 se anun­cia­ba que Hi­gi­nio So­be­ra de la Flor ha­bía si­do de­cla­ra­do lo­co y que pa­sa­ría to­da la vi­da en La Cas­ta­ñe­da. El cri­te­rio de los tres pe­ri­tos ofi­cia­les, los psi­quia­tras Jo­sé Sor Ca­sa­do, Al­fon­so Qui­roz Cua­rón y Al­fon­so Mi­llán, coin­ci­día con el de los pe­ri­tos de la de­fen­sa, quie­nes afir­ma­ron que “El Pe­lón” Sobera no po­día ser pe­nal­man­te res­pon­sa­ble de nin­gún de­li­to. So­be­ra se en­con­tra­ba fí­si­ca­men­te aba­ti­do. En cer­ca de 15 me­ses de re­clu­sión ha­bía per­di­do más de 17 ki­los; pe­sa­ba ape­nas 53. Ya no era el ener­gú­me­no que sa­cu­día con ex­traor­di­na­ria fuer­za las re­jas de su cel­da. Abandonó Lecumberri y una enfermera le cuidaba en su casa, a donde regresó y permaneció en su silla de ruedas después de haber permanecido algún tiempo en estado catatónico. Nadie se imaginaba, cuando era visto, tiempo después en algún parque alimentando palomas, que aquel ser humano, débil y carisbajo, era el mismo Higinio Sobera de la Flor, cuya vida desenfrenada llenó páginas de notas policiales en los periódicos capitalinos, en la década de los años 50s.

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