CREER PARA DUDAR


 

Cuando creemos algo, sentimos cierta seguridad en el control de los acontecimientos que ya se han explicado, los acontecimientos que se explican y, de todo esto, los acontecimientos que se podrán explicar. Sobre este terreno seguro podemos crearnos hábitos, ya sean intelectuales o conductuales, que garantizan ciertas respuestas a problemas específicos. El sentido de la creencia está directamente relacionado con los problemas a los que da respuesta en una visión particular de la realidad (en la que también creemos). A esta visión particular de la realidad le llamaré «sistema de creencias». En el sistema, el funcionamiento de una creencia particular es permitir el paso (o marcar los altos) en la travesía de una acción en particular.

Imaginemos que Juan sale de su casa rumbo a la biblioteca, ¿es válido que se pregunte por la existencia de, digamos, la biblioteca? Veámoslo por partes. Supongamos que Juan está pasando en una situación en la que se justifica dudar de la existencia de la biblioteca (por ejemplo una guerra). ¿Iría Juan a la biblioteca?, ¿no investigaría primero la situación en la que se encuentra la construcción (incluso para salvaguardar su propia vida)?

Una situación como ésta requiere que la creencia en la existencia de la biblioteca (una creencia que normalmente consideramos sólida) sea validada, debido a que las condiciones hicieron posible tomar en cuenta seriamente la duda sobre la existencia de aquél edificio. Sin embrago, en una condición normal, un día nublado en el que el mundo sigue su vida rutinaria con normalidad, la revisión de la creencia sería un trabajo para locos y filósofos; y si pensamos que Juan es un hombre mentalmente sano y que, aunque sabe del escepticismo, sabe distinguir entre una duda intelectualmente elaborada y una duda práctica, supondremos que Juan cree firmemente que la biblioteca existe. Su creencia sobre la existencia de la biblioteca le permitió planear una vista durante la tarde a aquél edificio y es confirmada en cada paso que lo acerca.

Supongamos ahora que Juan está en su casa ¿dudaría de la existencia de su casa? Digamos que Juan piensa que la existencia de la casa es una cosa y la creencia de que la casa existe es otra (el trabajo de Descartes sugiere que es posible lo anterior). Es obvio que en una situación como esta, Juan podría dudar de la creencia sobre la existencia de la casa, pues esa duda no afectaría en nada a la estructura real de la casa. Claro, esto sucede en el caso de Juan creyera que el proceso de conocimiento sucede cuando dos sustancias completamente diferentes que interactúan entre sí. Pero, ¿qué parte de la creencia es diferente de la realidad?, ¿qué parte de la realidad es diferente de la creencia?, y, de ser correcta la separación, ¿cómo es posible que interactúen entre sí? Estas preguntas han generado una enorme cantidad de hipótesis metafísicas que han llevado a callejones sin salida, pues se supone que hay una casa que existe independiente de cualquier punto de vista, con todas sus cualidades (incluso aquellas que desconocemos). Por otro lado está nuestra creencia en que esa casa, con todas sus cualidades, existe. Para que Juan pueda clarificar la creencia sobre la existencia de la casa, como algo separado de la casa real, pero referido a ella, procede a revisar si tiene las condiciones suficientes para creer que ella existe. Supongamos que va a leer algunos libros de filosofía, tal vez una historia de la epistemología o una de la filosofía. Juan encuentra que algunos filósofos piensan que las condiciones suficientes para creer en la casa son las sensaciones que tenemos de ella y, a partir de esas sensaciones, las relaciones de ideas que contienen la idea generada por la sensación de la casa. Otros pretenden buscar principios generales que, de acuerdo a su naturaleza última, justifiquen deductivamente la existencia de la casa y, de paso, nuestra creencia de que efectivamente esa es una casa. ¿Cuál de esas teorías filosóficas suministra de condiciones suficientes a la creencia de Juan de que existe la casa? A pesar de que son explicaciones sumamente sofisticadas de la justificación de la creencia, me parece que dejan de lado un elemento importantísimo de la justificación de la creencia: Juan está viviendo en esa casa. Con esto no me refiero a que no puede dudar de su casa porque es ése su domicilio, sino que le es imposible dudar de la existencia de su casa cuando está realizando actividades en su casa (bañándose, cocinando, limpiando, escuchando música, etc.), pues la creencia en que su casa existe le permite realizar su vida de manera efectiva; le permite moldearse hábitos de limpieza, de estudio, le permite, incluso, tener su duda intelectual de que esa misma casa no existe (aunque su duda sea deshonesta, por supuesto). Me parece que lo mismo pasa para la creencia en que el mundo externo existe, con diferencia de que esta última creencia afecta a más personas, es presupuesta por muchas más actividades y posibilita, de entrada, la creación de hábitos lingüísticos; es decir, la creencia en que el mundo externo existe es vital para el ser humano.

Entonces ¿Juan realmente está dudando de la existencia de la casa cuando se sienta en su silla, escribe en un papel sobre su escritorio “dudo que esté escribiendo sobre una mesa” y bebe agua en una de sus tazas? De estar realmente dudando, no veo de qué le sirve dudar sobre todas esas cosas cuando, de hecho, está dando por sentado que existen. Y ¿no es el mismo uso que le da a sus muebles y a su casa, lo que lo justifica a creer que aquellas cosas existen?

La duda viene acompañada de una cierta actitud distinta de la creencia, no significa creer que no p, pues una creencia como ésta, ya contiene un grado de seguridad, y la duda, más bien, es un estado de inseguridad. Cuando camino por los túneles de Guanajuato, creo que no se van a derrumbar mientras esté caminando por ellos. Si creyera su negación (que no es cierto que no se van a derrumbar mientras esté caminando por ellos), mi actitud (en caso de contar con una salud mental medianamente buena) sería evitar caminar por ellos o acercarme a ellos, pues creo que es posible que se derrumben. Sin embargo, si dudo de que se derrumben no tendré una actitud tan definida como en los casos en los que creía que no se derrumban y que sí se derrumban. Posiblemente entraría para acortar distancias, pero me acompañaría el temor de que una piedra destrozara mi cabeza.

Pero, en principio, ¿cómo es posible dudar sobre la seguridad de los túneles de Guanajuato si primero no dejo en claro que ellos mismos existen? Dudar implica definir una situación concreta con un sistema de creencias que le da valor a la misma duda. Para ser tomada en cuenta, debe tener tanta justificación como la creencia. Me parece que esto es algo que Wittgenstein quería dejar en claro en Sobre la certeza. Puesto que nos mantenemos en ciertas creencias para poder actuar de determinada forma en una situación particular, es posible que algunas de esas creencias queden exentas, por el momento, del proceso de la duda, precisamente porque dudamos de cuál rumbo de acción debemos seguir en ese sistema en específico, o de cómo entender algo de ese sistema. Y, puesto que el sistema nos justifica a creer que es posible seguir tal o cual rumbo en específico, o nos da elementos para tomar en cuenta tal objeto, debemos creer en el propio sistema.

No es posible que revisemos, una a una, todas nuestras creencias en un sistema de creencias, por eso algunas creencias permanecerán exentas de duda mientras el proceso de duda es llevado a cabo. Esto no significa que existan creencias que siempre estén exentas de la duda, sino que en la situación determinada, algunas creencias no podrán ser puestas a duda porque la situación requiere, para que funcione correctamente, presuponer esas creencias, considerarlas indispensables. De ahí que sea necesario creer para dudar.

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